{"id":735,"date":"2011-01-24T10:38:00","date_gmt":"2011-01-24T09:38:00","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/la-vida-y-el-arte\/"},"modified":"2023-12-29T13:45:04","modified_gmt":"2023-12-29T12:45:04","slug":"la-vida-y-el-arte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/la-vida-y-el-arte\/","title":{"rendered":"La vida y el arte (Wang-F\u00f4)"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/01\/dibujo2(1).jpg\"><img decoding=\"async\" class=\"aligncenter wp-image-734 size-full\" style=\"width: 550px; height: 198px;\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/01\/dibujo2(1).jpg\" alt=\"Marguerite Yourcenar nos habla de ciertos granjeros inquietos que buscan a Wang-F\u00f4\" width=\"550\" height=\"198\" srcset=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/01\/dibujo2(1).jpg 550w, https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/01\/dibujo2(1)-300x108.jpg 300w, https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/01\/dibujo2(1)-500x180.jpg 500w\" sizes=\"(max-width: 550px) 100vw, 550px\" \/><\/a><\/p>\n<p>En uno de sus \u00abcuentos orientales\u00bb (<em>C\u00f3mo se salv\u00f3 Wang-F\u00f4<\/em>) <a href=\"https:\/\/www.biografiasyvidas.com\/biografia\/y\/yourcenar.htm\">Marguerite Yourcenar<\/a> nos habla de ciertos granjeros inquietos que buscan a Wang-F\u00f4 persuadidos de que el perro guardi\u00e1n que \u00e9l pintase para ellos mantendr\u00eda sus casas a salvo de ladrones. Las gentes visitan al artista, pobre y anciano, peregrino sin morada, quiz\u00e1 porque sus pinturas no s\u00f3lo poseen el poder de actuar sobre la vida, sino que vida es lo que ellas mismas tienen. A primera vista, los perros pintados proteger\u00e1n la casa tal y como la protege un perro guardi\u00e1n cualquiera. O tal vez mejor, y por eso los granjeros suplican a Wang-F\u00f4 una pintura suya.<\/p>\n<p>Es a ra\u00edz de la distancia del arte \u2013distancia que permiter <em>ver<\/em> qu\u00e9 bello es el verde en el rostro de una mujer ahorcada, o c\u00f3mo son las luces y colores que reflejan los uniformes de esos soldados que van a apresarnos\u2013, que el Emperador de Han hace arrestar a Wang-F\u00f4 por lo que ha hecho. \u00abMe has mentido\u00bb, le dir\u00e1, sin ocultar que en esa mentira le va la vida, \u00abpues\u00bb \u2013parece hablar como si de su primera verdad se tratase\u2013 \u00abrecorr\u00ed las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luci\u00e9rnagas, aquellas mujeres que t\u00fa pintabas y cuyo cuerpo es como un jard\u00edn. Los guijarros de las orillas me asquearon de los oc\u00e9anos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los par\u00e1sitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicer\u00edas, y la risa soez de mis soldados me da n\u00e1useas. Me has mentido, Wang-F\u00f4, viejo impostor: el mundo no es m\u00e1s que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vac\u00edo por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras l\u00e1grimas. El reino de Han no es el m\u00e1s hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El \u00fanico imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde t\u00fa penetras, viejo Wang-F\u00f4, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. S\u00f3lo t\u00fa reinas en paz sobre unas monta\u00f1as cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan\u00bb.<\/p>\n<p>Abocado a la disyuntiva de pintar o perder sus ojos (\u00ablas dos puertas m\u00e1gicas que abren tu reino\u00bb) y sus manos (\u00ablos dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al coraz\u00f3n de tu imperio\u00bb), Wang-F\u00f4 retoma por la fuerza el esbozo inacabado de una obra ya olvidada, y es a trav\u00e9s de la descripci\u00f3n del trabajo del artista, a trav\u00e9s del hundimiento completo en ese mar azul que se define separ\u00e1ndose del cielo, que la vida \u2013se ba\u00f1an las columnas del palacio, flota la cabeza del Emperador\u2013 es inundada por el arte. As\u00ed es como Wang-F\u00f4, cuyas pinturas protegen casas, cuyos ojos ven un mundo en el que cada cosa es bella, se salva finalmente sumergi\u00e9ndose, perdi\u00e9ndose en su obra.