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“En la vida no hay culpables, ni excusas”. Esta es la gran lección que Consuelo Ciscar aprendió de su esposo, compañero y cómplice existencial Rafael Blasco. Y ese lapidario pensamiento ha venido marcando la trayectoria política y vital de esta mujer tan encendida de peinado como de carácter. Una singladura pública que para su desconsuelo parece entrar en el ocaso de decadencia tras su destitución como directora del IVAM, buque insignia de la política cultural valenciana ideado por su hermano Cipriano y que ella ha sabido reconvertir en una perfecta réplica del Prestige.

Porque si algo ha fascinado a esta mujer es el mundo del arte y la cultura. Así ha sido desde que allá por los años 70 del pasado siglo se decidió a poner en marcha una galería de arte vanguardista en la Valencia de los estertores del franquismo. Una iniciativa arriesgada que, según cuentan, más de una vez se vio clausurada por la osadía de las obras presentadas. Claro que entonces eran tiempos de aventuras en los que también Rafael Blasco corría sus peligros en pos de su sueño de convertir España en un paraíso albanés. En cualquier caso, la joven de Picanya siempre tuvo los pies en la tierra -no en vano había estudiado Empresariales- y demostró muy pronto su capacidad de adaptación para una cosa y la contraria, de modo que tras comprobar la escasa rentabilidad del arte de vanguardia, decidió transformar su galería en un anticuario.

La misma versatilidad demostraría años más tarde al pasar de ser la secretaria personal de Joan Lerma a convertirse en una de las políticas más destacadas y controvertidas del PP valenciano. Y ha sido precisamente en los cálidos brazos del PP donde, junto a su esposo, la inquieta Consuelo se ha reencontrado con la gestión cultural en los más variados destinos hasta que en 2005 recaló en la joya de la corona, un IVAM que los populares ya habían comenzado a desguazar de la mano de Kosme de Barañano con el cierre del Centre del Carme. Solo que Consuelo, más astuta, prefirió acelerar la voladora con la pólvora del éxito y el glamour gracias, entre otras cosas, a la cobertura del entorno mediático de El Mundo, de donde saldría uno de sus más estrechos colaboradores, Rafael Sierra.

Porque a Consuelo siempre le ha gustado la proyección y el papel couché. Por eso nunca ha dudado en vincularse a importantes nombres, desde la Bienal de São Paulo a Peter Brooks, o de Rostropróvich a Irene Papas. Junto a la actriz griega conseguiría una de las imágenes más simbólica que le recuerdo: a bordo del Constanta atracado en el Puerto de Sagunto, en la cubierta de este buque de la armada rumana en viaje cultural por el Mediterráneo, con el cabello perfectamente peinado desafiando al viento marinero, como si fuera una reencarnación de Ching Shih, la mítica pirata que aterrorizó en los inicios de siglo XIV el Mar de la China.

Años más tarde Ciscar iría a la China. Pero no a la caza de barcos que abordar, ni de tesoros piratas enterrados, sino en busca de obras de arte para  el IVAM. Aunque paradójicamente acabó entrando en la guarida del filibustero Gao Ping. Es lo que tiene el afán por los amigos, que irremediablemente se acaba expuesto a las amistades peligrosas. Y relaciones polémicas no le han faltado en todos estos años, como sus encuentros altruistas con el emperador del ladrillo Enrique Bañuelos antes de que la burbuja inmobiliaria le llevara hacia tierras brasileñas para terminar ideando  el más difícil todavía Barcelona World.

Así es Consuelo Ciscar: temeraria y ambiciosa. Pero no solo, también tiene otras virtudes. Quienes la conocen dicen, por ejemplo, que hace un insuperable arroz con acelgas y caracoles. Igualmente ha demostrado saber ser amiga de sus amigos, siempre preocupada por los suyos. Lo demuestra su apoyo total para su hijo, el gran artista Rablaci que antes de acabar Bellas Artes ya había expuesto por medio mundo. O las exposiciones organizadas para su peluquero Tono Sanmartin y para Agatha Ruiz de la Prada, esposa de Pedro J, el por entonces director de El Mundo, cuyo grupo Unidad Editorial tan acertadamente supo valorarla. O su incondicional respaldo a Francisco Camps en los momentos difíciles del juicio de los trajes.

Gracias a esos vínculos con Camps, Ruiz de la Prada y el mundo de la moda en general, Consuelo Ciscar logró dominar con maestría el arte de hacer de su capa un sayo que tan bien ha aplicado estos años en la gestión del IVAM. Hasta se llevó a Ushuaia más de un centenar de piezas de los fondos de la institución para exponerlas a su antojo en la bienal del Fin del Mundo, todo una metáfora del hoyo presupuestario y cultural donde ha conducido al que en otro tiempo fue el centro artístico de Valencia más prestigioso internacionalmente. Para entonces, Consuelo ya tenía en contra a todo el colectivo de galeristas, artistas, críticos que reclamaban su cabeza, como condición necesaria para meter al museo en la UVI, en un último intento de intentar reanimar al presentido cadáver.

Sin embargo, el destino ha hecho que sea la habilidad de Rafael Blasco para que desaparezcan de cientos de miles de euros del presupuesto de Cooperación, lo que haya terminado llenando de desconsuelo a Consuelo. Y así lo dejó patente el pasado junio la consellera de Cultura María José Catalá cuando comenzó a abrir el camino de su defenestración quitándole la vicepresidencia del consejo rector del IVAM, para dejarla como simple vocal. Y, por fin, la pasada semana el vicepresidente y portavoz del Consell José Ciscar anunciaba su relevo al frente del IVAM, relevo que habría sido solicitado por la propia interesada en una supuesta carta en la que pedía dejar el cargo por “motivos de salud”.

Y es así su ostracismo político le va a permitirle a Consuelo saber si la realidad confirma la gran lección aprendida de su esposo. Por lo pronto, sus “motivos de salud” suenan demasiado a esas excusas cuya validez Blasco cuestionaba. En cuanto a la existencia de culpables, eso será mucho más fácil de comprobar: solo tendremos que esperar a que el juez decida o no enviar a la cárcel a su sabio marido.

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