En apenas unos días, Venezuela ha pasado de una aparente continuidad institucional a un escenario de pugna interna sin precedentes entre distintas facciones del chavismo. La detención del presidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero por fuerzas de seguridad estadounidenses y su traslado a Nueva York —donde enfrentará cargos federales por narcotráfico y conspiración— ha sacudido los cimientos del poder en Caracas y desencadenado una batalla fratricida por la sucesión, la legitimidad y el futuro político del país.

Lo que hasta hace apenas una semana parecía una hegemonía chavista consolidada —con Maduro como figura central desde 2013 y el chavismo gobernando de forma continua desde 1999— hoy es un tablero en disputa donde convergen intereses políticos, militares, económicos e incluso geoestratégicos. En este laberinto de alianzas y tensiones, varios grupos dentro del oficialismo pugnan por afirmar su liderazgo y establecer el rumbo de Venezuela en este momento de incertidumbre histórica.

1. El ala política: Delcy y Jorge Rodríguez, la continuidad constitucional

Desde la Constitución que rige la transición en ausencia del presidente, Delcy Rodríguez ocupa la presidencia interina de Venezuela en virtud de su cargo anterior como vicepresidenta. Junto a su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, representan el brazo político del chavismo que ha tomado formalmente las riendas del Ejecutivo y el Legislativo.

Históricamente, los Rodríguez son figuras del chavismo con larga trayectoria en la administración pública. Delcy Rodríguez, diplomática y política de carrera, ha ocupado ministerios clave y apoyado consistentemente las políticas del fallecido Hugo Chávez y de Maduro. Jorge Rodríguez, por su parte, ha sido un operador político vital para el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), con una habilidad para mantener bloques de poder internos cohesionados y administrar tensiones discursivas y pragmáticas.

Su ascenso al poder formal tras la detención de Maduro ha sido respaldado, por una parte, del aparato estatal y por sectores civiles que ven en ellos la continuidad —aunque restringida— del orden institucional. Su discurso ha sido más moderado en comparación con épocas pasadas de retórica antiimperialista exacerbada, intentando equilibrar la supervivencia del chavismo y la necesidad de evitar un choque frontal con Estados Unidos.

Sin embargo, esta “moderación” ha sido interpretada por facciones más radicales como una traición o una capitulación. Algunos sectores ven en los Rodríguez a quienes facilitaron la detención de Maduro —acusación que ellos mismos desmienten— o, al menos, como figuras demasiado dispuestas a negociar con la administración estadounidense. Este sector político, por tanto, busca consolidar su autoridad ante los duros embates internos de sus competidores dentro del chavismo.

2. El poder militar: Vladimir Padrino López y la fuerza de las FANB

Mientras que los Rodríguez representan la vía institucional del chavismo, Vladimir Padrino López encarna el ala militar tradicional que ha sido fundamental para mantener el statu quo durante décadas. General en jefe de las Fuerzas Armadas Bolivarianas (FANB) y exministro de Defensa, Padrino ha estado al lado de Chávez durante décadas y bajo Maduro fue una pieza clave en la cohesión de la cúpula castrense.

Su figura es ambivalente: por un lado, simboliza la institucionalidad militar chavista y el control del aparato represivo interno; por otro, es objeto de desconfianza en algunos sectores por supuestas redes de corrupción y tráfico —según señalan sanciones estadounidenses que le atribuyen vínculos con actividades ilícitas— y por su ambigüedad frente a la sucesión.

Padrino, a diferencia de otros generales, ha mantenido siempre un perfil que mezcla fidelidad revolucionaria con pragmatismo institucional: reconoce la necesidad de estabilidad y orden, pero también defiende la soberanía nacional frente a lo que él y sus seguidores perciben como injerencia extranjera. Su capacidad para movilizar y controlar segmentos importantes de las fuerzas armadas lo convierte en un actor clave cuya lealtad real —a cualquiera que controle Caracas— es objeto de especulación interna y externa.

3. El ala dura: Diosdado Cabello y los colectivos revolucionarios

Quizás el nombre más temido dentro del chavismo es el de Diosdado Cabello, vicepresidente sectorial de Política, Seguridad Ciudadana y Paz. Históricamente considerado el segundo hombre en el régimen —apodado con frecuencia “el verdadero poder detrás del trono”— Cabello ha dirigido durante años los servicios de seguridad, inteligencia y los temidos colectivos parapoliciales que han sido acusados de graves violaciones de derechos humanos.

