2 diciembre, 2021

Revista Rambla Barcelona

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La enorme dificultad de pertenecer al colectivo LGTBI en la España vaciada

Shutterstock / Mabeline72

Quizás sea una inercia social, comunicativa o política, pero cuando hablamos de la España rural abandonada (la llamada España vaciada), en la mayoría de las ocasiones nos olvidamos de poner el énfasis en la dignidad de las personas que forman parte de ella. No existe un prototipo único de ruralidad y aún menos de personalidad rural o “rurbana”: cada persona es un mundo, con sus necesidades y aspiraciones vitales.

A este respecto, San Mateo reconoció en su Evangelio que “no solo de pan vive el hombre” (Mt 4, 3-4). El psicólogo estadounidense Abraham Maslow desarrolló en la segunda mitad del siglo XIX una teoría psicológica revolucionaria acerca de la motivación humana. ¿A qué elementos vitales aspiran todas las personas para desarrollarse en plenitud?

En un primer momento, hemos de relacionar las necesidades fisiológicas (alimento, vestido, vivienda y confort humano) y las de seguridad (estabilidad, evitar la violencia física-psicológica y reducción de cualquier situación de riesgo). Estas necesidades básicas serían complementadas con las secundarias: de afiliación (afectivas, compañerismo, aceptación y sentimiento de pertenencia al grupo), de estima social (relaciones de reconocimiento, de prestigio y de responsabilidad), así como de autorrealización (autoexpresión, independencia, competencia y oportunidades sociopolíticas). Es decir, el pan es importante, sí, pero debemos tener seguridad en el medio en el que vivimos, desarrollándonos tal como somos sin máscaras o dobles versiones.

Entre el “sexilio” y el qué dirán

En la España vaciada existen personas que pertenecen al colectivo LGTBI: estaríamos hablando de gays, bisexuales, lesbianas, intersexuales y transexuales. Cuando reflexionamos acerca de la situación del colectivo LGTBI en la ruralidad abandonada hemos de centrarnos en dos aspectos: aquellas personas que todavía viven en el medio rural y aquellas que han tenido que marcharse a otros contextos –urbanos casi siempre– (“sexilio”).

La España rural ha sido (y sigue siendo en buena medida) muy tradicional en lo que se refiere a los modos de vivir de las personas: quizás se deba a una herencia social y cultural o quizás a una filosofía del qué dirán que no favorece el pleno desarrollo personal.

Reconocerse como miembro de la comunidad LGTBI es un acto de valor y verdadera militancia cívica: la existencia de ideas sociales conservadoras, la falta de referentes personales cercanos y la ausencia de un verdadero compromiso político en favor de la causa hace que el proceso de decir lo que una persona siente sea una misión titánica. No se sale del armario un día y ya está, se está saliendo cada día, con cada persona y en cada contexto.

Muchas veces hemos oído eso de que “Madrid es un lugar perfecto para vivir sin prejuicios y sin miedo a ser uno mismo”. Aquellas personas que no pueden salir de los pueblos para formarse, para viajar o para buscarse un puesto de trabajo deben vivir una vida en la clandestinidad o una vida visible con determinadas limitaciones.

En la mayoría de las ocasiones la opción más fácil consiste en marchar a una ciudad media o a una gran urbe debido a que allí se forma parte de una gran cantidad de personas desconocidas. En ocasiones, la vida LGTBI en la ciudad se convierte en un espejismo social, construyendo guetos privados que protegen de la crítica pública.

Shangay Lily, en su obra Adiós Chueca, reflexionó acerca de cómo el capitalismo de mercado ha logrado colonizar el colectivo y su poder de acción social. Si dispones de capital eres bienvenido; si no…

En este momento tendríamos que incorporar el concepto de clase social y económica: no es lo mismo ser persona LGTBI urbana y de clase media-alta que ser LGTBI rural precario.

En España no se disponen datos específicos a la cuestión LGTBI rural. La Unión Europea realizó un estudio acerca de la situación del colectivo en diferentes países.

Las personas españolas LGTBI que sufren mayor discriminación social son: transexuales (63 %), intersexuales (61 %), lesbianas (45 %), bisexuales (38 %) y gays (37 %). Un 42 % del total de las personas participantes en el estudio reconocieron sufrir discriminación por su condición sexual. Tan solo un 27 % del total contó con el apoyo o defensa de compañeros en el ámbito del trabajo.

Los espacios abiertos, públicos y de transporte constituyen espacios inseguros para mostrar la identidad LGTBI: un simple acto como coger de la mano a la persona que amas y quieres es un acto de empoderamiento que puede conllevar sufrir amenazas, agresiones o acoso (especialmente en el mundo rural).

Colectivo LGTBI, necesidades y repoblación rural

Cuando hablamos de dignificar la España vaciada no nos podemos olvidar de poner el feminismo y la lucha del colectivo LGTBI como ejes transversales. ¿Qué necesitan las personas (también las LGTBI) para vivir en el mundo rural? Trabajo, vivienda, servicios públicos de calidad, buenas comunicaciones, acceso al ocio y cultura y encontrar pareja.

Esas necesidades, identificadas entre los jóvenes rurales por la Red Rural Nacional, se deben aplicar a todas las edades, sin olvidar a las personas adultas o ancianas. ¿Y las personas LGTBI de la urbanidad? Lo mismo en su contexto específico.

Paco Vidarte en Ética marica nos advertía de eso, de la importancia de poner la dignidad de la persona en el epicentro de la acción humana coconstruyendo una sociedad del bienestar para todas las personas, sin individualismos.

De cara a la repoblación rural no podemos convertir en fetiche la posibilidad de tener descendencia biológica: cada persona decide en coherencia a su perspectiva vital y posibilidades, evitando cualquier acto de mercantilismo humano.

Lograr la visibilidad del colectivo

Está claro que cada persona tiene una experiencia específica y por suerte hay lugares donde la visibilización es más fácil respecto a otros. Lo que es evidente es la necesidad de empoderar y ayudar a todas las personas que se identifiquen con la comunidad LGTBI rural: desde la política, la educación, la cultura, la economía, etc.

La creación de redes LGTBI rurales (locales, provinciales) no institucionalizadas podría servir como ariete para contribuir al empoderamiento de la comunidad y a la sensibilización a través de la participación pública. Es una opción inclusiva y humanista.

Un simple gesto como dar la mano a la pareja con naturalidad convierte la España vaciada en un espacio de diversidad y de inclusión. El verdadero órgano de la civilización debe trabajar y transformar positivamente el mundo que nos ha tocado vivir. Como dijo San Agustín, “si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos”.The Conversation

Raúl Carbajal López
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Investigador postdoctoral rural en el departamento de Filosofía, Universidad de Oviedo. Autor en The Conversation.