Tarde de toros en Can Barça

altMe piden una crónica en vivo del partido Barça vs PSG como neófito del fútbol. Quizá no sepan que mi afición al fútbol en mi tierna infancia y hasta mi perversa juventud me costara infinidad de miradas

 

 

Santi Carrillo
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Me piden una crónica en vivo del partido Barça vs PSG como neófito del fútbol. Quizá no sepan que mi afición al fútbol en mi tierna infancia y hasta mi perversa juventud me costara infinidad de miradas aviesas, interrogatorios y golpes por parte de mis padres por chutar todo lo habido y por haber en este mundo y en consecuencia que cada par de zapatos me durara una media de dos a tres semanas. Que cada minuto libre de clase que tuviera lo dedicara al noble arte de dar patadas a balones, tobillos, espinillas y todo lo que se interpusiera entre yo y la pelota…, por tanto dudo ser un neófito en eso del fútbol.

 

Pero es cierto que mi relación con el balón pie ha atravesado muchas dificultades.

 

Así que metámonos en harina.

 

Estaba yo el Miércoles 10 de este mes por la mañana en mi alegre tertulia de jubilados jubilosos de serlo, prejubilados en la misma situación, iaiosflautas de todo pelaje, parados long play y demás ociosos de este mundillo, cuando sonó mi móvil. Ya se sabe que cuando suena un aparato infernal de estos, hay que dejarlo absolutamente todo y dedicarle la máxima atención al telefonillo.

 

Era mi amigo Philippe, un simpático bretón que habita por Valencia y que de vez en cuando viene a Barcelona, al que hacía un montón de meses que no veía, invitándome al partido del Barça-Paris Saint Germain de la noche. Amablemente decliné la invitación diciéndole que, si bien es verdad que en otros tiempos me había gustado mucho el fútbol, en este momento no me interesaba absolutamente nada, que mejor invitará a quien supiera valorar tamaño acontecimiento. Añadí que si no encontraba a nadie con quien ir ya me sumaría gustosamente al evento para que no fuera solo. Yo pensaba que había logrado zafarme del acontecimiento, pero ¡no!, a las pocas horas me llama sorprendido diciendo que todo el mundo tenía algún compromiso y que seguía con una entrada sobrante. Armándome de paciencia le dije que iría con él.

 

Telefoneo a mi mujer y me dice que en el departamento donde ella trabaja, la mitad del personal asesinaría por ir al campo. Una vez más Dios da pan a quien no tiene dientes.

 

Quedamos en la esquina de las calles Maternidad-Travesera de Les Corts, frente al Camp Nou, a las 19,30. Como yo voy en moto y él en coche, yo llegué antes y tuve que estar parado entre un montón de furgonetas de Mossos rodeado de personajes uniformados y mal encarados. Lógicamente me miraban como es habitual en esta gente: como si hubiera cometido un deicidio y estuviera pendiente de juicio.

 

Cuando llegó mi amigo Philippe hubo abrazos, besamanos y demás protocolos. Entramos en el campo. Estábamos en el ático, podíamos tomarnos una cerveza con Dios.

 

Automáticamente viajé en el tiempo y me vino a la cabeza las otras dos veces que había estado en el Camp Nou. La primera fue en la edad de piedra, jugaba el Barça contra no sé qué equipo europeo y yo y los dos amigos con los que había ido nos tiramos todo el partido fumando canutos. Debía ser un partido de trámite porque no creo que pasáramos de ser 150 ó 200 espectadores. Mis amigos viendo el partido y yo mirando al tendido con curiosidad. Era otro de los momentos de mis desencuentros con el fútbol.

 

La segunda vez, yo había vuelto a sentir la llamada de la selva y volvía a estar interesado en el fútbol y le había pedido a mi amiga Montse, a la sazón miembro de Boixos Nois, que me colara en el campo por el morral. Acudí bien pertrechado con un veguero de tamaño familiar y los “boixos” me proporcionaron una bandera culé para entrar. Lógicamente le quité la señera y entré con un palitroque viudo de bandera. Era un Barça Madrid y yo prefería que ganara el Madrid, equipo por el que sentía un poco menos antipatía que por el Barça. Yo siempre cantaba aquel tema de los Decibelios que decía: “el mejor siempre será el equipo rival” Ya se sabe la distancia dulcifica a los energúmenos. En mi vida he sentido tanta aversión por “el equipo oficial de una ciudad” como cuando viví en Madrid. Soportar a los merengues era tan duro como soportar a los culés.

 

Puedo decir que la tercera vez que estuve en Ca’n Barça, que es ésta, pasé frío.

 

¡Ah!, me olvidaba decir que el partido fue flojillo, que dominó tres cuartas partes del partido el equipo gabacho y que acabaron empatando, con lo que el Barça se clasificó para las semifinales.

 

Final obligado buscando un bar donde saciar la sed, despedida y cierre.

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