Panteras en la selva de asfalto

Autor: Ignacio Gonzalez. Fotos: Francesc Sans.

El veterano militante estadounidense Bob Brown pretende reavivar el histórico movimiento de los Black Panthers.

Aunque todavía consere una crespa cabellera, Bob Brown es hombre de edad provecta, como no podía ser de otro modo si atendemos a su pasado de luchador por los derechos de la población afroamericana en la agitada década de 1960, esfuerzo que mantiene en la actualidad. No destaca por su estatura ni por su corpulencia, pero tiene una sonora voz de bajo (pide disculpas por su timbre agotado, fruto de dos meses de charlas y conferencias a lo largo de Europa), el ademán tal vez cansino y la serenidad que aporta el convencimiento de la bondad de su causa. Profesor y escritor, figura entre los fundadores del African People Revolutionary Party (APRP), en cuyo ideario figuran el panafricanismo, el empoderamiento de la población negra de Estados Unidos, la antiglobalización, la solidaridad, el pacifismo y la no violencia. Brown es un personaje crítico con la historia del movimiento de los Black Panthers, al cual perteneció en su juventud.

Bob Brown

Tiempos de regresión

Las primeras palabras de nuestro diálogo evocan casi por obligación la figura de Donald Trump. El nuevo presidente de Estados Unidos es el hombre de moda en la política internacional, aunque solo sea por su conducta esperpéntica. Brown destaca la brutalidad del interdicto impuesto por el nuevo mandatario a los nacionales de nueve países musulmanes; muchos de ellos ya estaban en aeropuertos estadounidenses con sus visados en regla, y quedaron presos en una tierra de nadie de arbitrariedad, abandono e incomunicación. A las muchas informaciones presentes en los medios españoles, él añade: “Junto con la ola de movilizaciones y recursos judiciales que ello ha provocado, muchas universidades han interpuesto pleitos en defensa de sus estudiantes extranjeros, e incluso hay funcionarios del Departamento de Inmigración que están desobedeciendo la orden presidencial”. De todos modos, tampoco puede olvidarse que Trump resulta muy espectacular, por lo grotesco de su pensamiento y lo grosero de sus ademanes, pero como bien dice nuestro interlocutor, “no olvidemos que nunca se ha expulsado de Estados Unidos a tanta gente como durante los dos mandatos de Obama”.

Como la historia siempre tiene muchos flecos y no solo debe sus maldades a la acción de los gobernantes, Brown se lamenta de la expansión del racismo y la xenofobia incluso dentro de los colectivos de emigrantes y de los movimientos solidarios; por ejemplo, “entre los mexicanos ya asentados en los Estados Unidos, que ven a sus compatriotas ilegales —aunque muchos de ellos también fueron espaldas mojadaso a los balseros haitianos como una amenaza para su bienestar o su seguridad”.

A pesar de un estado de opinión tan reacio y xenófobo, algunas iniciativas despiertan la complacencia de Brown, como el movimiento Santuary (Refugio). Promovido en su origen por distintas confesiones religiosas, consiste en hospedar a familias migrantes en templos u otros espacios, como lugares de refugio donde la policía no puede entrar. En la actualidad, trescientas ciudades han sido declaradas santuario por sus ayuntamientos, evitando así la detención y deportación de migrantes ilegales… Pero la repercusión general de esta iniciativa es aún tímida, “pues hay 35.000 ciudades en Estados Unidos. Y, además, el movimiento está muy controlado por el Partido Demócrata”.

¿Demócrata o republicano?

En cierta ocasión, antes de postularse candidato a la presidencia de Estados Unidos, le preguntaron al general Dwigth Eisenhower si era demócrata o republicano. “Soy americano”, respondió el militar, aunque más tarde se presentara ante las urnas encabezando las filas republicanas. Si a Brown se le hiciera la misma pregunta que al vencedor de Normandía, seguramente hubiera manifestado la misma —y esta vez real— indiferencia, si bien cargada de desprecio. Porque nuestro interlocutor no repara en grandes distinciones cuando habla de uno u otro partido. Si los republicanos pueden ser considerados como enemigos naturales de todo izquierdista, los segundos —igualmente sumisos a intereses económicos corporativos o personales concretos, cuando menos como organización— encarnan al manipulador astuto de cualquier movimiento social. Debido a esta acción entre bastidores, que incluye la financiación, “los movimientos solidarios estadounidenses, en los que participan los herederos de tradiciones comunistas, anarquistas y de las revueltas estudiantiles de la década de 1960, no tienen objetivos revolucionarios, sino puramente asistenciales (la concienciación de las instituciones para que amplíe sus niveles de cobertura social). Además, la mayoría de sus miembros son de raza blanca”, por lo que no siempre está bien representada la problemática específica de los afroamericanos.

