En las vastas extensiones de las Grandes Llanuras de Norteamérica, donde el horizonte se funde con el cielo infinito y el viento susurra secretos ancestrales, se erigen comunidades que desafían el individualismo moderno. Las colonias hutteritas, enclaves de vida comunal inspirados en las enseñanzas bíblicas del siglo XVI, representan un bastión de tradición en un mundo dominado por la tecnología y el consumismo. Con una población estimada en alrededor de 53.000 personas distribuidas en más de 570 colonias, principalmente en las praderas de Canadá y Estados Unidos, los hutteritas mantienen un estilo de vida que prioriza la colectividad sobre el yo, la fe sobre la ambición personal y la sostenibilidad rural sobre la urbanización acelerada.
De la Persecución Europea a las Praderas Americanas
La historia de los hutteritas se remonta al Renacimiento Radical de la Europa del siglo XVI, un período marcado por la Reforma Protestante y la persecución religiosa. Fundados por Jakob Hutter en 1528 en el Tirol (actual Italia), los hutteritas emergieron como una rama de los anabaptistas, un movimiento que rechazaba el bautismo infantil y abogaba por una iglesia invisible separada del Estado. Inspirados en la Confesión de Schleitheim y las enseñanzas de líderes como Peter Riedemann, adoptaron la comunidad de bienes como pilar fundamental, basándose en pasajes bíblicos como Hechos 2, 4 y 5, que describen a los primeros cristianos compartiendo todo en común.
Perseguidos por sus creencias pacifistas y su rechazo a los juramentos y el servicio militar, los hutteritas migraron a través de Europa Central y Oriental. En el siglo XVIII, casi extintos, encontraron refugio en Rusia en 1770, donde prosperaron temporalmente. Sin embargo, las leyes rusas que exigían el servicio militar en el siglo XIX los impulsaron a emigrar nuevamente. Entre 1874 y 1879, alrededor de 400 hutteritas llegaron a los Territorios de Dakota en Estados Unidos, estableciendo las primeras colonias en lo que hoy son las Grandes Llanuras. Durante la Primera Guerra Mundial, enfrentaron discriminación en EE.UU. por su pacifismo, lo que llevó a muchos a reubicarse en Canadá, especialmente en Alberta, Saskatchewan y Manitoba.
Hoy, esta migración ha dado forma a su presencia geográfica. En Estados Unidos, se concentran en Dakota del Sur (54 colonias), Montana (50), Dakota del Norte (7) y Minnesota (9), mientras que en Canadá suman unas 350 colonias con 34.000 habitantes, predominantemente en las praderas occidentales. Esta expansión refleja no solo resiliencia, sino una estrategia de «fisión» colonial: cuando una colonia supera los 150-250 miembros, se divide en «colonias hijas» para mantener la cohesión social y económica.
Fe, Pacifismo y Comunidad de Bienes
En el corazón de la vida hutterita late una teología anabaptista que enfatiza el bautismo adulto, la no resistencia y la separación del mundo secular. «Somos comunistas en el sentido bíblico», explica un líder hutterita en documentos históricos, refiriéndose a su rechazo a la propiedad privada. Todos los bienes —tierra, maquinaria, hogares— pertenecen a la colonia, y los ingresos se distribuyen equitativamente. Esta estructura, inspirada en las confesiones de fe de Riedemann, prohíbe la acumulación personal y fomenta la dependencia mutua.
El pacifismo es inquebrantable: los hutteritas no participan en guerras ni en el servicio militar, lo que les ha costado persecuciones históricas. Su fe se manifiesta en servicios religiosos diarios, dos veces los domingos, donde se cantan himnos en alemán antiguo y se predica sobre la humildad y la obediencia. Las tres ramas principales —Lehrerleut (más conservadores), Dariusleut y Schmiedeleut (más progresistas)— varían en detalles como el uso de tecnología, pero comparten el núcleo comunal.
