Tal vez sería mejor pluralizar el título de esta noticia porque el caso de principio a comentar es, para lástima de los españoles, casos y aplicables a algunos la mayoría de mis palabras.

Pues bien, La Nación de la mañana del domingo 28 de abril nos trajo la sorpresa de la colaboración de Benavente en su página literaria. Sobre Benavente corrían los rumores más diversos: unos lo presentaban saludando a la romana, encaramado en las escaleras del ayuntamiento de Valencia, abrazado fraternalmente durante el desfile franquista por el general Aranda; los otros afirmaron que, pasadas las primeras zalamerías, los vencedores no perdonaban a Benavente sus múltiples declaraciones, homenajes oficiales, interviús, etc., en favor de la República española. Dado el tono de artículo que tengo presente, me atengo a esto último.

¿Qué sino el miedo llevaría al menudo y ágil maestro Benavente a decir: «En nación alguna, en revolución alguna del mundo, se han juntado para ignominia de un pueblo hombres más desalmados, más incapaces intelectual y moralmente; sin un destello de nobleza ni de espiritualidad; desleales unos con otros, cobardes…?» ¿A qué sino la urgencia de salvar sosegadamente el resto de sus días viene este ataque gratuito y estúpido que los nuevos amos parecen ir siguiendo sobre su hombro? Después de leer el denso artículo donde se disculpa como lo hacía el cazurro ladrón campesino que robó el chancho: —¿Quién me ha colocado sobre las espaldas este animalito?— Es de creer que su situación es angustiosa y los puñales que los comunistas no colocaron sobre su glorioso pecho los ponen los amigos nuevos a los que, para disculparse de estar con vida, hay que decir: «Los que no han vivido en España en la zona roja saben de una parte de la guerra. Nosotros sabemos de ella toda. Pero no vamos a presumir de héroe por eso: ante el heroísmo de los que han combatido y triunfado». Decididamente, han triunfado, eso es lo que cuenta para obligarle al servilismo de este ataque a través del cual narra irónicamente su vida de tres años junto al pueblo español. ¡Qué diferencia más grande debe de encontrar en los actuales días con aquellos en que, ingenuamente, Valencia respiraba orgullosa de ver que un premio Nobel compartía su pan de soldado y los bombardeos de las aviaciones extranjeras combinadas! Pero tiene que borrar lo antes posible, el pasado vergonzoso, mover rápidamente las patas como hacen los perros, para que el olvido llegue pronto sobre la miseria que acaban de dejar sobre el jardín. Porque el tiempo histórico tiene la crueldad de no hacerse inmediatamente pasado y permanece vivo y fresco como el instantáneo presente.

Delante de mí, salvados por esas casualidades que agrupan las coincidencias, tengo un Mono Azul, revista de combate y fe, —ahora, guardada también en el armario de la esperanza— que transcribe las declaraciones de ese mismo Benavente insultador, hechas en julio de 1938 a un periodista francés, Jean Braman, para el Petit Nicoise:

«Sobrevino la sublevación rebelde y criminal, desencadenado sobre este pueblo, al que tanto quiero, un huracán homicida, cuya violencia es mucho mayor que la de todas las invasiones pasadas juntas.

No he titubeado, y desde los primeros días me puse al lado de la víctima, contra el verdugo y a su lado lucharé hasta el final.

El fascismo, estoy seguro, es el hijo sangriento de la Inquisición: se apodera del trabajo para explotarlo, del movimiento para forzarlo, del heroísmo para envilecerlo, de la gloria para mancillarla, del pensamiento para prostituirlo, yo no puedo estar a su lado.

He firmado el manifiesto de los intelectuales a favor de la República. Unas veces son bombardeos de aviones, otras, barcos. Y esto cada día, cada noche. He tenido que interrumpir mis trabajos.

Los peligros y las dificultades de la guerra han fortalecido mis sentimientos republicanos.

Prefiero caerme de inanición o morir aplastado por las bombas antes que postrarme a los pies de los invasores. Nada podrá hacerme ceder.

