La semana pasada caminamos de manera simultánea por la vieja riera de Horta y el passeig de Fabra i Puig. Hoy pasearemos por la primera. Si la pisamos desde la calle de Vilapicina tendremos una vista con muchos interrogantes, porque de la calma de la estructura básica del homónimo barrio pasamos al curso fluvial, Cartellà en la actualidad. Su lado montaña es una sucesión de desiguales arquitecturas con unas calles a priori trazadas a la buena de dios.

Tanto en mapas como en fotos aéreas se observa cómo el dominio de este entorno, comprendido por el triángulo formado la calle Sabastida hasta el de Pintor Casas con el del escultor Llimona en medio, pertenecía a los dominios de Can Sabastida, una masía –según algunas fuentes– con orígenes tan remotos como el siglo XIV. La finca perteneció a los Sabastida durante generaciones, mezclándose con otros ilustres apellidos como el de los Cartellà. Poco a poco, su abolengo creció y de barones pasaron a marqueses. En 1890 el título y la masía pasaron por sucesión directa a los Montoliu.

Foto aérea de 1965. La flecha muestra Can Sabastida; el triángulo sus anexos. Catalunya Plural

En la calle Sabastida, junto a una de las fachadas del Colegio Cor de María, una asociación que defiende la memoria de Nou Barris nos habla de cómo, a principios de los ochenta, Carles Montoliu i Carrasco renunció a la protección patrimonial para lucrarse con tantas y tantas hectáreas, antaño explotadas por muchos payeses manos a la obra.

Mi gran duda, porque todo este espacio es una caja de enigmas a partir de su morfología, era dónde se ubicaba la masía. La historia de la baronía de Albi ya se ha narrado en otros sitios, y aquí mi obsesión para comprender esta totalidad era localizar el punto exacto, despistándome por dos razones de peso.

Los campos de la masía de Can Sabastida. Catalunya Plural

La primera fue la búsqueda fotográfica. Si la hacéis por el mismo Google encontraréis imágenes donde sobresale una morada rústica, sin apenas ornamentos, rodeada de campos. En otras veremos a los campesinos en sus labores, pero nuestra retina habrá registrado ante todo la masía.

La segunda llegó con el cotejo de mapas de distintos decenios. Uno de 1943 nos muestra las calles de un futuro inminente, intermitentes en sus líneas. Entre ellas, Can Sabastida tiene como solera. Sólo son dibujos, y por eso acudí a las fotos aéreas, mareándome porque, obcecado con la foto de Can Sabastida hegemónica entre el verde, no había contemplado que el otrora latifundio tendría otra serie de compartimentos para ejecutar a la perfección su cometido. Potenciar el recuerdo del centro había sepultado a los márgenes.

Mapa de 1943. La flecha indica donde estaba supuestamente Can Sabastida; el triángulo, sus dependencias. Catalunya Plural

Además aquí lo que chirriaba era lo siguiente. ¿Cómo podía haber desaparecido la finca de Can Sabastida en los ochenta? Lo que entonces fue al suelo es todo el tramo entre la calle Sabastida y la de Pintor Casas. Así se consolidó el Cor de María, fundado en 1955, la plaza Álvaro Cunqueiro y ese extenso porticado hacia Pintor Casas, idóneo para respetar el entramado de la riera.

Todo ese trozo correspondía a los compartimentos. ¿Y la masía? Efectué una investigación en la hemeroteca y di con un buen artículo de La Vanguardia del 23 de enero de 1969, donde se analizaba cómo el patrimonio estaba en peligro, destacándose la decisión de arrasar el Colegio de las Teresiana de rambla Catalunya, de Puig i Cadalfalch y hoy en día parte del complejo de la Diputació, y Can Sabastida para rentabilizar –aquí el periodista era valiente– la carrera por la especulación en pos de una densidad poblacional sin fin.

El Cor de María. El edificio del fondo es donde estaba Can Sabastida. | Jordi Corominas / Catalunya Plural

La lectura de esta nota aguzdió mi vista de las imágenes tomadas desde el cielo. La masía en sí, tan kantiana ella, se acomodaba en la manzana de Sabastida, Rusiñol y Llimona, con Pintor Mir con inmuebles de inicios de los sesenta según el catastro, mientras los bloques erigidos donde la finca rural, entre el 15 y el 25 de Sabastida, datan de 1969/70, en coincidencia con el reportaje de J. Pedret Muntañola.

Si me empeciné tanto en la exactitud de su localización es porque, en mi fuero interno, los documentos consultados, todos ellos con aportaciones valiosas, discrepaban, y tampoco eran maravillosos a la hora de señalar en el planisferio todo ese prodigio de Can Sabastida. La finca dijo adiós a finales de los sesenta. Sus dependencias, quien sabe si con talleres o sólo avezadas en lo agrícola durante su agonía, sembraron un vacío y el giro de la dictadura a la democracia, o al menos sus intervenciones urbanísticas, pueden reflejarse en esta trilogía desde varias vertientes, tanto por las calles configuradoras de su triángulo como por el trifásico en la repartición de esos resistentes anexos.

El triángulo estaría compuesto por Pintor Casas, un segmento de Escultor Llimona, Sabastida y este trozo de la riera d’Horta. El trifásico, si caminamos desde Pintor Casas por la riera d’Horta, se despedaza de la siguiente manera. Un proyecto de 1988 combina bajos para aparcar y comercios con pisos. Acto seguido llegamos a la plaza Alvaro Cunqueiro. No sé si la relativa cercanía de Castelao, condenado a un horizonte tapiado en una gran encrucijada con Horta, obedece a guiños para gallegos, pues desconozco si fueron muchos los emigrantes de esta nacionalidad por estos lares. Castelao ni siquiera da la espalda a Cunqueiro, iluminado entre terrazas y columpios. Según el nomenclátor, el ágora data de 1994, mientras el tercer hombre de este cóctel ostenta con el Cor de María el único edificio previo a toda esta metamorfosis, fechado en 1965, como una mala resaca de los cincuenta.

Vista de la plaza Cunqueiro des de Escultor Llimona. | Jordi Corominas / Catalunya Plural

La plaza Álvaro Cunqueiro es el epicentro, majestuoso si lo aprecias desde el passatge d’Aristòtil, su enlace con Mare de Déu de les Neus, una travesía inventada en 1999, y si bien hay otros sabios griegos en los aledaños todas estas denominaciones suenan algo absurdas, así como aquellas en homenaje a las artes plásticas. Sea como sea, Aristótil abre otro mirador a esa pequeña inmensidad, más apabullante desde el de la calle de l’Escultor Llimona, increíble porque, si te relajas en el mirar, se aprehenden todos los estratos de Vilapicina entre desniveles, balcones y fachadas.


*Fuente: https://catalunyaplural.cat/es/buscando-a-can-sabastida/

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