En las Grandes Llanuras, esta fe se entrelaza con el paisaje: las colonias, a menudo aisladas en vastas llanuras, sirven como refugios espirituales. «Nuestra sociedad se preserva mejor en entornos rurales», afirman fuentes enciclopédicas, donde la agricultura refuerza su autosuficiencia. Sin embargo, el exilio de exmiembros (shunning) y la endogamia plantean debates éticos, aunque los hutteritas defienden estas prácticas como esenciales para la pureza comunitaria.
Rutinas Colectivas y Roles Definidos
Imaginemos un amanecer en una colonia de Montana: el sol se eleva sobre campos de trigo ondulantes, mientras los hombres se dirigen a los tractores y las mujeres preparan desayunos comunales. La vida diaria es un tapiz de trabajo compartido, con comidas (excepto el desayuno) tomadas en comedores colectivos, donde hombres y mujeres se sientan por separado para fomentar la modestia.
Las colonias típicas albergan 10-20 familias, con un ministro (líder espiritual y legal), un secretario (gestor de negocios) y «jefes» especializados en granjas, jardines o manufactura. Las decisiones se toman en consejos, con votos de hombres casados, aunque las mujeres influyen informalmente. Los niños, educados en escuelas coloniales por maestros externos y tutores internos en alemán y Biblia, aprenden valores comunales desde temprana edad.
En las praderas, las actividades giran en torno a la agricultura: cultivo de granos, cría de ganado y producción de huevos, leche y vegetales. Colonias como las de Alberta han diversificado hacia la manufactura —fabricación de muebles, equipo agrícola— para financiar expansiones, con costos de nuevas colonias alcanzando los 20 millones de dólares canadienses. La vestimenta, hecha a mano, varía por rama: colores vibrantes para niños, estilos modestos para adultos, reflejando una identidad cultural arraigada.
Las rutinas incluyen limpieza anual de primavera, recolección de frijoles y actividades recreativas como patinaje o poesía, como se evidencia en eventos modernos como el «Friends & Neighbours Evening» transmitido en vivo. Sin embargo, la tecnología es selectiva: teléfonos y celulares son comunes, pero el internet está restringido en algunas ramas para evitar influencias externas.
Economía y Desafíos Contemporáneos en las Grandes Llanuras
La economía hutterita es un modelo de autosuficiencia: las colonias operan como empresas colectivas, vendiendo productos agrícolas y manufacturados para reinvertir en la comunidad. En las Grandes Llanuras, benefician de suelos fértiles, pero enfrentan presiones como el alza de precios de la tierra impulsado por la industria petrolera en Alberta y Saskatchewan. Esto ha impulsado la diversificación, con colonias produciendo bienes para mercados externos.
Desafíos modernos incluyen la pandemia de COVID-19, que afectó duramente las colonias en 2020 debido a la vida comunal, llevando a medidas de aislamiento. La tasa de fertilidad ha caído de 10 hijos por familia en 1950 a cinco en 2010, y la edad de matrimonio ha aumentado, ralentizando el crecimiento poblacional. Además, revisiones legislativas en Canadá, como la del Senado en 2018 sobre impuestos para granjeros, han impactado su estatus fiscal.
A pesar de esto, los hutteritas mantienen interacciones positivas con vecinos no hutteritas, contribuyendo a economías locales. En Montana, por ejemplo, su llegada en 1918 transformó la cultura rural, integrando tradiciones germanas en el tapiz americano.
Resiliencia en un Mundo Cambiante
Las colonias hutteritas en las Grandes Llanuras no son reliquias del pasado, sino comunidades vivas que equilibran tradición y adaptación. En un era de individualismo exacerbado, ofrecen un contrapunto: la fuerza de lo colectivo, anclado en la fe y el trabajo compartido. Sin embargo, enfrentan dilemas como la retención de jóvenes y la presión ambiental. Como señala un estudio reciente, son «un grupo étnico, religioso y comunal» que elude clasificaciones fáciles. Su futuro depende de preservar su esencia mientras navegan el siglo XXI, recordándonos que la utopía comunal aún florece en las llanuras infinitas.
