El título de este opúsculo es una frase habitualmente atribuida a Einstein, muy elocuente de la situación actual que vive la Humanidad. Es sabido que de desatarse una nueva guerra mundial, las grandes potencias implicadas (Estados Unidos y Rusia principalmente, China en segundo lugar) poseen una capacidad en armamentos nucleares tan monumental que podría pensarse en la desaparición de toda especie viva de la faz del planeta. Sería un holocausto superior incluso al que ocurrió hace 66 millones de años, con la caída de un meteorito en lo que hoy se conoce como el Cráter de Chicxulub, en la península de Yucatán, México, cuando desapareció el 75% de toda forma viva (animal y vegetal), produciendo la extinción de los dinosaurios.

Hoy día, en realidad, el gran público no puede saber con exactitud cuánto armamento nuclear existe efectivamente en el mundo. Como todos los muy guardados secretos de orden militar, los ciudadanos de a pie podemos tener retazos de información, podemos especular un poco, intuir algo. Los académicos y centros de investigación que estudian estos temas tienen acceso a determinados datos, aunque todo indica que no a su totalidad. Muchos menos, a los planes estratégicos que tienen trazadas las potencias que manejan el orden global.

Lo cierto es que, hasta donde se sabe, existen en el mundo alrededor de 15.000 armas nucleares. En el momento más álgido de la Guerra Fría, que enfrentaba a Estados Unidos y la Unión Soviética como superpotencias con poder atómico, hacia 1985 llegó a haber 65.000 armas activas. Con el desmantelamiento de la segunda, se produjeron significativos recortes a esos arsenales. De todos modos, muchas de esas armas que oficialmente salieron de servicio de acuerdo a los tratados de desarme firmados, nunca se destruyeron, sino que fueron parcialmente desmanteladas, estando en condiciones de volver a ser operativas con rapidez. El poder de fuego nunca desapareció; en todo caso se redujo al nivel de la época en que se desató la llamada “crisis de los misiles”, en 1962, cuando la Unión Soviética estacionó armamento nuclear en la isla de Cuba, a kilómetros de La Florida.

En otros términos: la capacidad de destrucción total nunca desapareció, aunque hoy día no se curse una Guerra Fría (y caliente en determinadas regiones del mundo, donde se enfrentaban las dos superpotencias a través de guerras locales: África, Medio Oriente, Centroamérica). La capacidad instalada en la actualidad, aunque menor a los peores momentos de aquella guerra nunca desatada, continúa siendo altamente letal. Del total de bombas atómicas, el 92% pertenece a las dos superpotencias nucleares: Estados Unidos y la Federación Rusa, heredera de la Unión Soviética, con alrededor de 7.000 cada una. Otros países –curiosamente, todos los otros miembros del Consejo de “Seguridad” de Naciones Unidas– completan el cuadro: Francia, China y Gran Bretaña. Junto a ellos, también otros Estados poseen este armamento, en mucho menor medida: India, Pakistán, Corea del Norte e Israel (que oficialmente dice no disponerlo).

Debe remarcarse que el poder destructivo de cada uno de estos artefactos es, como mínimo, 20 veces superior a las bombas que lanzó Estados Unidos en 1945 sobre Japón (Hiroshima y Nagasaki), único país de la historia en utilizar este armamento en acciones de enfrentamiento real, y justamente cuando la Segunda Guerra Mundial ya estaba decidida y la nación nipona prácticamente rendida. Pero hay un agravante: los medios para hacer llegar esos ingenios a sus objetivos han seguido desarrollándose, y hoy asistimos a misiles hipersónicos, con una velocidad estratosférica, capaces de burlar todas las defensas enemigas. En estos momentos Rusia tiene la total delantera al respecto, siendo que China acaba de realizar una prueba –negada por Pekín, agigantada por Washington, que vivió esa experiencia como un nuevo y devastador “momento Sputnik”– de un misil de este tipo que va dejando a Estados Unidos a la zaga. Se calcula que el país americano lleva un retraso de, al menos, tres años en relación a sus rivales en esta capacidad bélica.

¿Por qué decir todo esto? Valen aquí palabras de Freud, judío de familia, en respuesta a una carta de otro judío atemorizado por el avance del nazismo en la década del 30 del pasado siglo: Albert Einstein. En contestación a esa carta-pregunta del físico alemán, ¿por qué los seres humanos pareciera que viven matándose continuamente a través de la historia?, el médico vienés respondió en 1932, en un texto imprescindible conocido luego como “El porqué de la guerra”: “Usted se asombra de que sea tan fácil incitar a los seres humanos a la guerra y supone que existe en los seres humanos un principio activo, un impulso de odio y de destrucción dispuesto a acoger ese tipo de estímulo. Creemos en la existencia de esa predisposición en el ser humano”. A eso Freud lo llamó, en lo que él mismo consideraba su “mitología” conceptual: pulsión de muerte (Todestrieb).

