En los pasillos tenuemente iluminados de los Estudios Warner Bros., en el corazón de un Hollywood aún marcado por las cicatrices de la posguerra, dos hombres de aspecto impecable irrumpieron en un despacho vacío el 12 de abril de 1951. Vestidos con trajes oscuros y credenciales falsificadas del FBI, fingían ser inspectores federales en una rutina de verificación de seguridad. Su verdadero propósito, según las fuentes que han perpetuado esta anécdota como un capítulo oscuro de la Guerra Fría, era algo mucho más siniestro: asesinar a John Wayne, el coloso del celuloide que encarnaba el espíritu indómito del Oeste americano y, para muchos, la encarnación misma del anticomunismo. Aunque no existe documento oficial que acredite esta orden —el velo de secreto que cubre las operaciones de la KGB en esa era lo impide—, múltiples testimonios biográficos convergen en un relato escalofriante: Joseph Stalin, el arquitecto de la Unión Soviética, había decretado la muerte del actor por considerarlo una amenaza ideológica.
John Wayne, nacido Marion Robert Morrison en 1907 en Winterset, Iowa, era en 1951 el epítome del héroe cinematográfico estadounidense. Con una estatura de 1,93 metros y una voz que resonaba como un trueno en las salas de proyección, Wayne había transitado de secundario en comedias de bajo presupuesto a protagonista indiscutible del género western. Su breakthrough llegó con Stagecoach (1939), dirigida por John Ford, donde encarnó a un forajido redimido que simbolizaba la resiliencia frontier. Pero fue en la década de 1940, con filmes bélicos como Sands of Iwo Jima (1949) —por el que recibió su primera nominación al Oscar— donde Wayne se erigió como baluarte ideológico contra el comunismo soviético. En la pantalla, sus personajes —marines estoicos, cowboys justicieros— proyectaban una visión maniquea del mundo: el bien individualista triunfando sobre la opresión colectiva. Fuera de ella, Wayne no era menos vehemente. Miembro fundador de la Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals en 1944, una organización anticomunista, denunciaba públicamente la infiltración soviética en los sindicatos de Hollywood. «El comunismo es como un cáncer», declaró en una entrevista de 1950 a Variety, palabras que, según las fuentes, llegaron a oídos de Stalin a través de espías en la Costa Oeste.
El contexto de esta supuesta orden asesina no puede desligarse de la tormenta que azotaba la industria cinematográfica estadounidense. La Guerra Fría, inaugurada formalmente con el Telón de Acero de Churchill en 1946, había permeado los estudios de cine como una niebla tóxica. El Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC), presidido por el senador Joseph McCarthy desde 1950, inició una cacería de brujas que resultó en la lista negra de Hollywood: más de 300 artistas, escritores y directores —entre ellos Dalton Trumbo y los «Diez de Hollywood»— fueron vetados por presuntos lazos comunistas. Wayne, faro de la derecha conservadora, no solo apoyaba esta purga; la encarnaba. Colaboraba con el FBI, informando sobre colegas sospechosos, y su productora Batjac Productions priorizaba guiones que exaltaban el patriotismo. Películas como The Fighting Seabees (1944) o Back to Bataan (1945) no eran meras entretenimientos; eran propaganda bélica que retrataba a los soviéticos —aunque no explícitamente— como el enemigo invisible. Stalin, que devoraba filmes hollywoodenses en su dacha de Kuntsevo, vio en Wayne no solo a un actor, sino a un agitador cultural cuya influencia global —sus películas se proyectaban en más de 50 países— socavaba la narrativa soviética de la superioridad proletaria.
La génesis de la orden, según las fuentes primarias, se remonta a 1949. Sergei Gerasimov, cineasta soviético y director de la Escuela Superior de Cine VGIK, asistió a un congreso de la paz en Nueva York. Allí, impresionado por la estatura cultural de Wayne, relató a Stalin las declaraciones anticomunistas del actor. «Wayne es el rostro del imperialismo yanqui», habría dicho Stalin, según las memorias de Gerasimov publicadas póstumamente en 1970. Gerasimov, un leal estalinista que firmó la petición para ejecutar a «traidores» durante las purgas de 1937, no solo confirmó la anécdota en conversaciones privadas con colegas como Sergei Bondarchuk, sino que, al parecer, se arrepintió en silencio de su indiscreción. Otro testimonio clave proviene de las memorias del actor soviético Mikhail Gluzsky, Mi vida en el cine (1985), donde relata una cena en Moscú en 1950: «Stalin, con su pipa humeante, murmuró que el ‘cowboy americano’ merecía una bala por envenenar a las masas con mentiras burguesas». Gluzsky, veterano de la Gran Guerra Patria y estrella de Ballad of a Soldier (1959), presenta esto como un arrebato etílico, pero lo corrobora con detalles sobre la asignación de agentes de la NKVD (predecesora de la KGB) al «problema Wayne».
La biografía más exhaustiva y popular sobre el tema, John Wayne: The Man Behind the Myth (2003) de Michael Munn, un historiador del cine británico que entrevistó a más de 150 colaboradores de Wayne, teje estos hilos en un tapiz coherente. Munn, basándose en relatos de Orson Welles —quien oyó la historia de Bondarchuk en un festival de Cannes en 1957— detalla la orden como un decreto verbal emitido en una reunión del Politburó en enero de 1951. Stalin, aquejado ya por su paranoia final (moriría dos años después de un derrame), vio en Wayne un símbolo a eliminar, similar a cómo ordenó la muerte de Trotsky en 1940. La KGB, bajo el mando de Viktor Abakumov hasta su purga en 1951, seleccionó a dos agentes: Ilya Grad y Boris Bekhyadov, veteranos de operaciones en México y España. Disfrazados como agentes del FBI —aprovechando la histeria maccarthista que hacía creíbles tales visitas—, ingresaron a los estudios Warner Bros. bajo el pretexto de una auditoría de seguridad. Su objetivo: inyectar una dosis letal de ricina en la agenda de Wayne o, fallido eso, estrangularlo en su despacho. Pero el plan se desmoronó antes de consumarse.
