En 1991, una joven agente del FBI llamada Clarice Starling descendía a los sótanos de una cárcel de máxima seguridad para entrevistarse con un psiquiatra caníbal. Aquel diálogo tenso y magnético entre Clarice y Hannibal Lecter marcó un antes y un después en la historia del cine. El silencio de los corderos no solo arrasó en taquilla: se convirtió en la tercera película en lograr los cinco principales premios de la Academia —mejor película, dirección, actor, actriz y guion adaptado— en la historia de los Premios Oscar. Más de tres décadas después, sin embargo, su legado se revisa bajo una nueva luz: la representación de Buffalo Bill, el asesino interpretado por Ted Levine, es hoy objeto de un intenso debate en la comunidad trans y en el ámbito cultural en general.

La discusión no es nueva, pero ha cobrado renovada fuerza tras las declaraciones de Levine y del productor Edward Saxon en un extenso reportaje publicado por The Hollywood Reporter. Allí, el actor reconoce que “hay ciertos aspectos de la película que no se sostienen muy bien” y admite que hoy es “mucho más consciente de los problemas de las personas trans”. Incluso señala que “hay algunas líneas en ese guion y en la película que son desafortunadas”. Sus palabras han reabierto una pregunta de fondo: ¿puede una obra artística de hace más de treinta años ser juzgada con los estándares de representación de 2026? Y, más aún, ¿debe serlo?

Un villano incómodo

En la trama, Buffalo Bill —cuyo nombre real es Jame Gumb— secuestra y asesina a mujeres para confeccionar un “traje” con su piel. La película insiste en subrayar que el personaje “no es realmente transexual”, sino alguien que cree serlo y cuya patología le lleva a desear una transformación corporal. Esa aclaración aparece explícitamente en boca de Lecter y de otros personajes, como una forma de evitar la identificación directa entre identidad trans y violencia psicopática.

La novela original en la que se basa el filme, The Silence of the Lambs, fue escrita por Thomas Harris y publicada en 1988. En ella, Harris construyó a Buffalo Bill como un personaje inspirado en varios asesinos reales, entre ellos Ed Gein, con el propósito de crear una figura perturbadora y compleja. Sin embargo, en la adaptación cinematográfica dirigida por Jonathan Demme, algunos elementos visuales —la famosa escena frente al espejo, la danza con maquillaje y peluca— consolidaron en el imaginario colectivo una asociación problemática entre disforia de género y criminalidad.

En los años noventa, diversas organizaciones LGTB ya protestaron por esa representación. Activistas denunciaron que, aunque el guion negara explícitamente que Buffalo Bill fuera trans, la iconografía y el subtexto reforzaban estereotipos dañinos en una época en la que la visibilidad trans era prácticamente inexistente en el cine comercial. Hoy, con un marco social mucho más consciente de la diversidad de género, esas críticas resuenan con más fuerza.

El reconocimiento de un error

Las declaraciones recientes de Levine y Saxon no son una condena frontal de la película, pero sí un ejercicio de autocrítica. Levine afirma que nunca interpretó al personaje como gay o trans, sino como “un hombre heterosexual desquiciado”. Sin embargo, reconoce que, a la luz de los estándares actuales, su caracterización está “totalmente mal”. Saxon, por su parte, admite que el equipo “no fue lo suficientemente sensible al legado de muchos estereotipos y su capacidad para causar daño”. Aunque insiste en que no hubo mala fe, sí expresa arrepentimiento por el impacto que pudo tener en colectivos vulnerables.

Ese matiz es relevante. En 1991, la conversación pública sobre identidad de género era muy distinta. El concepto de “representación responsable” apenas comenzaba a discutirse, y la industria cinematográfica no contaba con asesores especializados en diversidad como ocurre hoy. Aun así, el reconocimiento tardío de un posible daño plantea una cuestión ética: ¿basta con la ausencia de mala intención cuando el resultado contribuye a perpetuar prejuicios?

Arte, contexto y revisión histórica

El debate trasciende el caso concreto de Buffalo Bill. Forma parte de una discusión más amplia sobre cómo releer obras del pasado bajo estándares contemporáneos. En literatura, cine y televisión, numerosos títulos han sido reevaluados por su tratamiento de la raza, el género o la orientación sexual. El riesgo, advierten algunos críticos, es caer en una suerte de “presentismo moral” que juzgue el pasado sin considerar su contexto histórico. El riesgo opuesto es ignorar el impacto real que ciertas representaciones han tenido en colectivos marginados.

En el caso de El silencio de los corderos, la tensión es especialmente aguda porque la película no es una obra menor ni marginal: es un clásico canónico, estudiado en escuelas de cine y celebrado por su maestría narrativa. La interpretación de Anthony Hopkins como Hannibal Lecter y la de Jodie Foster como Clarice Starling se consideran hitos interpretativos. Su éxito consolidó el auge del thriller psicológico en los años noventa y dio lugar a una franquicia literaria y cinematográfica que incluye secuelas y adaptaciones televisivas.

