Ramón Masats, Premio Nacional de Fotografía en 2004, nació en Caldas de Montbui (Barcelona) en 1931. Fue uno de los principales renovadores de la fotografía española en los años cincuenta y, excepto por un intervalo de dieciocho años en los que se dedicó al cine y la realización para televisión, ha seguido fotografiando, exponiendo y publicando hasta la actualidad. En el marco del programa de inmersión en el arte del CBA, un grupo de alumnos de ESO y Bachillerato que visitaron la exposición Momentos estelares: la fotografía en el siglo XX –que incluía dos fotografías de Masats– tuvieron ocasión de plantearle algunas preguntas al fotógrafo. Este es el resultado del intercambio.

Ramon Masats. Créditos: Minerva

¿Qué le impulsó a ser fotógrafo?, ¿cómo empezó y cuándo supo que la fotografía era su vocación?

Debió de ser en 1951, cuanto tenía unos veinte años. Estaba haciendo la mili y cayó en mis manos una revista de fotografía. Yo tenía cierta querencia a la idea de hacer algo creativo; había intentado dibujar pero lo hacía muy mal, y viendo aquella revista de arte fotográfico me dije: «coño, la fotografía podría estar bien». Así que me compré una cámara y empecé a hacer fotos como las que hacemos todos, de amateur, y me fue gustando y le fui cogiendo afición… Lo primero que hice en serio fue irme a Pamplona a hacer una especie de reportaje sobre los Sanfermines, para ver qué tal se me daba, y se me dio bien. Lo vieron mis amigos y les gustó. Y como se me daba bien y además tenía diferencias con mi padre –de aquella trabajaba en el mercado de Terrassa, cerca de Barcelona–, pues decidí venirme a Madrid a ser profesional.

¿Cuántas fotos ha realizado en su vida que se hayan expuesto y cuándo empezó a exponer?

Que se puedan exponer, mejores o peores, debo de tener unas cuatrocientas o tal vez quinientas fotos. Mi primera exposición fue en el año 1955 o 1956, y fue con Ricard Terré y Xavier Miserachs. En aquel momento éramos fotógrafos aficionados y la exposición era temática: trataba sobre las Ramblas, un tema bastante típico, pero es que a mí siempre me han gustado mucho los tópicos, me gusta darles la vuelta… Y la cosa salió bien, a la gente le gustó mucho, así que yo me dije: «esto es lo mío», y en seguida, en 1957, me vine a Madrid. Desde entonces he expuesto muchas veces, en muchos sitios distintos.

¿Sigue haciendo fotos?

Sí, pero ahora muy pocas, porque ya no me gusta como antes. Prefiero estar en mi rincón, leyendo; no me gusta salir. De vez en cuando llego incluso a rechazar buenas oportunidades que me ofrecen, a no ser que sea algo que me guste muchísimo. El último trabajo que he hecho ha sido un libro sobre Cuenca, y de esto hace ya más de un año. O sea, que se puede decir que ya estoy retirado. En cuanto a fotografiar sin encargo, por gusto, de vez en cuando cojo mi Leica y hago algunas fotos, con amigos, pero no muchas.

¿Qué tipo de técnicas y cámaras maneja?

Utilizo una cámara analógica, como he hecho siempre. Sigo utilizando la misma película que cuando empecé, y tengo una Leica, una Nikon y una Hasselblad. Tengo los tres equipos muy completos, con muchos tipos de objetivos, pero, aun así, la gente se ríe de mí cuando voy con mis cámaras porque todo el mundo usa las digitales. Y me parece muy bien, cómo no; si yo empezara ahora, empezaría con digital. Pero como siempre he sido muy mal estudiante, no tengo ninguna gana de ponerme ahora a estudiar otra cámara. Además, con lo poco que trabajo ahora… Eso sí, le he comprado una digital a mi mujer, que a veces me dice: «mira, puedes ver la foto aquí», y yo digo «sí, sí, muy bien», pero… En cualquier caso, la fotografía digital ya se ha impuesto.

¿Cómo cree que ha cambiado el mundo de la fotografía la llegada del digital y de los programas informáticos como Photoshop, que permiten retoques de todo tipo? ¿Cómo afecta al trabajo del fotógrafo?

