Prefiero a Mae West” (7): El estallido

 

altEn los capítulos anteriores: el rodaje de un melodrama ha reunido a dos célebres estrellas de Holywood, llamadas a reproducir en el filme las circunstancias que acabaron con su pasado matrimonial. Ambos protagonistas son coléricos y desenfrenados. Los diálogos del guión provocan el enfrentamiento entre los otrora amantes.

 

 

 

En los capítulos anteriores: el rodaje de un melodrama ha reunido a dos célebres estrellas de Holywood, llamadas a reproducir en el filme las circunstancias que acabaron con su pasado matrimonial. Ambos protagonistas son coléricos y desenfrenados. Los diálogos del guión provocan el enfrentamiento entre los otrora amantes.

 

 

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En Francia, Ben filmó bombardeos, trincheras y cargas a la bayoneta bajo el fuego de las ametralladoras; encajando poses y trampas, pervirtiendo el rostro más horrendo del combate con el semblante heroico de la propaganda bélica. Y ahora está registrando, sin quererlo y en toda su crudeza, una guerra infinitamente menos espectacular que las batallas a las que asistió, pero inflamada de un odio tan genuino que no deja de sobrecoger a sus forzosos espectadores.

 

Esa pareja de pobres ricos desgraciados le han calado el miedo en el cuerpo, por los muchos dólares que puede perder si todo se va al garete (¿cómo va a explicárselo a su mujer…?).

Sobre el papel hay otro de sus fragmentos líricos: “Las manos en las sienes como gesto extremo de desesperación. Aflora una lágrima a sus pupilas de conocido hombre de mundo. Ella baja la vista; siente un nudo en la garganta, herida al fin.”

 

 

***

 

 

Elizabeth

Tuvimos nuestro momento y lo apuramos hasta el final. Nuestra desgracia es haber dejado de ser niños. Te quiero, Adam, pero es imposible. O al menos así lo creo ahora. Te amo, pero tal vez no seas el hombre de mi vida. Mi destino parece rechazarte. De cualquier modo, necesito tiempo. Necesito volver a ese pequeño pueblo de Kansas y pasear al atardecer entre las vías solitarias del tren; sentarme a la sombra de un álamo y cortar flores silvestres para mi madre.

 

Un instante de pausa. Y el colofón dolorido:

 

Elizabeth

(continuación)

Necesito tiempo, Arthur. Mucho tiempo.

 

***

 

“Dios mío”, musita Ben, no se sabe si un instante antes o un segundo después de la hilarante erupción del galán:

 

–¡¿Arthur?! ¿En qué estás pensando, Liz?

 

Una atónita Elizabeth estrella sus pupilas contra la barrera de luces que le impide distinguir el rostro atormentado de Ben; sorprendida por la insolencia de Arthur, sin percatarse aún de que ha desbarrado. Y se revuelve de pronto en el asiento –ademán iracundo, perdida la señorial compostura exigida por el guión– para encarar con su peor rostro la media sonrisa autosuficiente de Arthur.

 

Ben comprende con claridad meridiana que sus dos protagonistas han desertado de la escena, una vez liberado el diablo de los odios, pero carece de tiempo y energías para gritar el “¡corten!” de rigor antes de que el temporal se abata sobre su película.

 

–¿Estás bromeando, querido? Tu última frase no está en el guión.

 

–Tampoco lo está “Arthur”, querida. ¿Bromeabas tú?

 

Ben se levanta de su silla con la expresión fatal de quien va resignado al paredón. Scott, adelantado a su jefe, ha mandado detener la toma con sendos golpes en las espaldas de los dos cámaras que tiene delante. La rabia de su percusión hace protestar de dolor a uno de los operadores.

 

Consumatum est“, se duele Ben para sí.

 

Elizabeth está apuñalando a su partenaire con la mirada, pero él quiere echar más leña al fuego, no se conforma con perseverar en la burla. El despecho de los meses pasados se regocija ahora en el deber de humillar. No hay piedad para el vencido, una pelea de gallos es el fermento en que ha devenido el idilio entre Elizabeth Hard y Arthur Smilling (en la pila bautismal, Artur Smulniak), la más célebre historia de amor del pujante Hollywood, por encima del matrimonio entre Douglas Fairbanks y Mary Pickford.

