{"id":66673,"date":"2025-09-21T19:36:02","date_gmt":"2025-09-21T17:36:02","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/?p=66673"},"modified":"2025-09-25T19:12:03","modified_gmt":"2025-09-25T17:12:03","slug":"cuando-la-kgb-quiso-asesinar-a-john-wayne","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/cuando-la-kgb-quiso-asesinar-a-john-wayne\/","title":{"rendered":"Cuando la KGB quiso asesinar a John Wayne"},"content":{"rendered":"<p>En los pasillos tenuemente iluminados de los Estudios Warner Bros., en el coraz\u00f3n de un Hollywood a\u00fan marcado por las cicatrices de la posguerra, dos hombres de aspecto impecable irrumpieron en un despacho vac\u00edo el 12 de abril de 1951. Vestidos con trajes oscuros y credenciales falsificadas del FBI, fing\u00edan ser inspectores federales en una rutina de verificaci\u00f3n de seguridad. Su verdadero prop\u00f3sito, seg\u00fan las fuentes que han perpetuado esta an\u00e9cdota como un cap\u00edtulo oscuro de la Guerra Fr\u00eda, era algo mucho m\u00e1s siniestro: asesinar a John Wayne, el coloso del celuloide que encarnaba el esp\u00edritu ind\u00f3mito del Oeste americano y, para muchos, la encarnaci\u00f3n misma del anticomunismo. Aunque no existe documento oficial que acredite esta orden \u2014el velo de secreto que cubre las operaciones de la KGB en esa era lo impide\u2014, m\u00faltiples testimonios biogr\u00e1ficos convergen en un relato escalofriante: Joseph Stalin, el arquitecto de la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica, hab\u00eda decretado la muerte del actor por considerarlo una amenaza ideol\u00f3gica.<\/p>\n<p>John Wayne, nacido Marion Robert Morrison en 1907 en Winterset, Iowa, era en 1951 el ep\u00edtome del h\u00e9roe cinematogr\u00e1fico estadounidense. Con una estatura de 1,93 metros y una voz que resonaba como un trueno en las salas de proyecci\u00f3n, Wayne hab\u00eda transitado de secundario en comedias de bajo presupuesto a protagonista indiscutible del g\u00e9nero western. Su breakthrough lleg\u00f3 con <em>Stagecoach<\/em> (1939), dirigida por John Ford, donde encarn\u00f3 a un forajido redimido que simbolizaba la resiliencia frontier. Pero fue en la d\u00e9cada de 1940, con filmes b\u00e9licos como <em>Sands of Iwo Jima<\/em> (1949) \u2014por el que recibi\u00f3 su primera nominaci\u00f3n al Oscar\u2014 donde Wayne se erigi\u00f3 como baluarte ideol\u00f3gico contra el comunismo sovi\u00e9tico. En la pantalla, sus personajes \u2014marines estoicos, cowboys justicieros\u2014 proyectaban una visi\u00f3n maniquea del mundo: el bien individualista triunfando sobre la opresi\u00f3n colectiva. Fuera de ella, Wayne no era menos vehemente. Miembro fundador de la Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals en 1944, una organizaci\u00f3n anticomunista, denunciaba p\u00fablicamente la infiltraci\u00f3n sovi\u00e9tica en los sindicatos de Hollywood. \u00abEl comunismo es como un c\u00e1ncer\u00bb, declar\u00f3 en una entrevista de 1950 a <em>Variety<\/em>, palabras que, seg\u00fan las fuentes, llegaron a o\u00eddos de Stalin a trav\u00e9s de esp\u00edas en la Costa Oeste.