{"id":791,"date":"2011-03-09T09:18:52","date_gmt":"2011-03-09T08:18:52","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/el-punal-de-henry-james\/"},"modified":"2021-12-08T16:23:19","modified_gmt":"2021-12-08T15:23:19","slug":"el-punal-de-henry-james","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/el-punal-de-henry-james\/","title":{"rendered":"El pu\u00f1al de Henry James"},"content":{"rendered":"<figure id=\"attachment_19528\" aria-describedby=\"caption-attachment-19528\" style=\"width: 340px\" class=\"wp-caption alignright\"><a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/03\/james_henry.jpg\"><img decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-19528\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/03\/james_henry.jpg\" alt=\"Henry James\" width=\"340\" height=\"291\" srcset=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/03\/james_henry.jpg 340w, https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/03\/james_henry-300x257.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 340px) 100vw, 340px\" \/><\/a><figcaption id=\"caption-attachment-19528\" class=\"wp-caption-text\">Henry James.<\/figcaption><\/figure>\n<p>A primera vista nada an\u00f3malo hay en el hecho de que al reputado artista Oliver Lyon se le invite a la casa de campo de Stayes para pintar el retrato de un anciano cuya vida \u2013qui\u00e9n podr\u00eda dudarlo\u2013 pronto alcanzar\u00e1 su punto final. Quiz\u00e1 sea mera superstici\u00f3n, o un deseo excesivamente escrupuloso de atenerse a la verdad lo que explica que el respetable se\u00f1or haya dilatado toda una vida (tiene ya noventa a\u00f1os) el encargo de su \u00fanico retrato. Es ahora, cuando \u2013qui\u00e9n lo dudar\u00eda\u2013 su vida quiere apagarse como una vela cansada y la redondez del final est\u00e1 espantosamente cerca que toma forma el l\u00fagubre proyecto de hacer venir desde Londres al pintor que lo retrate; ahora, emplazado en las postrimer\u00edas y dispuesto a capitular, puede el anciano Sir Davis posar tranquilo en alguna habitaci\u00f3n de Stayes, balanceando los pies al borde de un precipicio tan pr\u00f3ximo a la \u00abtotalidad de su experiencia\u00bb que la posibilidad de distorsionar o decir una mentira se torna cosa muy remota. Y as\u00ed ocurre, pues lo cierto es que el pintor se ha tomado la molestia de abandonar su estudio londinense con la \u00fanica intenci\u00f3n de cumplir lo mejor posible con la tarea de plasmar en colores los espec\u00edficos rasgos de una figura casi completa, casi extinta. Un accidente, un imprevisto, una tonter\u00eda inesperada (ella\u2026 ocurri\u00f3 hace tanto tiempo\u2026 est\u00e1 sentada a la mesa, entre los invitados\u2026 tan hermosa\u2026 como antes\u2026 \u00abla cabeza m\u00e1s encantadora del mundo\u00bb) impone al artista un trabajo adicional, un desaf\u00edo no menos sencillo que atrapar el \u00faltimo temblor de una vida humana. Oliver Lyon pondr\u00e1 su pintura al servicio de un reto completamente personal: sacar a la luz la verdadera naturaleza nada m\u00e1s y nada menos que de un mentiroso empedernido. Una apuesta sin duda inc\u00f3moda, bochornosa, a la vez que peligrosamente vibrante y seductora. Pero dado que pocas veces ocurre que los proyectos personales se acoplen sin restos con los hechos, cuanto m\u00e1s cerca se encuentra Oliver Lyon de atrapar en los l\u00edmites de su lienzo el rostro de ese \u00abmentiroso descomunal\u00bb que no es otro que <em>su<\/em> esposo (ella era tan orgullosa, tan estricta), cuanto m\u00e1s claramente percibe que la mentira no posee un cuerpo lo suficientemente fuerte como para resist\u00edrsele, que se deja cual trivial animalito retorcer con gusto entre sus delicadas manos, tanto m\u00e1s descabellado resulta el intento de negar la evidencia de que no es el hombre enamorado que resucita su interior, sino el artista capaz de desnudar al mentiroso quien no puede evitar preguntarse si no es