{"id":60786,"date":"2024-06-06T12:22:57","date_gmt":"2024-06-06T10:22:57","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/?p=60786"},"modified":"2024-06-06T12:22:57","modified_gmt":"2024-06-06T10:22:57","slug":"caperucita-en-un-bar-de-carretera","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/caperucita-en-un-bar-de-carretera\/","title":{"rendered":"Caperucita en un bar de carretera"},"content":{"rendered":"<p>Tendr\u00e1 unos diecinueve o veinte a\u00f1os; con los ojos grandes como de anime japon\u00e9s y las mejillas arreboladas por el fr\u00edo, llenas de pecas, parece que tenga alg\u00fan a\u00f1o menos. Es menuda. Lleva una sudadera del Liverpool abrochada que le marca la barriga de embarazada. Le da una calada al cigarrillo y lo tira lejos, a medio fumar. Agarra la puerta de vidrio esmerilado con barrotes de aluminio, echa el humo por la comisura y se cuela dentro.<\/p>\n<p>El bar es un tugurio con forma de ele, mal ventilado, no muy grande, con cortinas de ganchillo que cubren la mitad inferior de las ventanas. Se llama La Picaraza, aunque todo el mundo le dice La Cr\u00edsler por el concesionario que hubo al otro lado de la carretera, justo enfrente, que luego fue un club y despu\u00e9s una pizzer\u00eda, antes de ser abandonado y convertirse en el para\u00edso de los yonquis.<\/p>\n<p>La chica se quita la capucha y se desabrocha la sudadera al llegar a la barra.<\/p>\n<p>\u2014Ilona. \u2014Un camarero de unos sesenta y pico, sin afeitar, con un ojo inyectado en sangre y gafitas met\u00e1licas, la saluda con la cabeza y sigue secando una jarra con un trapo\u2014. \u00bfBotell\u00edn?<\/p>\n<p>Ella asiente y se aparta el flequillo de la cara. A pesar de la humedad de la niebla, no lleva mucha ropa: un top ce\u00f1ido sin tirantes, con el ombligo al aire (sobre el ombligo, el tatuaje de una rosa de los vientos), unos\u00a0shorts\u00a0desflecados y unos botines militares sucios de barro. Coge el botell\u00edn y echa un trago. Se ve bebiendo en el espejo ahumado de enfrente, sucio de polvo, entre botellas de colores y botes de pepinillos, bolsas de cortezas, latas de berberechos, una ristra de cupones pegada con celo y un reloj promocional de vino con quina para ni\u00f1os (\u00abEs medicina y es golosina, quina Santa Catalina\u00bb) que va con treinta a\u00f1os de retraso. No le gusta lo que ve y se da la vuelta; se apoya en la barra y pasea la mirada por las tripas del bar, el corcho con las esquelas, la m\u00e1quina de tabaco, con una hoja de\u00a0No funciona\u00a0escrita a boli, el fluorescente que pedorrea, se apaga y vuelve a encenderse. Delante de la tragaperras (Trip to Paradise, puede leerse en grandes caracteres sobre un cofre pirata) acaba de sentarse una cuarentona con permanente, rubia de bote, con una lomera de vaca almizclera y blusa estampada con floripondios, que echa una moneda, la pierde y echa otra. Vuelca el monedero en una mano, coge lo suelto, devuelve dentro el bl\u00edster de las pastillas y echa otra moneda. \u00abAmor a primera vista\u00bb, se dice Ilona, bebiendo un trago. Junto a la m\u00e1quina, dos ni\u00f1as vestidas con el uniforme del colegio, gordas como luchadoras de sumo enanas, juegan con gesto vacuno al m\u00f3vil de su madre, que echa una moneda, y otra, y otra.<\/p>\n<p>Entran y salen el cartero, el barrendero, guardiaciviles, pintores de brocha gorda que empujan el bocadillo de tortilla de patatas con una ca\u00f1a o un tubo, cuatro moros alrededor de una mesa que dan vueltas al caf\u00e9 y no dicen ni Mahoma. Un anciano sentado entre cajas de Coca-Cola mira por la ventana, con la cabeza apoyada en la mano; parpadea somnoliento, da la impresi\u00f3n de que vaya a dormirse, pero se suena con un pa\u00f1uelo de tela, se limpia los ojos llorosos, se encaja la gorra de PortAventura hasta las orejas y sigue mirando, como esperando a que alguien de su familia descubra que se han dejado al abuelo en la gasolinera y vuelva para buscarle. Por el momento no asoma nadie.