2 diciembre, 2021

Revista Rambla Barcelona

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Las colas del hambre no descansan en verano

Además de las necesidades básicas de alimento, trabajo o vivienda, se ha disparado la ayuda en salud mental y emocional

Cada vez más largas. Gentes que no se miran, que agachan la cabeza y concentran su vergüenza en el suelo. Personas con el rostro oculto detrás de la mascarilla. Familias que jamás pensaron que tuvieran que vivir de una caridad desatada por el fracaso social, por la diferencia económica, por el egoísmo máximo y la mano blanda que impido cobrar más a quien más tiene.

Las colas del hambre no se van de vacaciones. Muchas familias siguen necesitando ayuda y los centros que están abiertos se ven desbordados. Entre los usuarios siguen dominando las familias con menores, pero cada vez se ven más pensionistas. En muchas asociaciones temen quedarse sin existencias. La labor de todas estas asociaciones es fundamental, pero necesitan más apoyo para poder llegar a todos.

Y es que la necesidad no se va de vacaciones. Pero los recursos escasean. En verano bajan las donaciones. La necesidad se agudiza en las familias con niños, el gasto para ellos se multiplica en estos meses de verano. Por eso las organizaciones benéficas piden que se sigan ayudando.

Muchos de los que hacen cola en la Fundación Altius llevan pocos meses, desde que empezó la pandemia. Alexis se quedó sin trabajo y ahora vive con su familia de 4 miembros y pagan 600 de alquiler, pero hace poco estuvieron a punto de echarles del piso por no poder pagar el alquiler.

La mayoría son gente de clase media y baja que perdieron el empleo y que ahora necesitan esta ayuda de alimentos y productos de primera necesidad. Una ayuda del banco de alimentos abierto, pese a ser agosto.

De este modo, las colas del hambre vuelven a subir en verano por el cierre estival de la mayoría de instituciones. Además de las necesidades básicas de alimento, trabajo o vivienda se ha disparado la ayuda en salud mental y emocional.

“El hambre no se va de vacaciones”, explica Elena Doria, portavoz del Banco de Alimentos de Madrid. 190.000 personas de la región, una población similar a Santander, Pamplona o Almería, todavía depende de esta organización para sobrevivir.

Pese al verano, no han cerrado ninguno de los tres grandes almacenes. Dos millones de kilos al mes. “Ahora nuestro perfil se ha estabilizado. Tenemos un 50% de población extranjera y un 50% de española, la mayoría son de clase media y baja, que perdieron el empleo tras la pandemia”.

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