El 12 de abril, mientras Wayne rodaba escenas de Operation Pacific en un submarino de utilería, los «agentes» fueron interceptados por el jefe de seguridad de Warner, un exmarine llamado Harry «Snap» Thompson. Thompson, alertado por un soplo anónimo —posiblemente de un desertor soviético—, notó inconsistencias en sus credenciales: los distintivos del FBI eran réplicas burdas, impresas en papel soviético. Una requisa reveló pistolas Makarov ocultas en fundas diplomáticas y viales de veneno. Los espías fueron detenidos sin resistencia y entregados al FBI real, que los interrogó en una oficina federal en Los Ángeles. Según Munn, Wayne, informado por su amigo el guionista James Edward Grant, insistió en no procesarlos públicamente para evitar un escándalo que beneficiara a la propaganda soviética. En cambio, optaron por una «lección privada»: Wayne y Grant, armados con revólveres de atrezo, los llevaron a una playa desierta en Malibú, simularon una ejecución sumaria y les ofrecieron asilo a cambio de colaboración. Grad y Bekhyadov, aterrorizados, aceptaron: se convirtieron en informantes dobles, filtrando datos sobre células comunistas en Hollywood hasta su deportación en 1953.
Esta no fue la única tentativa. Fuentes como las memorias de Gerasimov aluden a un segundo complot en 1953, durante el rodaje de Hondo en México, donde un grupo de saboteadores —posiblemente ligados al Partido Comunista Mexicano— intentó envenenar el agua del set. Wayne, advertido por el FBI y por Gerasimov a través de canales diplomáticos, contrató guardaespaldas adicionales: su amigo Yakima Canutt, legendario especialista en acrobacias, lideró redadas en reuniones comunistas locales, culminando en una trifulca donde Canutt desarmó a tres atacantes. La cancelación oficial llegó con la muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953. Nikita Jrushchov, en una reunión privada con Wayne durante una visita a EE.UU. en 1958, confesó: «Fue una locura de los últimos años de Stalin; yo la anulé de inmediato». Jrushchov, pragmático reformador, admiraba las películas de Wayne y buscaba distender relaciones culturales.
Sin embargo, la credibilidad de esta narrativa no está exenta de sombras. Críticos como el historiador Ronald Radosh, en Red Star Over Hollywood (2005), cuestionan la ausencia de documentos desclasificados en los archivos de la KGB abiertos tras 1991. El expediente del FBI sobre Wayne, liberado en 2010 bajo la FOIA, menciona vigilancia por sus lazos anticomunistas pero nada sobre complots estalinistas. Gluzsky, en sus memorias, admite que su anécdota se basa en «rumores de pasillo» en el Mosfilm, y Gerasimov, acusado de oportunismo post-estalinista, podría haber exagerado para redimirse. Munn, por su parte, depende de cadenas orales: Welles, maestro de la fabulación, relató la historia en una cena de 1983, pero sin grabaciones. Algunos ven en el relato un constructo hollywoodense, un «western de espías» que exagera la paranoia maccarthista para glorificar a Wayne. No obstante, la convergencia de testimonios —de ambos lados del Telón de Acero— sugiere al menos un núcleo de verdad. Como apunta el biógrafo Scott Eyman en John Wayne: The Life and Legend (2014), «en la era de los venenos y los cuchillos, lo improbable se vuelve plausible».
El impacto en la historia del cine trasciende el mero sensacionalismo. Esta supuesta conspiración ilustra cómo el celuloide se convirtió en arma ideológica durante la Guerra Fría. Wayne, que protagonizó 142 filmes, encarnó el «excepcionalismo americano» en obras maestras como The Searchers (1956), donde su personaje racista pero redentor refleja las tensiones étnicas y políticas de la época. Su anticomunismo impulsó una ola de westerns revisionistas —Rio Bravo (1959), The Alamo (1960, que él dirigió y produjo)— que contrapusieron la libertad individual al colectivismo soviético. Hollywood, traumatizado por la lista negra, se autocensuró: estudios como Warner Bros. evitaron guiones «rojos» y priorizaron épicas patrióticas. La anécdota de los espías en el despacho simboliza esta bifurcación: el cine como campo de batalla, donde un actor no era solo estrella, sino objetivo geopolítico.
Décadas después, el legado persiste. En 2003, el estreno del libro de Munn revivió el mito, inspirando documentales como John Wayne: American (2018) de PBS, que entrevistan a nietos de Canutt y archivan cartas de Wayne al FBI. Hoy, en un mundo de fake news y guerras híbridas, esta historia recuerda cómo el cine moldea percepciones globales. Stalin, el censor supremo que prohibió Ivan the Terrible de Eisenstein por «desviacionismo», temía al «Duque» porque entendía su poder: no el de un rifle en la pantalla, sino el de una idea que trasciende fronteras. Wayne murió en 1979 de cáncer, pero su sombra —y la de Stalin— aún acecha en los archivos amarillentos de la historia fílmica.
En última instancia, documentado o no, este episodio encapsula la dialéctica de la Guerra Fría: Hollywood como fortaleza asediada, Wayne como centinela eterno. Como él mismo dijo en The Sands of Iwo Jima: «La vida es dura, pero el cemento es más duro». En 1951, el cemento de casi lo aplasta; sin embargo, el Duque cabalgó de nuevo.