<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Remi! Otro \u2014pide, dejando el botell\u00edn en la barra.<\/p>\n<p>Ilona tiene la voz \u00e1spera y los ojos saltones, de un azul verdemar intenso. Puede que sea rusa o polaca, qui\u00e9n sabe si finlandesa. Nadie se lo ha preguntado hasta ahora. Lleva el pelo rapado por un lado de la cabeza, los p\u00e1rpados pintados con raya gruesa, a lo Amy Winehouse, y un\u00a0piercing\u00a0en el tabique. Antes de coger la cerveza se remanga. Est\u00e1 acostumbrada al fr\u00edo, a los agujeros en los calcetines empapados en un charco y a pasear por los arcenes a la luz de los faros, a las manos que se le pegan como el velcro y le estrujan las tetas y las lenguas gordas, gordas, blandas como babosas, que saben a cerveza o a porro o, puaj, a cigarrillo electr\u00f3nico. Responde a una broma de Remigio sonriendo, sac\u00e1ndole el dedo de la mano con la que bebe, y \u00e9l se rasca el cogote y suelta una risotada sincera y basta.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfEso es lo que te ense\u00f1aron las monjas? \u2014pregunta, camino de la cafetera.<\/p>\n<p>\u2014T\u00fa no saber qu\u00e9 monja ense\u00f1ar m\u00ed.<\/p>\n<p>\u2014Qu\u00e9 monja ni qu\u00e9 monja. \u2014Y santigu\u00e1ndose, a\u00f1ade con guasa\u2014: Cagonlaba, \u00bfno ser\u00eda la sor\u2026 domuda? \u00a1Jo, jo, jo!<\/p>\n<p>Se oye a alguien hablando por tel\u00e9fono a la manera mec\u00e1nica de una m\u00e1quina expendedora: su tabac\u2026 jjjj, graciasss. \u00abS\u00ed, no. Mire, no le voy a enga\u00f1ar. Un poco. Le voy a ser sincero\u2026 No, por supuesto que no\u00bb. Sobre la barra, una mosca de brillo met\u00e1lico, color piperm\u00edn, se pasea dando bandazos como un jubilado en un bufet libre de Benidorm, chupando aqu\u00ed y deteni\u00e9ndose all\u00e1, entre servilletas arrugadas y tazas marcadas con pintalabios, migas, trozos de patatas fritas, cercos m\u00e1s o menos secos de caf\u00e9, pegajosos de az\u00facar. Ilona la ve acercarse, hasta que una voz que reconocer\u00eda entre un millar la saca de su ensimismamiento. En la tele, Billie Holiday, la gran Lady Day, abre su pecho rebelde al fr\u00edo bistur\u00ed del micr\u00f3fono; con la voz rasposa por la ginebra y el vodka, se confiesa culpable de haber vivido. Le canta al amor como solo ella lo entend\u00eda, rom\u00e1ntico al principio, enseguida violento, pero amor al fin y al cabo:<\/p>\n<p><em>Love for sale,<\/em><\/p>\n<p><em>appetizing young love for sale.<\/em><\/p>\n<p><em>Love that\u2019s fresh and still unspoiled.<\/em><\/p>\n<p><em>Love that\u2019s only slightly soiled.<\/em><\/p>\n<p>Al hilo de la melod\u00eda aparece un fulano con cara de Jean-Paul Sartre camuflado tras unas gafas grandes no, talla m\u00e1scara de buceo, de carey, con cristales de un dedo de grueso y cordones de oro en las patillas. Un cartelito nos revela su identidad (Argimiro Rengifo) y da cuenta de su obra y milagros: doctor en Ciencias de la <a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/cultura\/musica\/\">M\u00fasica<\/a> y coordinador del\u00a0Diccionario de la m\u00fasica negro-folcl\u00f3rica de los EE.UU. del Sur\u00a0(M\u00f3stoles, Fundaci\u00f3n Gran Festival de la OTI, 1996-98). El Dr. Rengifo es uno de esos espec\u00edmenes tan habituales en los claustros universitarios de catedr\u00e1tico enamorado de s\u00ed mismo. Se saca la pipa de la boca, que le colgaba como un besugo al microondas, y comienza a impartir una clase magistral sobre Billie Holiday, centr\u00e1ndose no tanto