Prefiero a Mae West (1): Reencuentro

 

altUn salón profundo, iluminado a media luz por lamparillas de pantalla lisa que rematan grecas caprichosas en su parte inferior y más ancha; mesas de mármol brillante con patas de torsión barroca, suelos pulidos, paredes tapizadas.

 

 

 

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Un salón profundo, iluminado a media luz por lamparillas de pantalla lisa que rematan grecas caprichosas en su parte inferior y más ancha; mesas de mármol brillante con patas de torsión barroca, suelos pulidos, paredes tapizadas.

 

Las parejas ocupan pequeñas mesas que invitan a la intimidad, frente a vasos de contenido por apurar; inmersas en los efluvios del tabaco y el alcohol, mirándose con sonrisa tierna o asidas de las manos. Impecablemente trajeados ellos, las féminas con vestidos largos, negros como la misma noche.

 

Los labios carrmesíes, sensuales; los volúmenes golosos de los pechos emergiendo de la geometría del escote.

 

Arrullado todo por notas melancólicas, arrancadas a la inconsolable garganta metálica de una trompeta tocada por Dios sabe qué oculto músico negro.

 

Huele a humo y a impaciencia, a amores que hieden de falsos.

 

 

***

 

 

Un camarero atraviesa por la parte posterior del salón. Es rubio, muy joven. Parece despistado, indeciso quizá. Observa las parejas con una atención nerviosa y al bordear el canto de una de las mesas, su codo erguido bajo la bandeja tropieza con el brazo de un colega, quien sigue su rumbo sin más, cual sonámbulo.

 

El camarero rubio busca una mirada, un gesto detrás de la barrera de luces que lo ciegan. Hay un braceo enérgico allí lejos, al fondo… ¡por fin lo ha descubierto! Le está diciendo algo así como: “¡Sigue! ¡Sigue, que da igual!”.

 

 

***

 

 

De la penumbra de un rincón emerge un rostro claro de mujer. Enigmática, altiva e impasible ante cuanto la rodea. No mira a las otras féminas cuando arriman el cuerpo a sus acompañantes masculinos; tampoco se percata nadie de su soledad abisal, aunque orgullosa, diríase incluso que desafiante.

 

Le fulgen los ojos como los de una fiera cuando ruge. Ha detenido la mirada sobre la punta encendida del cigarrillo que prende entre sus dedos cuidados, aptos por igual para la caricia y la presa, largos como su cuello de cisne, escultórico, de tornasoles marmóreos bajo la capa del maquillaje y bello como el rostro de facciones ligeramente angulosas, pronunciado en un mentón maléfico, por hermoso y afilado. Y los ojos tan profundos, de un negro intenso como sus cabellos ondulados; como el largo vestido negro o la noche misma.

 

Concentrada en sus recuerdos, guarda con eficacia aprendida ese porte exterior de soberbio distanciamiento mientras reprime los caudales del ánimo, que quisieran romper los diques de una imperturbabilidad bien estudiada, para verterse al exterior con toda la fuerza torrencial de la angustia, del dolor que también las fieras sienten.

 

 

***

 

 

Deviene un instante de duda colectiva: ¿sabrán guardar la compostura, comportarse como gente madura después de todo lo que les ha ocurrido?

 

De pocas cosas son capaces de hablar, porque se lo han dicho todo fuera de ese salón.

 

Comprobaremos la seriedad de cada uno. Y también su madurez”, había anunciado Ben.

 

Lo cierto es que muchas cosas en común los separan –más aun, los enfrentan– y muy poco puede unirlos por un solo instante (¡qué unirlos!: apenas reunirlos), ni tan siquiera el dinero que tanto codician ambos.

 

Se alza una mano, imperiosa, para ordenar que las nalgas queden ancladas en los asientos; que cuantos permanecen en pie dejen de menearse como si tuvieran ganas de mear. A falta de redoble de tambores, a Ben le redobla en las venas la sangre que la inquietud vierte a borbotones contra las paredes de su cerebro.

 

¡Ahí está!

 

 

***

 

 

Detenido unos instantes en el umbral hasta localizarla en la penumbra del salón, el claroscuro lo hace parecer más alto de cuanto ya es. Traje cruzado y pantalones de raya firme, casi arista. Blande un mirada joven –”quizá demasiado joven”, duda por un momento Ben– y el camarero rubio lo observa con admiración, desembarazado por el encantamiento de la imperturbabilidad que su pequeño papel le exige, y por un instante sueña con haber estado en las carnes del galán cuando se encamaba con la espléndida madurez que ahora le aguarda en ese rincón penumbroso, donde el bies de las luces resalta los perfiles acerados de un rostro de mujer.

 

Adam camina despacio entre las mesas. Sin detenerse enciende un cigarrillo. La enorme zozobra que se adivina en la sima de sus pupilas azules no lacera su flema. Sortea las parejas asidas de la mano, también al camarero rubio que ha salido de su escondrijo invisible para cruzar nuevamente el salón (esta vez, por su centro).

 

Llega junto a ella.

 

Se dispone a tomar el asiento que le ha reservado el destino, llámese éste casualidad, coincidencia macabra, exigencias del mercado o amigo guionista.

 

La suerte está echada.

 

 

***

 

 

Adam

¿Te molesta si me siento?

 

¡Qué pregunta tan estúpida!”, piensa Arthur. Pero la situación lo requiere así. Recibe la mirada altiva de su partenaire y siente en las profundidades del estómago un cataclismo brusco, que descompone las fuerzas del cuerpo al evocar momentos de placer no tan lejanos. ¿Equivale esa sensación a la de morir sacrificándose por un ser amado, con feliz tristeza?

 

No, se trata de algo mucho más gratificante: morir por altanería, despreciando el poder incontestable del verdugo.

 

 

 ***

 

 

¡Lo ha conseguido!”. Ben respira aliviado, su hada madrina le susurra al oído palabras de ánimo. Por un momento acaricia la esperanza de que su barco llegue a buen puerto. Pero al punto recobra la tensión del mando: que nadie se relaje, queda mucha batalla por delante.

 

 

***

 

 

Elizabeth

Supongo que no puedo impedirlo.

 

 

 ***

 

 

¡Bravo! ¡Eso es aplomo!” Una nube de admiración gruesa y palpable como las nieblas de octubre amenaza con cegar el trabajo de Ben. Hay que serenarse, volver a desconfiar. Como decía su maestro, el viejo Howard H. Howard: “Ves a ese hijo de puta –y extendía su inmenso brazo de hombre de dos metros hacia esa otra dimensión de la realidad que habitaba más allá de los soles de artificio del estudio–, pues no te fíes de él por nada del mundo” (HHH calificaba como “hijo de puta” –o en su caso, “hija de puta”– a cualquier ser humano que se dejara tostar por los focos para cobrar más dinero que él).

 

 

 ***

 

 

Adam

Supuse que podría encontrarte aquí.

 

Elizabeth

Alguna atracción maléfica nos hace volver al lugar donde nos conocimos. Como el criminal que regresa al escenario del crimen.

 

Adam

No recuerdo ningún crimen en este lugar…

(Tras suspirar:)

¿Por qué te empeñas en que nuestro pasado deba ser maléfico, Elizabeth?

 

 

(Continuará)

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