{"id":60783,"date":"2024-06-06T12:15:06","date_gmt":"2024-06-06T10:15:06","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/?p=60783"},"modified":"2024-06-06T12:15:40","modified_gmt":"2024-06-06T10:15:40","slug":"las-plateadas-manzanas-de-la-luna","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/las-plateadas-manzanas-de-la-luna\/","title":{"rendered":"Las plateadas manzanas de la Luna"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>\u2026 y coger\u00e9 hasta el fin de los tiempos<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>las plateadas manzanas de la luna,<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>las doradas manzanas del sol.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>W. B. Yeats<\/em><\/p>\n<p>La buhardilla no est\u00e1 limpia ni tampoco ordenada. La contaminaci\u00f3n teje sus tapices de ganchillo en los cristales de la ventana; un musgo de polvo amarillento avanza lentamente por los altos del armario, los lienzos apilados, las maletas que bostezan como en una tarde de tormenta, la silla que hay junto al lavabo. En la mesa que lo mismo sirve para comer que para planchar, una naturaleza muerta de revistas arrugadas y trapos, tubos de pintura, una vela para cuando se corta la luz (dos veces esta semana), el cenicero hasta arriba de colillas. Solo Roza lo vaciaba. \u00abFumas mucho\u00bb, se quejaba, con ese tono a medias de reconvenci\u00f3n, a medias preocupado, y la caricia juguetona de su acento del este, esa brisa del mar Negro que no llega hasta Sof\u00eda, donde la gente se cree tan importante como el patriarca de Constantinopla, trompeteando por la nariz con cada frase. \u00abSolo lo necesario \u2014se justificaba ella\u2014. Es eso o las u\u00f1as\u2026, y los dedos los necesito para pintar\u00bb.<\/p>\n<p>En la radio suena una marcha triunfal, como de costumbre. Como de costumbre, un director con claros s\u00edntomas de sordera o de incompetencia dirige una fanfarria que m\u00e1s que sonar, atruena, una olla de grillos de timbales y trompetas con la gracia musical de un ca\u00f1onazo. Por suerte, la pieza dura solo unos minutos. Tras una apoteosis de cacharrer\u00eda y platos rotos, el locutor saluda a los oyentes con una voz engolada que se quiebra en un gallo. Algo turbado, se aclara la garganta y vuelve a la carga: \u00abSalud, eh\u2026 camaradas, q-queridos oyentes de Radio Nacional. La radio del progreso revolucionario. Acabamos de escuchar la obertura para bombardino y orquesta de Stanimira Karabova, titulada\u2026, \u00a1ejm! Op. 45. Titulada El tri-triunfo de la voluntad. La compa\u00f1era Karabova, que siempre ha destacado por su compromiso con la clase trabajadora y su, esto, su significaci\u00f3n antifascista, es un referente cultural de primer orden, que poco tiene que envidiar a Sergu\u00e9i Prok\u00f3fiev o Dmitri Shostak\u00f3vich, los maestros m\u00e1s representativos de\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Ahora no tartamudea \u2014resopla Leta, encendi\u00e9ndose otro cigarrillo\u2014. Menudo p\u00e1nfilo, este. \u00bfC\u00f3mo no se le caer\u00e1 la cara de verg\u00fcenza? Comparar a esa afinadora de cencerros con\u2026 con\u2026 \u00a1A la Karabova esa!, \u00a1bah!