en la manera tan cautivadora que ten\u00eda de cantar (con aquella voz suya, ronroneante y l\u00e1nguida, que cambiaba la melod\u00eda a su antojo, d\u00e1ndole la vuelta como a un calcet\u00edn), como en las miserias a las que tuvo que hacer frente para salir adelante. Desmenuza los entresijos de la biograf\u00eda con el oficio de un matarife; por aqu\u00ed el solomillo, cuando se crio en la calle y los correccionales cat\u00f3licos de Filadelfia, por all\u00e1 las v\u00edsceras y la paletilla, cuando hac\u00eda las camas y fregaba los retretes en el burdel donde trabajaba su madre, y, con diez a\u00f1os, un vecino de cuarenta la viol\u00f3 la v\u00edspera de Navidad. El Dr. Rengifo se pasa la lengua por los labios. Lo que antes era un ciervo, pongamos por caso, con una cornamenta exuberante, un animal orgulloso, de paso tranquilo, que se detiene en el claro del bosque y lanza al aire su poderoso berrido, es ahora una cabeza con ojos de vidrio colgada al lado del cuco, un pellejo que se convertir\u00e1 en una alfombra o un felpudo, y las pezu\u00f1as en el original perchero de una barber\u00eda; el costillar, el coraz\u00f3n y el lomo, que un Argimiro cualquiera va pesando en la balanza con las manos manchadas de sangre: a tanto la posesi\u00f3n de drogas y los meses de c\u00e1rcel, a tanto el cuarto y mitad de jarrete y la muerte por cirrosis a los cuarenta y pocos, enganchada, sin un pavo, y con un polic\u00eda custodiando el cuarto.\u00a0Farewell, Lady. See you, far away. Despidi\u00e9ndose a capela sin otra compa\u00f1\u00eda que la de Mister, su b\u00f3xer. Su insobornable amigo.<\/p>\n<p>Tampoco la vida de Ilona ha sido f\u00e1cil. Su madre emigr\u00f3 a Italia en busca de trabajo cuando ella ten\u00eda tres a\u00f1os, con la promesa de que mandar\u00eda a buscarla en cuanto se estableciera; promesa que, de plan cierto, pr\u00e1cticamente inmediato, fue volvi\u00e9ndose m\u00e1s difuso a medida que se trasladaba de Bari a Foggia y de aqu\u00ed a Frosinone, y las llamadas se iban espaciando. Su abuelo era un simple pastor de los montes d\u00e1lmatas. Por Pascua de Resurrecci\u00f3n baj\u00f3 a Dubrovnik, donde la dej\u00f3 a cargo de una t\u00eda solterona, prima de su madre, que trabajaba en una librer\u00eda de viejo. Ilona no ha conocido a m\u00e1s madre que la t\u00eda Maggie, nerviosa, delgada como un huso, con el pelo rizado lleno de horquillas con forma de urraca. Vest\u00eda caftanes vaporosos que compraba en los mercadillos al aire libre (y que, indefectiblemente, le ven\u00edan grandes) y pon\u00eda un disco de jazz tras otro. A veces, al caer la tarde, si hab\u00eda barrido el suelo de madera crujiente y pasado el plumero por los estantes, si las cuentas cuadraban y los libros estaban en orden, si fuera llov\u00eda o aullaba la tramontana y dentro abrigaba la estufa, la t\u00eda Maggie, quit\u00e1ndose las sandalias, se sentaba en la mecedora, en un rinc\u00f3n de la tienda, y, frotando los pies con la alfombra de piel de oveja, le\u00eda en alto pasajes de alg\u00fan volumen descabalado sobre juglares medievales o piratas del Adri\u00e1tico, ermita\u00f1os que viv\u00edan en lo m\u00e1s alto de la m\u00e1s alta monta\u00f1a y patriarcas que, Dios mediante, ard\u00edan en lo m\u00e1s hondo del infierno, remedando las formas de un lobo de mar en una taberna o los pomposos soliloquios de\u00a0magistros\u00a0y\u00a0catapanes\u00a0en la corte del emperador de Trebisonda. Cerraba el libro al segundo bostezo y lo dejaba junto al vaso de\u00a0\u0161ljivovica, un aguardiente casero con sabor a ciruelas; se encend\u00eda un cigarrillo y, meci\u00e9ndose suavemente, contemplaba el cielorraso pintado de azul con las molduras de escayola, blancas como la espuma de las olas al deshacerse en la orilla. Pensaba en los barcos que se pierden en la niebla, en los marineros que van tras las sirenas hasta los arrecifes de duro granito; y so\u00f1aba con Jona, el padre de Ilona, de quien estuvo enamorada.