<\/p>\n<p>El contexto de esta supuesta orden asesina no puede desligarse de la tormenta que azotaba la industria cinematogr\u00e1fica estadounidense. La Guerra Fr\u00eda, inaugurada formalmente con el Tel\u00f3n de Acero de Churchill en 1946, hab\u00eda permeado los estudios de cine como una niebla t\u00f3xica. El Comit\u00e9 de Actividades Antiamericanas (HUAC), presidido por el senador Joseph McCarthy desde 1950, inici\u00f3 una cacer\u00eda de brujas que result\u00f3 en la lista negra de Hollywood: m\u00e1s de 300 artistas, escritores y directores \u2014entre ellos Dalton Trumbo y los \u00abDiez de Hollywood\u00bb\u2014 fueron vetados por presuntos lazos comunistas. Wayne, faro de la derecha conservadora, no solo apoyaba esta purga; la encarnaba. Colaboraba con el FBI, informando sobre colegas sospechosos, y su productora Batjac Productions priorizaba guiones que exaltaban el patriotismo. Pel\u00edculas como <em>The Fighting Seabees<\/em> (1944) o <em>Back to Bataan<\/em> (1945) no eran meras entretenimientos; eran propaganda b\u00e9lica que retrataba a los sovi\u00e9ticos \u2014aunque no expl\u00edcitamente\u2014 como el enemigo invisible. Stalin, que devoraba filmes hollywoodenses en su dacha de Kuntsevo, vio en Wayne no solo a un actor, sino a un agitador cultural cuya influencia global \u2014sus pel\u00edculas se proyectaban en m\u00e1s de 50 pa\u00edses\u2014 socavaba la narrativa sovi\u00e9tica de la superioridad proletaria.<\/p>\n<p>La g\u00e9nesis de la orden, seg\u00fan las fuentes primarias, se remonta a 1949. Sergei Gerasimov, cineasta sovi\u00e9tico y director de la Escuela Superior de Cine VGIK, asisti\u00f3 a un congreso de la paz en Nueva York. All\u00ed, impresionado por la estatura cultural de Wayne, relat\u00f3 a Stalin las declaraciones anticomunistas del actor. \u00abWayne es el rostro del imperialismo yanqui\u00bb, habr\u00eda dicho Stalin, seg\u00fan las memorias de Gerasimov publicadas p\u00f3stumamente en 1970. Gerasimov, un leal estalinista que firm\u00f3 la petici\u00f3n para ejecutar a \u00abtraidores\u00bb durante las purgas de 1937, no solo confirm\u00f3 la an\u00e9cdota en conversaciones privadas con colegas como Sergei Bondarchuk, sino que, al parecer, se arrepinti\u00f3 en silencio de su indiscreci\u00f3n. Otro testimonio clave proviene de las memorias del actor sovi\u00e9tico Mikhail Gluzsky, <em>Mi vida en el cine<\/em> (1985), donde relata una cena en Mosc\u00fa en 1950: \u00abStalin, con su pipa humeante, murmur\u00f3 que el &#8216;cowboy americano&#8217; merec\u00eda una bala por envenenar a las masas con mentiras burguesas\u00bb. Gluzsky, veterano de la Gran Guerra Patria y estrella de <em>Ballad of a Soldier<\/em>\u00a0(1959), presenta esto como un arrebato et\u00edlico, pero lo corrobora con detalles sobre la asignaci\u00f3n de agentes de la NKVD (predecesora de la KGB) al \u00abproblema Wayne\u00bb.<\/p>\n<p>La biograf\u00eda m\u00e1s exhaustiva y popular sobre el tema, <em>John Wayne: The Man Behind the Myth<\/em>\u00a0(2003) de Michael Munn, un historiador del cine brit\u00e1nico que entrevist\u00f3 a m\u00e1s de 150 colaboradores de Wayne, teje estos hilos en un tapiz coherente. Munn, bas\u00e1ndose en relatos de Orson Welles \u2014quien oy\u00f3 la historia de Bondarchuk en un festival de Cannes en 1957\u2014 detalla la orden como un decreto verbal emitido en una reuni\u00f3n del Politbur\u00f3 en enero de 1951. Stalin, aquejado ya por su paranoia final (morir\u00eda dos a\u00f1os despu\u00e9s de un derrame), vio en Wayne un s\u00edmbolo a eliminar, similar a c\u00f3mo orden\u00f3 la muerte de Trotsky en 1940. La KGB, bajo el mando de Viktor Abakumov hasta su purga en 1951, seleccion\u00f3 a dos agentes: Ilya Grad y Boris Bekhyadov, veteranos de operaciones en M\u00e9xico y Espa\u00f1a. Disfrazados como agentes del FBI \u2014aprovechando la histeria maccarthista que hac\u00eda cre\u00edbles tales visitas\u2014, ingresaron a los estudios Warner Bros. bajo el pretexto de una auditor\u00eda de seguridad. Su objetivo: inyectar una dosis letal de ricina en la agenda de Wayne o, fallido eso, estrangularlo en su despacho. Pero el plan se desmoron\u00f3 antes de consumarse.