24 octubre, 2020

¿Por qué el mundo está yéndose al infierno?

The Social Dilemma nos ofrece la oportunidad de sentir el rostro feo y psicópata que se oculta detrás de las redes sociales. El documental ofrece una oportunidad de comprender la patología del propio sistema que incrustó a estos destructivos gigantes nuestras vidas
¿Por qué el mundo está yéndose al infierno?
Instantánea de The Social Dilemma. (Sundance Institute)
JONATHAN COOK

Si se están preguntando qué diablos está pasando en este momento -el pensamiento de “¿por qué el mundo se está yendo a la mierda?-, puede que el nuevo documental de Netflix The Social Dilemma sea un buen punto de partida para aclarar su pensamiento. Digo “punto de partida” porque, como veremos, la película adolece de dos grandes limitaciones: una en su análisis y otra en su conclusión.

No obstante, el documental es adecuado para explorar los contornos de las principales crisis sociales a que nos enfrentamos actualmente, personificadas tanto por nuestra adicción al teléfono móvil como por su capacidad para reconfigurar nuestra conciencia y nuestra personalidad.

El film presenta un caso convincente de que esto no es simplemente un ejemplo de vino viejo en botellas nuevas. No es el equivalente de la Generación Z, con los padres diciendo a sus hijos que dejen de ver tanta televisión y jueguen afuera. Las redes sociales no son simplemente una plataforma más sofisticada para la publicidad inspirada en Edward Bernays. Es un nuevo tipo de ataque a lo que somos, no solo a lo que pensamos.

Según The Social Dilemma, estamos alcanzando rápidamente una especie de “horizonte de sucesos” humano con nuestras sociedades al borde del colapso. Nos enfrentamos a lo que varios entrevistados denominan “amenaza existencial” por la forma en que Internet, y en particular las redes sociales, se están desarrollando rápidamente.

No creo que estén siendo alarmistas. O mejor dicho, creo que tienen razón en ser alarmistas, incluso si su alarma no se debe exclusivamente a razones correctas. Llegaremos enseguida a las limitaciones en su pensamiento.

Como muchos documentales de este tipo, The Social Dilemma está profundamente ligado a la perspectiva compartida de sus numerosos participantes. En la mayoría de los casos se sienten muy desilusionados, son exejecutivos e ingenieros de software senior de Silicon Valley. Entienden que sus creaciones, una vez apreciadas, Google, Facebook, Twitter, Youtube, Instagram, Snapchat (WhatsApp parece extrañamente subrepresentada en la lista) se han convertido en una galería de monstruos estilo Frankenstein.

Esto se pone de manifiesto en la lamentable historia del tipo que ayudó a inventar el botón de “Like” para Facebook. Pensó que su creación inundaría el mundo con el cálido resplandor del hermano y la hermandad, difundiendo el amor como un anuncio de Coca Cola. En realidad terminó enardeciendo nuestras inseguridades y necesidad de aprobación social y aumentó drásticamente las tasas de suicidio entre los adolescentes.

Si el número de reproducciones del documental es una medida, la desilusión con las redes sociales se está extendiendo mucho más allá de sus inventores.

Niños como conejillos de indias

Aunque no se señala, The Social Dilemma se divide en tres capítulos:

El primero aborda un argumento con el que ya estamos más familiarizados: que las redes sociales son un experimento global para alterar nuestra psicología e interacciones sociales, y que nuestros hijos son sus principales conejillos de indias. Los milenials (aquellos que alcanzaron la mayoría de edad en la década de 2000) son la primera generación que pasó sus años de formación con Facebook y MySpace como sus mejores amigos. Sus sucesores, la Generación Z, apenas conocen un mundo sin las redes sociales como algo prioritario.

El film presenta un caso relativamente fácil de manera contundente: que nuestros hijos no solo son adictos a sus brillantes teléfonos y a lo que hay dentro del  envoltorio, sino que sus mentes están siendo reconfiguradas agresivamente para mantener su atención y después domesticarlos para que las corporaciones les vendan cosas.

Cada niño no solo está inmerso en una batalla solitaria para mantener el control de su mente contra las habilidades de cientos de los mejores ingenieros de software del mundo. La lucha por cambiar su perspectiva y la nuestra -el sentido de quiénes somos- está ahora en manos de algoritmos que la inteligencia artificial (IA) va refinando cada segundo de cada día. Como observa un entrevistado, las redes sociales no van a volverse menos expertas en manipular nuestros pensamientos y emociones, sino que seguirán mejorando mucho, mucho más.

