El club (Pablo Larraín, 2015)

altLlevo unos años recomendando, a quien me lea o me escuche, el cine de Pablo Larraín, así que la llegada de una nueva película, y que encima se estrene en España es una gran noticia. Que la crítica internacional la haya elogiado casi con unanimidad también es motivo de satisfacción.

 

 

 

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Llevo unos años recomendando, a quien me lea o me escuche, el cine de Pablo Larraín, así que la llegada de una nueva película, y que encima se estrene en España es una gran noticia. Que la crítica internacional la haya elogiado casi con unanimidad también es motivo de satisfacción. Cuando descubres a un director prácticamente desconocido en tu país, cuyas historias te parecen diferentes y de calidad, y el tiempo va demostrando que ese impacto que te causó no era casual, que existe un toque egocéntrico que reconforta. Que el cine chileno vaya tomando peso internacional al mismo nivel que el mejicano o el argentino es una deuda que empieza a saldarse. Todo este preámbulo es necesario para situar esta película como una de las propuestas más sólidas, más contundentes, más artísticas, del cine estrenado en España en 2015. Coincidiendo su estreno con la de Panahi, ésta oso de oro y El club oso de plata, la verdadera ganadora de Berlín 2015 es, indudablemente, la película chilena.

 

El cine de Larraín no presenta fisuras, no es complaciente y sus protagonistas suelen empatizar muy poco con el espectador, sus obras precedentes, pese a la “anormal” “NO”, que radiografiaba el suicidio del régimen de Pinochet desde sus propias entrañas y que, particularmente, era un paso atrás en el cine del director, sus anteriores “La fuga”, “Tony Manero” y “Postmorten, la autopsia de Salvador Allende” engarzaban la violencia cotidiana en un régimen abyecto y sanguinario que infectaba a todos sus ciudadanos. Larraín no abandona la violencia en su última película, una película superlativa tanto en el fondo como en la forma, un retrato despiadado de la maldad humana desde el seno de una institución que dice proclamar la bondad, la ayuda a los necesitados, el perdón y la reparación a todos sus miembros, un torpedo bien dirigido a la línea de flotación de una institución que domina parte del poder mundial desde hace 20 siglos como es la iglesia católica.

 

“El club” es una película que se te agarra a las tripas y no te suelta días después de asistir, admirado y apesadumbrado, a su visión. Desconcertado, porque al principio crees que la proyección de la sala es defectuosa, rápidamente entiendes que esos desenfoques, esos grandes angulares deformantes, esa permanente neblina que entristece las miradas y oscurece las almas son producto de un diseño estético tendente a reflejarte la verdadera personalidad de esos cuatro curas y esa especie de monja beatíficamente perversa, que viven en una casa apartada al lado del mar en un pueblo perdido de Chile.

 

El que a los 10 minutos de película no se haya quedado absorbido por lo visto hasta entonces y no haya sentido un puñetazo en los sentidos será mejor que abandone la sala y vuelva otro día. Estos cuatro sacerdotes, apartados de sus parroquias por decisión superior, representan cuatro de los jinetes del apocalipsis a los que la jerarquía católica no ha querido enfrentarse públicamente ni erradicar para no desvelar sus miserias, sus vergüenzas, sus crímenes, sus delitos no purgados ante la justicia humana, colocándose así en un doble ámbito de superioridad, la impunidad de ocultar y ocultarse creando bolsas de delincuentes desconocidos y la de decidir cómo, cuándo y por qué castiga o no, sus faltas.

 

En ese retiro forzado por la jerarquía, ninguno de los cuatro sacerdotes se siente culpable de nada, traficar con niños, ser homosexual, pederasta, criminal cooperador de la dictadura, no significa nada para ellos, no hay nada de qué responder, ya sea ante los hombres o ante su convicción religiosa (es cierto, la homosexualidad sería el único de los asuntos que merecería no estar en esa casa, al menos desde el punto de vista no clerical, lo que ocurre es que Larraín hará progresar a ese personaje para equipararle al resto, para que no corramos el riesgo de pensar que ser homosexual merece un castigo, planteamiento que permite a Larraín no estigmatizar lo que no lo merece, sino por el comportamiento del propio sacerdote alejando su maldad de sus afinidades sexuales).

 

La llegada de un quinto sacerdote, que se resuelve en una intensa escena de un par de minutos en la que se reúnen todos los horrores de esa casa, y la posterior decisión de la jerarquía de colocar en la casa a un enviado vaticano para ahondar en la mentalidad de estos perturbados moradores de la casa y decidir si ésta se cierra y los sacerdotes son entregados a la justicia humana o se decide otro tipo de solución, convulsiona a estos sacerdotes violentos, prepotentes, arrogantes, pendencieros, colocándoles en el punto de perder el control al percibir la amenaza del castigo, eliminar el juego, las apuestas, la bebida, de la casa es un preámbulo de lo que se puede avecinar.

 

El desenfoque de la imagen, la niebla interior que envuelve a esos sacerdotes dentro de la casa son reflejo de una personalidad difusa, enferma, desenfocada. Poderosamente maligna y perversamente planificadora, no admiten ninguna solución ni ninguna perturbación en su statuo quo. Por eso cualquier recuerdo del pasado es una amenaza a erradicar. El sacerdote que actúa como exorcista (el recuerdo del padre Karras me resulta inevitable) camina entre las dos aguas de hacer lo correcto y perjudicar la imagen ya deteriorada de la iglesia, o buscar un castigo que, sin revelar el mal a la sociedad, limpie la conciencia interna de la institución ante su ceguera con los crímenes de los suyos y, al tiempo, les coloque ante una verdadera penitencia y el reconocimiento, al menos, de sus pecados.

 

Es por eso que a un desarrollo tan intenso, tan perturbador, tan desenfocadamente dañino en la mente de todos los ocupantes, le siga un final, un colofón de gran altura, un final de pérdida para todos, un final en consonancia con la existencia de la misma casa y que coloca a cada uno en un sitio molesto y vergonzante. Larraín ofrece una imagen desolada de cinco personas que deberían encontrarse retirados de la sociedad, no apartados en un exilio dorado, sino castigados y retribuyendo su culpa, pero la proyección es doble, no sólo de los personajes que se han comportado como lo han hecho y que no cejan en su maldad intrínseca mientras se encuentran en la casa, sino de aquellas jerarquías que han consentido, si no es que han participado, los resultados de las corrupciones de sus delegados, y que siguen consintiendo bajo el mensaje propagandístico de que los tiempos han cambiado  y la impunidad se ha acabado. Nadie con dos dedos de frente debería fiarse de los mensajes evangelizadores de quien sabe que hay que cambiar las formas para mantener el fondo. Di lo que se quiere  oír pero haz lo que has hecho siempre. Particularmente me importa un bledo si el Vaticano ha cambiado o no de orientación ideológica, lo dudo mucho, tampoco creo que esta película busque reflejar un estado de las cosas ni que la jerarquía tome conciencia de su criminal comportamiento ocultando delitos de manera sistemática entre sus miembros, lo que si se es que estamos ante una película con mayúsculas, una de esas películas que te sigue golpeando días después de verla, de las que no te cansas de recomendar porque no sólo es que sea necesaria, es que es cine magnífico.

 

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