<\/p>\n<p>El Emperador de Han, figura de quien habiendo abandonado la solitaria habitaci\u00f3n del arte no puede soportar la realidad del mundo, tiene como espejo y contrafigura a Ling, aprendiz y disc\u00edpulo de Wang-F\u00f4. Ling ha recorrido el mismo camino que el Emperador, s\u00f3lo que en direcci\u00f3n contrapuesta. Antes del encuentro con el viejo pintor, Ling estaba bien instalado, pose\u00eda casa, mujer y una cierta riqueza, si bien padec\u00eda de un miedo hacia algunas cosas del mundo no infrecuente entre las gentes acomodadas. El contacto con el pintor desinstala gradualmente a Ling, que no s\u00f3lo pierde su miedo al mundo a trav\u00e9s de la fascinante mirada del artista errante, sino que tambi\u00e9n pierde su antigua implicaci\u00f3n en \u00e9l. Sobre esta grieta entre el arte y la vida se desliza el camino que Ling y el Emperador recorren en direcciones contrapuestas.<\/p>\n<p>La mujer de Ling muere porque su marido ha acabado prefiriendo su imagen en los cuadros de Wang-F\u00f4 a la presencia de ella misma. Este hecho, atroz en la vida, es sin embargo ocasi\u00f3n para el arte: Ling no llega a verter l\u00e1grimas por ella, el trabajo de mezclar los colores es demasiado absorbente. Ling, arraigado, ubicado antes en unas estables aunque deficientes relaciones con el mundo, acompa\u00f1a ahora al artista solitario en su eterno peregrinaje. Por su parte, el Emperador comenz\u00f3 a vivir en el interior de un espacio adonde la vida s\u00f3lo acced\u00eda a trav\u00e9s del arte; en su caso, la crueldad que tanto le hace sufrir no es sino la crueldad inseparable de toda vida humana, la inevitable decepci\u00f3n que sigue al descubrimiento de que los par\u00e1sitos perturban la visi\u00f3n de la belleza de los pueblos, o al detectar c\u00f3mo las mujeres vivas palidecen comparadas con sus representaciones. El Emperador de Han es la ficci\u00f3n de un ser humano que, habiendo conocido el mundo s\u00f3lo a trav\u00e9s del espejo del arte, no puede resistir no ya sus fealdades, sino sus crudas realidades. Su ficci\u00f3n es puesta contra la direcci\u00f3n no ficticia del trayecto de Ling, quien, emplazado en el mundo desde siempre, aprende a verlo a trav\u00e9s de la mirada desprendida del artista, venciendo as\u00ed sus miedos, perdiendo a cambio su capacidad de derramar l\u00e1grimas por la p\u00e9rdida del ser amado, pues lo atroz en la vida no deja de ser bello en los colores del arte.<\/p>\n<p>La soledad del Emperador tiene algo de la debilidad del anacoreta, de ah\u00ed su incapacidad para estar en el mundo encontrando, pese a todo, la belleza. Y si la contrafigura del Emperador es Ling es porque con Ling se trata ante todo de Wang-F\u00f4, ese a quien todo interesa y asombra, las chozas de los granjeros y las sucias tabernas del muelle, la forma de un arbusto tanto como el andar vacilante de una hormiga. El artista no es el anacoreta incapaz de estar en el mundo, sino precisamente alguien para quien el silencio es una pared y las palabras colores destinados a cubrirla; alguien que encuentra atractivas \u00ablas manchas de vino esparcidas por los manteles como p\u00e9talos marchitos\u00bb, alguien capaz de ver un arbusto cualquiera viendo a la vez \u00abuna mujer joven que dejara secar sus cabellos\u00bb; un sabio o un brujo, solitario y desprendido, aunque de un modo diametralmente opuesto a la soledad anacor\u00e9tica del Emperador de Han, pues Wang-F\u00f4 no s\u00f3lo no condena las realidades del mundo, sino que mantiene imperturbable la serenidad de su mirada, incluso en los momentos m\u00e1s dif\u00edciles, a fin de no perder ocasi\u00f3n de apreciar la belleza que, tambi\u00e9n en lo doloroso, tambi\u00e9n en la sangre de Ling vertida sobre el suelo del palacio, puede llegar a verse.<\/p>\n<p>Dos cualidades atribuye Yourcenar al quehacer del Wang-F\u00f4. Por un lado, el pintor distorsiona la realidad, pues busca a un muchacho para pintar un hada, y a una mujer para pintar un pr\u00edncipe. A la vez, y quiz\u00e1 por esto, Wang-F\u00f4 pinta con una evidencia que sobrepasa la de los objetos mismos. Podr\u00edamos llamar \u00abm\u00edmesis\u00bbal quehacer de Wang-F\u00f4, recordando que tambi\u00e9n los perros del palacio de Alc\u00ednoo son estatuas de oro y de plata que, sin vejez y sin muerte, guardan el umbral del asombroso palacio.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En uno de sus \u00abcuentos orientales\u00bb (C\u00f3mo se salv\u00f3 Wang-F\u00f4) Marguerite Yourcenar nos habla de ciertos granjeros inquietos que buscan a Wang-F\u00f4 persuadidos de que el perro guardi\u00e1n que \u00e9l pintase para ellos mantendr\u00eda sus casas a salvo de ladrones. 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