Jaron Lanier, uno de los pioneros en computación de la realidad virtual, explica lo que Google y el resto de estas corporaciones digitales están realmente vendiendo: “El cambio gradual, leve e imperceptible de la propia conducta y percepción: ese es el producto”. Así es también como estas corporaciones ganan dinero: “cambiando lo que haces, lo que piensas, lo que  eres”.

Obtienen ganancias, grandes ganancias, del negocio de las predicciones -prediciendo lo que van a pensar y cómo se comportarán para que puedan persuadirles más fácilmente de comprar lo que sus anunciantes quieran venderles. Para poder conseguir esas grandes predicciones, estas corporaciones han tenido que acumular grandes cantidades de datos sobre cada uno de nosotros, lo que a veces se denomina “capitalismo de vigilancia”.

Y, aunque el documental no lo explica del todo, hay otra implicación. La mejor fórmula para que los gigantes tecnológicos maximicen sus predicciones es la siguiente: además de procesar muchos datos sobre nosotros, deben debilitar gradualmente nuestro carácter distintivo, nuestra individualidad, nuestras excentricidades para convertirnos en una serie de arquetipos. Entonces, nuestras emociones, nuestros miedos, inseguridades, deseos, antojos, pueden ser más fácilmente calibrados, explotados y saqueados por los anunciantes.

Estas nuevas corporaciones comercian con los futuros humanos, al igual que otras corporaciones han negociado durante mucho tiempo con los futuros de petróleo y los futuros sobre la tripa de cerdo, señala Shoshana Zuboff, profesora emérita de la escuela de gestión empresarial de Harvard. Esos mercados “han convertido a las empresas de Internet en las empresas más ricas de la historia de la humanidad”.

Los terraplanistas y el Pizzagate

El segundo capítulo explica que, a medida que nos apiñamos en nuestras cámaras de resonancia de información que se refuerza a sí misma, perdemos cada vez más sentido del mundo real y de los demás. Con ello, nuestra capacidad para sentir empatía y compromiso se erosiona. Vivimos en universos diferentes de información, elegidos para nosotros por algoritmos cuyo único criterio es cómo conseguir maximizar nuestra atención hacia los productos de los anunciantes a fin de generar mayores ganancias para los gigantes de Internet.

Cualquiera que haya pasado algún tiempo en las redes sociales, especialmente en una plataforma combativa como Twitter, sentirá que hay verdad en esta afirmación. La cohesión social, la empatía, el juego limpio, la moralidad no están en el algoritmo. Nuestros separados universos de información hacen que cada vez seamos más propensos a los malentendidos y a la confrontación.

Y hay otro problema, como afirma un entrevistado: “La verdad es aburrida”. Es más fácil comprender ideas simples o fantasiosas y además son más divertidas. La gente prefiere compartir lo que es emocionante, lo que es novedoso, lo que es inesperado, lo que es impactante. “Es un modelo de desinformación con fines de lucro”, observa otro entrevistado, y afirma que la investigación muestra que la información falsa tiene seis veces más probabilidades de difundirse en las plataformas de redes sociales que la información verdadera.

Y a medida que los gobiernos y los políticos trabajan más estrechamente con estas empresas de tecnología -un hecho bien documentado que el documental no acierta a explorar-, nuestros gobernantes están mejor posicionados que nunca para manipular nuestro pensamiento y controlar cuanto hacemos. Pueden dictar el discurso político de manera más rápida, más completa y más barata que nunca.

Esta sección del documental es, sin embargo, la menos afortunada. Es cierto que nuestras sociedades están divididas por la creciente polarización y los conflictos, y que se sienten más tribales. Pero la película implica que todas las formas de tensión social -desde la teoría de la conspiración de los pedófilos paranoicos de Pizzagate hasta las protestas de Black Lives Matter- son el resultado de la influencia dañina de las redes sociales.

Y aunque es fácil saber que los terraplanistas están difundiendo información errónea, es mucho más difícil estar seguro de qué es verdadero y qué es falso en muchas otras áreas de la vida. La historia reciente sugiere que nuestros criterios no pueden basarse simplemente en lo que los gobiernos dicen que es cierto, o en lo que diga Mark Zuckerberg, o incluso los “expertos”. Puede que haya pasado ya bastante tiempo desde que los médicos nos decían que los cigarrillos eran seguros, pero a millones de estadounidenses se les dijo hace solo unos años que los opiáceos los ayudarían, hasta que estalló una crisis de adicción a los opiáceos en todo Estados Unidos.

