SITGES SE PONE PURPURINA

Llega la noche, el día se va a dormir y Sitges se despierta con ganas de marcha. La ciudad catalana de la diversión por excelencia celebra estos días su fiesta preferida. El Carnaval. Es momento de quitarse la máscara que llevamos cada día de nuestra vida para dejar al descubierto nuestro verdadero yo, liberarnos de las formalidades y dejarnos llevar por la música y los colores chispeantes de las carrozas. El rey Carnestoltes

 

 

 

 

 

Blanca Mendiguren Gomila

 

 

Llega la noche, el día se va a dormir y Sitges se despierta con ganas de marcha. La ciudad catalana de la diversión por excelencia celebra estos días su fiesta preferida. El Carnaval. Es momento de quitarse la máscara que llevamos cada día de nuestra vida para dejar al descubierto nuestro verdadero yo, liberarnos de las formalidades y dejarnos llevar por la música y los colores chispeantes de las carrozas. El rey Carnestoltes ha dispuesto todo para que aburrirse sea imposible y pasar una noche inolvidable, la única opción. La rúa recorre todos y cada uno de los rincones de la ciudad, para hacer vibrar hasta la última piedra al son de los tambores. Las plumas bailan sobre las cabezas y las lentejuelas desde los disfraces.

 

Enfermeras con bata blanca, escotes de vértigo, liguero a la vista y jeringuillas de tamaño industrial buscan pacientes que curar. Piratas con un loro de peluche sobre el hombro y un parche de quita y pon  intentan conseguir el sex appeal de Johnny Depp en Piratas del Caribe. Abejas de peluca dorada y traje a rayas pululan por las calles intentando, sin éxito, ir de flor en flor. Incluso puede verse algún Bob Esponja y superhéroes de invención propia. Son muchos y muy diversos los personajes que deambulan por Sitges para vivir su Carnaval. El frío se ha apuntado a la fiesta, pero no impide enseñar carne ni comerse la ciudad. La alegría es contagiosa y la temperatura parece no ser un inconveniente, sólo importa mover el cuerpo al ritmo de la música y conocer al personaje más singular de la noche. Por eso, es importante llevar un disfraz divertido y ser original.

 

Los locales abren sus puertas de par en par a extraterrestres, cowboys y al mismísimo diablo. Los animales por fin pueden entrar. Los que deciden no mudar la piel por la de seres fantásticos sino conservar la del día a día, el aspecto humano, son la excepción. Disfrazarse para vivir un Carnaval en Sitges, con su carrusel, sus carreras de camas y su espectacularidad es casi obligatorio. Veinticinco carrozas en las rúas de la Disbauxa y del Extermini, y trece en las infantiles. Un volumen que supone movilizar en unas horas cerca de 1900 personas y que indica que, a pesar de la crisis económica, Sitges ha hecho todo lo posible para que la fiesta sea tan espléndida o más que el año pasado. Y lo ha conseguido. El rey Carnestoltes y la reina del Carnaval se despiden orgullosos. Han corrido ríos de purpurina, las risas han ahogado el silencio de la ciudad y los cuerpos han bailado hasta no poder más. La diversión ha superado las expectativas. El año que viene, más.

 

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