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfD\u00f3nde vas, Caperucita?<\/p>\n<p>Sentada al borde del taburete, Ilona se gira y ve al tipo que estaba hablando por el m\u00f3vil como por la megafon\u00eda del D\u00eda: Se\u00f1o\u00edta Chochesss, orfa\u00f3\u00f3\u00f3\u2026 cajjj trsss. Apoyado en la barra con el codo, un treinta\u00f1ero con cara de lombriz, auriculares inal\u00e1mbricos y el pelo brillante de gomina, la mira y sonr\u00ede como si le hubieran clavado las comisuras con alfileres a las orejas, mientras escribe a toda prisa con los pulgares en la pantallita del iPhone. Corbata, vaqueros y, en el pecho del chaleco acolchado, el logotipo de la empresa para la que trabaja: Llopis i Fills S. L., seguros. Ilona lo mira de arriba abajo. Le hace pensar en un lobo vestido de oreja\u2026, no, en una oreja vestida de.\u00a0Sranje!, \u00bfc\u00f3mo decir? Siempre el mismo l\u00edo. Levanta la mano, de la que cuelga un McQueen que le compr\u00f3 a un mantero, y contesta:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo ver? Llevo cesta abuelita.<\/p>\n<p>El bolso, muy sobado, es peque\u00f1o, de poli\u00e9ster, con un cierre en forma de nudillera. El comercial termina de escribir. Saca un billete de 20 y le dice a Remigio que se cobre. S\u00ed, todo. Lo suyo (un cacaolat, un cruas\u00e1n) y lo de ella, que, en silencio, vuelve a darle la espalda. El\u00a0fill d\u2019en\u00a0Llopis se acerca un poco al taburete, casi roz\u00e1ndole la pierna, y a\u00f1ade en tono de confidencia:<\/p>\n<p>\u2014\u00bfCu\u00e1nto?, \u00a1ejm!<\/p>\n<p>\u2014\u00bfPor? \u2014La chica apura el botell\u00edn.<\/p>\n<p>Ilona huele a cuero, a humedad y musgo. El comercial duda un segundo.<\/p>\n<p>\u2014P-por lo de qu\u00e9 orejas m\u00e1s grandes\u2026, y qu\u00e9 boca. Todo eso, \u00bfno?<\/p>\n<p>\u00abCapullo\u00bb, piensa ella. Levanta dos dedos.<\/p>\n<p>\u2014Quince\u2026<\/p>\n<p>\u2014Quince, chupar solo.<\/p>\n<p>\u2014Vale.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfBa\u00f1os?<\/p>\n<p>\u2014Tengo el coche ah\u00ed, un Kia. Detr\u00e1s. Un Picanto negro.<\/p>\n<p>Remigio trae los cambios.<\/p>\n<p>\u2014Remi\u2026, hasta luego.<\/p>\n<p>\u2014Cu\u00eddate, guapa.<\/p>\n<p>Ilona se encoge de hombros. Saca un cigarrillo y se lo pone en los labios. Se dirige hacia la puerta con paso decidido, subi\u00e9ndose la cremallera. El reportaje se acaba. Aparecen los t\u00edtulos de cr\u00e9dito y vuelve a o\u00edrse la misma melod\u00eda:\u00a0\u00abIf you want to buy my wares\u00a0\u2014canta Billie con voz desafiante\u2014,\u00a0follow me and climb the stairs\u00bb.\u00a0Fuera ha empezado a chispear. Ilona se pone el gorro. Enciende el cigarrillo y sale a la calle sin mirar atr\u00e1s, hacia ese comercial que se mete el dinero torpemente en el bolsillo \u2014\u00abHasta luego\u00bb, gru\u00f1e\u2014 y corre tras ella, top\u00e1ndose con un ecuatoriano al que tiene que ceder el paso porque ya se ha lanzado escaleras abajo con una carretilla m\u00e1s grande que \u00e9l, cargada con barriles de 50 litros de cerveza.<\/p>\n<p>Sobre su cabeza se oye el chasquido del matamoscas el\u00e9ctrico.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tendr\u00e1 unos diecinueve o veinte a\u00f1os; con los ojos grandes como de anime japon\u00e9s y las mejillas arreboladas por el fr\u00edo, llenas de pecas, parece que tenga alg\u00fan a\u00f1o menos. Es menuda. Lleva una sudadera del Liverpool abrochada que le marca la barriga de embarazada. 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