<\/p>\n<p>El 12 de abril, mientras Wayne rodaba escenas de <em>Operation Pacific<\/em>\u00a0en un submarino de utiler\u00eda, los \u00abagentes\u00bb fueron interceptados por el jefe de seguridad de Warner, un exmarine llamado Harry \u00abSnap\u00bb Thompson. Thompson, alertado por un soplo an\u00f3nimo \u2014posiblemente de un desertor sovi\u00e9tico\u2014, not\u00f3 inconsistencias en sus credenciales: los distintivos del FBI eran r\u00e9plicas burdas, impresas en papel sovi\u00e9tico. Una requisa revel\u00f3 pistolas Makarov ocultas en fundas diplom\u00e1ticas y viales de veneno. Los esp\u00edas fueron detenidos sin resistencia y entregados al FBI real, que los interrog\u00f3 en una oficina federal en Los \u00c1ngeles. Seg\u00fan Munn, Wayne, informado por su amigo el guionista James Edward Grant, insisti\u00f3 en no procesarlos p\u00fablicamente para evitar un esc\u00e1ndalo que beneficiara a la propaganda sovi\u00e9tica. En cambio, optaron por una \u00ablecci\u00f3n privada\u00bb: Wayne y Grant, armados con rev\u00f3lveres de atrezo, los llevaron a una playa desierta en Malib\u00fa, simularon una ejecuci\u00f3n sumaria y les ofrecieron asilo a cambio de colaboraci\u00f3n. Grad y Bekhyadov, aterrorizados, aceptaron: se convirtieron en informantes dobles, filtrando datos sobre c\u00e9lulas comunistas en Hollywood hasta su deportaci\u00f3n en 1953.<\/p>\n<p>Esta no fue la \u00fanica tentativa. Fuentes como las memorias de Gerasimov aluden a un segundo complot en 1953, durante el rodaje de <em>Hondo<\/em>\u00a0en M\u00e9xico, donde un grupo de saboteadores \u2014posiblemente ligados al Partido Comunista Mexicano\u2014 intent\u00f3 envenenar el agua del set. Wayne, advertido por el FBI y por Gerasimov a trav\u00e9s de canales diplom\u00e1ticos, contrat\u00f3 guardaespaldas adicionales: su amigo Yakima Canutt, legendario especialista en acrobacias, lider\u00f3 redadas en reuniones comunistas locales, culminando en una trifulca donde Canutt desarm\u00f3 a tres atacantes. La cancelaci\u00f3n oficial lleg\u00f3 con la muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953. Nikita Jrushchov, en una reuni\u00f3n privada con Wayne durante una visita a EE.UU. en 1958, confes\u00f3: \u00abFue una locura de los \u00faltimos a\u00f1os de Stalin; yo la anul\u00e9 de inmediato\u00bb. Jrushchov, pragm\u00e1tico reformador, admiraba las pel\u00edculas de Wayne y buscaba distender relaciones culturales.<\/p>\n<p>Sin embargo, la credibilidad de esta narrativa no est\u00e1 exenta de sombras. Cr\u00edticos como el historiador Ronald Radosh, en <em>Red Star Over Hollywood<\/em>\u00a0(2005), cuestionan la ausencia de documentos desclasificados en los archivos de la KGB abiertos tras 1991. El expediente del FBI sobre Wayne, liberado en 2010 bajo la FOIA, menciona vigilancia por sus lazos anticomunistas pero nada sobre complots estalinistas. Gluzsky, en sus memorias, admite que su an\u00e9cdota se basa en \u00abrumores de pasillo\u00bb en el Mosfilm, y Gerasimov, acusado de oportunismo