<\/p>\n<p>\u00abLa camarada Karabova, profesora del Conservatorio Estatal de Bulgaria, ha sido recientemente condecorada con la medalla a la Madre-Hero\u00edna del Trabajo Socialista. Vamos a escuchar ahora un breve extracto de su discurso del verano pasado ante el Comit\u00e9 de Mujeres Artistas de Stara Zagora\u00bb. Ruido de sillas, carraspeos. Se hace el silencio, alguien tose. El silencio de una sala repleta. Y una vocecilla que habla pausada, gritonamente, persuadida de su propia importancia: \u00abLo primero que debe caracterizar a una artista de nuestro tiempo es la responsabilidad. Lo digo e insisto: la responsabilidad, camaradas. La responsabilidad que nace del esp\u00edritu. Esa responsabilidad, ese sentido del deber hacia la sociedad de la que formamos parte. \u2014Leta no tiene dificultades para imagin\u00e1rsela, se la ha encontrado demasiadas veces en los noticiarios cinematogr\u00e1ficos con su sonrisa de displicencia. Escu\u00e1lida y fr\u00eda como una medusa, el flequillo recto y el pelo a lo paje, la ha visto en los peri\u00f3dicos oficiales envuelta en sus abrigos de vis\u00f3n y sus estolas de marta siberiana. Las malas lenguas capitalistas (siempre las malas lenguas son del otro lado del tel\u00f3n de acero) dicen que Dodie Smith, la novelista, pensaba en ella cuando cre\u00f3 el personaje de Cruella de Vil, la villana de Ciento un d\u00e1lmatas\u2014. Compa\u00f1eras escultoras, escen\u00f3grafas, directoras de cine, \u00a1la creaci\u00f3n ha de ser socialista o no ser\u00e1! La sensibilidad especial de las mujeres, esa sensibilidad que solo nosotras poseemos, debe impregnar todas nuestras obras. No nos vayamos por las ramas. Los artefactos de la abstracci\u00f3n y los formalismos no sirven para nuestros prop\u00f3sitos. \u00a1Son envoltorios sin alma! Debemos estar plenamente comprometidas con la realidad, mostrar el mundo tal cual es, tal como nosotras lo entendemos: el folclore y los himnos populares, la experiencia de la maternidad, el trabajo cotidiano en las granjas y las f\u00e1bricas, la paz de nuestros hogares. Es nuestra misi\u00f3n declararle la guerra al conformismo peque\u00f1oburgu\u00e9s y progresar con la sociedad. La creaci\u00f3n no puede quedarse atr\u00e1s, \u00a1todo lo contrario! Hemos de marchar a la vanguardia, trabajar codo con codo por la felicidad del pueblo y su instrucci\u00f3n en las miras y el significado del socialismo. Hemos de iluminar el camino con el fulgor de nuestras miradas, acabar con el oscurantismo secular. Las artistas somos madres, somos las maestras del pueblo, \u00a1las hero\u00ednas del proletariado! El camarada <a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/desmontando-la-psicologia-totalitaria-del-marxismo-leninismo\/\">Lenin<\/a> nos llama ingenieras de almas, \u00bfy qu\u00e9 si no eso es lo que somos? De nosotras depende traer al mundo al hombre moderno, el hombre sovi\u00e9tico. As\u00ed es, compa\u00f1eras. Brindemos por el triunfo de la libertad y el bienestar, \u00a1hurra! Y por Bulgaria, nuestra querid\u00edsima patria\u00bb.<\/p>\n<p>Las perlas de la gargantilla brillan a la luz de los focos, lleva los labios pintados de rouge. Leta se la imagina en mitad del estrado, dando violentas palmadas para subrayar sus palabras: pam, pam, pam, como un ej\u00e9rcito que desfila hacia el campo de batalla. Los aplausos atruenan a trav\u00e9s de la radio. Piensa: qu\u00e9 gran dictador hubiera sido de haber nacido hombre. Vivas a esto, vivas a aquello, mientras un grupo de voces infantiles canta el himno nacional: Querida Bulgaria, tierra de h\u00e9roes. Tarar\u00ed, tarar\u00e1.