 

Arthur recuerda entonces una frase de Ben, pronunciada hace tiempo en un día anodino, sin venir demasiado a cuento pero con segunda intención manifiesta: “El amor perdona muchas cosas, pero la memoria no.”

 

A falta de frases lapidarias donde aferrar su ira, Elizabeth parece una fiera herida; replegada sobre su dolor como una pantera, doblemente bella en la desgracia.

 

–Te odio –musita antes de estallar:–. ¡¡¡Cerdo!!!

 

Aun siendo tanta la rabia que alberga, ha medido con precisión la justa abertura de los labios, para azotar en pleno rostro de Arthur con todo su desprecio.

 

A todo esto, las manos de los extras se han separado, ya no circulan camareros sonámbulos entre las mesas ni sigue tocando el anónimo músico negro su melodía adormecedora. Las miradas que hacía breves momentos se extraviaban en el limbo de la ficción, ahora convergen en los dos examantes y exesposos, con pareja sed de espectacularidad a la demostrada por cuantos espectadores vieron las películas documentales que Ben grabó en el Marne y Verdún.

 

–Te admiro de verdad, Liz: ¡has estado a punto de sacar la escena adelante sin ayuda de una sola copa! ¡Quién lo hubiera dicho!

 

Elizabeth moldea el improperio en la horma de la boca, lo revuelve luego para darle consistencia entre los labios carnosos, como si catara detenidamente el grado de acritud de su sonido, y a la postre lo lanza, quedo pero certero, contra la mirada triunfal de Arthur.

 

–Maldito cabrón…

 

Y no espera a la réplica para volver a la ofensiva:

 

–…¡perro!….

 

Con tal denuesto ha tocado la línea de flotación, pero de su propia nave:

 

–¿Perro? Por favor, Liz, no confundamos los términos –en esta partida, todas las cartas se convierten en ases para Arthur–. Tú fuiste quien se empeñó en rodearnos de esa jauría de caniches apestosos y maricones.

 

–¡Preferiría hacérmelo con cualquiera de ellos antes que volver a acostarme contigo! –y al proclamarlo, Elizabeth adelanta la cabeza sobre la mesa, como si quisiera mantener inútilmente un secreto que todo el mundo acaba de escuchar.

 

Arthur aprovecha para imitarla, pero su movimiento parece cauto, cuando no medroso (¿teme recibir un bofetón?). Quien los viera así por vez primera, pensaría que van a besarse, o que la sordera los arrima sobre el plano de la mesa, para poder entenderse.

 

Emulando los aleteos de la nariz de un sabueso, Arthur olisquea con teatralidad la proximidad de Elizabeth, cuyo aliento saturnal nota en pleno rostro. Luego tuerce la boca con afectación, en señal de contrariedad.

 

–¿Cómo haces para que la gente huela a perfume donde sólo apesta a whisky? –y ahora, agravando el gesto:– Yo tampoco lo haría hoy contigo, ¿sabes? Mi caché ha subido mucho: prefiero a Mae West.

 

***

 

Querían las habladurías que la lascivia de Mae West no tuviera freno. Según las malas lenguas toda lubricidad le era grata, incluso ser violada, y no había hecho otra cosa –a decir de las mismas desautorizadas fuentes– un robusto muchacho que se coló en su camerino de Broadway en 1926, mientras la actriz representaba Sex, obra que la había encumbrado a las alturas del malditismo. Los chafardeos identificaban a Arthur con el joven violador. En realidad, el rudo encuentro nunca tuvo lugar: Arthur y Mae se conocieron cinco años más tarde, y por cierto se cayeron muy mal, con lo que nunca llegaron a compartir lecho. Pero ninguno de los dos salió al paso de las charlatanerías, sus motivos tendrían para ello.

 

(Continuará)

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