En 2005 ese tipo curioso y sabio que fue Eric Hobsbawm compartió con Mijail Gorbachov en Turín un encuentro de retirados prominentes. Una mayoría de antiguos funcionarios de alto rango entreverados con algunos académicos como él, que por suerte escribió sus impresiones: “Si el historiador que hay en mí se sintió ligeramente decepcionado, el fan de Mijail Gorbachov no. ¿Fue un gran hombre? No lo sé. Lo dudo. Fue –sigue siéndolo– un hombre íntegro y bondadoso cuyas acciones tuvieron consecuencias enormes, para bien y para mal. Ser su contemporáneo es un privilegio. La humanidad está en deuda con él. Y al mismo tiempo, si yo fuera ruso, también pensaría en él como en el hombre que llevó a su país a la ruina”.

Para Hobsbawm, el mérito de Gorbachov fue evitar que el colapso de la Unión Soviética se convirtiera en un baño de sangre, como ocurrió después en Yugoslavia, o quizás en algo peor si se tiene en cuenta el poderío atómico ya formidable del Este y el Oeste.

En cuanto a la ruina, sin duda se refiere a la implosión de la Unión Soviética, que tras perder la Guerra Fría con los Estados Unidos pasó de la categoría de superpotencia a la de un país cuyas ojivas nucleares no disimulaban la disolución de un Estado.

Nunca se puede afirmar, en Historia, que un hecho era inevitable. Pero los datos sobre la decadencia soviética están ahí. Cuando Gorbachov asumió la conducción del Partido Comunista, en 1985, la economía soviética ya dependía de las exportaciones de gas y petróleo, no de productos industriales. A la vez, Moscú iba perdiendo la fuerza y la flexibilidad necesarias para afrontar desafíos tan enormes y diversos como la masificación del desarrollo tecnológico, el mantenimiento de la centralidad sobre las nacionalidades y la conservación de la autoridad y la influencia sobre otros países socialistas como Alemania Oriental, Checoslovaquia y Polonia. En 1989, desbordado por el liderazgo popular de Lech Walesa, que además recibió el apoyo doble de los Estados Unidos y del Vaticano con Juan Pablo II, el gobierno comunista polaco concedió elecciones libres y las perdió. Fue en junio. En noviembre los alemanes derribaron el Muro de Berlín. Y dos años después la Unión Soviética consumó su colapso.

Rendición

Desde entonces, Gorbachov fue el símbolo de la rendición para una gama que va de los nacionalistas rusos a exponentes de la izquierda más dura, de Rusia y del resto del mundo, e inclusive sectores nacional-populares no prosoviéticos pero convencidos, eso sí, de que para los países subdesarrollados era mejor el mundo con dos superpotencias compensándose mutuamente que con una hiperpotencia digna del Imperio Romano como los Estados Unidos sin URSS. La crítica se resumía (se resume) en una frase: “Gorbachov tendría que haber hecho como los chinos, que se modernizaron sin explotar”.

Hay dos problemas. Uno, que Gorbachov no quería ser China. Ya había elegido el camino combinado de la perestroika (reforma) y la glasnost (liberalización política), y no solo de la primera. El otro problema debe ser planteado como pregunta, y como es un contrafactual sirve para jugar pero no tiene respuesta seria: en caso de que Gorbachov lo hubiera buscado, ¿la URSS podría haber sido otra China? ¿O era tarde para reformas porque ya había perdido la carrera tecnológica, económica y aspiracional con Washington? Los comunistas italianos, buenos sovietólogos, siempre estuvieron convencidos de que la gran oportunidad de reforma administrada había sido el breve mandato de Yuri Andropov, el ex jefe de la KGB que fue secretario general del PC de noviembre de 1982 a febrero del ’84, cuando murió.

Lo cierto es que en 1991 los rusos, aunque satisfechos con la estabilidad y el modesto Estado de bienestar de la URSS, ya llevaban un año haciendo kilómetros de cola en el primer Mc Donald’s de Moscú de la plaza Púshkinskaia. Diría Hobsbawm: para bien y para mal.

(*) Publicado originalmente en Página/12. Lea aquí el original.

Columnista en Página/12 | Otros artículos del autor

Periodista y licenciado en Historia.

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