A Fernanda la queríamos mucho en la familia. Era como una más, cómo una hija para nosotras, como una hermana para las niñas. En ningún momento Chusa o yo cuestionamos su lealtad y honradez por el hecho de que fuera peruana, porque siempre se mostró agradecida por haberle dado un techo y una familia a la que servir. Servir, sí. Digámoslo, sin pudor, sin miedo ni vergüenza. Que es una profesión muy digna y no todo el mundo vale para entender cómo le gusta el desayuno al señor y aplicarse cada día para untar la mantequilla sin ningún sobrante, como una colcha bien extendida donde una pequeña nube de mermelada se tumba plácidamente. Y esa agua calentita, saliendo de la tetera, sin derramarse ni gotear, como le gustaba al señor también. Ay Julián, Juliancito, te ganaste el cielo en la Tierra consolando a Fernanda cuando se encerraba a llorar, a quejarse porque sus papás estaban lejos. Cuántas veces entraste en aquella habitación y, durante horas, escuchaste sus lamentos con discreción, con la puerta cerrada para salvaguardar la intimidad y jamás, jamás contaste nada de lo que sucedió allí dentro. Eras para ella un confesor, un amigo, un padre. Y nosotras también hicimos lo que pudimos, lo que estaba a nuestro alcance para distraerla con tareas para que se sintiera útil y no pensara en su desgracia; las extranjeras siempre están hablando de calamidades porque, como en sus países, no tienen de nada, se acostumbran a la miseria. Pero algunas se marchan y llegan a lugares civilizados como el nuestro, donde se sienten culpables porque no saben disfrutar cuando tienen una cama y un plato caliente cada día, una tarde libre a la semana. Y entonces quieren traerse a todos, a esas familias tan numerosas y tan infelices a la vez, tan diferentes a las nuestras. Nosotros sabemos que los niños sólo deben crecer en casas grandes y lujosas porque, para tener hijos, Dios tiene que querer y tú tienes que poder, eso es así. Luego no vengas con lamentaciones y deseos de cosas imposibles como Fernanda, que nunca llegó a entender esto y esa es la razón por la que sucedió todo aquello.

Comenzó una mañana, mientras preparaba a las niñas para ir al colegio y le hacía las trenzas como Chusa le enseñó (de raíz, no trenzas de esas deshilachadas que parecen de indígena) y repasaba con ellas la lección. Parecía una inocente distracción planteada para pasar el rato, un juego donde se disfrazarían con mi ropa, mis joyas y mi abrigo de piel de nutria irlandesa. Las niñas aceptaron divertidas la propuesta y reían mientras hacían volar mis carísimos vestidos por el aire como si fueran cometas en la playa de Santander.

Parece ser que lo hicieron muchas veces. Parece que el juego terminó siendo un desvarío de Fernanda que, en su  papel de señora de la casa, se mostraba desquiciada y déspota, asustando a mis dos angelitos. Pobrecitas, ellas sólo querían caerle bien a la criada, que era como su hermana mayor.

Una noche, encontré a Fernanda tumbada en la cama, cubierta de sangre. Llevaba mi vestido de satén color crema y el abrigo de piel de nutria irlandesa. En sus labios mi Tom Ford Lip n.º 3 Rojo Velvet. Y toda la habitación olía a perfume, como si yo hubiera estado allí antes, como si Fernanda se hubiera adelantado para representar la escena de mi propia muerte frente a mí. Minutos después, Chusa entró en la habitación quedando totalmente paralizada. Tras mi leve gesto de muñeca, asintió y se apresuró a cubrir el cuerpo con una sábana de seda que después tuvimos que llevar a la tintorería.

Las chicas pobres nunca tienen suficiente.

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