Las almas muertas es una obra escrita por Nikolay Gógol y publicada en 1842. Gógol la definió como un poema épico en prosa. El protagonista Chíchikov junto con su cochero y un criado emprenden un viaje en su troika por los amplios territorios de la vasta Rusia, deteniéndose en ciudades y aldeas con la intención de comprar almas, almas muertas.

En el imperio ruso, antes de la emancipación de los siervos en 1861, los propietarios tenían derecho a poseer siervos para cultivar sus tierras. Los siervos eran para la mayoría de los propósitos considerados propiedad del terrateniente, y podrían ser comprados, vendidos o hipotecados como un bien. Para contar los siervos (y personas en general), se utilizaba la palabra “alma”: por ejemplo, “seis almas de siervos.” La trama de la novela se apoya en las “almas muertas” (es decir, “siervos muertos”) que se inscriben en los registros de la propiedad. En otro nivel, el título hace referencia a las “almas muertas” de los personajes de Gógol, todo lo cual hace visualizar diferentes aspectos de la póshlost (palabra rusa, traducida como “banalidad” o “vulgaridad”, moral y espiritual).

Burguillos y los fondos buitre

El neoliberalismo provoca más crecimiento de la rentabilidad del capital ficticio especulativo-parasitario (dinero que solo produce dinero) sobre el de la economía real (dinero invertido para producir y dar trabajo). Los grandes oligopolios empiezan a tener más poder económico que los propios estados, mediante la estrategia de Chíchikov, fantasmagoría de crear ricos, pero no riqueza y un día un saudí compra las comunicaciones del país y al día siguiente un especulador yanqui devora en plan take-away un pueblo sevillano de 7.000 habitantes como Burguillos.

Lo de que fondos buitre compre un pueblo de Sevilla y sus almas, nos sitúa en un póshlost decimonónico en pleno siglo XXI. Una aberración neoliberal se adueña de la historia, la memoria, la tradición y, con ello, el alma de sus gentes con el luctuoso propósito de especular y satisfacer un afán amoral de lucro insaciable. Simmel señalaba, entre otras cosas, cómo el dinero se había convertido en un “fin psicológico absoluto” para la mayoría de los seres humanos, lo que le otorgaba, a la vez, un papel central en la regulación de la vida práctica. El ámbito de los objetos que podían obtenerse por medio de dinero, advertía el filósofo, se iba ampliando cada vez más. Las cosas se entregaban con menor resistencia a su poder y, de este modo, el dinero, cada vez más impersonal y carente de cualidades, se tornaba más poderoso frente a las cualidades de las cosas. Frente a esta situación, los poderes que históricamente han organizado a la sociedad –raza, religión, política, ideas– tambalean. No hay, entonces, un elemento que jerarquice a los individuos, algo que resulta imposible de sostener (“la jerarquización es el impulso esencial de la socialización”, explica Ortega y Gasset. Es entonces cuando el dinero adquiere un poder y un influjo decisivo. Dado que, en tanto elemento material no puede volatilizarse, asume naturalmente la tarea de otorgar prestigio a los individuos, de jerarquizarlos, y de devolver, así, el equilibrio que la estructura social reclama. Sin embargo, resulta claro que este poder no le es propio, sino que se lo usurpa a las fuerzas ausentes. En rigor, explica Ortega, “el dinero no manda más que cuando no hay otro principio que mande”.

Prestigiosos bufetes legales trabajan para los fondos buitre al objeto de especular con viviendas echando a familias a la cruda intemperie de la calle, se terminó el derecho constitucional a la vivienda por alquileres artificialmente elevados y ahora apropiándose de pueblos enteros. No es de extrañar que veamos bibliotecas públicas, ermitas, iglesias y ambulatorios convertidos en apartamentos rurales, ya que el dinero sin escrúpulos puede comprarlo todo, también el alma de los pueblos y sus gentes.


Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/fondos-buitre-almas-muertas/20240520090136227084.html

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