<\/p>\n<p>El marido de la Karabova, Konstant\u00edn Kagan\u00f3vich, estar\u00e1 en primera fila; siempre lo est\u00e1, obsequioso y resuelto como el camarlengo del papa. Atento a los primeros flashes para saltar al estrado y entregarle un bouquet de fleurs, para que ella pueda decir con su perfil m\u00e1s fotog\u00e9nico: \u00abVamos a convertir el mundo en un jard\u00edn de flores, \u00a1hurra!\u00bb. Konstant\u00edn Kagan\u00f3vich le saca casi veinte a\u00f1os a su esposa. Es su batyushka, su padrecito; un ruso gordinfl\u00f3n y pendenciero de metro cincuenta, con barbita de chivo y mon\u00f3culo dorado. Se hace llamar general, aunque a lo m\u00e1s que lleg\u00f3 en el ej\u00e9rcito fue a ordenanza de un tenientillo cualquiera. Durante la guerra civil acaudill\u00f3 a una partida de desertores y piratas del Volga, rasputines de medio pelo, separatistas chechenos, rebeldes kurdos, una banda de holgazanes con los bigotes trenzados que extend\u00eda sus correr\u00edas por las tierras sin ley de la retaguardia. Robaban lo que encontraban a su paso, esquilmaban a los terratenientes y saqueaban las haciendas de los nobles, abandonadas a toda prisa ante el avance de los bolcheviques. Atacaban los convoyes militares, daba igual de qu\u00e9 bando fueran, y vend\u00edan las armas y los suministros a especuladores y contrabandistas sin escr\u00fapulos. Si alg\u00fan militar de alta alcurnia ten\u00eda la desgracia de caer en sus manos, le cortaban la nariz o una oreja y se la enviaban a sus familiares en el exilio, hecho lo cual lo fusilaban sin mayor tardanza o lo hac\u00edan servir de blanco en sus ejercicios con cuchillos, por llamar ejercicios a una ronda de apuestas. La mayor\u00eda de las veces la familia pagaba por un fiambre descuartizado.<\/p>\n<p>El general Kagan\u00f3vich (Kostenka, para los amigos), a sus cincuenta y tantas primaveras, se tiene por un pozo de sabidur\u00eda mundana. \u00ab\u00a1El patriarca ruso de la nueva sociedad!\u00bb, exclama, levantando dos dedos como si estuviera destinado a evangelizar entre los b\u00e1rbaros. \u00abDuermo cuanto quiero \u2014se confiesa, a solas con sus \u00edntimos\u2014 y cago como una m\u00e1quina de hacer salchichas\u00bb. Se levanta tarde y empieza a beber: vermut, champ\u00e1n, co\u00f1ac, kirsch\u2026, lo primero que le venga a la mano. Bebe como un cosaco y juega a las cartas por afici\u00f3n, aunque apostando fuerte y casi siempre en divisas: marcos alemanes, libras esterlinas. Tambi\u00e9n, si no queda otro remedio, en propiedades inmobiliarias. Sea por su afici\u00f3n a las trampas, costumbre que conserva del ej\u00e9rcito, o por los favores que le deben los dem\u00e1s jugadores (advenedizos que aspiran a entrar en la nomenklatura, la nueva administraci\u00f3n), raro es el d\u00eda que se retira con p\u00e9rdidas. \u00ab\u00a1Ah, las revoluciones! \u00a0\u00a0\u00a0\u2014suspira entonces, encendi\u00e9ndose un puro\u2014. Tienen un\u2026, \u00bfc\u00f3mo se dice? Un je ne sais quoi. La gran madre Rusia es como esta botella: cambiamos la etiqueta, pero el contenido no cambia. El mismo vodka asqueroso de mujik. Nazdorov\u2019ye! \u2014brinda, dando un taconazo militar y lanzando el vaso por encima del hombro\u2014. Dios guarde a, \u00a1hic!