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Estos días anda revolucionada la caverna brasileña a propósito de un examen para estudiantes en el que se citaba la célebre frase de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer: llega una a serlo”. Esta idea, con la que se defiende la identidad femenina como un proceso de construcción social ajena a determinismos biológicos, desató la furibunda reacción de los sectores más casposos que la vieron como la confirmación de una conspiración marxista-feminista para inculcar en las inocentes mentes de los jóvenes las perversas ideas de la perspectiva de género.

Paradójicamente, estas virulentas reacciones más que cuestionar acaban confirmando lo que recusan. Y es que del mismo modo que las teorías darwinistas se vieron reforzadas por los simiescos argumentos con que algunos se rasgaban las vestiduras negando venir del mono, hoy escuchando a quienes despotrican contra la perspectiva de género, solo podemos admitirlos en la categoría de animales racionales si aceptamos que no se nace biológicamente “homo sapiens” sino que se llega a serlo.

Por lo demás, la anécdota vuelve a poner de relieve la importancia que el tema de las identidades tiene en nuestras sociedades. También las controversias y pasiones que despierta cada vez que se pone sobre la mesa. Y no son pocas las ocasiones para ello, dado el desesperado afán de las personas por intentar saber quiénes son, por ubicarse en un mundo que lleva tiempo atrapado en lo que, parafraseando a Eric Hobsbawm, podríamos definir como la Era de los Desconciertos.

Esa búsqueda de identidades claras tiene especial predicamento entre los sectores más conservadores, siempre interesados en identificar y fichar al personal. Por ello lo primero que hicieron al crear el estado moderno fue instaurar el Documento Nacional de Identidad oportunamente gestionado por la policía. Y lo que aplicamos a los individuos, podemos también dedicarlo al ámbito social, claro.Porque si fijamos claramente qué significa ser, pongamos por caso, español o socio del CD Alcoyano, todo resulta más sencillo para identificar quiénes somos nosotros, quiénes vosotros o incluso quienes son ellos.

A veces hacer esa distinción no resulta tan sencillo. Pensemos en la polémica en torno al independentismo catalán que ha convertido a Mariano Rajoy, Albert Rivera y Pedro Sánchez en una especia de tres mosqueteros defensores de la unidad de España frente a las pérfidas conspiraciones de un Richelieu catalanista. En principio, la única forma de concebir de forma realista la unidad de España sería a partir de una pluralidad de piezas reunidas por la historia, que es tanto como decir que está artificialmente construida por los hombres y no siempre de forma voluntaria. Pero, por desgracia, no es así.

Los conservadores prefieren presentar España como una piedra, como una roca firme que ni la erosión del viento consigue alterarla. En consecuencia, es un otro,extraño ajeno, el que amenaza con romper lo que se presenta como un todo inquebrantable e inmutable. Franco ya defendió estos argumentos cuando afirmó que prefería una España roja a una España rota. Y en efecto consiguió instaurar su España una, grande y libre a fuerza de teñir de rojo el país con la sangre derramada de quienes bautizó como la anti-España.

Hoy, por fortuna, estamos lejos de aquello, pero sigue imperando entre los conservadores –y no solo- la misma visión monolítica de España. Por eso, les gusta tanto fijar por escrito qué debemos entender por identidad española, como en esos exámenes que tienen que pasar los aspirantes a tener la nacionalidad nacidos en otras tierras. Pruebas con las que se intenta impedir que entre alguno sin saber quién es Jesulíne instaure un Estado Islámico en Calahorra. La derecha valenciana adoptaría el mismo modelo al implantar una ley que regulara en qué consiste nuestra idiosincrasia y cuál es la receta de la auténtica paella, al menos hasta que llegó Rajoy y le añadió garbanzos provocando una profunda crisis de identidad.

Saber quién somos para diferenciarnos del otro. Lo explicó con maestría el presidente húngaro Viktor Orban cuando fue jaleado en Madrid durante la cumbre del Partido Popular Europeo y explicó su postura frente al drama de los refugiados. Por suerte , identificar al otro es mucho más fácil. Porque si es cierto que no sabemos muy bien quiénes son, al menos podemos saber lo que no es, como cristianamente nos advirtió el cardenal Cañizares: el otro no es trigo limpio. Y eso se puede aplicar a cualquier otro que se estime oportuno: un niño sirio empujado por las olas, un incendiario independentista del Ampurdà o la musical presencia de Raimon en Xàtiva.

Este reduccionismo monolítico tampoco falta, por supuesto, entre los defensores a ultranza de otras pretendidas identidades eternas, aunque para ellos ese otro sea, por ejemplo, el español. Por eso, para evitar dramatismos innecesarios en la vida personal, política y social, no estaría mal aplicarnos más a menudo las reflexiones que pensadoras como Simone de Beauvoir o Judith Butler han hecho sobre la identidad. Y recordar que, al fin y al cabo, antes de que nadie hablara de las teorías Queer, Cervantes y su Quijote ya nos dijeron que saber quién es uno mismo es tanto como saber que se puede ser lo que uno quiera. Hasta “los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama…”.

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