Yo apenas toco nada de todo eso, así que poco puedo contar. Hombre, algo sí me afecta porque, como no tiro diapositivas, cuando tengo que hacer una exposición o cuando me piden fotos, lo que hago es escanear el negativo en el laboratorio de Juan Manuel Castro Prieto, y allí lo vemos en pantalla, de manera que positivo desde el ordenador, pidiéndole que suba un poco aquí, que aclare un poco acá, etc. Antes eso no se podía hacer: lo que tenías era lo que salía y no había más. En ese sentido, el trabajo del fotógrafo ha mejorado mucho y yo me aprovecho de las ventajas del digital aunque siga fotografiando en analógico. No soy nada estricto ni purista, creo que hay que aprovechar lo que ofrece la técnica, me parece algo absolutamente razonable. A lo que sí me he negado desde el principio es a utilizar el ordenador. Mi mujer me regaló uno y vino uno de mis hijos que sabe mucho de digital y que me dijo que me iba a enseñar. Me dio una lección que duró un par de horas, y yo lo apuntaba todo con muy buena voluntad, pero nada, como soy muy mal estudiante, no aprendí nada. No lo he vuelto a usar, y si necesito hacer alguna cosa con ordenador, o se lo pido a mi mujer o a mis hijos. Desde luego, yo ahora no me voy a meter, no me interesa, por mucho que me digan que se aprenden muchas cosas…

¿Cómo es que estuvo una temporada sin hacer fotos y trabajando para televisión?

Nunca trabajé directamente para televisión, sino que colaboraba; me llamaban para algún programa o alguna cosa que les parecía que podía hacer bien. Fueron dieciocho años en los que abandoné la fotografía y me dediqué al cine. Hice también mucha publicidad y una película. En aquel momento me pareció buena idea apartarme de la fotografía. Y si me dediqué al cine fue porque necesitaba que las imágenes se movieran y, sobre todo, que hubiera montaje: necesitaba montar las imágenes, poder poner un plano detrás de otro, porque en las revistas y en los demás sitios en los que trabajas como fotógrafo, esa es una tarea que hacen otras personas y lo hacen como les parece. Así que me dediqué al cine con la misma pasión que me había dedicado a la fotografía, pero llegó un momento de síntesis, en el que me pareció que ya podía prescindir del movimiento, y me di cuenta de que, de algún modo, estaba volviendo a la fotografía. Aquello coincidió con un momento en el que los realizadores se propusieron hacerse fijos en Televisión Española –a lo que tenían todo el derecho–, creyendo que podían contribuir a mejorar la televisión desde dentro, aunque después se ha visto que no fue así. Y como a mí nunca me ha gustado ser fijo en ningún sitio y como, afortunadamente, tenía otro oficio –a diferencia de muchos de los realizadores, que dependía de las dos únicas cadenas de televisión que había entonces, la primera y la segunda– yo dije que no y me salí. Y coincidió también con una oferta de publicar fotografías que me hizo Lunwerg, una editorial que estaba comenzando en aquella época. Así que empecé con ellos a hacer libros de fotografía en color. Antes siempre había trabajado en blanco y negro, pero cuando dejé la televisión y el cine, me pasé al color. Por lo demás, lo de dejar la televisión no fue tajante; aún me siguieron pidiendo algunas cosas como colaborador, así que me fui desvinculando paulatinamente. Creo que lo último que hice para televisión fueron tres documentales para la Expo’92.

¿Ha influido de algún modo en sus fotos su paso por el cine y la televisión?

Yo creo que no.

¿Cómo surgió la idea de hacer una exposición montando dípticos con fotos nuevas y antiguas?

La idea se me ocurrió porque me di cuenta de que las fotos que estaba haciendo en los últimos tiempos tenían mucho que ver con las fotos en blanco y negro que tomé cuando era aficionado; eran fotografías más estéticas, mostraban otra forma de ver la fotografía. Y me apeteció ponerlas juntas. Me pareció que era un poco como el pez que se muerde la cola…

¿Por qué en sus fotos más recientes apenas sale gente, mientras que en las anteriores hay personas por todos lados?

Sí, eso está bien visto. Pero no lo sé, yo creo que me he cansado de retratar gente. Además, la gente se ha vuelto más agresiva: te preguntan que para qué es, que por qué haces esa foto… Así que he elegido fotografiar otras cosas, es un trabajo más tranquilo. Eso sí, lo que fotografío es siempre obra del hombre; puede que no retrate a las personas en sí, pero siguen presentes a través de la obra que, consciente o inconscientemente, hace el hombre y que es casi arte. Así es como yo lo veo y lo fotografío. En definitiva, en mis fotografías no hay cosas que no tengan que ver con el ser humano.

Y el paso del blanco y negro al color, ¿ha sido decisión suya o se ha debido a motivos técnicos?