<\/p>\n<p>\u00bb\u00a1Varvara!, \u00a1ay, Varuschka! Hijita m\u00eda, mi pichoncito, \u00bfqu\u00e9 clase de anfitri\u00f3n me haces ser? Varinka, palomita, \u00bfd\u00f3nde habr\u00e1s metido el caviar, cabecita loca? Estos se\u00f1ores son mis amigos, moi tovarishchi\u2026, \u00a1son mis hermanos! \u00bfQu\u00e9 manera es esta de agasajarlos? Y t\u00fa, Mamonov, saco de mierda, pordiosero hijo de perra, \u00bfqu\u00e9 haces ah\u00ed como un pasmarote? Kazajo cabr\u00f3n, rey de las pulgas, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1n les champagnes \u00e0 la mousse cr\u00e9meuse, especie de bo\u00f1iga del Caspio? Hijo de una gitana con liendres, \u00a1\u00e9chame el aliento! Como hayas bebido, \u00a1ay, Mamonov! Como hayas bebido te mando a picar a las minas, \u00a1por san saramp\u2026! \u00a1No me contradigas! \u00a1Por san Serapi\u00f3n que lo hago! \u2014Y se santigua a la manera ortodoxa, empezando a sacarse el cintur\u00f3n.<\/p>\n<p>La compa\u00f1era Karabova y el padrecito Kostenka aprovechar\u00e1n su primera visita a Berl\u00edn para cambiar de aires. Dicho por boca de un diplom\u00e1tico occidental (ay, las malas lenguas capitalistas), para \u00abpasarse el socialismo por la Puerta de Brandemburgo\u00bb. Llenar\u00e1n maletas y ba\u00fales en un banco de Z\u00farich y embarcar\u00e1n en Cherburgo rumbo a los Estados Unidos de Am\u00e9rica, la patria de la libert\u00e9, la \u00e9lectricit\u00e9 y el Ku Klux Klan. Una vez en Nueva York, se declarar\u00e1n exiliados pol\u00edticos en rigurosa exclusiva para la revista Time, posar\u00e1n para la portada de Life con la Estatua de la Libertad de fondo y llorar\u00e1n la tierra perdida en las p\u00e1ginas centrales del Harper\u2019s Bazaar, mostrando de paso la jaula dorada en la que van a pasar el resto de sus d\u00edas: un lujoso \u00e1tico estilo Renacimiento con vistas a <a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/central-park-nueva-york\/\">Central Park<\/a>.<\/p>\n<p>\u2014\u2026 los campos son amplios \u2014cantan los ni\u00f1os\u2014, juntos los vamos a arar. \u00a1Por nuestra querida y maravillosa patria estamos dispuestos a dar el trabajo y la vida!<\/p>\n<p>\u2014\u00a1La rep\u00fablica de los campesinos y los trabajadores ser\u00e1 eterna! \u2014a\u00falla una voz entre el p\u00fablico. Tralar\u00ed, tralar\u00e1.<\/p>\n<p>Leta siente el fr\u00edo del cristal en la frente. Fuma con los brazos cruzados sobre el pecho, ignorando el cigarrillo, que se le consume en los labios. El humo le entra en los ojos. Entrecierra los p\u00e1rpados, que le pesan. Puede que sea la fiebre. Desde hace alg\u00fan tiempo le cuesta centrarse, se distrae con facilidad; tiene que poner orden en sus pensamientos, su cabeza est\u00e1 llena de trastos. Es un bote de bordes mellados, uno de esos botes met\u00e1licos para galletas en el que se acaba metiendo un poco de todo: recuerdos, recortes de peri\u00f3dico, entradas para una obra de teatro (una adaptaci\u00f3n de Lady Macbeth de\u00a0Mtsensk\u00a0a la que llegaron tarde y chorreando, fuera llov\u00eda a mares, y ri\u00e9ndose como dos colegialas), postales coloreadas de biplanos y globos aerost\u00e1ticos sobre un mar de vi\u00f1edos que le mandaba a Roza su padre, un papelito en el que apunt\u00f3 unos versos de Neruda: \u00abtal vez tu coraz\u00f3n oye crecer la rosa \/ de ayer, la \u00faltima rosa de ayer, la nueva rosa\u00bb. Todo lo que no se atreve a tirar, pero que tampoco sabe qu\u00e9 hacer, d\u00f3nde guardarlo. La mugre de los d\u00edas. Metida entre los dobleces del papel con los versos de Neruda hay una flor seca, prensada en una libreta de apuntes al carboncillo, entre estudios de perspectiva y bosquejos anat\u00f3micos, que todav\u00eda conserva ese algo sutil, muy fr\u00e1gil, de su antigua fragancia.