Niños atados a farolas junto a sus padres con los pantalones bajados. Jóvenes de etnia gitana pintadas con la cara verde para identificarlas, igual que hicieron los nazis con la letra ‘Z’ (de zíngaro, zigeuner en alemán) en los campos de concentración y exterminio. Hombres desnudados, fustigados y torturados hasta perder el sentido. Son algunos ejemplos de cómo tratan las tropas ucranianas y civiles ultranacionalistas a las minorías étnicas, como el pueblo romaní, asentado en Ucrania desde el siglo XV.

Hay testimonios de lo sucedido en varios puntos de Ucrania, pero principalmente en Irpin y Lviv (Leópolis), y no porque lo denuncie algún periodista, la ONU o alguna ONG en defensa de los Derechos Humanos, sino porque son las propias brigadas ultras las que lo difunden orgullosas en sus redes sociales, acusando a los rom de saqueadores.

Los mismos rom que llevan siglos en la marginalidad, perseguidos hasta la muerte por cuestiones raciales. Los mismos rom que han huido de Kiev porque no se les brindaba la ayuda humanitaria que recibe el resto de la población y tienen que buscarse la vida para sobrevivir en medio de una guerra de la que en ningún caso son responsables. Los mismos rom apartados de la alfabetización. Los mismos rom a los que la derecha ucraniana tilda de «escoria desnuda».

Por eso, los asentamientos gitanos al oeste de la Ucrania de Zelensky han tratado de encontrar refugio en la vecina Hungría, puesto que el paso fronterizo polaco puede ser una barrera insalvable -e incluso lesiva- para ellos debido al color de su piel. En la calle más pobre de Tiszabecs, una pequeña villa situada en la frontera entre Hungría y Ucrania, la comunidad gitana local da ahora cobijo a más de 300 gitanos que huyeron del conflicto y la persecución, la mitad de ellos niños. Duermen en el suelo en colchones y entre 15 y 20 personas comparten una habitación en pequeñas chabolas. De momento, no consta que haya partido ningún convoy humanitario desde España para esta zona.

Nada nuevo bajo el sol

El antiziganismo no es nada nuevo en Europa, y mucho menos en Ucrania, de hecho, es tan antiguo como el propio pueblo gitano. A lo largo de la historia, a los gitanos se les ha perseguido, expulsado, esclavizado, recluido e incluso exterminado. En este sentido, muy pocos gitanos sobrevivieron al genocidio nazi en Ucrania. Pero siguen ahí, orgullosos de su estirpe, soportando la estigmatización como un reo su condena.

Tras la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, los gitanos se dispersaron por toda Ucrania, con asentamientos en ciudades como Odesa, Jersón, Donetsk, Vínnytsia, Zhitomir y Kiev. Actualmente, se calcula que en Ucrania viven unos 400.000 gitanos, de los que la mitad estarían integrados en la sociedad. Aun así, muchos de ellos viven en el umbral de la pobreza y la marginalidad. De ellos, 30.000 no tienen documento de identidad.

Hace unas semanas en Rambla difundíamos un video propagandístico del batallón Azov rodado en junio de 2018. En él se apreciaba una horda de la milicia fascista Druzhyna arrasando -con el amparo del gobierno- un poblado romaní en el parque Holosiyivskiy de Kiev. La escena fue filmada por el grupo y publicada en su página de Facebook. «Cuando la policía no actúa, la Druzhyna Nacional toma el control de la situación», escribieron satisfechos en su publicación.

En abril de ese mismo año, miembros del grupo fascista C14 persiguieron a un grupo de gitanos en su campamento, en la reserva natural de Lysa Hora, en Kiev. Atacantes enmascarados les lanzaron piedras y rociaron con gas, mientras perseguían a hombres, mujeres y niños aterrorizados del asentamiento. Como es habitual, la policía no hizo nada hasta que el video del ataque se popularizó en internet, lo que les obligó a abrir una investigación «por gamberrismo» que no condujo a ninguna parte. Se calcula que desde 2018, la comunidad gitana ha sufrido más de 150 ataques de organizaciones ultras y otros grupos nacionalistas.

La persecución al pueblo romaní no cesará en Ucrania. De hecho, seguirá sirviendo de propaganda para la extrema derecha del país, ayudando a incrementar su popularidad en un contexto de guerra, donde el nacionalismo se vende como la única apuesta de futuro para los ucranianos. Cuando las chimeneas empiecen a echar humo de nuevo, tal vez Occidente se dé cuenta del monstruo que ha creado.

JACOBO PIÑOL FONTOVA

Coordinador de contenidos en Revista Rambla | Web | Otros artículos del autor

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