La política es un equilibrio delicado entre ambición, estrategia y responsabilidad. Y pocas veces se ha visto un choque tan ilustrativo de estas tensiones como el que ha estallado recientemente dentro de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con Oriol Junqueras y Gabriel Rufián como protagonistas. Lo que parecía un movimiento rutinario de renovación parlamentaria terminó desvelando, ante todo, la fragilidad que puede generar un portavoz más preocupado por su protagonismo mediático que por los intereses estratégicos del partido.
Junqueras llegó a considerar a Rufián “amortizado” y promovió a Jordi Albert, diputado de confianza, como relevo natural en Madrid. La reacción de Rufián fue inmediata: un “cabreo monumental” que no solo evidenció su incapacidad para asumir límites, sino también su tendencia a priorizar la confrontación y la autopromoción sobre la disciplina política. Lejos de consolidar su posición con argumentos, optó por “impulsar” un frente de izquierdas propio, intentando blindarse frente a su propia dirección.
Rufián: visibilidad a cualquier precio
El estilo de Gabriel Rufián es hiperbólico, polarizador y, en ocasiones, destructivo. Su imagen pública como portavoz ha pasado a depender más de titulares provocadores y de debates confrontativos que de la construcción de consensos o de estrategias políticas sólidas. Esa forma de actuar le ha ganado notoriedad, pero también ha generado tensiones internas y ha puesto en evidencia su falta de visión de partido.
El intento de Junqueras de sustituirlo por Jordi Albert no era un capricho: era un intento de proteger a ERC de la volatilidad de un diputado que ha convertido la autoexposición en prioridad. Rufián ha demostrado que su principal motor es el protagonismo mediático, más que la defensa coherente de la estrategia republicana, lo que lo convierte en un riesgo cuando se trata de decisiones complejas o de consolidar alianzas.
Blindaje y confrontación: la táctica de Rufián
La respuesta de Rufián fue una muestra de su carácter confrontativo y egocéntrico: en lugar de asumir la decisión de la dirección, reforzó su propia plataforma de izquierdas, creando un frente que lo blindara frente a Junqueras. Este movimiento no solo revela un exceso de autoconfianza, sino también una tendencia a instrumentalizar la política para su beneficio personal, poniendo por delante su proyección individual sobre la cohesión del partido.
Rufián ha transformado una advertencia orgánica en una oportunidad para reforzar su capital político, pero lo ha hecho a costa de la estabilidad interna de ERC. Su enfoque es reactivo, centrado en titulares y en la construcción de un relato personal, más que en la defensa estratégica de los objetivos colectivos.
Junqueras y la prudencia estratégica
Frente a la teatralidad de Rufián, Junqueras ha mostrado pragmatismo y sensatez. Reconociendo que remover a un diputado con tanta visibilidad podía generar desgaste político y fracturas internas, decidió frenar la ofensiva. La decisión refleja una comprensión más profunda de la política: el liderazgo no se ejerce solo desde el cargo, sino también desde la lectura del contexto, el cálculo de riesgos y la gestión de expectativas.
Junqueras ha entendido que la fuerza de Rufián en las encuestas y su capacidad para atraer atención mediática lo hacen “intocable” en el corto plazo, pero también lo considera una figura problemática: un activo que, si no se maneja con cuidado, puede convertirse en un lastre.
El peligro de Rufián para ERC en Madrid
Rufián encarna un estilo de política que funciona en los titulares, pero que puede ser letal en la estrategia a largo plazo. Su tendencia a la confrontación, su búsqueda de protagonismo y su forma de priorizar la visibilidad sobre el consenso ponen en riesgo la posición de ERC en Madrid. Más allá de su popularidad momentánea, su conducta demuestra que no siempre está dispuesto a alinearse con la disciplina del partido ni a asumir la responsabilidad política que exige su rol.
Este desequilibrio evidencia un problema central: ERC depende de figuras mediáticas como Rufián para mantener presencia, pero la misma dependencia lo expone a tensiones internas, conflictos de liderazgo y riesgos estratégicos que podrían costar votos y debilitamiento en las alianzas parlamentarias.
Consecuencias para la política catalana y española
El choque Junqueras-Rufián no es solo interno; tiene efectos directos sobre el tablero político español:
- La izquierda observa con precaución: la proyección personal de Rufián podría generar tensiones con otros sectores progresistas, debilitando posibles coaliciones.
- El independentismo enfrenta una paradoja: necesita figuras visibles para mantenerse relevante, pero figuras como Rufián pueden erosionar la cohesión interna.
- Los adversarios políticos se benefician: la inestabilidad interna de ERC siempre fortalece al bloque de derecha, que observa con atención cómo los conflictos internos limitan la capacidad de negociación del partido.
Rufián, entre protagonismo y riesgo
Gabriel Rufián representa, hoy, la dualidad de un político mediático: capaz de atraer atención y movilizar simpatías, pero también de generar riesgos estratégicos significativos. Su estilo confrontativo, su obsesión por la visibilidad y su tendencia a desafiar la dirección lo convierten en un activo peligroso para ERC, particularmente en Madrid, donde la disciplina y la estrategia son claves para consolidar la influencia del partido.
Junqueras, por su parte, demuestra que la política madura exige cálculo, paciencia y reconocimiento de límites. Su decisión de no “saltar” a Rufián no es un triunfo del portavoz: es un reconocimiento pragmático de que el protagonismo mediático no siempre puede ser controlado, pero sí gestionado con inteligencia.
En última instancia, la relación entre Junqueras y Rufián no es solo un conflicto personal, sino una lección sobre cómo la política actual premia la visibilidad, pero castiga la improvisación y la confrontación sin estrategia. Y en ese delicado equilibrio, ERC debe aprender a mantener el partido unido, sin dejar que el espectáculo eclipsé la estrategia.
