El historietista Miguel Gallardo, uno de los nombres clave del cómic español, recordado por ser el padre del mítico «Makoki», ha muerto este lunes en Barcelona tras una batalla contra el cáncer que él mismo narró en un libro publicado en mitad de la pandemia, cuando fue ingresado de urgencia al detectarle un tumor.

Gallardo (Lleida, 1955), que ha fallecido en su casa rodeado de sus seres queridos, informa su agente literaria, Txell Torrent, no solo ha sido un pilar de las viñetas españolas por haber creado en 1977 a Makoki -junto a Juanito Mediavilla-, emblema del cómic underground español de los 80, sino que además tuvo un papel determinante en que la revista «El víbora», cónclave contracultural por antonomasia, viera la luz.

Tal y como relataba Yago Martinez en Cinemanía: «Si les suena ese nombre, es natural: aunque ahora sea víctima de un cierto olvido (pese al cual sus aventuras siguen siendo reeditadas), este macarra barcelonés con electrodos en la cabeza fue todo un fenómeno social en la España de los 80. Hasta tal punto fue así que seguramente, a poco que hayan cumplido ya unas décadas, ustedes han oído apodar ‘el Makoki’ a cualquier individuo de aspecto excéntrico o patibulario. De modo que sorprende todavía más recordar que uno de los creadores de esta bestia parda fue Miguel Gallardo, ahora cotizadísimo ilustrador y autor de obras tan sensibles como María y yo. Junto a sus compinches Juan Mediavilla y Felipe Borrallo (también ‘Von Rayo’ o ‘Bon Rallo’, dependiendo de qué ficha policial se consulte), Gallardo parió las viñetas de Makoki y su delirante pandilla de forma maravillosamente irregular hasta 1994».

Por todo ello, su agente literaria, Txell Torrent, asegura en el comunicado: «No solo despedimos a uno de los grandes dibujantes (o como decía él, «tradujante», porque traduce en imágenes lo que los demás piensan en palabras) de nuestro país sino a una de las mejores personas que he tenido el honor de conocer y con el que he compartido más de una década de proyectos, cada uno mejor que el anterior».

En los 90, Gallardo tuvo una prolífica carrera como ilustrador e historietista para la prensa nacional e internacional (La Vanguardia, The New Yorker). El reconocimiento para el gran público, más allá del lector convencional de cómic, le llegó ya superado la barrera de los cincuenta, con la publicación de «María y yo» (Astiberri, 2007), memoria gráfica en la que narra sus aventuras con María, su hija autista, y título por el que recibió el Premi Nacional de Còmic de Catalunya y convertido en un éxito de ventas en España, que se tradujo a diez idiomas.»María y yo» daría el salto al cine, en formato documental, un proyecto que recibió una nominación a los premios Goya y a un premio Gaudí.

En 2011 publicó «Un largo silencio», un título en el que contaba la historia de su padre, un soldado republicano, durante la Guerra Civil, en unos años en los que vio reconocida su trayectoria con diversos premios, entre ellos el del Salón del Cómic en 2014 (a toda la carrera) o el de la Society of Newspaper Design.

En 2013 recibió un Premio Gràffica a toda su carrera: «por ser un ilustrador con un gran nivel, pero además Gallardo no solo dibuja, cuenta historias y lo hace como solo él lo puede hacer», en palabras del jurado.

Uno de los grandes vicios de Gallardo fue siempre viajar, unas travesías cuyas experiencias trasladaba luego a unos cuadernos de viaje que le acompañaban allí por donde iba, desde México a Japón, recuerda Torrent.

Recientemente, también había puesto sus ojos en las aventuras de su perrita adoptada Cala («El gran libro de los perros», Astiberri, 2022), una novela gráfica, escrita a cuatro manos con su esposa, Karin Croo, que está a punto de publicarse.

Uno de sus últimos títulos publicados fue «Algo extraño me pasó camino de casa» (Astiberri, 2019) un documento gráfico en el que narraba sin pizca de drama todo el proceso que tuvo que vivir cuando le detectaron y extirparon un tumor cerebral en febrero de 2019, unas semanas antes del comienzo de la pandemia.

En una entrevista a Efe, apuntaba entonces que ese era un «cuaderno de un viaje que no quería haber hecho», unas páginas en las que bromeaba sobre el tumor que se cruzó en su vida y al que bautizó como «el boniato», y por el que tras serle extirpado tuvo que recibir tratamientos de quimio y radio.

Ni a pesar de la gravedad quiso jugar a ponerse místico, y bromeaba sobre las 55 grapas y la placa de titanio que le habían dejado en la cabeza, un humor terapéutico y una distancia que ha sabido mantener siempre en sus trabajos, a pesar de que el cáncer reapareciera tras los tratamientos.

En 2019, algunos de los trabajos que hizo para «El víbora» se pudieron ver en el Museo Nacional de Arte de Cataluña en una exposición que recopilaba portadas e ilustraciones suyas y de otros grandes del underground como Nazario o Max.

Él mismo quiso que su obra tuviera cabida más allá de las páginas de las revistas y los libros y donó más de doscientas obras al Museo de Arte Jaume Morera de Lleida.

Medalla de Oro de Barcelona

Hace unas semanas, recibió el Premio Trayectoria 2022 de Animac, de la Muestra Internacional de Cine de Animación de Catalunya, y el Ayuntamiento de Barcelona acababa de proponer concederle la Medalla de Oro de Barcelona al Mérito Cultural «por su contribución a la memoria gráfica de un momento crucial en la historia de Barcelona y de todo el país; por ir más allá y saber transmitir la realidad más sencilla».

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Este artículo ha sido redactado y/o validado por el equipo de redacción de Revista Rambla.

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