Lo del doble rasero del PSOE con el Constitucional no es ninguna sorpresa. El PSC fue el primero en acudir al Alto Tribunal en 2017 para suspender las leyes de desconexión del Parlament. Hoy, la matriz socialista se enerva por padecer la misma maniobra rastrera que practicó hace cinco años.

Tampoco es ninguna sorpresa que ayer el caudillo de la Moncloa negara lo que buena parte de la ciudadanía catalana reclama, un referéndum que permita averiguar de una vez por todas si Catalunya quiere o no emprender un camino en solitario como estado. «El procés se ha acabado», dijo satisfecho.

Pedro Sánchez sabe jugar bien sus cartas. A menos de un año vista de las generales, recula ante su electorado -y ante su militancia, a la vista de los sopapos que recibe de sus barones- en la cuestión catalana. Los que no tienen una buena mano en esta partida son los partidos independentistas. De hecho, el propio Sánchez sacó pecho plasmando una lamentable realidad: hoy el independentismo está fracturado.

La política mesiánica de ERC -comandada por El Salvador, Oriol Junqueras- y la falta de liderazgo en Junts, se complementan con un aparente conformismo en la CUP. Esto no es otra cosa que el caldo perfecto para que un presidente español mediocre, que dibuja una sonrisa estúpida, sea hoy quien rija el futuro de Catalunya ante el bloqueo de ideas y de acción del independentismo político. Así que estos días lluviosos en Catalunya no son más que la incontinencia urinaria de Pedro Sánchez. Saquen el paraguas porque esto es solo el principio del aguacero.

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