<\/p>\n<p>Las calles se escurren como regueros de agua jabonosa. Fachadas de corte neocl\u00e1sico con ventanas que lanzan miradas de auxilio al exterior. En las pupilas de los edificios puede verse el hast\u00edo de los cuartos a medio hacer, los calcetines tirados por el suelo. El doctor Lubryakov, proct\u00f3logo por correspondencia y autor de literatura er\u00f3tica por afici\u00f3n, con abrigo de invierno y gorro ruso, aporrea una m\u00e1quina de escribir hasta que termina una hoja, momento que aprovecha para saltar de la silla y dar vueltas a la mesa como una locomotora (\u00a1chu!, \u00a1chuuu!), ech\u00e1ndose el aliento en las manos mientras reflexiona sobre c\u00f3mo llenar la siguiente p\u00e1gina. La anciana del tercero, de ojos acuosos y delantal sobre la falda, tiende la ropa en una cuerda de pared a pared, porque como lo haga fuera se le va a congelar. De pie y con un vaso de vino tinto entre las manos, la se\u00f1ora Bosanova mira hacia un rinc\u00f3n del cuarto como si fuera un personaje de Hooper y quisiera huir por la tangente.<\/p>\n<p>\u2014Es lo que hay, guapa \u2014murmura Leta\u2014. En todos los sitios cuecen habas.<\/p>\n<p>Lo acabar\u00e1 haciendo, la se\u00f1ora Bosanova, dos semanas m\u00e1s tarde. Dejar\u00e1 a sus hijos peque\u00f1os a cargo de la portera \u2014\u00abEs\u2026, bueno. Bajo en un santiam\u00e9n\u00bb\u2014 y saltar\u00e1 por la ventana.<\/p>\n<p>Un aluvi\u00f3n de individuos con gorra o sombrero inunda las aceras en ambas direcciones. Caminan en silencio, abri\u00e9ndose paso a codazos, la cabeza entre los hombros, las manos en los bolsillos, con cuidado de no pisar la nieve que se acumula a los lados. Los dioses del Olimpo proletario no les quitan la vista de encima. La efigie del padrecito Stalin les vigila, al menos durante unos pasos. Vienen despu\u00e9s Lenin y Dimitrov, con ese gesto de quien ve algo a lo lejos que los dem\u00e1s no alcanzan. Ser\u00e1 porque los dos est\u00e1n muertos. Carteles descoloridos del faquir Miti (\u00a1\u00c9xito total!, \u00a1\u00faltimas funciones!), el famoso ilusionista de turbante blanco y mirada hipn\u00f3tica, se reparten el espacio con hoces y locomotoras, gavillas de trigo, pu\u00f1os al viento. Un banquero gordo como una tar\u00e1ntula es aplastado por una bota gigante. Un obrero metal\u00fargico fornido, bien comido, rompe sus cadenas sin esfuerzo aparente y enarbola la bandera roja. M\u00e1s adelante, una campesina de aspecto rubicundo, con unos pechos bajo la blusa de m\u00edrame y no me toques (o mejor dicho, de ag\u00e1rrate y no te menees), avanza con confianza hacia el futuro cargando sendos cubos de leche. \u00a1Qui\u00e9n los pillara!, pensar\u00e1 m\u00e1s de un contrarrevolucionario al pasar por delante, haci\u00e9ndosele la boca agua.<\/p>\n<p>\u2014Circulen, circulen \u2014ordena un guardia de tr\u00e1fico, reprimiendo un bostezo.