Todo lo que siempre quisiste saber sobre el arte de comprar arte y nunca te atreviste a preguntar

Autor: Josep M. Maya

La realidad social del arte no la determinan sólo los artistas, en mayor o menor medida también la configuran todos aquellos que forman las estructuras sobre las que se sustenta la producción de obras de arte, es decir: críticos, estudiosos, historiadores, restauradores, directores de museos y fundaciones, conservadores, comisarios, asociaciones y entidades, escuelas y universidades, editores, marchantes, galeristas, fabricantes de productos para artistas y enmarcadores, compradores ocasionales y coleccionistas. Sobre todo, coleccionistas.

A diferencia de lo que ocurre con otras actividades artísticas, como la literatura o la música, donde el aficionado, al comprar un libro o pagar una entrada, contribuye de manera directa a las tendencias artísticas que más le interesan (y al bolsillo del autor), en las artes plásticas el aficionado –incluso el artista no profesional– sólo es el invitado de piedra de un mundo elitista, que emite las leyes del mercado de arriba a abajo, creando un divorcio irresoluble entre los gustos populares y las tendencias de vanguardia .

El propio artista profesional es una víctima más del sistema. Lo único que puede hacer ante esta situación es trabajar duro, superarse continuamente y confiar en sí mismo, con la esperanza de que su honestidad mantenga su obra en la superficie de modas y esnobismos.

Y el aficionado que quiera contribuir directamente al progreso de las artes tendrá que luchar con las mismas armas que las élites, no tendrá más remedio que hacerse coleccionista. Y recordar que pequeño es mucho más que insignificante.

“No tengo suficiente dinero para comprar arte”

Si tienes dinero para ir al teatro, al fútbol, a conciertos… tienes dinero para empezar a coleccionar arte. No hay que dejarse intimidar por las grandes obras millonarias que ves en los museos. Estos artistas supercotizados que salen en la prensa de todo el mundo, empezaron siendo unos desconocidos y, antes de realizar obras en un estudio del tamaño de un hangar, realizaron –y seguramente, todavía lo hacen– obras de pequeño formato: apuntes , dibujos, grabados… estas obras las guardaron en carpetas y las vendieron a precios bajos para sobrevivir, al tiempo que realizaban las obras de gran formato que les llevarían a la fama.

Los pequeños coleccionistas que supieron valorar aquellas obras, hoy tienen unos tesoros que compraron por menos de lo que vale una cena de fin de año.

En muchos mercadillos de arte podrás comprar dibujos, grabados, fotografías y obras de pequeño formato interesantes a partir de 25 euros, o poco más. Observa, analiza, compara, estudia… recuerda que si lo que compras no es bueno, la culpa no será del artista.

“Me gusta, pero no entiendo de arte”

Nadie entiende lo suficiente de arte. Déjate llevar por tu intuición, aunque tampoco está demás leer y documentarse. Conoce los artistas de tu barrio, de tu pueblo, aquellos que te resulten más accesibles (seguro que entre tus amistades, en tu familia, hay más de uno). Interésate por su trabajo. Diles que te enseñen todo lo que hacen. Si los tratas con respeto y sinceridad, estarán encantados de invitarte a su estudio. No los adules ni crees falsas expectativas. No te pases de listo ni te burles de lo que no entiendas. Y, llegado el momento, no regatees: si el precio no te interesa, no tienes ninguna obligación de comprar. Y nunca ¡nunca! pidas que te regalen algo: es demasiado miserable; es posible que lo hagan de motu proprio si valoran tu interés y franqueza.

Pero no te limites a un solo artista, intenta conocer a todos los que puedas de tu comunidad. Verás lo diferente que son las obras de unos y de otros, el eclepticismo es una de las riquezas del arte. Interésate por todo, sin prejuicios. Habrá cosas que te entusiasmen y otros que no. Es normal.

El gusto se cultiva viendo, tocando, hablando… Cuando tengas un gusto definido y un conocimiento amplio, empieza a interesarte por los precios. Calcula hasta donde puedes llegar y donde no. Si has creado un clima de confianza con los artistas, es posible que puedas comprar a plazos. También podrás cambiar unas obras por otras… Después de todo, el mercado del arte se parece a cualquier otro mercado del coleccionismo.

“No tengo sitio en casa donde ponerlo”

Y los museos tampoco. Haz como ellos, exhibe una parte de lo que tengas, y el resto lo guardas. Incluso puedes cambiar cada temporada las obras que tengas a la vista, y dará la sensación de que has redecorado tu casa.

También lo puedes guardar todo en carpetas, y sacarlo cuando quieras disfrutarlo y/o enseñarlo a alguna amistad. Guardar obras de arte no cuesta mucho, basta con una mínima precaución: recuerda que el polvo no es enemigo del arte, sólo la humedad es un verdadero peligro.

¿Acaso no haces lo mismo con las joyas? Nadie sale a la calle cada día con los colgantes de la abuela, la medalla de la primera comunión, el reloj de su padre… Se guardan y se muestran discretamente, en contadas ocasiones.

Crear una colección coherente

 

El coleccionista también es un creador, cuanto más conoce y más aprende, más definidos están sus gustos. La coherencia en la colección la puede dar un autor, una escuela, una época, un estilo, un tema, un pensamiento, un formato, una técnica… incluso una entonación o una anécdota, algo que nos guste y nos atraiga, sin miedo a parecer extravagantes: cuanto más original sea la colección, más personal será nuestra aportación a la idea del arte.

A partir de entonces se puede definir mejor la colección. Conocer el mercado nos habrá permitido saber dónde, cuándo y cómo buscar, y nuestro gusto nos indicará a quién y por qué. Una idea concreta nos permitirá separar lo que consideramos imprescindible de lo que no. Todo lo que poseamos que no vaya en la misma dirección, podremos utilizarlo para cambiar o vender y –por poco que hayamos actuado con prudencia– obtener los beneficios que reporta invertir en arte, aunque sea a pequeña escala.

Lo mejor es enemigo de lo bueno

Algo que no debe preocuparnos nunca son los imposibles y/o las cosas que no controlamos. Nunca debemos comprar pensando en el precio que pueda llegar a alcanzar una obra en el futuro. ¿Qué futuro? ¿cuando estemos muertos? Debemos entender el coleccionismo del arte como una actitud lúcida y lúdica. Que podamos disfrutar desde el primer momento y siempre que lo contemplemos. No como un problema que nos produzca dolor de cabeza pensando cómo pagarlo, o cómo protegerlo.

El coleccionismo puede ser una sana carrera de obstáculos, pero sería un disparate y nos crearíamos un grave problema, si llegáramos a entenderlo como un deporte de competición, donde entráramos a jugar en una liga que no nos correspondiera, sin conocer las normas del juego en profundidad.

Repasando la historia del arte vemos, sobre todo en las vanguardias del último siglo y medio, como los pequeños y medianos coleccionistas han sido determinantes a la hora de proteger y proyectar las ideas más progresistas de la modernidad, mientras los grandes coleccionistas de la alta burguesía se reían de ellos y los trataban de locos y estúpidos. Hasta el extremo de que, en ocasiones, da la sensación de que algunas de las extravagancias que cometen en la actualidad los multimillonarios del arte es una manera descerebrada de dar la vuelta a los errores de sus abuelos.

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