En términos generales, yo hago lo que me piden los editores: cuando hacía blanco y negro era porque las revistas se imprimían en blanco y negro y los libros también. Y después de esos años dedicado al cine y la televisión, cuando volví a la fotografía, ya se hacía todo en color. Pero cuando me encuentro con algún encargo en el que puedo elegir, como el de fotografiar la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas cuando estaba recién terminada y aún no se había puesto en funcionamiento, entonces tomo la decisión en el último momento, de manera intuitiva; a Barajas fui sin saber qué iba a hacer y me llevé película de los dos tipos. Eso sí, lo que no hago nunca es hacer blanco y negro y color en la misma sesión, de eso soy incapaz; es como si me pusiera el chip del color o del blanco y negro y ya no pudiera salir de ahí. Pero cuál chip me pongo lo decido sin ninguna razón concreta; a veces, si hay mucha luz o si se da cualquier otra circunstancia, lo veo y me digo: «esto es blanco y negro». Ya os digo, es algo intuitivo.

¿Cómo se inspira para hacer fotografías y qué es lo que le gusta expresar con sus fotos?

No sé qué es lo que me decide a hacer una foto. Normalmente no voy con una idea preconcebida… Hombre, si tengo que hacer un libro sobre una ciudad, sí sé lo que hay que fotografiar, pero incluso en estos casos soy muy intuitivo, de repente veo una foto, la hago y ya está. Vas paseando por la calle y ves una cosa que te llama la atención, así de sencilla es mi fotografía. Por eso el título de mis fotos es siempre el sitio donde se han tomado y el año, no tengo nada más que explicar. Verbalmente no soy nada poético.

¿Qué otras aficiones tiene además de la fotografía?

Tiene gracia la pregunta porque, en efecto, yo creo que hay que ser aficionado a la fotografía para ser fotógrafo profesional: si lo haces solamente por ganar dinero, la cosa no marcha bien. Yo siempre he hecho fotos por afición; aunque ahora ya no me guste tanto tomar fotografías, sí me gusta haberlas hecho. Por lo demás, tuve una gran afición al atletismo. Cuando tenía dieciséis o diecisiete años lo sabía todo del atletismo, las marcas, las formas de entrenamiento, los nombres… Todavía no tenía dieciocho años y ya me propusieron que fuera ayudante del entrenador del club en el que estaba. Era una afición muy intensa, la misma que cogí por la fotografía. Y luego está mi gran afición, la que he tenido siempre, y que es leer. Estar en mi rincón leyendo es lo que más me gusta. He leído de todo, pero ahora lo que más leo son cuentos, porque como leo a la vez varias cosas, con las novelas, cuando las vuelvo a coger, es probable que ya no me acuerde de quién es tal o cual personaje, y tenga que volver para atrás. Con la edad, la memoria falla mucho, aunque no tenga alzheimer. Por eso prefiero las narraciones cortas.

¿Le gusta el fútbol? ¿Es usted de algún equipo?

Por ser, soy del Barça. Pero no, no me gusta el fútbol. No soy aficionado. Si ponen un partido del Madrid o del Barça contra algún equipo extranjero, igual lo veo con el sonido apagado y mientras hago alguna otra cosa. Soy más aficionado a los toros, o al menos lo era, porque últimamente tampoco me interesan: ya no están los toreros que me gustaban.

¿Cómo hizo la fotografía del cura parando el gol y por qué fotografió a un cura y no a un futbolista?

La foto forma parte de un reportaje sobre un seminario de Madrid que hice por encargo de la revista Gaceta ilustrada, y allí en el seminario estaban los curas jugando al fútbol y salió esa foto, una foto que odio: estoy tan harto de ella… Por cierto, que hace pocos años me pasó una anécdota divertida. Me llama un cura y me dice: «que yo soy el que para el balón en la foto esa que tienes». Fijaos, después de tantos años, el tío me localizó. Y entonces se montó un tinglado tremendo, porque yo soy muy amigo de Chema Conesa, el subdirector de fotografía del suplemento dominical de El Mundo, y él para localizarme había llamado al periódico y había conseguido hablar con Chema. Pero no quedó ahí la cosa, porque el cura también localizó al que chutaba el balón en la foto, y ése se había quitado de cura… En resumidas cuentas, nos fuimos todos al seminario, que sigue en el mismo sitio donde estaba y está exactamente igual –la única diferencia es que los chavales ya no llevan sotana y que casi todos son negros o sudamericanos– y Chema tomó unas fotos e hizo un reportaje que se publicó en El Mundo. En definitiva, se organizó un follón enorme tantos años después, porque la foto es de 1959, así que fijaos. Lo que pasa es que durante el tiempo que estuve haciendo cine yo no era conocido como fotógrafo. Fue después, cuando estaba yo tan tranquilo aquí en mi casa, y un amigo, Publio López Mondéjar, llamó a los de La Fábrica y les convenció de que vinieran a ver mis fotos. Se las enseñé, les gustaron, me hicieron un portfolio en Matador y a partir de ahí ya empecé a ser un poco conocido como fotógrafo, aunque yo no he puesto nada de mi parte. Y no es que yo rechace la fama o que no me guste, es algo que siempre te halaga, y bienvenida sea, pero lo cierto es que yo no he hecho nada para ser conocido.

