Hoy el gobierno británico ha proclamado querer combatir el “extremismo”, para lo que ha publicado una definición oficial del mismo. Amenazando, además, con que los grupos a los que se adjudique esa designación no podrán recibir financiamiento del gobierno, en el mejor de los casos.

El gobierno definió extremismo como “la promoción o impulso de una ideología basada en la violencia, el odio o la intolerancia” que aspire a destruir los derechos y libertades de otros o “socave, revierta o sustituya el sistema británico de democracia parlamentaria liberal y derechos democráticos”.

¿Podemos imaginarnos a qué población afecta fundamentalmente esa designación?  Sí, efectivamente, el secretario de Comunidades, Michael Gove, mencionó la amenaza de “extremistas islámicos que quieren separar a los musulmanes del resto de la sociedad y crear división entre comunidades islámicas” (de paso, dice querer combatir también a los grupos de extrema derecha porque es obligado hacer un guiño a la sociedad alarmada ante la creciente brutalidad de esos grupos).

¿No nos recuerda esto al “delito de odio” que cada vez es más utilizado a la carta para reprimir las manifestaciones de protesta, crítica o demanda de derechos (muchas veces, precisamente, de algunas minorías)? El otro día, sin ir más lejos, integrantes de la Policía Nacional española procedieron a denunciar a diez jóvenes como presuntos autores de un delito de odio en el partido de baloncesto entre el Lenovo Tenerife y el Hapoel Bank Yahav Jerusalem, en Santa Cruz de Tenerife.

Los jóvenes denunciados fueron propuestos para sanción por repartir folletos y tener una pancarta a favor de la causa del pueblo palestino y en contra de la guerra en la franja de Gaza.  Sí, efectivamente, pronto la protesta contra la barbarie, la guerra y el genocidio será considerada delito de odio por los países de la OTAN, algunos de los cuales ya ejercen la represión explícita de las acciones pro palestinas, por ejemplo.

Ante el estado de coma a lo que se ve irreversible de la izquierda clásica otrora “radical” reconvertida al orden del capital (partidos eurocomunistas) o de la nueva izquierda integrada desde el principio en ese orden (verde, mujerista, lgtbista, másposibilista, ciudadanista, etc.), que o bien una y otra se incorporan directamente a gobiernos al servicio de la OTAN y bajo el mando de su brazo político —la UE—, o bien sirven de comparsas a esos gobiernos, la clase capitalista ve el camino despejado para presentar a sus dóberman y sus pitbulls como opciones “antisistema”.

Es decir, cuando la casi totalidad de las izquierdas (con la excepción de alguno más o menos minoritario feminismo, ecologismo y comunismo resistente, sobre todo) han renunciado a ejercer la lucha anticapitalista, las versiones más bárbaras del capital alardean de ser “antisistema”, entendiendo por “sistema” no el modo de producción capitalista, claro está, sino algo así como el juego electoral que proporciona el mismo, con su tradicional tándem bipartidista y sus manipulaciones y corruptela generalizadas.

Y es que el nazi-fascismo del siglo XXI no es cabalmente como el del siglo XX, a no ser que las circunstancias lo demanden. Se trata de un “fascismo democrático” que a través de fuertes sumas de dinero y de apoyo de los grandes poderes es capaz de llegar a las masas asqueadas y crecientemente empobrecidas y mal-explotadas por las “democracias” capitalistas, para decirles que con su ascenso cambiarán todo de raíz, empezando por la corrupción. Incluso a veces predican contra la guerra y contra la UE.

Obviamente, cuando esas fuerzas llegan al gobierno o respaldan a otros partidos en el mismo, llevan a cabo las políticas ordenadas por el gran capital, y se muestran como lo que realmente son: fuerzas de choque del mismo para engatusar a unas masas cada vez más analfabetas políticamente, o para castigar a aquellos sectores que se nieguen a aceptar las situaciones impuestas.

En definitiva, fuerzas sumisas a los poderosos (básicamente a la UE-OTAN-transnacionales-conglomerados-USA y sionismo global) y bestiales con los débiles (especialmente con la fuerza de trabajo migrante mundial y la población autóctona marginalizada).

No, ni los Viktor Orbán (Hungría), Georgia Meloni y Matteo Salvini (Italia), Jaroslaw Kaczynski (Polonia), Heinz-Christian Strache (Austria), Jussi Halla-aho y Olli Kotro (Finlandia), Jimmie Akesson (Suecia), Alexander Gauland y Joerg Meuthe (Alemania), Anders Primdahl Vistisen (Dinamarca), Santiago Abascal (España), André Ventura (Portugal), Adam Walker (Gran Bretaña) o Marine Le Pen (Francia), procurarán nada que sea contrario a los intereses del gran capital… estadounidense. Antes al contrario, harán cualquier cosa, y la expresión es literal, por servirle.

Porque una Europa renazificada es necesaria para emprender el ciclo de monstruosa dinámica bélica al que el gran capital de EE.UU. nos está llevando y nos continuará arrastrando en las próximas décadas, en cuanto que la potencia imperial se revuelve con furia para no ser superada y dejar de dominar el mundo. Y porque, paradójicamente, una Europa renazificada es obligada para profundizar su subordinación más extrema a la potencia americana (una Europa realmente democrática no podría aceptar esos grados de sumisión bélico-económica).

Con las últimas elecciones en Portugal, el ascenso de esa renazificación queda una vez más, patentizado.

Cuando son las derechas organizadas las que cada vez más ocupan las calles las plazas y los parlamentos, las izquierdas alternativas que se plantearon el socialismo como vía de evolución de la humanidad, de superación de su era de barbarie, tienen que darse prisa en reaccionar, en movilizar y movilizarse, si es que siquiera pretenden sobrevivir.

El momento histórico es clave para lo que puede esperarle al conjunto de la población en las próximas décadas (y puede que siglos). La lucha antiimperialista, por la PAZ, y la lucha anticapitalista que sostiene ese imperialismo, son cada vez más vitales para el mundo, para la Vida.


*Fuente: https://observatoriocrisis.com/2024/03/14/15857/

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