“El franquismo era un sistema opresivo e inmoral”

altComo consecuencia de la dictadura franquista, parte de su niñez transcurrió en un país sudamericano. Cargada de emociones y recuerdos la vida del escritor catalán Jaume Benavente (Barcelona 1958) conforma ahora un compendio de experiencias de viaje, que exploraproyecta en toda su literatura.

 

 

 

 

Como consecuencia de la dictadura franquista, parte de su niñez transcurrió en un país sudamericano. Cargada de emociones y recuerdos la vida del escritor catalán Jaume Benavente (Barcelona 1958) conforma ahora un compendio de experiencias de viaje, que exploraproyecta en toda su literatura. Su último libro Nocturno de Portbou, editado en español por Libros de la Vorágine, es toda una sorpresa y una buena apuesta para Sant Jordi, la fiesta de los libros y las rosas que se celebra este 23 de abril en Catalunya.   

 

Tenía 3 años cuando abandonó Catalunya y se subió a un barco para internarse a fuego lento en Brasil, entonces desconocía que pese a la incertidumbre su infancia sería “feliz, semisalvaje, en el campo, entre caballos, serpientes, el rio y las lluvias torrenciales”. Aquella travesía lo marcó de por vida. Mazurca de Praia, Luces en la costa, El cuaderno de Nicolaas Kleen, los libros de viaje que escribió sobre Portugal o Nocturno de Portbou, son tan solo algunos artefactos donde individuo y paisaje en medio de un mundo enigmático se baten con  al paso del tiempo. Más allá de una estrategia, el viaje es su tema de fondo sin dejar de lado  el suspense y aquellos velos teñidos de una singular melancolía. La crítica ha dicho que posiblemente Benavente sea el “autor más centroeuropeo de la literatura catalana”. En esta entrevista reflexiona acerca de su vida “de infancias y juventudes perdidas”, recuerda además a Roberto Bolaño y a A.G García Porta, grandes compañeros de ruta y explora en aquella mirada sentimental con la que ha dotado a toda su escritura.

 

¿Crees que debido a la inmigración de tu familia el viaje es característico en tu obra?

 

Absolutamente, soy hijo de una inmigración un tanto atípica –catalanes que viajan al Trópico–, el viaje está en los inicios de mi vida y ha continuado presente de una forma u otra en la mayoría de mis libros, e incluso he escrito dos libros propiamente de viajes  –con los escenarios de Madeira y Oporto– y estoy trabajando en un tercero sobre la isla de Pico.

 

Te alejaste de Catalunya siendo niño en un barco, el destino era Brasil.  Menos mal que con  la familia, porque hubo quienes tuvieron que marchar solos… 

 

Sí, supongo que existe una tristeza infinita en el hecho de alejarse en soledad del mundo al cual se pertenece.

 

¿Eras consciente del motivo por el cual tu familia emigraba?

 

No, en absoluto, yo tan sólo era un niño que no entendía por qué marchábamos a otro continente.

 

¿Y por qué volvieron?

 

Por algo tan simple cómo el fracaso de las expectativas. Era una emigración económica que no resultó. También había la nostalgia barcelonesa, claro, por parte de mis padres.

 

¿Allá qué se te quedó? 

 

Una infancia feliz, semisalvaje, en el campo, entre caballos, serpientes, el rio y las lluvias torrenciales. Era un pequeño universo tropical al cual algún día volveré, aunque sea en forma de ficción.

 

¿El sentimiento de melancolía te parece que proviene de una carga emocional contenida desde que te fuiste por primera vez?

 

Mi travesía del Atlántico en un barco de emigrantes hacia el Brasil fue mi inicio a la vida. Desde entonces la melancolía ha sido consustancial a mi manera de sentir, de estar en el mundo.

 

¿Qué imágenes de tu vida rememoras con frecuencia?

 

Mi abuela ofreciéndome un plato de cerezas en la calle de mi barrio barcelonés, momentos antes de emprender el viaje al Brasil, los peces voladores cayendo sobre la cubierta del barco mientras navegábamos por el Atlántico,  nuestra perra corriendo detrás de la furgoneta que nos alejaba del pueblecito brasileño dónde vivimos tres años, una conversación sobre literatura una tarde en Estocolmo con un amigo mío mientras viajábamos a los diecinueve años en el Interrail por Europa —años después mi amigo se suicidaría—, la primera vez que leí el cuento El Despertar, de Isaac E. Babel, un viaje errático, muy duro y a la vez de una gran belleza que hice en compañía de mi mujer por el archipiélago de Cabo Verde, a principios de los años noventa, los dos solos, con nuestras mochilas y muy poco dinero, la visita al cementerio judío de la isla veneciana de Lido, pasear por las calles de Oporto.

