A muchas personas les gustaría vivir en un palacio. Sin embargo, si esas gentes de gusto tan refinado no pertenecen a la banda de prebendados de sangre que ocupa la Jefatura del Estado y su orla en la plus-cuán-imperfecta democracia española, y además tiene dos dedos de frente, al punto pensarán en las grandes dificultades que acarrea el mantenimiento de semejante residencia, por lo que muy sensatamente pensarán en alojamientos más accesibles. Algo así le ocurrió al candidato de Ciudadanos, Albert Rivera, a quien ciertos medios de comunicación quieren colocar vía exprés a las puertas del palacio de la Moncloa:

A muchas personas les gustaría vivir en un palacio. Sin embargo, si esas gentes de gusto tan refinado no pertenecen a la banda de prebendados de sangre que ocupa la Jefatura del Estado y su orla en la plus-cuán-imperfecta democracia española, y además tiene dos dedos de frente, al punto pensarán en las grandes dificultades que acarrea el mantenimiento de semejante residencia, por lo que muy sensatamente pensarán en alojamientos más accesibles. Algo así le ocurrió al candidato de Ciudadanos, Albert Rivera, a quien ciertos medios de comunicación quieren colocar vía exprés a las puertas del palacio de la Moncloa: tanto se ha ilusionado el hombre, que en el debate a cuatro del lunes 7 de diciembre parecía pesarle la responsabilidad de presidenciable, porque un sujeto tan desenvuelto en las tablas no pasó de acelerado, nervioso, impreciso. Parecía el niño empollón que quiere explicar en un instante toda su sapiencia sobre el conjunto del reino animal cuando el profesor solo le ha preguntado por los insectos. Se atropellaba a sí mismo en ese afán de contar y destacar truncado por las prisas, solo domadas —y no del todo— en la segunda parte del debate. Además, en ningún momento halló la pose, ni tan siquiera la postura cómoda, porque se movía de continuo como si padeciera el síndrome de las piernas inquietas. O dicho de modo mucho más pedestre, como si se estuviera meando (el sentido común indica hay que hacer pis antes de aparecer en público, pues la vejiga solo tiene compromisos consigo misma). Tampoco quedó muy bien su recurso a los cartelitos, bastante cursi por resabiado, y dijo que se mordía la lengua por respeto cuando habló de corrupción (el gran regalo electoral del PP a sus rivales), pero en realidad su inciso se quedó en nada, porque la única dentellada que Rivera se propinó a sí mismo el lunes fue de tipo mental: la de la inseguridad.

Claro que como ejemplo de pose, postura y hieratismo, ahí tenemos a Pedro Sánchez, dotado de la inalterabilidad de las estatuas del museo de cera. Para darle una pincelada humana, ese monumento a la insulsez llegó a los estudios de la mano de su esposa (¡qué sonrisa de hastío la suya, con la tele tan mona que tienen en casa!), y así los abandonaría más tarde, concluida la brega. Sin embargo, durante el debate volvió a demostrar que su tono monocorde, no templado sino huero, no procede tanto de una exquisita educación —la cual sin duda posee— como de un desierto de ideas, fórmulas y planes. El porte de galán no compensa la agilidad y el desparpajo que le faltan y precisa para dejar de aburrirnos de una vez por todas. Y por otra parte, él, todo un profesor de economía, ha sido incapaz de presentar en sus intervenciones ante el Congreso de los Diputados una sola alternativa técnica a las medidas de sangría social y productiva impulsadas por el gobierno ppopular, más allá de “Usted lo hace mal, señor Rajoy”. En el debate del lunes no defraudó a sus críticos acérrimos, satisfaciéndolos con todo un muestrario de trivialidades y promesas necesitadas de una explicación funcional. Por doquier lo daban como evidente perdedor de la velada, y cuando el río suena…

