De tanto leer “un certain regard” al comienzo de muchas de las proyecciones de la sección oficial uno siente la tentación de creerse en la Costa Azul y en el mes de mayo, pero no, el espejismo es pasajero, el vino de la Ribera puede ser mejor que el de Provenza-Côte d,Azur, pero ni la temperatura se parece a la del mayo francés ni el festival puede competir. Si fuera organizador del festival me produciría pavor la edad media del público, más que nada pensando en el futuro. Cómo conseguir renovación de público puede ser una pregunta diabólica sin solución cuando los jóvenes son capaces de ver películas en las pantallas de sus móviles y son incapaces de permanecer hora y media o dos horas sin consultar las pantallas mientras continua la proyección. Indudablemente los precios pueden influir, hay sesiones con precios más altos que los de las salas comerciales, no me parece una manera lógica de atraer nuevos espectadores hacia un cine diferente. Mediado el festival no hay sorpresas, lo que traía buen cartel confirma las expectativas y lo que era desconocido o daba malos presentimientos confirma su carácter lineal o poco atractivo. Hasta ahora sigo pensando que lo mejor del festival han sido “45 years” y “An”, a las que hay que unir, quizás un poco por debajo de estas dos, la islandesa “Hrutar”.

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“Une histoire de fou”, de Robert Guediguian es una decepción, entre comillas, porque Guediguian alterna películas aceptables con auténticos bodrios. El genocidio armenio le viene grande al director francés, uno de los “adoptados” de la Seminci que continúa fiel al festival. Un preámbulo muy largo y de dudosa moralidad pretende situar el origen de los acontecimientos posteriores. El origen de un terrorismo armenio en los años 70 contra intereses turcos, y la progresiva extensión de las acciones por Occidente para situar la realidad del pueblo armenio, coloca a la película en una diversidad de opciones, de historias, de versiones de lo que se puede hacer con la violencia que termina por hacer, de la película, un batiburrillo moral sin decantarse por ninguna de todas ellas, forzando lo impostado, lo decorativo, lo inane. Lo forzado del planteamiento hará las delicias de la línea oficial del partido gobernante por la que los terroristas han de pedir perdón a las víctimas, pero deja la película es un sucedáneo casposo de “Cuéntame” a cuyos personajes, el paso de los años, no les afecta, ni física ni psicológicamente, porque los niños se mantienen niños 10 años después.

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“Aurora”, película chilena de Rodrigo Sepúlveda retoma el tema de la maternidad desde el punto de vista más morboso y enfermizo. Película aburrida y mortecina, reiterativa y obsesiva como su protagonista, a Sofía la maternidad le es esquiva, es un personaje en quien advertimos muchos traumas de su pasado, pero que el director no nos quiere contar para quebrar la resistencia del espectador, que se va a quedar en la superficie sin ganas, ni interés, en ahondar en lo que se le quiere hacer permanecer en la sombra. En pleno proceso de adopción, Sofía lee la noticia de un bebé arrojado muerto en un vertedero, el bebé se convertirá en la Aurora del título. La obsesión de Sofía a partir de entonces será la de conseguir enterrar a ese bebé que las autoridades van a quemar. El sinsentido, pese a que se recalca que la historia se basa en hechos reales, surgirá cuando ante la imposibilidad de hacerse cargo de un cuerpo que no es de su familia, Sofía comience los trámites de adopción del cadáver. Es la historia de una obsesión, de un mundo y una mente claustrofóbica, ambientado por la luz apagada del hemisferio austral a punto de comenzar el invierno. Un frío externo que hace tiempo  se adueñó de Sofía, justo desde que fue violada siendo una niña, y abortó, “Aurora pudo ser esa niña” es la revelación más franca que Sofía contará de su pasado y de su presente.

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“Nahid” de Ida Panahandeh es la contribución iraní a este festival, alejada de la sensibilidad y poética de Kiarostami o de la radicalidad combativa de Panahi y los Makmalbaf, la película vuelve a otorgar el protagonismo a una mujer por la que resulta complicado empatizar a la vista de su comportamiento. Nahid está divorciada de su marido, pero con condiciones, para mantener la custodia de un hijo problemático tiene prohibido casarse. Esta limitación, en un país como Irán, donde el hecho de ser divorciada ya es un hándicap, coloca a Nahid en la clandestinidad para poder rehacer su vida. Nahid fluctúa entre el personaje amparable y retrato de lo poco que vale ser mujer en un régimen islámico y el personaje que se vuelve odioso en el ejercicio de su egoísmo y del engaño para ir trampeando su vida diaria. Si la situación le ha hecho así o si ya lo era antes de los desengaños no lo sabremos. La película se convierte en un círculo infinito sin solución, terminaremos en la playa del principio y en la casilla de salida. Sin saber si realmente está enamorada del hombre con quien mantiene un matrimonio temporal para burlar la prohibición de casarse o si lo que busca es alguien que pague sus deudas y viva con un alto nivel de vida. La familia y la religión como trabas a la libertad de la mujer. Aceptable película con una intérprete que destaca en esa desesperación, Sareh Bayat.

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“Die abhandene welt”, un mundo abandonado el de la última película de Margaretthe von Trotta, la directora alemana se aleja del cine de lucha, del cine reivindicativo, y se adentra en el melodrama con toques de suspense. Notable película cuyo mayor déficit, amén de situaciones de cara a la galería para justificar (mal) que la acción avance, es que una vez revelada la duda, el origen de la incógnita, queda por delante más de media hora donde el relato se vuelve mucho más convencional. La hija que recibe el encargo de su padre para que se desplace a Nueva York y sepa quién es realmente esa cantante de ópera que parece un clon de la esposa ya muerta. A la Seminci le encantan los dramas familiares y la familia como fuente de conflicto. La Sophie que recibe el encargo irá obteniendo información al mismo tiempo que nosotros, desconocedora, al principio, de que todas las personas con las que se cruza tienen datos ocultos que no ha  querido revelar, incluso ese padre que se hace el sorprendido es la clave de la trama. Destacables las dos actrices, Bárbara Sukowa y Katja Riemann.

“Degradé” de los hermanos Nasser, de nacionalidad palestina, no merece más comentario.

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“Hrutar” de Grimur Häkornarson (para España será El valle de los carneros”) se incorpora a mi lista de películas favoritas. La historia de dos hermanos enfrentados desde hace más de 40 años en un valle que vive de la crianza de ovejas, unos nuevos Caín y Abel sin llegar a saber quien es quien de los dos, ya que ambos tiene un poco de cada uno, un valle al que ha llegado una enfermedad que ataca al cerebro y la médula del ganado y que obliga a sacrificar todas las cabezas sumiendo a los habitantes en la desesperación, el abandono de las explotaciones o el alcoholismo. Con notables tonos de humor negro, (la enfermedad procede de ganado británico, como los planes de pensiones e inversiones que motivaron la quiebra del país, un ejemplo de cómo superar una crisis económica sin cebarse en los de siempre, un país mantenido en pleno silencio informativo por la prensa amiga no sea que se fuera a extender el ejemplo) con un adecuado uso del paisaje para destacar la inmensidad del entorno y lo duro de las condiciones de vida, en práctica soledad y con nula posibilidad de diversión, la película deja ver claramente que, finalmente, se producirá el deshielo y esos hermanos estarán  obligados a reencontrarse. Durante años se han comportado como carneros y no han faltado los choques de cabeza, al final, volver al útero materno en forma de iglú improvisado puede ser la única manera de recuperar el tiempo perdido y empezar de nuevo como hermanos.

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