En esta sección se comete un error de categoría como el que describió uno de los entrevistados al principio de la película. A pesar de todos los inconvenientes, Internet y las redes sociales tienen una indudable ventaja cuando se usan simplemente como  herramienta, argumenta Tristan Harris, exespecialista en ética del diseño de Google y el alma de la película. Ofrece el ejemplo de cómo se puede disponer de un taxi casi instantáneamente con solo presionar un botón del teléfono. Eso pone, por supuesto, un tanto de relieve cuáles son las prioridades materialistas de la mayoría de las almas de Silicon Valley.

Pero la caja de herramientas colocada en nuestros teléfonos, llena de aplicaciones, no solo satisface nuestro anhelo de comodidad y seguridad materiales. También ha alimentado el anhelo de comprender el mundo y nuestro lugar en él, y nos ha ofrecido herramientas para ayudarnos a hacerlo.

Los teléfonos móviles han hecho posible que la gente común filme y comparta escenas que en otros momentos solo eran presenciadas por un puñado de transeúntes incrédulos. Todos podemos ver por nosotros mismos a un policía blanco arrodillado desapasionadamente sobre el cuello de un hombre negro durante nueve minutos, mientras la víctima grita que no puede respirar hasta que expira. Y luego podemos juzgar los valores y prioridades de nuestros líderes cuando deciden hacer lo menos posible para evitar que tales incidentes vuelvan a suceder.

Internet ha creado una plataforma desde la cual no solo los exejecutivos desilusionados de Silicon Valley pueden denunciar lo que los Mark Zuckerberg están haciendo, sino también un soldado raso del ejército estadounidense como Chelsea Manning, al exponer crímenes de guerra en Iraq y Afganistán, y de esa forma también un experto en tecnología de seguridad nacional, como era Edward Snowden, puede revelar la forma en que nuestros propios gobiernos nos vigilan de forma secreta.

Los avances tecnológicos digitales permitieron que alguien como Julian Assange pudiera crear un sitio, Wikileaks, que nos ofreció una ventana al mundo político real, una ventana a través de la cual podíamos ver a nuestros líderes comportándose más como psicópatas que como seres con humanidad. Una ventana que ahora esos mismos líderes están tratando de cerrar con uñas y dientes procesándole.

Una pequeña ventana a la realidad

The Social Dilemma ignora todo esto para centrarse en los peligros de las llamadas “noticias falsas”. Dramatiza una escena que sugiere que solo los succionados hacia agujeros negros de información y sitios de conspiración terminan saliendo a la calle para protestar, y cuando lo hacen, insinúa el film, las cosas no van a acabar bien para ellos.

Las aplicaciones que nos permiten coger un taxi o navegar hasta un destino son, sin duda, herramientas útiles. Pero poder averiguar qué están haciendo realmente nuestros líderes -ya  estén cometiendo delitos contra otros o contra nosotros- es una herramienta aún más útil. De hecho, es vital si queremos detener el tipo de comportamientos autodestructivos que preocupan a The Social Dilemma, entre otros, la destrucción de los sistemas de vida del planeta (un tema que, salvo el comentario final de un entrevistado, la película no aborda en absoluto).

El uso de las redes sociales no significa que uno pierda necesariamente el contacto con el mundo real. Para una minoría, las redes sociales han profundizado su comprensión de la realidad. Para quienes están cansados de tener el mundo real mediado para ellos por un grupo de multimillonarios y corporaciones de medios tradicionales, las caóticas plataformas de las redes sociales les han brindado la oportunidad de obtener información sobre una realidad que antes estaba oculta.

La paradoja es, por supuesto, que estas nuevas corporaciones de redes sociales siguen siendo propiedad de multimillonarios que no están menos ávidos de poder, ni son menos manipuladores que las viejas corporaciones de los medios. Los algoritmos de inteligencia artificial que están perfeccionando rápidamente se están utilizando, bajo la rúbrica de “noticias falsas”, para expulsar de este nuevo mercado las denuncias, el periodismo ciudadano, las ideas disidentes.

Las corporaciones de redes sociales están mejorando rápidamente para distinguir el bebé del  agua del baño y así no no tirar al bebé junto al agua. Después de todo, al igual que sus antepasados, las nuevas plataformas de los medios están en el negocio de los negocios y no tienen interés en que despertemos al hecho de que están incrustadas en un mundo corporativo que ha saqueado el planeta con fines de lucro.

Gran parte de nuestra polarización y conflicto social actual no es, como sugiere The Social Dilemma, entre quienes están influenciados por las “noticias falsas” de las redes sociales y los influenciados por las “noticias reales” de los medios corporativos. Está entre quienes, por un lado, han logrado encontrar oasis de pensamiento crítico y transparencia en los nuevos medios y, por otro, los atrapados en el viejo modelo mediático o los que, incapaces de pensar críticamente después de toda una vida de consumir medios corporativos, han sido absorbidos fácil y rentablemente por  conspiraciones nihilistas online.