La derrota psoecialista en el debate a cuatro no favorece las expectativas de Podemos y la ausente Izquierda Unida (por cierto, el twitter de Alberto Garzón casi dobló en tráfico al de Podemos durante la transmisión televisiva). La debacle de Sánchez amenaza con arrastrar consigo las posibilidades de un gobierno de coalición de izquierdas, a no ser que las dos fuerzas citadas remonten espectacularmente en las urnas el porcentaje de votos que hasta ahora les concedían las encuestas (habrá que ver futuros sondeos). Las redes sociales daban la victoria en debate al secretario general de Podemos y parece plausible pensar que sus posiciones han mejorado, pero la brecha aún por salvar es muy grande. A Iglesias se le vio cómodo en escena; físicamente bien asentado, con ese talismán en las manos —el boli de maestro de toda la vida— cuyo tacto le aporta seguridad a efectos psicológicos y, sobre todo, familiaridad con el trance de hablar en público, como profesor que es. En algunos momentos elevó la intensidad de sus palabras sin mostrarse tan incisivo como otras veces —¿táctica estudiada y, además, suave en exceso?— y en ello se pareció a su única oponente femenina. No estuvo brillante ni de lejos, porque para ello hay que ser perfecto y metió la pata hasta el ombligo en su referencia al referéndum de Andalucía de 1977, inserto en el proceso de composición del estado de las autonomías (¡qué corto de argumentos estuvo en ese lance, a la hora de defender una propuesta de verdadera trascendencia como es la consulta vinculante en Cataluña!), pero fue el único que planteó alternativas no ya al discurso oficial del gobierno sino a la ideología canónica neoliberal (lo de torturar los números, aunque no sea una frase de Churchill, es una verdad como la copa de un pino, por mucho que ahora suela hablarse más de “contabilidad creativa” y otras lindezas). Y para otra ocasión debería taparse de algún modo los sobacos, porque esa calma chicha ideológica en que se mueve nuestra sociedad propicia que el criterio electoral de mucha gente estribe en aspectos tan inocuos como el color del cabello de la esposa de Pedro Sánchez, el abrigo demodé de la vicepresidenta o la sutil evidencia —citada en todos los tratados de despistemología— de que una axila sudada es palmario reflejo de la turbiedad del  alma.

La señora del abrigo escolar y el peinado con puntas alzadas cual tentáculos de pulpo enfurecido, al estilo de los años sesenta del pasado siglo, Soraya Sáez de Santamaría, defraudó a muchos por su actitud general en el debate. Nadie con sentido común duda de que su solvencia intelectual y política es infinitamente superior a la del presidente del gobierno, por eso lo que menos podía esperarse de ella es que siguiera demostrando sus capacidades escénicas, no bailando esta vez sino imitando la zafiedad mental de su jefe. Todo el debate estuvo atenazada por esos clichés, eslóganes y coplillas con que el Partido Popular defiende a diario su infamante política económica, de efecto deletéreo sobre la gran mayoría de la sociedad española (“Nos ha faltado piel”, decía hace poco en un vídeo pproppagandístico Carlos Floriano, y la verdad es que siguen con el alma pelada). La vicepresidenta aguantó como pudo el breve temporal desatado por la corrupción, que para su bien no llegó a ciclón, y a instancias de una cortesía absurda de Rivera dejó claro que ella estaba limpia como los chorros del oro que no ha robado. Ahora bien, las cadenas que arrastraba no le impidieron perder esa expresión de arrogancia que siempre la acompaña y que ayer, visto el lastre soltado, poco se correspondió con su actuación.

En cuanto a los moderadores del evento, dio la impresión de que Vicente Vallés tenía como interlocutor un protagonismo mayor que Ana Pastor, y a saber si respondía esa preeminencia —de ser realmente tal— al equilibrio disparejo entre ambas emisoras televisivas… A la postre, cosas de la intimidad empresarial. En ciertas ocasiones, la moderadora exhibía un gesto más propio del mastín que del pastor del rebaño, y eso que el debate no alcanzó la intensidad que podía haberse esperado. No hubo violencia, como cabía desear, pero tampoco la contundencia a que ciertos temas se prestan, y precisamente por ello la vicepresidenta no hubo de recurrir en demasía a la vehemencia defensiva.

Terminado el debate se formaron sendas mesas de comentaristas en los dos brazos del grupo, el derecho (Antena3) y el izquierdo (la Sexta), que muy consecuentes con su ubicación a uno u otro  flanco del cuerpo artificial de Atresmedia designaron como vencedores, respectivamente, a Soraya Sáez de Santamaría (a los puntos) y Pablo Iglesias (por inferioridad de sus contrincantes).

En conclusión, y salvando las importantes diferencias en la actuación de cada uno de los líderes políticos participantes, los cuatro convidados quedaron lastrados en su actuación: Pedro Sánchez porque se anula a sí mismo, Pablo Iglesias por un desliz brutal y sus accidentes de sudoración, Albert Rivera por ese miedo escénico repentino que acompañó al carácter habitualmente difuso de sus propuestas (así de complicado resulta ser pieza apta para cualquier puzle gubernamental), y Soraya Sáez de Santamaría por la mezquindad —seguramente forzada— con que se condujo de principio a fin, sin olvidar el ya de por sí desasosegante mensaje político de su ppartido. En consecuencia, cuatro candidatos demediados por una u otra circunstancias.

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