3 diciembre, 2020

La “nueva normalidad”, el virus y nuestra pérdida de humanidad

Desde que apareció en China en diciembre, la enfermedad deja ya 900 mil muertos y ha contagiado a más de 25 millones de personas. América Latina y el Caribe es la región más afligida, con más de 260 mil muertos y unos siete millones de contagios
nueva normalidad
Vecinos de la favela de Santa Marta, Río de Janeiro se organizan para limpiar sus casas. Ellan Lustosa/Zuma Press/PA Images
ARAM AHARONIAN

¿Será que perdimos la capacidad de indignación? Vemos fotos y videos de cadáveres tirados en las calles en Guayaquil o La Paz, a diario recibimos noticias sobre el genocidio de nuestros pueblos originarios por desatención sanitaria. La “limpieza” étnico-política que sucede a nuestros alrededor parece no inmutarnos siquiera.

Esta nueva “normalidad” nos ha hecho perder lo poco de humanidad que nos quedaba. Recitamos cifras sobre infectados, recuperados y fallecidos por la pandemia, nos despreocupamos del dolor generalizado y asumimos contagios y muertes como parte de la “nueva normalidad”. Debiéramos hacer un examen de conciencia, al menos.

Pero también parece algo “normal” que el 1% de la población del mundo se apropie del 82% de toda la producción mundial, o por lo menos es eso lo que ocurre desde hace décadas y lo hemos asumido como “normalidad”. Esta impresionante desigualdad se repite en el interior de la inmensa mayoría de los países y se superpone con esa ficción según la cual “todos somos iguales ante la ley” y da por tierra con el principio que somos ciudadanos globales de iguales derechos.

¿Normalidad? El Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe (Filac) dejó en claro que tras la pandemia las comunidades originarias no quieren regresar a la antigua normalidad plagada de discriminación y carencias.

“No queremos una normalidad donde continuemos discriminados, queremos que nuestros planteamientos de desarrollo con identidad y buen vivir sean parte de la construcción en la pospandemia. No queremos indígenas a los que se les celebre un día, por folclore, y todo el año se les denigre, margine y discrimine, provocando incluso su desaparición, señaló Filac.

En las comunidades originarias el azote del virus se suma a otras situaciones extrapandémicas que se arrastran desde hace mucho tiempo, como el rezago económico, el despojo sistemático de sus tierras y recursos naturales, la marginación que ello acarrea y la discriminación y el racismo, que en vastos sectores de la sociedad tienen aún vergonzosa vigencia.

En paralelo, a lo largo de los pasados decenios, se ha desarrollado y profundizado una ofensiva contra la biodiversidad y el medio ambiente que durante centurias ha sido el hábitat natural de los pueblos comunitarios, a través de macroproyectos –en su mayoría n manos de trasnacionales- que invaden áreas esenciales para estos pueblos. Para los pueblos originarios, nada de normalidad: ni la prepandémica ni la pospandémica.

¿Virus machista? La pandemia ampliará la brecha de pobreza entre géneros, llevando a 47 millones de mujeres y niñas a la pobreza en 2021 para alcanzar los 435 millones a escala mundial, con lo que se borrarán los avances logrados en las últimas décadas Las más afectadas con las trabajadoras informales en Latinoamérica y África subsahariana., que durante la pandemia han perdido sus empleos a mayor tasa que los varones.

Pero todo podría ser distinto: según Naciones Unidas más de 100 millones de mujeres y niñas podrían salir de la pobreza si los gobiernos implementan una estrategia integral con el objetivo de mejorar el acceso a la educación y la planificación familiar, salarios justos y equitativos, y amplían las transferencias sociales.

Ocho meses ya

Desde que apareció en China en diciembre, la enfermedad deja ya 900 mil muertos y ha contagiado a más de 25 millones de personas. América Latina y el Caribe es la región más afligida, con más de 260 mil muertos y unos siete millones de contagios.

Una semana atrás, se cumplieron cien años del nacimiento de Ray Bradbury, maestro indiscutible de la ciencia ficción, autor de El hombre ilustrado, Fahreinheit 451 y Crónicas marcianas, entre otros textos, quien, sin embargo, no logró imaginar la pandemia y sus consecuencias: el reino del miedo, la sociedad de vigilancia, el desempleo masivo, el hambre de centenares de millones de personas.

La pandemia lo está cambiando todo, nos está volviendo locos. Estar en casa  cinco meses, en prisión domiciliaria –conocida como aislamiento social- es duro. Trabajar o estudiar desde la casa, también. Y no es nada grato ver en la pantalla de la videollamada laboral al niñito que se cuelga de la madre mientras ésta trata de trabajar… o cosas peores que la ética nos impide repetir. Y desconcertante ver en shorts al jefe, acostumbrados a verlo siempre vestido de traje y corbata.