Escribo a los amigos que tengo diseminados por el mundo. Me dirijo a los intelectuales demócratas y libres para que trabajen con tenacidad en su ayuda al pueblo español».

He creído necesario dar casi íntegras estas declaraciones, a ver si resulta también que fueron arrancadas violentamente como sucedió en la vieja historia de Marañón, Ortega, Marichalar, etc. Resulta, entonces, que en España, ciertos escritores tiene —como el superviviente hermano Quintero, que acaba de publicar una poesía conmovedora a la banderita de su infancia— flojas las canillas para sostenerse en el terreno de las convicciones. Eso debe ser. Benavente en 1938 y en 1940, miente. Disfraza su verdad pobre de sangre, delicada de salud, decaída, vieja, casi inexistente en ambos casos. Es que hace tiempo se quedó sin entender ni poder juzgar. Todo lo que él pretende ahora que sucedió en la zona roja, de la cual afirma que nada podía decirse de ella «ni interesante ni verdadero», es ahora en su nueva oscilación cuando le sucede y se encuentra vacío y dice vaciedades. Se disculpa de no haber empezado antes su colaboración porque: «me han sido necesarios una cura de reposo físico, algún tiempo de recogimiento espiritual. No se encontraba uno a sí mismo; era uno como recién nacido a la vida. De tanto recuerdo, se olvida todo, y eso era lo que no podía ser: olvidar».

A la obsequiosa amabilidad de un pueblo responde el fino y sutil maestro Benavente con rencor. ¿No quiere olvidar ese pueblo que «escuchaba cantar bajo los naranjos» olvidó a su vez que fue este mismo ilustre dramaturgo quien encabezó las listas para premiar a los guardias civiles que habían matado en Asturias 5.000 mineros? ¿O quiere olvidarlo para callar su conciencia y entregarse con ese alivio a moros, requetés y falangistas? ¡Qué bajo, degradado, miedoso es su artículo! Paree que se ha sentado detrás de una pared y ya no tiene nada que temer de los toros. Pero los toros afilan sus astas contra las paredes. Dice que no se hace el héroe. «¡El silencio! Para mí no hay mayor grandeza como la de sentirse desconocido, calumniado y callar… callar». Entonces, ¿para qué habla? Hoy el millón de lectores de La Nación está exclamando: pobrecito don Jacinto Benavente, no lo mataron porque era Premio Nobel. No lo quemaron porque lo necesitaban para la propaganda. Lo cuidaron, sí, pero ¡con qué intenciones! Yo recuerdo, en cambio, un fragmento de carta a un amigo suyo a quien se expulsó del Comité de lectura de la delegación del Consejo del Teatro en Madrid, no por manejos políticos sino fisiológicos. Aproximadamente era esto: «Cree el gobierno que si me deja salir de España yo voy a vociferar contra él y a hacer declaraciones como Ortega o Marañón. No lo haría nunca por decoro espiritual». Y ahora ha perdido el decoro espiritual. Dice que se ha estado riendo con risa shakespeariana. ¿De quién? ¿De esos compatriotas suyos que se negaban a entregarse cobardemente? Nosotros sí que lloramos al ver su miedo, señor Benavente. Su miedo y el de otros, si caso y los casos. Su servidumbre y el inútil servilismo de los otros. Pero, ¿quién puede seguir creyendo en historias de miedo que se empeñan en seguir contando los que se fueron gracias a la generosidad del pueblo y del Gobierno de la República, escalonando sus viajes desde 1936? A esta cobardía que hoy le toca sentir a Jacinto Benavente puede que un día no lejano tenga que añadir otra, a su miedo pasado y actual, otro tercero cuando vea las cartas de los que hoy están fuera de la vida ciudadana reclamando lo que a su sangre leal pertenece. Entonces, el viejo premio Nobel pedirá perdón de sus torpezas y hablará de cuchillos, coacciones y amenazas.


*Publicado originalmente el miércoles, cinco de junio, de 1940, en España Democrática. Órgano del Comité Nacional de ayuda al Pueblo Español.

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