Todo indica, desde la clínica individual al estudio del curso de la historia, que efectivamente habría una tendencia destructiva muy grande en los seres humanos. “La violencia es la partera de la historia”, pudo decir Marx al ver la marcha de la Humanidad. Entonces: ¿es posible hoy la desaparición de la especie humana producto de una guerra que desate la furia nuclear acumulada? Sí, sin dudas.

Según los científicos conocedores de estos asuntos, de activarse todos los arsenales nucleares disponibles en la actualidad se podría producir una explosión de tales dimensiones cuyas secuelas llegarían hasta los confines del Sistema Solar, hasta la órbita de Plutón. Ello podría ocasionar la muerte de millones y millones de seres humanos en forma inmediata producto del impacto, más otros miles de millones al corto tiempo por efecto de las nubes radioactivas que envolverían todo el planeta. Quienes eventualmente sobrevivieran, morirían de hambre a la brevedad, porque el invierno nuclear (polvo levantado por las explosiones, similar a lo del meteorito de Yucatán) cubriría el sol por una década como mínimo, creando una noche continuada que eliminaría toda forma viva. La frase de Einstein respecto a una posible cuarta guerra mundial queda así demasiado esperanzadora, en exceso optimista: ¡no quedaría nadie!

Es imposible predecir si eso puede pasar. Queremos creer que la racionalidad y la sensatez se impondrían, y que nadie quiere comenzar un conflicto que puede terminar en ese Armagedón atómico. De hecho, las potencias utilizan la expresión MAD: Mutually Assured Destruction (Destrucción Mutua Asegura), relación también conocida como “1+1=0”, para referirse al eventual escenario de una guerra nuclear: ninguno de los dos adversarios sobreviviría. Mad, curiosamente, significa “loco” en idioma inglés. Confiamos en que nadie va a ser tan “loco” de oprimir el primer botón. Pero la intuición freudiana –no muy distinta a lo que pueden haber dicho Marx o Einstein– parece tener mucha consistencia.

En estos momentos se está jugando con fuego. Y no debe olvidarse que cuando se juega con fuego… nos podemos quemar. El detalle a tener en cuenta es que ahora esa quemazón implica la posible desaparición de la Humanidad. ¿Por qué decir esto? Porque una vez desatado un ataque nuclear, la vuelta atrás es imposible. Todos los análisis coinciden en que es técnicamente imposible una conflagración nuclear, porque allí no habría ganadores. Las bravuconadas, amenazas y mentiras son parte esencial de la guerra.

Es obvio que, aunque sin nombrarla, vivimos ya una nueva guerra fría. La clase dominante de Estados Unidos, o mejor aún: el complejo militar-industrial de ese país, que es quien fija su política exterior, se beneficia de ese clima de bravuconería y amenazas. Ver en el otro un enemigo monstruoso obliga a mantener siempre en funcionamiento la industria militar. Industria, no olvidarlo nunca, que es la más próspera de todas en el planeta, con facturaciones que equivalen al Producto Bruto Interno de muchos países juntos del Sur global.

Ese complejo militar-industrial necesita enemigos; de su aparición, y cuanto más temible sea, depende su éxito comercial. La Unión Soviética fue la excusa perfecta para mantener ese gran negocio por décadas. Ahora es Rusia, y recientemente también China pasó a ser buen candidato. En un libro aparecido en plena pandemia, en 2021: “2034: A Novel of the Next World War” (“2034: una novela de la próxima guerra mundial”), el almirante de la Marina estadounidense, ahora retirado, Jim Stavridis, quien fuera comandante de las fuerzas de la OTAN en Europa, junto al escritor Elliot Ackerman, pintan el escenario de una tercera guerra mundial iniciando en el Mar de China. Más allá del posible sensacionalismo novelesco, más de algún comentarista preguntó por qué poner esa guerra con China tan lejana, porque ya estaría comenzando en un par de años.