<\/p>\n<p>Los coches rebotan en los adoquines. Furgonetas \u0160koda color cardenillo se cruzan con Tatras cubiertos de nieve. Un Trabant de juguete, con la carrocer\u00eda medio de pl\u00e1stico, medio de cart\u00f3n prensado, adelanta a un Victoria renqueante, tuerto de un faro, que frena de repente y maniobra para aparcar en un sitio en el que no cabe; los que vienen detr\u00e1s lo sortean entre bocinazos e insultos. Trolebuses y motocicletas se deslizan como sobre una pista de hielo o en una atracci\u00f3n de feria, como si fuesen autos de choque a los que les hubieran prohibido chocar. Taxis estatales, un cami\u00f3n cargado de escombros. El tranv\u00eda de la l\u00ednea 18 aparece al final de la calle. Llega con retraso, con la lengua fuera; suelta un chirrido oxidado cuando el conductor tira del freno y se sacude al salir de la curva. La gente se aprieta en la parada. Gruistas de pelo grasiento y linotipistas, ferroviarios con el bigote amarillo por la nicotina; unos van al trabajo, otros vuelven del turno de noche con la boca llena de sue\u00f1o y las extremidades de trapo. Todo sea por erigir la patria socialista. Las amas de casa van a la compra. \u00ab\u00a1Tsss, oiga! Usted, claro, \u00bfqui\u00e9n si no? \u2014Se hacen hueco sin miramientos e intentan colarse, clav\u00e1ndose el tac\u00f3n cuando se pisan\u2014. Atr\u00e1s. Ah\u00ed, ah\u00ed. \u00a1Habrase visto la\u2026, qu\u00e9 morro!\u00bb. Todo es tan ruin, suspira Leta. Los bloques de cemento y ladrillo son los panales de una colmena urbana. Las semanas que terminan se remiendan y vuelven a usarse. Lo mismo ocurre con las personas. Bibliotecarias de mejillas colgantes, soldadores a los que les faltan dos dientes, payasos con la cara lavada que han olvidado sus gracias, pero no darle una paliza a su mujer antes de salir de casa, marineros sin mar y sin barco, pero con una casta\u00f1a a media ma\u00f1ana que r\u00edete t\u00fa del pirata Barbanegra. El camarero de un restaurante econ\u00f3mico examina sus zapatos, no vaya a ser que a fuerza de frotar y frotar todas las noches le asome la punta de un dedo. Su compa\u00f1ero de al lado, blanco y redondo como un queso de bola, se atornilla el t\u00edmpano con el me\u00f1ique. Borrones grotescos, marionetas humanas. La mayor\u00eda son consecuencia de la miseria moral y la guerra fr\u00eda, de la sucesi\u00f3n de los d\u00edas sin prop\u00f3sito alguno. \u00ab\u00bfY yo?, \u00bfqu\u00e9 narices hago yo?\u00bb. El \u00faltimo de la fila es un viejo poeta de gafas torcidas que cuenta la calderilla en la palma antes de subir, descuenta dos botones y las pelusillas en lugar de contar las s\u00edlabas de una epopeya. Al lado, un antiguo director de cine que lleva m\u00e1s de diez a\u00f1os pegando sellos en una oficina de las afueras. Volvi\u00e9ndose gris y m\u00e1s gris y m\u00e1s triste de 8 a 13.30 y de 15 a 18. Los s\u00e1bados solo por la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Leta se reconoce a s\u00ed misma mir\u00e1ndose en ellos. El pelo negro, ribeteado de canas, las telara\u00f1as de arrugas en torno a los ojos. Ve su reflejo en el cristal de la ventana y tiene ganas de huir, pero no sabe ad\u00f3nde.<\/p>\n<p>La \u00faltima tarde que fue a por pinturas se detuvo frente a un escaparate en la esquina con Baba Marta. Estaban armando y vistiendo los maniqu\u00edes. Uno descansaba en el suelo, un simple torso sin brazos ni piernas. A otro le hab\u00edan puesto un traje folcl\u00f3rico muy colorido, y un tercero, el que ten\u00eda la cabeza de papel mach\u00e9, llevaba el uniforme de piloto de la Balkan Airlines. \u00a1Vengan todos!, \u00a1an\u00edmense y entren en el Para\u00edso del Proletariado! Abrimos nuestras puertas con unos descuentos in-cre-\u00ed-bles. Rebajas, \u00a1rebajas! Grandes rebajas en la secci\u00f3n de Alegr\u00edas Infundadas y Espejismos. Grandes esperanzas. Compren sus quimeras\u2026, desmontables\u2026, reutilizables. Hasta un 50% en alucinaciones. Utop\u00edas reci\u00e9n llegadas de China. \u00a1No dejen pasar la oportunidad!