¿Qué opina sobre los graffiti?, ¿los considera un arte?

No me gustan nada, no tengo nada a favor de los graffiti. Me parece un ensuciar las paredes sin sentido, y esa idea del graffiti de querer ser alguien pintando tu nombre en una pared me parece completamente absurda. El rap tampoco me gusta nada. Además, ya lo hizo hace muchos años Lola Flores cantando flamenco por Jerez… Y es que a mí, todo lo que imitan de EE UU me jode; ese dominio de lo norteamericano siempre me ha fastidiado. Lo siento, porque estoy quedando como un retrógrado, pero me da igual. No me gusta.

¿Hay alguna fotografía que le hubiera gustado hacer pero no haya podido?

Alguna vez me ha pasado, pero muy pocas. Generalmente, lo que he querido hacer, lo he hecho. Pero sí me acuerdo de una foto que me hubiera gustado hacer: fue en Estocolmo, en 1998 o 1999 o así. El Instituto Cervantes había llevado allí la exposición que hice en el Círculo de Bellas Artes y que se movió por distintos sitios de Europa. Y me arrepiento de no haber tomado una foto de una estatua blanca, de una chica, a la que le habían pintado de negro las axilas y el pubis: era negro, negro, negro sobre la estatua blanca y estaba nevando… Recuerdo que luego pensé: «que estúpido has sido al dejar pasar la ocasión», porque todavía hoy la veo perfectamente, pero en aquel momento no se me ocurrió hacerla. Eso es que ya el cerebro estaba mucho más lento que antes; de joven seguro que la hubiera hecho. Creo que es casi la única foto que me he quedado sin hacer, porque cuando no voy a trabajar no suelo ir con cámara ni tengo visión de fotógrafo; no voy por ahí pensando: «mira qué foto más bonita hubiera podido hacer si hubiese traído la cámara». Cuando cojo la cámara para hacer fotos, entonces sí voy viendo las cosas desde el punto de vista del fotógrafo, y a lo mejor voy a hacer fotos a un bautizo o una boda de amigos, y entonces sí busco y encuentro fotos que a lo mejor no son de la celebración, sino de otras cosas –en cualquier sitio puedes encontrar una buena foto–, pero cuando dejo la cámara ya no siento ninguna necesidad de fotografiar. A mí me gusta mucho mirar a la gente por la calle. Cuando terminaba de trabajar, sobre todo en Andalucía, me sentaba en la terraza de un bar a ver pasar a la gente y me parecía una sensación maravillosa y en ningún momento echaba de menos la cámara.

¿No se enfadan las personas a las que retrata por la calle?

No, no he tenido ningún problema. Bueno, una vez, tuve un pequeño problema con un señor que se enfadó, pero fue hace muchos años, haciendo un documental sobre las Ramblas, con unos socios del Barça. Se solucionó enseguida. Últimamente, como decía antes, la gente es más reacia y con razón, porque las personas tienen derechos sobre su propia imagen, que es algo que la gente no sabía o no pensaba en los años en los que yo hacía más fotografía. En cierto modo, nos aprovechábamos un poquito de ellos. Desde luego, vale más el derecho a la imagen de una persona que el que yo haga una foto. A lo mejor es que empiezo ahora a tener más respeto por la gente…

¿Cuál ha sido el trabajo de fotografía que más le ha afectado?

No fue un trabajo fotográfico; estábamos rodando un documental sobre las Islas Canarias y trabajaba con un operador que se había comprado una radio. Recuerdo que habíamos terminado ya el rodaje cuando entró en mi habitación y me dijo que había oído por la radio que acababan de estrellarse dos Jumbos en el aeropuerto de Tenerife. Me dijo: «mira Ramón, no tiene nada que ver con el trabajo que estamos haciendo, pero el aeropuerto está aquí mismo y yo creo que tenemos la obligación de ir todo el equipo a ayudar en lo que sea». Así que nos fuimos allí y aquello es lo que más me ha afectado en mi vida: era todo, lo que se veía, el olor… Fue una experiencia tremenda. Y luego las imágenes nunca se emitieron: eran horrorosas.

Las preguntas que componen esta entrevista fueron realizadas por los alumnos de 1º de bachillerato de ciencias sociales del Colegio Begoña y por los alumnos de 4º de ESO del Instituto de Enseñanza Secundaria Valdebernardo, ambos de Madrid.


*Fuente: https://cbamadrid.es/revistaminerva/articulo.php?id=253

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