Hay algo profundamente revelador en la incomodidad que generan ciertas ficciones que aspiran a ser subversivas. No por lo que muestran, sino por lo que prometen. En ese espacio ambiguo entre la intención declarada y el resultado final se instala Cochinas, una serie que, bajo la apariencia de irreverencia y modernidad, termina reflejando una paradoja incómoda: querer dinamitar los tópicos recurriendo precisamente a ellos.
Ambientada en el Valladolid de finales de los noventa, la serie parte de una premisa con indudable potencia narrativa: una ama de casa conservadora, empujada por las circunstancias, se hace cargo de un videoclub en decadencia y decide potenciar su sección de cine para adultos, desencadenando una suerte de despertar sexual colectivo entre las mujeres de su entorno. La idea es sugerente, incluso necesaria, en un panorama audiovisual que aún arrastra inercias pudorosas cuando se trata de explorar la sexualidad femenina con naturalidad.
Pero lo interesante no es tanto el punto de partida como el modo en que se desarrolla. Porque ahí es donde emerge la tensión fundamental de la serie: su discurso pretende cuestionar la mirada tradicional sobre el deseo femenino, pero su ejecución se apoya, en demasiadas ocasiones, en los mismos códigos que dice combatir. Y esa contradicción no es un matiz menor, sino el eje que define su alcance real.
El humor picante, uno de los motores evidentes de la narración, funciona a ratos como herramienta de liberación, pero también como refugio. Es fácil provocar cuando la provocación está domesticada, cuando el espectador reconoce los mecanismos y sabe que, en el fondo, no hay riesgo real. La serie juega con el imaginario del erotismo popular —el videoclub, las cintas VHS, el descubrimiento tardío del placer—, pero lo hace desde una estética que, lejos de incomodar, resulta familiar, incluso complaciente.
En ese sentido, Cochinas parece más interesada en simular la transgresión que en llevarla hasta sus últimas consecuencias. No es tanto una ruptura como una reinterpretación amable de lo ya conocido. El sexo se convierte en dispositivo narrativo, sí, pero más como recurso cómico que como vehículo de reflexión profunda. Y ahí es donde la serie pierde parte de su potencial: en su incapacidad para decidir si quiere ser una sátira incisiva o un entretenimiento ligero con pretensiones.
Esto no significa que carezca de valor. Al contrario, su mayor acierto reside precisamente en visibilizar un tema históricamente relegado: el deseo femenino en contextos cotidianos, lejos de los estereotipos más evidentes. La serie introduce cuerpos diversos, experiencias distintas y una mirada que, al menos en su intención, busca ampliar el marco de representación. Pero incluso ese gesto, loable en sí mismo, queda a menudo diluido por una narrativa que no siempre se atreve a incomodar de verdad.
Porque incomodar implica ir más allá del guiño cómplice. Implica cuestionar no solo los tabúes, sino también las estructuras que los sostienen. Y ahí es donde la serie se muestra más tímida. La crítica a la industria pornográfica, por ejemplo, aparece de forma tangencial, casi anecdótica, integrada en parodias que, si bien resultan ingeniosas, no terminan de articular un discurso sólido.
En el fondo, Cochinas parece atrapada en una lógica muy contemporánea: la necesidad de ser relevante sin dejar de ser accesible. Es el dilema de buena parte de la ficción actual, que busca abordar temas complejos sin renunciar a la ligereza que garantiza la conexión con el público. El resultado, en muchos casos, es una especie de equilibrio inestable, donde la profundidad se sacrifica en favor de la inmediatez.
Y, sin embargo, hay momentos en los que la serie roza algo más auténtico. Escenas en las que el humor se mezcla con una cierta melancolía, donde el descubrimiento del placer no es solo una anécdota, sino una forma de cuestionar la propia identidad. Ahí, en esos instantes fugaces, se intuye la serie que podría haber sido: más incómoda, más arriesgada, más honesta.
Pero esos destellos no son suficientes para sostener un conjunto que, en demasiadas ocasiones, recurre a fórmulas conocidas. Personajes que funcionan más como arquetipos que como individuos complejos, tramas que avanzan a base de situaciones episódicas sin un desarrollo profundo, y un tono que oscila entre la sátira y la comedia costumbrista sin terminar de decantarse por ninguna de las dos.
Quizá el problema no sea tanto lo que la serie hace, sino lo que deja de hacer. Porque en su intento por resultar cercana, termina renunciando a la radicalidad que su premisa parecía prometer. Y esa renuncia no es inocua. En un contexto en el que la representación de la sexualidad femenina sigue siendo un campo de disputa, la tibieza puede resultar más problemática que el exceso.
No se trata de exigir a cada ficción que sea revolucionaria, pero sí de señalar cuando la supuesta revolución se queda en superficie. Cochinas no es una mala serie; es, en muchos sentidos, una serie eficaz, entretenida, incluso necesaria en determinados aspectos. Pero también es una serie que ilustra los límites de una cierta idea de transgresión: aquella que se enuncia con fuerza, pero se ejecuta con cautela.
Y esa cautela, en última instancia, es lo que la define. Porque lo verdaderamente incómodo no es el sexo, ni el humor, ni la provocación. Lo incómodo es enfrentarse a las propias contradicciones. Y en ese terreno, Cochinas parece preferir la sonrisa cómplice al cuestionamiento real.
Tal vez ahí resida su mayor paradoja: en querer desmontar los tópicos sin renunciar del todo a ellos. En invitar a mirar de otra manera sin dejar de ofrecer, en el fondo, lo que el espectador ya conoce. En prometer una revolución que, al final, se queda en un amago.
Y, sin embargo, incluso en esa ambigüedad, hay algo valioso. Porque las ficciones que generan debate, aunque sea por sus limitaciones, también contribuyen a ampliar el campo de lo posible. Cochinas no rompe todos los moldes, pero al menos los agita. Y en un ecosistema donde la comodidad suele imponerse, ese gesto, por pequeño que sea, merece ser tenido en cuenta.
La cuestión es si eso es suficiente. Y la respuesta, como casi siempre, depende de lo que estemos dispuestos a exigirle a la ficción contemporánea: si nos conformamos con la apariencia de la transgresión o si seguimos esperando que, en algún momento, alguien se atreva a ir un poco más allá.