post-estalinista, podr\u00eda haber exagerado para redimirse. Munn, por su parte, depende de cadenas orales: Welles, maestro de la fabulaci\u00f3n, relat\u00f3 la historia en una cena de 1983, pero sin grabaciones. Algunos ven en el relato un constructo hollywoodense, un \u00ab<a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/centauros-del-desierto-la-verdad-esta-en-el-western\/\">western<\/a> de esp\u00edas\u00bb que exagera la paranoia maccarthista para glorificar a Wayne. No obstante, la convergencia de testimonios \u2014de ambos lados del Tel\u00f3n de Acero\u2014 sugiere al menos un n\u00facleo de verdad. Como apunta el bi\u00f3grafo Scott Eyman en <em>John Wayne: The Life and Legend<\/em>\u00a0(2014), \u00aben la era de los venenos y los cuchillos, lo improbable se vuelve plausible\u00bb.<\/p>\n<p>El impacto en la historia del cine trasciende el mero sensacionalismo. Esta supuesta conspiraci\u00f3n ilustra c\u00f3mo el celuloide se convirti\u00f3 en arma ideol\u00f3gica durante la Guerra Fr\u00eda. Wayne, que protagoniz\u00f3 142 filmes, encarn\u00f3 el \u00abexcepcionalismo americano\u00bb en obras maestras como <em>The Searchers<\/em> (1956), donde su personaje racista pero redentor refleja las tensiones \u00e9tnicas y pol\u00edticas de la \u00e9poca. Su anticomunismo impuls\u00f3 una ola de westerns revisionistas \u2014<em>Rio Bravo<\/em> (1959), <em>The Alamo<\/em>\u00a0(1960, que \u00e9l dirigi\u00f3 y produjo)\u2014 que contrapusieron la libertad individual al colectivismo sovi\u00e9tico. Hollywood, traumatizado por la lista negra, se autocensur\u00f3: estudios como Warner Bros. evitaron guiones \u00abrojos\u00bb y priorizaron \u00e9picas patri\u00f3ticas. La an\u00e9cdota de los esp\u00edas en el despacho simboliza esta bifurcaci\u00f3n: el cine como campo de batalla, donde un actor no era solo estrella, sino objetivo geopol\u00edtico.<\/p>\n<p>D\u00e9cadas despu\u00e9s, el legado persiste. En 2003, el estreno del libro de Munn revivi\u00f3 el mito, inspirando documentales como <em>John Wayne: American<\/em> (2018) de PBS, que entrevistan a nietos de Canutt y archivan cartas de Wayne al FBI. Hoy, en un mundo de fake news y guerras h\u00edbridas, esta historia recuerda c\u00f3mo el cine moldea percepciones globales. Stalin, el censor supremo que prohibi\u00f3 <em>Ivan the Terrible<\/em> de Eisenstein por \u00abdesviacionismo\u00bb, tem\u00eda al \u00abDuque\u00bb porque entend\u00eda su poder: no el de un rifle en la pantalla, sino el de una idea que trasciende fronteras. Wayne muri\u00f3 en 1979 de c\u00e1ncer, pero su sombra \u2014y la de Stalin\u2014 a\u00fan acecha en los archivos amarillentos de la historia f\u00edlmica.<\/p>\n<p>En \u00faltima instancia, documentado o no, este episodio encapsula la dial\u00e9ctica de la Guerra Fr\u00eda: Hollywood como fortaleza asediada, Wayne como centinela eterno. Como \u00e9l mismo dijo en <em>The Sands of Iwo Jima<\/em>: \u00abLa vida es dura, pero el cemento es m\u00e1s duro\u00bb. En 1951, el cemento de casi lo aplasta; sin embargo, el Duque cabalg\u00f3 de nuevo.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En los pasillos tenuemente iluminados de los Estudios Warner Bros., en el coraz\u00f3n de un Hollywood a\u00fan marcado por las cicatrices de la posguerra, dos hombres de aspecto impecable irrumpieron en un despacho vac\u00edo el 12 de abril de 1951. 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