 

¿Qué se aprende cuando uno viaja?

 

En mi caso, a reconocernos a nosotros mismos a través del descubrimiento del otro y de su paisaje. Viajamos para explorar, para dibujar un mapa no sólo de la geografía ajena sino de nosotros mismos. No viajamos desnudos ni sin equipaje, sino que nos acompaña nuestra vida, nuestros fantasmas e ilusiones. 

 

¿Si el viaje es forzoso se asimila más? 

 

Existe una tensión añadida, un cierto desamparo o zozobra.

 

¿Qué dejaste atrás que ya no volviste a ver más?

 

Algunos amigos que murieron prematuramente, infancias y juventudes perdidas.

 

Tengo entendido que fuiste amigo de Roberto Bolaño, ibas a su casa en la calle Tallers de Barcelona  y luego él te llamaba por teléfono desde su trabajo en el camping Estrella de mar de Castelldefels  ¿Era un gran conversador Bolaño?

 

Era un conversador excelente. Tenía todo el tiempo del mundo para hablar y escuchar. Tanto en su estudio de la calle Tallers como en las conversaciones por teléfono. No existía la prisa. Evidentemente, hablábamos sobre todo de libros. Parecía haberlo leído todo. Vivía para y dentro de la literatura.

 

¿Aprendiste algo de él?

 

El valor de la determinación, de no desfallecer.

 

¿Es verdad que A.G. Porta quedó deslumbrado cuando él y Bolaño  empezaron a trabajar en Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce?

 

Bolaño irradiaba carisma, no es ningún secreto, y A.G. Porta y él se hicieron muy amigos. (De hecho A.G. Porta fue uno de los más fieles y desinteresados amigos de Roberto). Pero también tengo que explicar que Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce era un libro de A.G. Porta y que Roberto Bolaño, —que también aprendió cosas de él—  se incorporó después a su autoría.

 

Hacían una revista…

 

Más bien Roberto Bolaño y Bruno Montané hacían la revista Rimbaud vuelve a casa y nosotros: (A.G. Porta, yo y algún amigo más) colaborábamos distribuyéndola por cafés y librerías.

 

¿Cómo se entretenían cuando se juntaban con Antoni García Porta y tú?

 

Hablábamos durante horas mientras fumábamos cigarrillos y tomábamos te o café. A menudo, también nos dedicábamos a jugar al futbolín.

 

alt¿Cuáles serían los factores que desencadenaron tu escritura? 

 

Una cierta extrañeza que siempre me ha acompañado en mi relación con la vida, ya desde niño. Recuerdo interminables tardes de verano en el jardín de mi casa, jugando solo, imaginando. Creo que fue entonces que comencé a inventar mundos, a ficcionar y decidí que quería ser escritor (De hecho, recuerdo que  quería ser escritor y explorador, ya entonces la idea del viaje era muy importante para mi). También hay un episodio determinante: tenía yo trece o catorce años y me encontraba en unos campamentos juveniles escolares en los Pirineos  cuando caí enfermo. El médico me tuvo a su cuidado  en su habitación y me presto La Odisea para que leyera. En unos pocos días devoré el libro de Homero.  Aquella lectura fue decisiva. 

 

¿Y qué otras lecturas te marcaron?

 

En mis primeros años, tuvieron especial influencia las novelas ilustradas de la editorial Bruguera, con las cuales descubrí Jules Verne, Emilio Salgari, Charles Dickens, Daniel Defoe o Walter Scott. Los libros eran refugio y evasión, me ayudaban a defenderme de un entorno en cual me sentía incómodo.  Más adelante, llegaron otros autores como Juan Carlos Onetti, Albert Camus, Milan Kundera, Antonio Lobo Antunes y WG Sebald.

 

Te interesa el estilo, encontrar la palabra más adecuada. Pero tu lenguaje es pausado como si más bien examinaras una piedra para ver las múltiples posibilidades que te puede otorgar…

 

El estilo es fundamental, define al escritor. El estilo nace no de una forma artificial, pero sino de la mirada del autor. Mirada y estilo son inseparables y sí, me gustan los textos que fluyen de forma pausada. Me gusta pensar que mi obra literaria se asemeja a un rio caudaloso, con una aparente lentitud en su superficie, pero con sus corrientes internas, remolinos y habitado tanto en su interior como en sus riberas por extraños seres.

 

¿Trabajar con las atmósferas por un fin en específico o porque te parece importante no dejar de lado la parte descriptiva de un espacio? 

 

Las atmosferas me ayudan a definir los personajes y sus historias, pero además para mi es fundamental cuidar la parte descriptiva, pictórica, de un espacio. El lector ha de percibir el paisaje, las formas y el alma del relato a través de su atmosfera.