¿Estados Unidos desea una guerra nuclear? Una guerra total con todas las armas desplegadas, no. Pero no faltan estrategas dentro del Pentágono que hablan de “guerras nucleares limitadas”, “guerras atómicas de baja intensidad”. Locura absoluta. Otros estrategas militares, conocedores de estos temas y con visiones más racionales, afirman que eso es incontrolable, por dos motivos: 1) las nubes radioactivas se diseminan por todo el planeta (Europa Occidental, casi en su totalidad, sigue sufriendo contaminación en sus suelos por el desastre de Chernóbil de hace ya varias décadas). 2) El inicio de una guerra solo habla de cómo comienza la misma, jamás de cómo termina. Esto significa, como dijera Freud, que es “tan fácil incitar a la guerra [pues] supone que existe en los seres humanos un principio activo, un impulso de odio y de destrucción” por el que nadie quiere perder. Además, en el transcurso del combate, pueden surgir imponderables que deciden el final: errores humanos, sabotajes, aprovechamiento del escenario por terceras fuerzas que indirectamente se benefician de la situación, acciones locas y desesperadas de quien va perdiendo. Las guerras no son racionales: son humanas. Y los humanos distamos mucho de ser robots racionales.

La clase dominante de Estados Unidos pareciera que realmente se cree depositaria de un destino manifiesto de salvación de la Humanidad. Articulando eso con los negocios y con un american way of life que solo ve al resto del mundo como subordinado, al que hay que llevarle los “buenos principios” de la democracia liberal y la prosperidad capitalista, desde hace 100 años la emprende contra todos. Los Documentos de Santa Fe, piedra basal de esa élite dueña de buena parte del mundo, llevan por título “Por un nuevo siglo americano”, dando por supuesto que los destinos de la Humanidad deben seguir siendo regidos desde la Casa Blanca de Washington en el siglo XXI, similar a lo ocurrido en el XX.

Pero el mundo no es más unipolar, como pareció serlo cuando caía el Muro de Berlín, se desintegraba la URSS y China abrazaba el libre mercado. Aunque la Unión Europea –otrora dominadora del planeta, arrogante y racista– ahora sea un triste furgón de cola de Estados Unidos, ahí están Rusia y China mostrando que el mundo no es solo como lo conciben los halcones guerreristas de Washington. El mundo no es un paraíso, y ninguna de esas dos potencias euroasiáticas lo promete. En realidad, no hay paraíso, ni lo podrá haber nunca. La historia humana se escribe con sangre. Pero puede haber algo más equitativo que el actual desastre del capitalismo global al que asistimos, donde su principal negocio ¡es la guerra! El experimento del primer estado obrero y campesino en Rusia muestra que otro mundo sí es posible. La actual Rusia capitalista y mafiosa ¿será solo un accidente de la historia y volverá el socialismo? La Nueva Ruta de la Seda china no es, hoy por hoy, la solución a los problemas de la Humanidad, pero abre preguntas sobre el mundo por venir, mostrando que hay alternativas al capitalismo más rapaz y sanguinario. Las provocaciones cada vez más descaradas de Estados Unidos contra Rusia (con el calentamiento de Ucrania en este momento, lo que forzó a Moscú a declarar que si la OTAN no cesa en su acercamiento preocupante llevará a instalar misiles rusos en Venezuela y Cuba) y contra el gigante asiático (con la militarización del Mar de la China y una subida provocación con una tremenda flota de guerra en el área) pueden deparar cualquier cosa. Quizá todo no pasa de escaramuzas bélicas con algunos muertos con armamento convencional, pero ¿quién lo sabe? Insistamos: se puede saber cómo empiezan las guerras, pero no cómo terminan.

Nadie quiere perder en una guerra, y la avidez de la clase dirigente norteamericana parece no tener freno, más aún ahora que comienza a ver que va cayendo su hegemonía planetaria. ¿El gigante herido estará dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener su predominio? ¿Armas nucleares? Pero… quien juega con fuego, se quema. Alguien, parafraseando la frase de Einstein que sirve como título del presente escrito, dijo mordazmente: “Que venga de una vez la guerra atómica total. Quizá así, los que sobrevivan pueden empezar de nuevo y no lo hagan tan mal como se hizo hasta ahora”. ¿Valdrá la pena esperar el holocausto termonuclear para recomenzar, o mejor luchar ahora por un mundo sin las inequidades de las que, aunque quiera, no puede salir el sistema capitalista?

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Nacido en Argentina, vive hoy en Guatemala. Estudió Psicología y Filosofía en su país natal. Vivió en varios lugares de Latinoamérica. Catedrático universitario e investigador social, escribe regularmente en diversos medios electrónicos alternativos. Tiene publicaciones en el área de ciencias sociales, así como en el campo literario (cuentos).

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