En las últimas semanas, Cabello ha emergido como vocero de un chavismo duro, de línea revolucionaria intransigente, reticente a cualquier tipo de aparente concesión a los adversarios políticos o a Washington. A través de discursos en público y redes sociales, ha prometido que “la revolución bolivariana se mantendrá” y que la detención de Maduro no marca el fin del proyecto chavista.

Este sector combina un nacionalismo radical con una defensa férrea de la continuidad del control estatal, operando no solo en términos políticos sino también a través de estructuras paramilitares —los llamados colectivos— que patrullan barrios populares y ejercen control social mediante la intimidación y la fuerza.

La presencia de Cabello ha generado tensiones abiertas con el ala política encabezada por los Rodríguez, que ve en sus métodos y su discurso un peligro real para la negociación internacional y la posible estabilización política. La advertencia de Washington, que tendría a Cabello en la mira en caso de entorpecer la gobernabilidad, añade una capa adicional de presión sobre este sector.

4. La figura simbólica: Nicolás Maduro Guerra

En medio de estos frentes, hay una figura que no pasa desapercibida a pesar de tener un papel más bien formal: Nicolás Maduro Guerra, hijo de Nicolás Maduro. Aunque nunca ha ocupado un rol con verdadera autonomía de poder, su presencia en la Asamblea Nacional como diputado y su identificación pública con la lealtad al expresidente detenido lo convierten en un símbolo de fidelidad para ciertos sectores del chavismo.

No obstante, su influencia política real es limitada en comparación con las otras facciones más poderosas. Maduro Guerra actúa como figura unificadora para algunos leales a la memoria de su padre, pero casi no posee una estructura propia de poder que lo haga decisivo en la lucha actual.

5. Facciones silenciosas: tecnócratas, militares menores y “boliburguesía”

Más allá de los nombres más visibles, existe un entramado de actores menos expuestos que operan en las sombras del poder chavista. Son analistas políticos los que hablan de una “boliburguesía” —un conglomerado de empresarios, altos funcionarios y redes clientelares económicas— cuyos intereses no necesariamente se alinean con las batallas retóricas del chavismo, sino con la preservación de sus negocios y la estabilidad económica personal. Estas élites funcionan muchas veces como intermediarias entre facciones, intentando amortiguar conflictos que podrían afectar sus intereses. (Basado en análisis histórico de la estructura interna del chavismo.)

Asimismo, hay militares de menor rango, tecnócratas del partido y representantes de organismos públicos cuyo apoyo o neutralidad determinarán la capacidad de cada facción para consolidar poder efectivo en las instituciones.

¿Hacia dónde va Venezuela? Un régimen en transición y fractura

La lucha de las facciones chavistas no es solo un enfrentamiento de personalidades, sino una batalla sobre el significado del chavismo mismo. Para algunos, representa una continuidad institucional que busca adaptarse a los cambios; para otros, una revolución incólume que se defiende de la intervención extranjera; para otros más —sobre todo fuera de las filas oficialistas— es simplemente una maquinaria por preservar privilegios y poder frente a una oposición renaciente.

En la última semana, emergieron tensiones internas que reflejan esta fractura: mientras Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez intentan proyectar normalidad institucional desde la Asamblea Nacional, Cabello y sectores duros han impulsado discursos confrontativos y acciones de control social en barrios populares mediante colectivos armados.

Este fraccionamiento se da en un contexto internacional volátil: Estados Unidos ha exigido cooperación para la liberación de presos políticos y la estabilización del país, lo que ha generado roces con facciones más radicales que perciben esas demandas como imposiciones injerencistas.

Narrativas contrapuestas, mismo poder fragmentado

Mientras tanto, en las calles de Caracas y otras ciudades, la vida cotidiana se desarrolla en un ambiente de tensión y miedo. Las patrullas de colectivos armados, los decretos de emergencia y la incertidumbre institucional crean un clima volátil donde los ciudadanos comunes tratan de navegar entre consignas políticas, controles sociales y problemas económicos persistentes.

Lo que está claro es que la victoria de una facción —si alguna lo logra— no será el fin de la historia. La política venezolana está inmersa en una transformación estructural, y las fuerzas que compiten hoy por el poder definirán no solo quién gobierna, sino qué tipo de país será Venezuela en los próximos años: si uno de transición hacia nuevas formas de gobernabilidad, uno de consolidación autoritaria bajo nuevos liderazgos o uno fragmentado entre múltiples actores sin hegemonía clara.

En cualquier caso, la llamada “revolución bolivariana” enfrenta hoy su prueba más dura: sobrevivir en un escenario donde sus propias facciones pugnan por definir su futuro. Y donde la principal batalla no es solo quien manda, sino cómo se concibe el poder en un país que ha cambiado radicalmente en estos últimos años.

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Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.

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