Somos muchos los que no usamos un par de zapatos desde hace cinco meses, pero  también hay mujeres –me consta- que se ponen tacones para sacar la basura. No hay que perder el glamour…

Con el 40 por ciento de la población mundial en cuarentena, animales silvestre se animaron a ocupar espacios vacíos de gente: los flamencos de la India pintaron de rosa las aguas de un humedal, patos salieron a pasear por las calles de París, pavos reales por Madrid y jabalíes en Barcelona, obligándonos a pensar cómo mejoraría el medio ambiente si ñla Tierra no fuera sometida a formas de producción que deterioran la naturales y nuestras vidas.

Si desde el punto de vista económico, el derrumbe de la demanda y de la oferta por el parte de la producción, la cancelación de viajes y el cierre de fábricas es una pesadilla para la economía, para el medio ambiente es una bendición que circulen menos vehículos y se consuma mucho menos combustible, que las centrales eléctricas por carbón y el transporte aéreo se hayan paralizado: las emisiones de CO2 cayeron y varias ciudades lograron descubrir que el cielo puede ser azul.

El científico argentino Jorge Aliaga, experto en números de la pandemia confirmaba que los muertos se duplicaban en su país cada 24 días, frecuencia que se redujo a 21 días. Otro galardonado científico, Alberto Kornblihtt, calculó que si no se toman medidas más estrictas, el 13 de septiembre habrá 12.000 decesos y  para Navidad unos 364.000 muertos acumulados.

Teniendo en cuenta que la vacuna –una, otra o la de más allá- recién estará disponibles a mediados del año próximo, los científicos llaman a tomarse en serio las cuarentenas, pero los políticos piensan en otros réditos y dudan en aplicar medidas para evitar la mayor cantidad de decesos, con ciclos de apertura y cierre intermitentes. La meta debiera ser frenar la infección sin llegar a una inmunidad de rebaño difícil de concebir con menos del 20% de infectados.

La “normalidad” como negocio: Stephen Hahn, jefe de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), preocupado de que chinos, rusos, británicos o incluso latinoamericanos logren la vacuna, dijo estar dispuesto a evitar el proceso de aprobación normal y a autorizar una vacuna antes de que se complete la tercera fase de ensayos clínicos.

Este escenario se configuró por los afanes mercantilistas de las grandes trasnacionales farmacéuticas y un grosero chovinismo farmacéutico que ha convertido la obtención de la vacuna en una suerte de redición de las carreras espacial o armamentista con que las grandes potencias exhiben sus capacidades en ejercicios propagandísticos, señala en un editorial el diario mexicano La Jornada.

Territorios libres

En este mundo hay 195 países y apenas diez siguen libres del coronavirus. Lo que tienen en común esa decena de naciones es que son islas del Pacífico y cerraron sus fronteras rápidamente: Palaos, Micronesia, Islas Marshall, Nauru, Kiribati, Islas Salomón, Tuvalu, Samoa, Tonga y Vanuatu, donde nadie sufre la covid-19. El problema que enfrentan es la absoluta extinción del turismo, que en promedio significa el 40 por ciento de sus ingresos en divisas.

Las Islas Marshall, en cambio, se dedican a la pesca y son el mayor exportador de peces de acuario del mundo. Pero les va peor porque las ventas cayeron en un 60 por ciento por la recesión y los controles de cargas. Una amplia mayoría de los habitantes de las diez naciones considera mejor seguir aislados y “no caer como Australia”.

Incluídos y excluídos

Vivimos en una era ¿tecnológica? que obliga leer  tutoriales para poder manejar los distintos programas, muchas veces escritos en un español que no es tal. Pero si uno no tiene computadora, está fuera de época, de era, del mundo. La verdad es que ni siquiera existe. Y si nos ponemos a pensar, realmente son muchos millones los que no tienen computadora ni acceso a internet. No existen, son los desechables, para los planificadores de la economía capitalista..

¿Será que perdimos la capacidad de indignación? Vemos fotos y videos de cadáveres tirados en las calles en Guayaquil o La Paz, a diario recibimos noticias sobre el genocidio de nuestros pueblos originarios por desatención sanitaria. La “limpieza” étnico-política que sucede a nuestros alrededor parece no inmutarnos siquiera.

Y asistimos con “normalidad” al caradurismo de Jair Bolsonaro, por ejemplo, quien: realizó una ceremonia en el Palacio do Planalto, sede de la presidencia, para celebrar “Brasil venciendo la covid-19”, cuando oficialmente los muertos por coronavirus bordean los 125 mil y los infectados ya pasaron los cuatro millones.

Ante tamaña desfachatez, queda sólo invocar las palabras de la cientista social y filósofa argentina de fama mundial, Mafalda –sí, el personaje de Joaquín “Quino” Lavado- pronunciadas medio siglo atrás: «Paren el mundo, me quiero bajar».

