A veces una frase basta para iluminar un paisaje entero. Juan Carlos Rodríguez Ibarra, viejo barón socialista, curtido en mil batallas internas y externas, ha pronunciado una de esas frases en una entrevista reciente con Lucía Méndez en El Mundo. No es una boutade ni un exabrupto de jubilado enfadado. Es una confesión amarga, casi un ajuste de cuentas moral con su propio partido y, por extensión, con la política española actual. Cuando Ibarra dice que algunos se afiliaron al PSOE “para hacerse ricos y porque querían ligar”, y añade sin rodeos que se trata de ligar “violentando a las mujeres”, no está haciendo literatura incendiaria: está describiendo un fenómeno que muchos intuyen y pocos se atreven a verbalizar con tanta crudeza.

Su afirmación es demoledora no solo por lo que dice, sino por lo que implica. Porque si hay quien entra en política, no por vocación pública ni por convicción ideológica, sino como quien entra en un negocio rentable o en una discoteca VIP, el problema ya no es un partido concreto, sino el sistema que lo permite, lo fomenta o, como mínimo, lo tolera. Ibarra remata con una frase que pesa como una losa: “No concibo que esos sean compañeros míos”. Ahí no habla solo el militante histórico, sino el ciudadano que observa cómo se le ha degradado el oficio.

Durante años se nos ha repetido, con una insistencia casi litúrgica, que la economía va bien. Las cifras macroeconómicas se agitan como banderas tranquilizadoras, mientras en la práctica el mercado laboral se vuelve cada vez más incierto, más hostil y más excluyente para amplias capas de la población. En ese contexto, la política brilla como un refugio dorado: una industria próspera, con salarios estables, proyección mediática y, sobre todo, una asombrosa capacidad para recolocar a personajes que en cualquier otro ámbito tendrían serias dificultades para prosperar. No es extraño, entonces, que atraiga a oportunistas, trepadores y mediocres con hambre de poder. Cuando la chusma —en el sentido más sociológico y menos clasista del término— empieza a ser numéricamente dominante, cabe preguntarse si seguimos viviendo en una democracia o si avanzamos, sin darnos cuenta, hacia una chusmocracia.

El caso de Pedro Sánchez suele presentarse como una anomalía heroica: el líder que resurge tras ser defenestrado, que se apoya en las bases para derrotar al aparato y que acaba conquistando el poder mediante una moción de censura histórica. Pero esa épica resiste mal un análisis frío. Antes de la moción de censura contra Mariano Rajoy hubo otra, menos recordada pero igual de decisiva: la que Sánchez ejecutó contra su propio partido. No fue tanto una rebelión de las bases contra el aparato como la sustitución de un aparato por otro. Y eso tiene consecuencias.

Conviene decirlo con claridad: no todo es chusma. Tampoco Pedro Sánchez lo es necesariamente. Se le puede reprochar casi todo, pero no la falta de ambición ni de habilidades políticas. Ambicionaba el poder y supo cómo alcanzarlo en un panorama político mediocre y fragmentado. El problema no es él, sino el núcleo duro que lo rodeó y lo sigue rodeando: un grupo humano de perfil mucho más bajo, cuya principal virtud es la ausencia total de escrúpulos y una fidelidad canina al líder. Gente que sin él no sería nada y que solo gracias a él ha podido ascender por encima de personas mucho más preparadas y valiosas.

Este fenómeno no es exclusivo del PSOE ni de la izquierda. Sería ingenuo y sectario afirmarlo. La historia reciente y pasada de la política española está plagada de ejemplos similares en casi todos los partidos. Pero centrarse en el reparto de culpas partidistas es, en el fondo, una coartada para no afrontar la pregunta verdaderamente incómoda: ¿qué pasa por la cabeza de los ciudadanos cuando votan?

Hasta cierto punto se entiende el hooliganismo político. Es humano ver la paja en el ojo ajeno y negarse a reconocer la viga en el propio. Pero ese autoengaño tiene un límite. Si “los tuyos” parecen chusma, huelen a chusma y actúan como chusma, quizá haya que aceptar la evidencia. Y si les votas hagan lo que hagan, pase lo que pase, la pregunta deja de ser solo qué son ellos y pasa a ser qué eres tú como ciudadano.

La democracia no se degrada solo por la mala calidad de sus dirigentes, sino también por la indulgencia acrítica de sus votantes. El voto no es un acto de fe ni un sacramento irrevocable. Es, o debería ser, un juicio periódico sobre la conducta, la competencia y la decencia de quienes aspiran a representarnos. Cuando ese juicio se suspende en nombre de la lealtad tribal, el sistema entero se resiente.

Si algo se aprende observando la política desde cerca —y más aún desde dentro— es que la calidad de las ideas es inseparable de la calidad humana de quienes las defienden. Los principios más nobles pueden convertirse en caricaturas grotescas cuando caen en manos indignas. La justicia social, la igualdad, la libertad o la regeneración democrática no son inmunes a la corrupción moral. Al contrario: en manos de la chusma se pudren con especial rapidez, porque se convierten en coartadas para el abuso y el cinismo.

La “chusma” de la que habla Ibarra no es un insulto genérico ni una descalificación clasista. Es una categoría moral y funcional. Son personas a las que les viene grande ser diputados, ministros o altos cargos. Gente que no ha llegado ahí por mérito, sino por demérito; no por sus virtudes, sino por sus defectos. Individuos que viven su cercanía al poder como un privilegio casi redentor, como una forma de expiar complejos, frustraciones y mediocridades que de otro modo nunca podrían sacudirse.

Duele, sin caer en idealizaciones ingenuas, comparar el nivel medio de los servidores públicos actuales con el de los primeros años de la Transición. Entonces, con todas sus limitaciones y errores, la política atraía a muchos de los mejores: profesionales consolidados, intelectuales, juristas, economistas, personas que sacrificaban carreras privadas prometedoras por un proyecto colectivo. Hoy, demasiadas veces, parece atraer como un imán a lo peor de cada casa: a quienes no destacan en nada salvo en su capacidad para intrigar, obedecer sin rechistar y sobrevivir en el fango.

No se trata de añorar un pasado mítico ni de caer en el “antes todo era mejor”. Se trata de constatar una tendencia peligrosa. Cuando la política deja de ser un servicio y se convierte en una carrera sin exigencias éticas ni profesionales, el resultado es inevitable: mediocridad, corrupción y desprestigio institucional.

Por eso el llamamiento final no puede dirigirse solo a los partidos, aunque estos tengan una responsabilidad enorme en la selección de sus cuadros. Debe interpelar directamente a los ciudadanos. Si de verdad queremos más Ibarra —en el sentido de políticos con experiencia, criterio y cierta decencia— y menos Ábalos, menos trepadores y menos aprovechados, hay que plantarse. Plantarse en el voto, en la opinión pública, en la conversación cotidiana. Exigir explicaciones, castigar comportamientos, romper la lógica del “los míos hagan lo que hagan”.

La democracia no se defiende sola. Y la chusmocracia no llega de golpe: se instala poco a poco, al calor de la resignación, del cinismo y del “todos son iguales”. No lo son. Pero para que dejen de parecérselo, alguien tiene que empezar a decir basta. Y ese alguien no puede ser siempre otro. Tiene que ser, también, cada uno de nosotros. Ahora, no mañana. Ya.

alejandra maller

Alejandra Maller

Periodista en Revista Rambla | Web |  Otros artículos del autor

Periodista y catalana.

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