Nuestras cajas negras mentales

El tercer capítulo llega al fondo del asunto sin indicar exactamente de qué se trata. Esto se debe a que The Social Dilemma no puede extraer adecuadamente de sus premisas ya incorrectas las conclusiones necesarias para acusar a un sistema en el que fue precisamente la corporación Netflix la que financió el documental y se ha implicado profundamente en pasarlo por televisión.

A pesar de todas sus ansiedades a flor de piel sobre la “amenaza existencial” a que nos enfrentamos como especie, The Social Dilemma guarda un extraño silencio sobre lo que hay que cambiar, aparte de limitar la exposición de nuestros hijos a Youtube y Facebook. Es un final desalentador para el viaje en montaña rusa que lo precedió.

Aquí quiero retroceder un poco. El primer capítulo del documental hace que parezca que el recableado de nuestros cerebros en las redes sociales para vendernos publicidad es algo completamente nuevo. El segundo capítulo trata la creciente pérdida de empatía de nuestra sociedad y el rápido aumento del narcisismo individualista como algo completamente nuevo. Pero es muy obvio que ninguna de las dos proposiciones es cierta.

Los anunciantes llevan al menos un siglo jugando con nuestros cerebros con formas sofisticadas. Y la atomización social -individualismo, egoísmo y consumismo- ha sido una característica de la vida occidental al menos durante todo ese tiempo. No son fenómenos nuevos. Lo que sucede es que estos aspectos negativos tan prolongados de la sociedad occidental están creciendo exponencialmente, a un ritmo aparentemente imparable.

Llevamos décadas yendo de cabeza hacia la distopía, algo que debería ser obvio para cualquiera que haya estado rastreando la falta de urgencia política para lidiar con el cambio climático desde que el problema se volvió obvio para los científicos en la década de 1970.

Las múltiples formas en que estamos dañando el planeta -destruyendo bosques y hábitats naturales, empujando a las especies a la extinción, contaminando el aire y el agua, derritiendo los casquetes polares, generando una crisis climática- han sido cada vez más evidentes desde que nuestras sociedades lo convirtieron todo en un mercancía que se puede comprar y vender en el mercado. Comenzamos por la pendiente resbaladiza hacia los problemas resaltados por The Social Dilemma en el momento en que colectivamente decidimos que nada era sagrado, que nada era más sacrosanto que nuestro deseo de hacer dinero fácil.

Es cierto que las redes sociales nos empujan hacia un horizonte de sucesos. Pero también el cambio climático, y también nuestra insostenible economía global, basada en el crecimiento infinito en un planeta finito. Y, lo que es más importante, estas profundas crisis están surgiendo al mismo tiempo.

Hay una conspiración, pero no de la variedad Pizzagate. Es una conspiración ideológica, de al menos dos siglos de duración, de una élite minúscula y cada vez más fabulosamente rica, para enriquecerse aún más y mantener su poder y su dominio a toda costa.

Existe una razón por la cual, como señala la profesora de gestión empresarial de Harvard Shoshana Zuboff, las corporaciones de las redes sociales son las más fantásticamente ricas en la historia de la humanidad. Y esa es también la razón por la que estamos alcanzando el “horizonte de sucesos” humano que todas estas luminarias de Silicon Valley temen, uno en el que nuestras sociedades, nuestras economías, los sistemas de soporte vital del planeta están todos al borde del colapso.

La causa de esa crisis sistémica de espectro completo no se nombra, pero tiene un nombre. Su nombre es la ideología que se ha convertido en una caja negra, una prisión mental, en la que nos hemos vuelto incapaces de imaginar otra forma de organizar nuestra vida, cualquier otro futuro que al que estamos destinados en este momento. El nombre de esa ideología es capitalismo.

Despertando de Matrix

Las redes sociales y la inteligencia artificial detrás de ellas conforman una de las múltiples crisis que ya no podemos ignorar a medida que el capitalismo llega al final de una trayectoria en la que lleva mucho tiempo inmerso. Las semillas de la naturaleza destructiva actual del neoliberalismo, algo demasiado obvio, se plantaron hace mucho tiempo, cuando el Occidente “civilizado e industrializado” decidió que su misión era conquistar y someter el mundo natural al adoptar una ideología que fetichizaba el dinero y convertía a la gente en objetos a explotar.

