El filósofo griego Aristóteles, en su tratado “Politica”, definió al hombre como “animal político” (zoon politikon), para indicar que “el hombre es un ser social y racional que vive en sociedades organizadas políticamente y en cuyos asuntos públicos participa en mayor o menor medida, con el objetivo de lograr el bien común perseguido por la política: la felicidad de los ciudadanos”.

Históricamente, la idea de partido fue inherente a la concepción de poder compartido (antagónico a la idea de poder monopólico de la monarquía) y responsable ante las diversas partes de la sociedad que con el tiempo se consolidó como medio de expresión de la voluntad ciudadana y la acción del gobierno.

Inicialmente, la función primigenia de los partidos era promover la participación de la ciudadanía en la vida democrática y contribuir a la integración de la representación nacional; pero los sangrantes casos de corrupción de la mayoría de los partidos parlamentarios, aunado con la transformación de dichos partidos en entes totalmente refractarios a las necesidades básicas de la ciudadanía, habrían provocado la desafección de amplias capas ciudadanas.

Así, la casta dirigente política se habría transmutado en una camarilla de poder (equivalente a un miniestado dentro del Estado), que utilizaría el nepotismo para perpetuarse en el partido con carácter vitalicio y a su vez, estarían fagocitados por los lobbies de presión del establishment. Asimismo, los partidos políticos estarían aquejados, según Ortega y Gasset, de la “aristofobia o miedo a los mejores” pues “la rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores y la escasez de los mismos en la política serían la verdadera razón del gran fracaso hispánico”. Como solución, al final del ensayo “La España invertebrada”, Ortega apunta al “imperativo de la selección que debiera gobernar los espíritus y orientar las voluntades y usando de ella como de un cincel, ponerse a forjar un nuevo tipo de hombre español”.

Urge regenerar la vida política

La filósofa alemana Hannah Arendt, en su libro “Sobre la revolución”, 1963, afirma que “el sistema de partidos ha prevalecido en las sociedades occidentales, imponiendo la representación como única forma de gobierno. Asimismo, presentan programas políticos definidos, con lo que la ciudadanía ve impedida su opción de ejercer sus capacidades para formar y expresar una opinión propia”.

Para Arendt, “el gobierno representativo se ha tornado oligárquico: la libertad y la felicidad públicas han pasado a ser el privilegio de unos pocos”. Los partidos políticos serían, pues, parte de un sistema obsoleto y fosilizado, por lo que aconseja el sistema de consejos como “la única forma de organización de una comunidad política numerosa que asegura el derecho a la participación de todos sus miembros en la esfera pública, pues constituyen verdaderos espacios políticos, aptos para fungir como escenarios de la acción”.

En conclusión, es urgente la renovación de las estructuras internas de los partidos políticos para asegurar una transversalidad que permita la implementación de canales de diálogo con los ciudadanos y les facilite la creación de espacios disponibles para la interacción libre. Ello facilitaría su participación en la confección de los programas electorales de los partidos, así como de las listas de candidatos para las diversas elecciones, conjugando la representación con la acción para así evitar que la ciudadanía se vea condenada in eternis a ser solamente “animal político” en su vida privada.

 

 

Articulista en Revista Rambla | Otros artículos del autor

Nacido en Navarra en 1957. Escribe análisis sobre temas económicos y geopolíticos. Es miembro de Attac-Navarra. Colabora habitualmente en varios medios digitales e impresos españoles y latinoamericanos.

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