 

¿Y la trama cuando te sientas a trabajar en una narración sale sola o es un ejercicio de búsqueda?

 

A veces, la trama va apareciendo, emergiendo a partir de la escritura. No podría escribir con una trama del todo acotada, definida. No hablamos de tema, claro, sino de trama. Eso es así en la mayoría de mis libros, salvo en los de género negro. En ellos, es preciso tener la trama muy concretada en la cabeza desde el principio porque de lo contrario me volvería loco.

 

Cuando escribes ¿te seduce la posibilidad de romper la frontera que divide la ficción de la realidad?

 

No es que me seduzca, sino que me encanta. Personalmente, vivo mis ficciones como realidades. La ficción, su construcción; es un estilo de vida.

 

Dado que has escrito poesía, novela y libros de viaje ¿en qué género te sientes más cómodo y por qué?

 

Me siento especialmente a gusto con el viaje literario, tanto si es en libros de viajes como en su presencia en las novelas propiamente dichas. 

 

¿Y el paso del tiempo?

 

Es uno de los temas principales de la literatura. Sí, me interesa mucho, tanto el concepto de pérdida, de lo que queda atrás, como de anhelo, lo que intuimos que será nuestro futuro y si podemos incidir en ello.

 

¿Haber vivido en el extrarradio de Barcelona te hizo sentir la idea de no pertenecer del todo a  un lugar concreto? 

 

La idea de frontera me interesa, me seduce, de hecho. Lejanía, limite, son presentes en mi trabajo, de la misma manera que me siento a menudo forastero, extraño. 

 

Pero vivir en un extrarradio era un estar y no estar. Entrar y salir constantemente, como alguien que viene y va…

 

La identidad es compleja, muy personal, la vamos conformando a partir de las lecturas, de las experiencias, de los viajes también.  A mí me gusta definirme a partir de una idea de Europa como un continente de uso subjetivo, que puede ir desde el desierto del Negueb a Valparaíso. Ya sé que no son Europa, pero forman parte de mí mismo paisaje interior, dónde se encuentran Berlín, Ámsterdam, las islas de Madeira o Pico, el pueblo de Portbou o una Barcelona periférica. 

 

La mayoría de tus libros transcurren en Europa…

 

Es verdad que buena parte de mis libros transcurren en Europa (y espero incorporar Valparaíso pronto a mi paisaje literario) pero algunos también en Cataluña. O conviven los dos paisajes. Nocturno de Portbou sería un caso paradigmático de esta transgresión de fronteras, de un continente subjetivo como antes he mencionado.

 

Has iniciado una serie sobre una inspectora holandesa… digamos que de alguna manera la novela negra te ha influenciado ¿En torno a qué gira esa parte de tu obra?

 

El suspense siempre ha estado presente en mis libros y llegó un momento en que decidí también escribir novelas de género negro, a partir de un personaje con quien me identifico en muchos aspectos: la inspectora de policía holandesa Marja Batelaar, una mujer joven, solitaria, de origen judío, interesada por el Arte y con una vida interior compleja. El escenario central de sus novelas es Ámsterdam, aunque las tramas la llevan a otros lugares de Europa. 

 

¿Qué es lo más amargo que recuerdas de la dictadura española?

 

La opresión ambiental y la cobardía de mucha gente, cuanto no la complicidad con el régimen dictatorial. Como catalán, además durante la dictadura el sistema me resultaba más odioso aún, por su persecución a cualquier discrepancia con la uniformidad española.

 

¿Influyó el franquismo en tu formación como escritor?

 

Influyó como persona y también como escritor. Definimos nuestra personalidad a partir de afinidades pero también de fobias y yo detesto el autoritarismo, el fascismo, sea de derechas, como era el caso del franquismo, o de izquierdas malentendidas, como fueron estalinismo, maoísmo, etc.  Viví el franquismo en mi infancia y adolescencia así como en mi juventud el postfranquismo (que a veces dudo si ha acabado o aún persiste en la sociedad española) y, paradójicamente, ese mundo de sombras y miserias me ayudó a ser más fuerte, a sobrevivir y anhelar siempre la libertad. El franquismo era un sistema opresivo e inmoral y, por reacción, en mis libros existe el deseo de moralidad y una constante tensión entre el individuo y la masa o determinadas estructuras sociales o pensamientos dominantes.

 

¿Y qué me dices del dolor de estar vivo en un mundo como el que tenemos ahora?

 

A veces resulta abrumador, casi llega superarnos. La literatura también sirve para adentrarnos en ese dolor, como si fuera una linterna con la cual intentar encontrar el camino a seguir en el bosque o a reconocer los objetos dentro de una habitación oscura. 

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