Algunos de los participantes de The Social Dilemma aluden a esto en los últimos momentos del capítulo final. La dificultad que tienen para expresar todo el significado de las conclusiones que han extraído de las dos décadas pasadas en las corporaciones más depredadoras que el mundo haya conocido podría deberse a que sus mentes siguen siendo cajas negras, lo que les impide permanecer fuera del sistema ideológico en el que ellos, al igual que nosotros, han nacido. O podría deberse a que el lenguaje codificado es lo mejor que se puede manejar cuando una plataforma corporativa como Netflix permite que un documental como este llegue a una audiencia masiva.

Tristan Harris trata de articular la dificultad aludiendo a una película: “¿Cómo te despiertas de Matrix cuando no sabes que estás en Matrix?” Más tarde, observa: “Lo que veo es un grupo de personas atrapadas por un modelo de negocio, un incentivo económico, la presión de los accionistas que hace que sea casi imposible hacer otra cosa”.

Aunque en la mente de Harris todavía parece enmarcado como una crítica específica a las corporaciones de las redes sociales, este punto es obviamente cierto respecto a todas las corporaciones y al sistema ideológico -el capitalismo- que empodera a todas estas corporaciones.

Otro entrevistado señala: “No creo que estos tipos [los gigantes tecnológicos] se propusieran ser malvados, es solo el modelo de negocio”.

Está en lo correcto. Pero la “maldad” -la búsqueda psicópatica de la ganancia por encima de todos los demás valores- es el modelo de negocio de todas las corporaciones, no solo de las digitales.

El entrevistado que logra, o al que se le permite, conectar los puntos es Justin Rosenstein, un exingeniero de Twitter y Google. Observa de forma elocuente:

“Vivimos en un mundo en el que un árbol vale más, financieramente, muerto que vivo. Un mundo en el que una ballena vale más muerta que viva. Mientras nuestra economía funcione de esa manera y las corporaciones no estén reguladas, continuarán destruyendo árboles, matando ballenas, minando la tierra y extrayendo petróleo del suelo, aunque sepamos que se está destruyendo el planeta y que a las generaciones futuras va a quedarles un mundo peor.

“Se trata de un pensamiento a corto plazo basado en esta religión del lucro a toda costa. Como si de alguna manera, mágicamente, cada corporación que actúa impulsada por sus intereses egoístas fuera a producir el mejor resultado… Lo que resulta aterrador -y lo que, con suerte, puede que sea la gota que colme el vaso para hacernos despertar como civilización, y ante todo comprender cuán defectuosa es esta teoría-, es ver que ahora nosotros somos el árbol, nosotros somos la ballena. Nuestra atención se puede minar. Somos más rentables para una empresa si pasamos nuestro tiempo mirando una pantalla, mirando un anuncio, que si lo pasamos viviendo nuestra vida de una manera rica”.

Aquí es donde el problema se condensa. Esa “teoría defectuosa” que no se nombra es el capitalismo. Los entrevistados en la película llegaron a su alarmante conclusión -que estamos al borde del colapso social, enfrentando una “amenaza existencial”- porque han trabajado dentro de las entrañas de las mayores bestias corporativas del planeta, como Google y Facebook.

Estas experiencias han proporcionado a la mayoría de estos expertos de Silicon Valley una visión profunda, aunque parcial. Si bien la mayoría de nosotros vemos Facebook y Youtube como poco más que lugares para intercambiar noticias con amigos o compartir un video, estos iniciados comprenden mucho más todo ese mundo. Porque han visto de cerca a las corporaciones más poderosas, depredadoras y devoradoras de la historia de la humanidad.

A pesar de todo, la mayoría de ellos ha asumido erróneamente que sus experiencias en su propio sector empresarial se aplican solo a dicho sector. Entienden la “amenaza existencial” que plantean Facebook y Google sin extrapolarla a las mismas amenazas existenciales que plantean Amazon, Exxon, Lockheed Martin, Halliburton, Goldman Sachs y miles más de corporaciones gigantes y desalmadas.

The Social Dilemma nos ofrece la oportunidad de sentir el rostro feo y psicópata que se oculta detrás de la máscara de amabilidad de las redes sociales. Pero para aquellos que miren con atención, el documental ofrece más: una oportunidad de comprender la patología del propio sistema que incrustó a estos destructivos gigantes de las redes sociales en nuestras vidas.

Jonathan Cook ganó el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Entre sus libros destacan “Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East” (Pluto Press) y “Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair” (Zed Books). Su página web es: www.jonathan-cook.net.

Fuente:

Traducido del inglés para Rebelion.org por Sinfo Fernández

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