Parece ser que el mandato de Barak Obama, primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos, no representó un cambio sustancial en la situación de discriminación y violencia padecida por amplias capas de la población negra. Sin embargo, la presidencia de Obama supuso “una luna de miel” entre el Estado y el movimiento de liberación afroamericano, “pues hubiera sido un suicidio oponerse al primer presidente negro de la historia del país”. Ahora, ese período excepcional se acabó. Además, “la comunidad negra no olvida que Obama tiene mucha sangre en sus manos, por haber llevado una política exterior de guerra y exterminio”. Brown cree que si Hillary Clinton hubiera ganado las elecciones a Trump, también habría protestas por parte de distintos movimientos sociales, ya que su política no diferiría de la emprendida por Obama. Sin embargo, no puede dejar de reconocer que el exmandatario demócrata impulsó algunas reformas importantes, como la del sistema de salud, y que “Trump va a eliminar esos logros”. En tal sentido, la llegada del nuevo presidente republìcano ha supuesto algo así como un revulsivo para los movimientos cívicos alternativos, y Brown apuesta a que “las protestas estarán en la calle por lo menos durante los dos o tres años siguientes”, debido a los distintos colectivos que se sienten agredidos o amenazados.

El reverendo Jesse Jackson, emblema vivo de la conciencia social del Partido Demócrata, tan respetado por la progresía dentro y allende las fronteras estadounidenses, figura igualmente entre las dianas de Brown, quien lo considera uno de los factores de la pasividad de los movimientos sociales de su país. “Jackson llegó a decir que era necesario matar a Gadaffi para que la clase media negra tuviera gasolina barata para sus coches”. Poca altura moral le reconoce.

Lo que no va a cambiar, o por lo menos lo cree así el veterano activista, es el reguero de muerte que la policía ocasiona entre la comunidad afroamericana. “Van a seguir matando niños —afirma con una vehemencia verbal que contrasta vivamente con sus ademanes reposados— porque la violencia es el mayor negocio del mundo; hay más drogas que antes, y más y mejores armas”.

La nostalgia de África

Brown defiende una identidad afromericana en un sentido que podría calificarse de primitivo, pues basado en el origen racial y agrupado en torno al objetivo seguramente utópico del regreso del pueblo negro a su tierra madre, África. Parece que el mito del retorno a los orígenes ha causado grave mella universal, incluso en las mentes de muchos luchadores por la justicia. En este aspecto, el veterano militante estadounidense no pondera la aculturación sufrida en América por los descendientes de los esclavos ni los factores socioeconómicos que disgregan en clave de clase social a los afroamericanos, factores que han determinado una evolución histórica harto dispar entre las poblaciones negras de uno y otro lado del océano Atlántico. Pero estas circunstancias no le impiden hacer votos por “la formación de un partido revolucionario de todos los pueblos de África y afroamericano”, ni equiparar su lucha como compañeros no solo de causa, sino de tesitura también, a los independentismos de izquierda vasco y catalán, con los cuales pretende establecer relaciones de cooperación estables (otra contradicción aparente: desconfía de los blancos de su país, seguramente no sin fundamento, pero no hace lo propio con los de otras tierras en donde la negritud no es precisamente objeto de admiración). El objetivo estriba, dice, “en crear una gran alianza de partidos revolucionarios de masas que respeten las identidades nacionales y luchen para transformar sus sociedades en un sistema socialista”. E insiste: “Tenemos el deber de crear partidos revolucionarios africanos en todos los países del mundo, para unirlos en una confederación, porque si no nos organizamos nunca seremos libres, y que se alineen con otras fuerzas revolucionarias y nacionalistas, como las vascas, las catalanas, las irlandesas, las de Puerto Rico y demás nacionalidades oprimidas”.

Panteras negras

Medio siglo lleva Brown en el movimiento de liberación negro. En 1967 organizó en Chicago la rama local de los Black Panthers (Panteras Negras; en adelante, BP), el partido revolucionario que se enfrentó a la administración estadounidense. Dos años antes había sido asesinado Malcolm X, quien predicaba la imposibilidad de una reconciliación social entre negros y blancos; un año después le ocurriría lo mismo a Martin Luther King, predicador de la conquista de los derechos civiles mediante la oposición no violenta. No había chance político para la protesta negra, ni por las buenas ni por las malas.

Se congratula Brown de pertenecer a la generación nacida durante y después de la Segunda Guerra Mundial, gentes de todas las razas, continentes y colores que estuvieron en las calles construyendo los movimientos emancipatorios de las décadas de 1960 y 1970, entre ellos la lucha por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam; “esta labor creó el espacio político necesario, las condiciones subjetivas para la aparición del movimiento de los BP”.