mentir al fin y al cabo lo que de su propio arte hace un oficio. La fascinante persecuci\u00f3n de ese rival que para todo artista aut\u00e9ntico constituye un mentiroso, la obstinada y loca idea de exponer a la vista de todos que el hombre del que <em>ella<\/em> est\u00e1 enamorada no es m\u00e1s que un vulgar impostor de sobremesa, se sosten\u00eda en realidad sobre un \u00fanico y extremadamente quebradizo hilo de sentido. Oliver Lyon no supo ahogar su deseo de poner a prueba la dignidad selecta por la que am\u00f3 o ama todav\u00eda a una mujer lo suficientemente perspicaz como para captar de un vistazo que el cuadro que yace terminado en el estudio es un aut\u00e9ntico \u00e9xito (ah\u00ed est\u00e1, acusando a voz en grito a su marido), y es por esto que la bella, la orgullosa Everina Brant no tiene m\u00e1s remedio que mentir ella tambi\u00e9n. Miente descaradamente, desvergonzadamente; le miente a \u00e9l, que la am\u00f3 por su sencilla honestidad; \u00e9l, Oliver Lyon, un pintor que pese a ser manifiestamente capaz de ejercer su arte con absoluta maestr\u00eda no puede sin embargo permitirse el lujo de esquivar las inexorables formas de la vida corriente ni perder ni hacer perder a otros la siempre obligada compostura. Tampoco Lyon podr\u00e1 evitar rendir a la mentira todos los honores. No es el artista, sino el hombre, quien nada puede hacer para silenciar la voz de ese gran farsante verborreico cuyo retrato, de haber sobrevivido, estar\u00eda destinado a llevar por justo t\u00edtulo <em>The Liar<\/em> en la colecci\u00f3n de la Academia de Londres. Pero (\u00a1oh desgracia, oh cat\u00e1strofe!) la obra maestra fue acuchillada con una daga oriental antes de que pudiese ocupar su leg\u00edtimo puesto en las paredes de museo alguno, y nadie sabe cu\u00e1n severo fue nuestro reproche contra ese par de cobardes embusteros. Nadie puede tampoco imaginarse cu\u00e1nto llegamos a indignarnos cuando aquella vieja est\u00fapida arroj\u00f3 al fuego los valios\u00edsimos papeles de Aspern por (\u00a1oh insensatez humana, oh vanidad!) una rid\u00edcula herida de obsoleto amor. Ni cu\u00e1n violentamente deseamos lanzar de un puntapi\u00e9 al otro lado del mundo a aquel estudiante aprovechado en el momento en que Caroline Spencer pis\u00f3 por primera vez Europa con (\u00a1oh injusticia, oh fatalidad!) la \u00fanica, m\u00edsera y decepcionante misi\u00f3n de entregar todo su dinero a ese burdo estudiante pelirrojo que asegura ser su primo. Henry James no duda en hacer de nuestra propia estupidez el arma arrojadiza con la que asestarnos un en\u00e9rgico golpe en el costado; casi parece sonre\u00edr mientras pisotea con sus enormes pies desnudos el hermoso castillo de arena que \u00e9l mismo ha construido ante nosotros; ni un poco tiembla su pulso cuando las palabras terribles, las irreparables palabras (\u00abLlev\u00f3 mucho tiempo\u2026 hab\u00eda tantos\u2026\u00bb) se escapan con su consentimiento de la necia boca de la sobrina de Miss Bordereau, esa anciana de mirada extraordinaria, aquel fantasma, una reliquia, la \u00abdivina Juliana\u00bb de los poemas de Aspern. S\u00ed, casi lo vemos fruncir los p\u00e1rpados mientras piensa, desgarrando un poco la s\u00e1bana de su pulcra claridad, mostrando el agudo filo de su escr\u00fapulo, \u00ab\u00a1Ah, vosotros! Cre\u00edsteis que era algo, cre\u00edsteis que era hermoso, pero nada era, un grano de arena, unas pocas horas muertas en L\u2019Havre, un mont\u00f3n de ceniza, nada, nada en absoluto\u2026\u00bb, y los labios parecen tensarse en una amarga risa sard\u00f3nica.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A primera vista nada an\u00f3malo hay en el hecho de que al reputado artista Oliver Lyon se le invite a la casa de campo de Stayes para pintar el retrato de un anciano cuya vida \u2013qui\u00e9n podr\u00eda dudarlo\u2013 pronto alcanzar\u00e1 su punto final. 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