Cada cierto tiempo, como un eco mal enterrado, reaparece la misma cantinela: Gaudí es para turistas. O peor aún: Gaudí es kitsch. Un decorador excesivo, un barroco fuera de control, una anomalía simpática reducida a postal, imán de selfis y colas interminables. Cien años después de su muerte, Antoni Gaudí sigue siendo una figura incómoda para una parte del pensamiento cultural: demasiado popular para ser respetable, demasiado singular para ser clasificado, demasiado radical para ser domesticado. Tal vez por eso sigue despertando rechazo. Tal vez por eso sigue siendo necesario defenderlo.

Que George Orwell calificara la Sagrada Familia como “uno de los edificios más horrendos del mundo” suele citarse como prueba de que incluso las grandes mentes pueden equivocarse. Pero quizá sea algo más revelador: Gaudí no encaja en los parámetros desde los que se juzga la arquitectura moderna. No responde al dogma racionalista, no se somete al canon internacional, no busca la abstracción geométrica ni la neutralidad estética. Su obra incómoda porque obliga a pensar la arquitectura desde otros lugares: desde la naturaleza, desde la simbología, desde la ciencia aplicada al oficio, desde una espiritualidad que hoy resulta casi escandalosa.

Bajo esta tensión —entre genialidad y malentendido— nace el Año Gaudí 2026, articulado bajo un lema tan elocuente como preciso: El orden invisible. No se trata solo de conmemorar un centenario, sino de una operación cultural ambiciosa cuyo objetivo declarado es desmontar los tópicos, neutralizar a los detractores y devolver a Gaudí al lugar que le corresponde: no como icono turístico, sino como uno de los grandes pensadores de la arquitectura universal.

La clave está en el enfoque. Lejos de una celebración superficial o folclórica, los responsables del programa —con la Cátedra Gaudí de la UPC como eje vertebrador— apuestan por una lectura científica, académica e integral de su obra. Una lectura que, paradójicamente, todavía no ha calado del todo ni siquiera en su propio país. Resulta revelador que Gaudí fuera el primer arquitecto en tener una exposición en el MoMA de Nueva York y que, al mismo tiempo, siguiera siendo objeto de ataques en su tierra. La contradicción no es anecdótica: es estructural.

Desde su fundación en 1956, la Cátedra Gaudí nació precisamente para combatir el desprecio intelectual hacia su obra. Setenta años después, esa misión no solo sigue vigente, sino que se vuelve urgente. Porque el problema no es que Gaudí sea popular; el problema es que su popularidad ha servido de excusa para no estudiarlo con la profundidad que merece. Se le ha convertido en marca, en decorado urbano, en experiencia turística, mientras se ignoraba —o se minimizaba— la radicalidad de sus aportaciones técnicas, estructurales y conceptuales.

El itinerario inaugural del Año Gaudí, significativamente titulado El Gaudí desconocido, es toda una declaración de intenciones. Pabellones Güell, Colegio de las Teresianas y Torre Bellesguard no son simples obras menores o laterales, sino laboratorios donde se gesta el pensamiento gaudiniano. En los Pabellones Güell, un Gaudí joven experimenta con el trencadís y redefine la relación entre arquitectura, función y entorno. En el Colegio de las Teresianas, inspirado por Las moradas de Santa Teresa, ensaya una arquitectura mística de una densidad conceptual extrema, que anticipa soluciones formales y simbólicas de la Sagrada Familia. Y en Bellesguard, interviene sobre un lugar cargado de memoria histórica, integrando pasado medieval y modernidad arquitectónica sin caer en el historicismo banal.

Estas obras, leídas en conjunto y no de forma aislada, permiten comprender a Gaudí como un creador transversal, obsesionado por la coherencia interna de sus sistemas. De ahí la importancia de abandonar el análisis obra a obra y apostar por una visión integral, poliédrica, capaz de generar nuevas lecturas. Gaudí no diseñaba edificios: diseñaba universos.

El programa del centenario insiste en esta idea de legado frente a evento efímero. Congresos académicos, exposiciones internacionales, investigación científica, catalogación rigurosa. La voluntad explícita es que el Año Gaudí no sea un paréntesis conmemorativo, sino un punto de inflexión en los estudios gaudinianos. Especialmente relevante será el congreso internacional en la Pedrera, centrado en las aportaciones científicas del arquitecto. Porque si hay algo que desmonta definitivamente el cliché del decorador es la evidencia de que Gaudí fue, ante todo, un investigador.

La incorporación de tecnologías inmersivas —como la experiencia Código Gaudí— puede parecer, a primera vista, una concesión al espectáculo. Sin embargo, bien entendida, responde a la misma lógica: hacer visible lo invisible. Permitir que el público acceda al corazón de los procesos creativos, a las superficies, a las estructuras, a la lógica interna que gobierna sus formas. Gaudí no improvisaba; calculaba. No ornamentaba; estructuraba. La tecnología, en este caso, no sustituye al pensamiento, sino que lo traduce.

No es casual que el lema del centenario sea El orden invisible. Gaudí trabajaba con leyes naturales, con geometrías complejas, con sistemas que hoy asociaríamos a la biomimética o a la ingeniería avanzada. Lo que muchos interpretan como exceso ornamental es, en realidad, consecuencia de una lógica interna extremadamente rigurosa. El problema es que ese orden no se presenta de forma evidente ni se deja reducir a fórmulas simples. Exige tiempo, estudio y una mirada libre de prejuicios.

La asociación de Gaudí con el turismo masificado ha sido, probablemente, uno de los mayores daños colaterales a su legado intelectual. Pero culpar al arquitecto de las dinámicas contemporáneas del turismo cultural es tan absurdo como juzgar a Bach por los conciertos de fondo en los aeropuertos. La solución no pasa por repudiar la obra, sino por recuperar el discurso que la sostiene.

En este sentido, el Año Gaudí tiene una responsabilidad que va más allá de la celebración: reeducar la mirada. Recordarnos que lo popular no es incompatible con lo profundo, que la emoción no excluye la inteligencia, que la espiritualidad puede convivir con la ciencia. Y que, quizá, el verdadero problema no es Gaudí, sino nuestra incapacidad para asumir una obra que no se deja domesticar.

Cien años después, Gaudí sigue siendo incómodo porque sigue siendo radical. Porque no encaja. Porque obliga a pensar. Y en una época acostumbrada a consumir cultura en cápsulas rápidas, su obra exige lo contrario: tiempo, atención y una cierta humildad intelectual. Tal vez por eso algunos prefieren despacharlo como kitsch. Es más fácil que enfrentarse a lo que realmente propone.

Defender a Gaudí hoy no es un gesto nostálgico ni patriótico. Es una apuesta por una cultura que no renuncia a la complejidad. Y eso, en los tiempos que corren, es casi un acto de resistencia.

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