Precisamente por ese estatus icónico, la representación de Buffalo Bill tiene un peso simbólico mayor. No se trata de una película olvidada, sino de una referencia cultural que sigue influyendo en nuevas generaciones de espectadores.

La evolución de la representación trans

Desde 1991 hasta hoy, la visibilidad trans en el audiovisual ha experimentado un cambio radical. Series y películas recientes han incorporado personajes trans interpretados por actores trans, con narrativas que buscan escapar del estereotipo de la víctima o del villano. La discusión ya no gira solo en torno a la presencia, sino a la calidad y diversidad de esas representaciones.

En este nuevo panorama, la figura de Buffalo Bill se percibe como un vestigio de una época en la que la identidad de género era tratada como exotismo o desviación. Aunque el filme subraya que el personaje “no es realmente transexual”, la imagen que perdura en la cultura popular —la escena del espejo, el “I’d fuck me”— ha sido leída por muchos como una caricatura asociada a la patologización de la diferencia.

El reconocimiento de Levine y Saxon se inscribe en esa evolución cultural. No implica borrar la película ni retirarla del canon, sino contextualizarla. Aceptar que una obra puede ser brillante en términos formales y, al mismo tiempo, problemática en ciertos aspectos no es una contradicción, sino un ejercicio de madurez crítica.

¿Reescribir o contextualizar?

Algunos sectores temen que la revisión crítica derive en censura o en la exigencia de modificar obras del pasado. Sin embargo, la mayoría de voces en el debate no plantean alterar la película, sino acompañarla de análisis y contextualización. En universidades y cinematecas, es habitual proyectar clásicos con debates posteriores que abordan sus implicaciones éticas y sociales.

La pregunta clave es si la obra debe “resistir” las categorizaciones actuales o si, por el contrario, su valor reside también en revelar las limitaciones de su tiempo. Exigir a una creación de hace treinta años que cumpla con los estándares de 2026 puede ser anacrónico; ignorar que ciertas imágenes han contribuido a estigmatizar a un colectivo es igualmente problemático.

En este sentido, la autocrítica de sus propios responsables aporta un elemento novedoso. No es una condena externa, sino una reflexión interna que reconoce la complejidad del legado. Saxon apunta al libro de Harris como fuente primaria del personaje, recordando que el equipo trató de ser fiel al material original. Sin embargo, también admite que en ese proceso “erraron” al no calibrar el impacto de determinados estereotipos.

Un legado ambivalente

Sería injusto reducir El silencio de los corderos a la polémica sobre Buffalo Bill. La película abrió camino a protagonistas femeninas complejas en el cine comercial y consolidó un modelo de thriller psicológico que influyó en toda una generación de cineastas. La figura de Clarice Starling, enfrentándose a un entorno masculino hostil, sigue siendo reivindicada como un referente de fortaleza y vulnerabilidad a la vez.

Al mismo tiempo, el debate actual demuestra que los clásicos no son piezas de museo intocables, sino textos vivos que dialogan con cada época. La cultura no es estática; cambia a medida que cambian las sensibilidades sociales. Que una obra sea revisada críticamente no implica negarle su valor artístico, sino reconocer que su significado evoluciona.

Más allá de la intención

Uno de los puntos más delicados del debate es la relación entre intención y efecto. Saxon insiste en que no hubo mala fe. Pero la ausencia de intención dañina no neutraliza necesariamente el impacto. En un contexto donde las personas trans han sufrido históricamente estigmatización y violencia, las representaciones que asocian identidad de género con enfermedad o criminalidad pueden reforzar prejuicios existentes.

Al mismo tiempo, el cine de terror y el thriller han recurrido con frecuencia a figuras “monstruosas” que encarnan miedos sociales. Buffalo Bill es, en muchos sentidos, una construcción simbólica del horror. La cuestión es si esa construcción se apoyó en rasgos que ya estaban cargados de estigma.

Un debate necesario

Treinta y cinco años después de su estreno, la conversación en torno a El silencio de los corderos revela algo más profundo que una simple polémica puntual. Habla de cómo las sociedades revisan su pasado cultural, de cómo los creadores asumen responsabilidades y de cómo los públicos exigen representaciones más justas.

Levine y Saxon no han pedido retirar la película ni renegado de su participación en ella. Han hecho algo quizá más relevante: reconocer que el contexto ha cambiado y que hoy mirarían ciertos aspectos de otra manera. Esa admisión no borra el impacto que pudo tener la obra, pero abre la puerta a una conversación más honesta.

En última instancia, la pregunta no es si debemos dejar de ver la película, sino cómo la vemos. Con admiración por su maestría cinematográfica, sí, pero también con conciencia crítica. Los clásicos sobreviven no porque sean perfectos, sino porque siguen generando diálogo. Y en ese diálogo, la sociedad redefine sus valores y amplía su comprensión de la diversidad humana.

El legado de Clarice Starling y Hannibal Lecter permanece intacto en términos de influencia cultural. Pero el rostro inquietante de Buffalo Bill nos recuerda que incluso las obras más celebradas pueden contener sombras. Reconocerlas no empobrece el arte; lo enriquece con una mirada más compleja y, quizá, más justa.

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