Brown explica que “no existió un partido de los BP. Es más correcto hablar de un movimiento formado por distintos partidos sucesivos, a menudo en conflicto de ideas entre ellos. Si no se conoce esta realidad, la historia resulta confusa”. Así que cabe descartar la imagen estándar de una formación homogénea en cuanto a ideología y paramilitar en sus procedimientos. La violencia que se achaca a los BP fue perpetrada por individuos concretos frente a la violencia institucional: “sufrimos asesinatos, exilios, presiones… Y quienes decían estar de acuerdo con nosotros solo se propusieron el control y la manipulación del movimiento, lo cual puede resultar aún más desastroso que la persecución”. Además, se lamenta de que esa falsa visión de matonismo que lastra la imagen de los BP se debe a que “hicimos historia, pero no tuvimos la capacidad para escribirla”, de manera que impera en las memorias y las conciencias una versión de autoría ajena al propio movimiento (“pero estamos en la tarea de escribir nuestro propio relato, que será explosivo”).

Sea como fuere ese pasado aún por narrar, nuestro interlocutor no se congratula con la acción armada, y se apartó de los BP por diferencias ideológicas, estratégicas y programáticas. Brown creía y cree en la democracia, “puesto que no se puede imponer una idea a la gente”, por eso dimitió de todos sus cargos apenas un año después de haber fundado el partido en Chicago. El pueblo debe decidir si prefiere métodos de lucha violenta o pacífica; “lo que no se puede permitir es que alguien ordene a la gente de qué modo debe actuar”. “La sociología —añade Brown— contempla el concepto de arsenal de la confrontación, que consiste en poner al alcance de la gente todos los medios de lucha posibles, entre ellas las armas culturales, como las librerías, la música rap, etc.”. En la actualidad, el movimiento de liberación negro solo se sirve de la no violencia, su única arma del arsenal.

Los originales BP pretendían que la gente pudiera empoderarse, tanto en los guettos como en los campus estudiantiles, pero no supieron hacer una propaganda eficaz de su causa. Cometieron el gran error de contactar con las bandas de traficantes, creyendo ver en ellas un semillero de futuros militantes conversos a la lucha política, ya que se trataba de la gente de extracción social más humilde. No consiguieron atraer a los jefes, pero sí a numerosos pandilleros que se integraron en las filas del movimiento, por supuesto con su rémora vital: gentes criadas en ambientes deprimidos, cuya socialización se basaba en los valores y prácticas del hampa. Estos individuos pronto se vieron envueltos en acciones violentas, sobre todo en el sur, donde los blancos de extrema derecha practicaban ataques sistemáticos contra la población negra, “a lo que ellos respondían con violencia”. Pero “el problema principal era que esos individuos no tenían suficiente conciencia política. No entendían la diferencia entre una banda y un partido” y muchos de ellos seguían apegados a las prácticas delictivas, de modo que las llevaron al seno de la organización política. Tanto como su nula capacidad para el debate: “jóvenes armados procedentes de las bandas intimidaban a los compañeros estudiantes para que el partido favoreciese sus intereses”. Y a esta tensión interna se sumaba la persecución oficial, con detenciones y muertes. Muchos militantes abandonaron la lucha por miedo o agotamiento. La conclusión de Brown es rotunda: “No conozco ningún movimiento revolucionario que se haya servido de gángsters para alcanzar el poder. No lo hizo Lenin ni Mao ni Castro. Los delincuentes están en lucha contra todo”. Sin embargo, “algunas fuerzas de izquierda siguen perpetuando el mito del delincuente revolucionario, con lo que no hacen ningún favor a su causa”. Y de aquellos polvos, los lodos del presente, puesto que “nuestros enemigos nos impusieron el ganstarap, que no es una música positiva, surgida de la lucha revolucionaria, sino un movimiento de justificación de las drogas, la delincuencia, la misoginia, etc., para desviar a la juventud. Por ahora no tenemos capacidad de hacerle frente”.

Brown concluye con una frase lapidaria sobre lo que ha sido y sigue siendo su caballo de batalla vital, la formación de nuevos revolucionarios: “Quien se haya leído todos los libros de esta librería [el encuentro tiene lugar en al lirería Taifa, uno de los pulmones culturales del barrio de Gràcia] pero permanezca pasivo ante la injusticia, está vacío; pero quien salga con una pistola sin haberlos leído antes, está ciego”.

2 Comments

  1. Muy interesante. A pesar de todas las críticas (siempre necesarias y saludables) algo como lo mejor de las Panteras Negras es muy necesario hoy en todas partes.

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