La partición de la Unión Soviética fue una traición en toda regla: no solo incumplió el referéndum de 1991, sino que los conversos se aprestaron a repartirse el botín, mientras Occidente estimulaba la dispersión. El país se dividió en quince repúblicas, pese a los evidentes lazos que las unen. Culminada la partición, las élites que gobernaban y siguen haciéndolo en cada nuevo país tenían un objetivo: consolidar la ruptura para mantener su poder y enriquecerse. Ladrones, oligarcas y conversos tuvieron el apoyo de Estados Unidos y la Unión Europea.

Sin embargo, pese a la propaganda nacionalista y la difusión del odio durante los últimos treinta años, los lazos entre las antiguas repúblicas soviéticas son tan profundos que no pueden ocultarse: Vladímir Midinski, el negociador ruso en las conversaciones de paz con el gobierno de Zelenski, es ucraniano: nació en Smila, en la región de Cherkasi, en el centro de la llanura ucraniana. Su padre era un militar soviético, que vivió en la república soviética rusa durante cuarenta años. Liudmila Denisova es ahora la defensora del pueblo en Ucrania. Es rusa, nació en Arjángelsk, el puerto del Mar Blanco en el norte de Rusia que se abre al océano Ártico. Estudió en la Universidad de Leningrado, como Putin y Medvédev, y trabajó en los tribunales de Arjángelsk; en 1989 se trasladó a Crimea, donde estuvo en el comité regional del Komsomol, las juventudes comunistas. Después, adoptó la piel de la nueva Ucrania y ahora denuncia las “falsificaciones rusas”, afirma que “Rusia emplea las violaciones como arma de guerra” y se opone a los corredores humanitarios.

Pavel Klimkin fue ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania tras el golpe de Estado del Maidán: es un ruso nacido en Kursk que estudió Física e Investigación Espacial en la Universidad de Moscú. En 1991, antes del golpe de Estado de Bialowieza y de la partición que cerró ese año, fue destinado a Kiev, y después hizo carrera en el nuevo país. Por su parte, Valentina Matvienko es la presidenta del Consejo de la Federación rusa. Nació en Shepetivka, en la región ucraniana de Jmelnitski. Vivió toda su juventud en Ucrania, se licenció en la facultad de medicina de Cherkasi, siguió los estudios en Leningrado, y durante los últimos cuarenta años ha vivido en Rusia. Son apenas cuatro ejemplos, pero pueden ponerse centenares de miles, y no solo entre Ucrania y Rusia, sino entre todas la repúblicas de la Unión Soviética.

Ahora, con la guerra en Ucrania, quienes siembran odio encuentran de inmediato el apoyo masivo de Occidente: a finales de abril de 2022, el alcalde de Mariúpol, Vadim Boichenko, afirmó tener pruebas de que había más de 9.000 civiles enterrados en fosas comunes y acusó al ejército ruso de ocultar “crímenes militares”. Con gran despliegue, la prensa occidental y las televisiones ofrecieron supuestas imágenes de satélite tomadas por la empresa Maxar, con la localización de las fosas comunes en la localidad de Manhust, a veinte kilómetros de Mariúpol. Muchos medios titularon en todo el mundo: “Hallada una gran fosa común en Mariúpol”. Boichenko aseguraba que los rusos cavaban trincheras y las llenaban de cadáveres, y añadía: “Nuestras fuentes informan que en tales tumbas los cuerpos se colocan en varias capas.” El alcalde de Mariúpol mantuvo que los muertos en la ciudad superaban los 22.000. No dudó en la exageración: sostuvo que “el mayor crimen de guerra del siglo XXI se ha cometido en Mariúpol. Este es el nuevo Babi Yar”. En la Segunda Guerra Mundial, los nazis alemanes y sus cómplices ucranianos asesinaron en Babi Yar a más de cien mil soviéticos.

Un equipo de la CNN del periodista Bruno Amaral do Carvalho fue a comprobar la denuncia unos días después. Fueron a Manhush, afueras de Mariúpol, donde las autoridades ucranianas aseguraban que estaban las fosas comunes. Geolocalizando el lugar preciso, comprobaron que las fosas no existían: había tumbas comunes, con nombres y fechas. Las supuestas imágenes de satélite eran falsas. El periodista habló con personas que acusaban al gobierno ucraniano de “atacar a su propio pueblo”. Al día siguiente, fueron a Staryi Krym, un suburbio de Mariúpol, para localizar las otras fosas comunes denunciadas por Boichenko y por el gobierno de Zelenski. Encontraron tumbas individuales, todas con los cadáveres en ataúdes y con un cartel del registro. Los trabajadores del camposanto negaron la existencia de fosas comunes. Las imágenes de satélite también eran mentira. Tras Bucha y Kramatorsk, todo había sido una gigantesca manipulación, pero ya no importaba porque la noticia había recorrido el mundo, y ya no se preocuparon de desmentirla después. Podían cabalgar el odio.

Esa es la función del impresionante operativo de desinformación y de mentiras que ha organizado Estados Unidos y sus aliados, con la complicidad de Kiev: porque una de las líneas de acción del gobierno estadounidense, de sus servicios secretos y de su diplomacia en las tres últimas décadas, ha sido la de plantar la cizaña, diseminar el odio y azuzar la división, apoyando a las nuevas oligarquías locales e incluso a los destacamentos nazis. Su objetivo es que la división actual, que data de hace treinta años, se consolide para siempre. Y no se contentan con ello: buscan también la partición de la Rusia actual.

*Publicado originalmente en Mundo Obrero. Puede leer el original aquí.

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