Pero lo cierto es que la llamada pandemia producida por el covid-19 no es la causa de todos los males actuales pero sí ha sido el instrumento para quitar la colcha que tapaba la realidad que algunas miradas más profundas vislumbraban hace tiempo. Los millones y millones que transcurren esta peste sin trabajo y sin recursos son una muestra de cómo este virus mostró la cara de una desigualdad que nos costaba asimilar, masticar y tragar.

Saber que este virus es tan democrático que afecta al mundo entero no es motivo de tranquilidad: El caos ya no es un problema puntual sino la evidencia de la decadencia de un sistema que, por otra parte, es incapaz de mantener en funcionamiento nuestras sociedades, resquebrajadas por conflictos que brotan por todos los costados.

Los aludes de información y desinformación sobre la pandemia sirven para tapar muchas otras cosas que también pasan en el mundo, como el desempleo, el hambre, el cambio climático, las amenazas permanentes de Trump… Y cuando no alcanza el bombardeo coronavirósico, pareciera que el otro gran tema importante para el mundo es la telenovela de si Lionel Messi sigue o no en Barcelona.

Numerosos tropiezos se sucedieron desde diciembre pasado, provocados en párte por el desconocimiento sobre el virus nuevo, pero también gruesos errores no forzados, por el negacionismo o las presione comerciales, intereses y negligencia. Es negacionismo  la palabra que aparece con más frecuencia en los análisis retrospectivos, a ocho meses de los primeros casos. La subestimación del riesgo fue una constante en regímenes conservadores.

El énfasis inicial de las campañas de prevención apuntó al lavado frecuente de manos, la recomendación de toser o estornudar en el pliegue del codo y de evitar tocarse la cara. Tampoco pensamos, entonces, que millones y millones carecen de agua potable

Obviamente, los países que no implementaron aislamiento obligatorio con la excusa de salvar la economía, tuvieron tasas de letalidad más altas. Lo cierto es que nos vamos acostumbrando a convivir con los errores, hasta que llegue la vacuna., que debiera ser considerada como un derecho universal y no una mercancía. Pero en esa puja están varios países y demasiadas trasnacionales farmacéuticas.

No es cierto que el mundo no estuviera avisado de la letalidad del virus. En setiembre del año pasado, aún antes de que China reportara la aparición de ciertas neumonías que no respondían a los tratamientos tradicionales, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó sobre la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de ´personas y liquidar casi el cinco por ciento de la economía mundial.

Lo que ¿vendrá?

El director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, afirmó que espera que la pandemia de coronavirus llegue a su fin en menos de dos años y definió a la covid-19 como «una crisis de salud única en un siglo». En Europa, los retornos de vacaciones de verano son fuente de contagio en Italia, España, Francia y Alemania, en momentos en que se prepara en la región el inicio del nuevo año escolar.

Incluso Corea del Sur, que fue considerado un ejemplo en la lucha contra la pandemia, registró en las últimas  horas el mayor número de casos diarios desde principios de marzo. Las restricciones se endurecen en varios países a medida que crece el temor a una segunda ola de la pandemia de covid-19 y aumentan los casos en Europa y Asia a niveles del primer brote.

Lejos quedaron las cifras de China, con un total de 85 mil infectados y 4.634 muertos en total. Más de la mitad de las muertes por COVID-19 en el planeta se registraron en cuatro países: Estados Unidos con más de 185 mil decesos, Brasil (unos 123 mil), México (más de 65 mil) e India, la  segunda nación más poblada del planeta después de China, que se acerca a los cuatro millones de casos y 67 mil decesos.

Se largó la carrera –entre países pero sobre todo entre grandes empresas farmacéuticas- por quién patenta primero una vacuna milagrosa que, quizá, tal vez, esté lista para mediados del 2021.

Todavía no salimos de la pandemia y nos espera el período de la pospandemia, con millones y millones de desempleados, sin acceso a la alimentación (y ni hablar de la educación y la salud), con una clase media superviviente que deberá elegir entre comer o pagar la suscripción a internet.

Nuestras abuelas nos recomendaban contar ovejitas para dormir. En esta nueva normalidad, podemos pasar noches enteras contando contagiados y muertos, perdiendo el poco humanismo que nos quedaba. Y quizá hasta asumamos la “nueva normalidad” de un mundo que ya no es ni será lo que solía ser hace seis, ocho meses atrás.

Cambia, todo cambia. Cambia lo superficial, cambia también lo profundo. Cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo. Cambia el clima con los años, cambia el pastor su rebaño, escribía Julio Numhauser Navarro, músico de Quilapayún, canción que popularizó Mercedes Sosa: Y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño.

Aram Aharonian: Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) y susrysurtv.

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