En Guissona, un pequeño pueblo de la comarca de La Segarra (Lleida), uno de cada siete vecinos son inmigrantes ucranianos, familias que han ido llegando en los últimos años para trabajar en la cooperativa de carne local atraídos por la posibilidad de una nueva vida y que en las últimas horas viven pegadas al móvil y la televisión con el «corazón roto».

Jaume Ars (Junts), alcalde del pueblo, ha explicado que los ucranianos son ya una parte «indispensable» del «alma» de Guissona, una comunidad de la que destaca «el sentimiento de grupo» y la «buena predisposición para trabajar».

Reconoce que existen comisiones municipales y técnicos que trabajan por la integración y para evitar que no haya «guetos», pero destaca los procesos en materia de «integración» y que la convivencia no sea peor que en otros pueblos cercanos donde existe menos diversidad entre los vecinos.

El presidente de la comunidad ucraniana, Andriy, es hoy el médico que facilita que muchos de sus compatriotas, que no saben bien castellano ni mucho menos catalán, puedan explicar lo que les pasa.

«Es todo un ejemplo de integración», ha resaltado el alcalde, pues al llegar al pueblo y hasta convalidar sus títulos y conseguir pasar las pruebas y conocer el idioma tuvo, como el resto, que trabajar en el matadero local.

Poco más de 24 horas después de iniciada la guerra, Andriy se reconoce «preocupado», aunque pone en valor que tienen «menos miedo» que en 2014, porque ahora el ejército ucraniano tiene, considera, más medios y recursos, y un apoyo «más claro» de la comunidad internacional.

También convencido de que Ucrania puede «dar la batalla» está otro veterano ucraniano en el pueblo, Igor, músico de profesión, que combina su trabajo en el matadero con la dirección de la coral ucraniana en Guissona. «La gente está muy convencida de ir al frente y defenderse», dice.

Una de las primeras mujeres ucranianas en llegar a Guissona junto a su marido fue Zoriana, hace casi ya 20 años, quien cuenta que algunas de sus compatriotas han sufrido ataques de ansiedad por no poder hacer nada por sus familias, que «parecen tan cerca» por su goteo de mensajes por WhatsApp, pero que se encuentran «atrapados» en una Ucrania de la que es ya imposible salir por avión.

Asegura que ha insistido muchas veces a su familia, empezando por su propia madre, ya mayor y viuda, sobre la posibilidad de que viva en España con ellos. «No quiere, ya no se va a mover», asegura Zoriana, abuela de varios nietos nacidos en Cataluña.

La necesidad de mano de obra en la industria leridana del sector primario, trabajos que muchos nacionales no quieren hacer, explica la llegada de inmigración a sus municipios. De hecho, el pueblo tuvo un importante papel durante la pandemia, recuerdan sus vecinos, pues su cooperativa alimentaria no dejó de producir ni siquiera en las peores semanas de 2020, cuando, ataviados con EPIS, el matadero siguió a pleno rendimiento para no desabastecer las tiendas de carne.

Más allá de las historias humanas se da la circunstancia de que la relación económica entre Lleida, Rusia y Ucrania no termina en la mano de obra.

Lleida se juega más de 34 millones de euros en exportaciones (casi 29 en el caso de los mercados bajo jurisdicción del Kremlin y poco más de cinco en el caso de los de Kiev), según el balance exportador del año pasado y los datos recogidos por la Secretaría de Estado de Comercio.

El gran damnificado en estos momentos podría ser el sector oleícola. En el sentido contrario de las relaciones comerciales, hay que recordar que Ucrania, conocida por muchos como «el granero de Europa», distribuye internacionalmente cereales, que en el caso de España tienen entre otros usos el de pienso animal, lo que afectaría a zonas ganaderas como Lleida.

En la noche de este jueves, pocas horas después de iniciarse los ataques, más de 500 vecinos, ucranianos pero también de otras nacionalidades numerosas en el pueblo, como rumanos y colombianos, se acercaban a la plaza Mayor para guardar un minuto de silencio por el inicio de la guerra.

Algunos ucranianos se animaron a tomar la palabra. Además de dolor y tristeza, un deseo: que puedan ser acogidos algunos familiares en el pueblo si es que pueden salir del país.

*Con información de la Agencia EFE.

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Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.

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