<\/p>\n<p>Alguien grita, \u00bfqu\u00e9 pasa? Un perro corre por la acera. M\u00e1s que correr, escapa. Es un chucho al que le falta una pata, lo que no le impide sortear \u00e1gilmente a todo aquel con el que se cruza, escurri\u00e9ndose como una anguila entre las piernas de los viandantes. Glad, el carnicero, hace aspavientos a la puerta de su tienda. Embutidos Holodomor, pone en el cartel del escaparate. Comestibles. Embutidos y conservas. Glad es un alem\u00e1n peque\u00f1o pero recio, completamente calvo, con un bigote a lo k\u00e1iser Guillermo y los brazos de un forzudo de circo. Lleva el delantal manchado de sangre. Sobre la cabeza agita un cuchillo de hoja rectangular, uno de esos con aspecto de machete que se emplean para cortar el hueso y tajar la carne. El perro corre con una ristra de morcillas en la boca. Sudzhuk, karnache, es dif\u00edcil saberlo desde tan lejos. Aprovecha que el tranv\u00eda sigue parado para cruzar por delante. Una moto est\u00e1 a punto de atropellarlo. Al cami\u00f3n militar que viene en sentido contrario, sin embargo, ran-tran-tr\u00e1n, ran-tran-tr\u00e1n, un cami\u00f3n con ruedas de oruga hasta arriba de barro, ran-tran-tr\u00e1n, ran-tran-tr\u00e1n, no le da tiempo de esquivarlo; o el conductor tiene prisa por volver al cuartel, ran-tran-tr\u00e1n, ran-tran-tr\u00e1n, y en lugar del freno pisa el acelerador. Un ga\u00f1ido que pone los pelos de punta. Leta aparta la vista, pero no por eso deja de o\u00edr al carnicero. Sus carcajadas tienen muy poco de alegres. El chac, chac, chac del cuchillo al cortar las chuletas resulta menos siniestro. Cuando mira de nuevo, Glad est\u00e1 volviendo a su tienda. Lleva el cuchillo en una mano y, en la otra, la ristra del chucho.<\/p>\n<p>\u00a1Pfiiiiiiih!, un silbido. Leta se sobresalta. Atraviesa el cuarto en dos zancadas, sin prestar atenci\u00f3n o intentando no hacerlo al quejido de las suelas de las botas, que le traen a la mente otros quejidos, otros llantos, sobre ese mismo suelo de lin\u00f3leo. El caf\u00e9 est\u00e1 subiendo. Apaga el hornillo y se sirve algo m\u00e1s de medio vaso; el resto, hasta el borde, lo llena de vodka. En el lavabo hay un florero sin flores, con cuatro dedos de aguarr\u00e1s y un pu\u00f1ado de pinceles. Elige el m\u00e1s peque\u00f1o, seca las cerdas con un trapo y usa el mango a modo de cuchara. El caf\u00e9 est\u00e1 caliente, muy fuerte, justo como le gusta. Deja el vaso en la silla y coge otro pincel, muy fino. Observa el grosor, chasquea la lengua. No le convence. Bebe otro trago y busca uno un poco m\u00e1s largo. Este servir\u00e1, piensa. Lo seca y se lo mete en el bolsillo.<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfY la?, \u00bfd\u00f3nde estar\u00e1? \u2014Busca alrededor\u2014. \u00bfD\u00f3nde habr\u00e9 metido e-esa\u2026? La peque\u00f1a, hija de\u00bb. Pasa revista al rinc\u00f3n de la cama, la almohada con manchas de sudor, la manta hecha un gurru\u00f1o. El papel que cubre las paredes, de un verde deprimente, ha empezado a levantarse. Sobre el cabecero hay un mapamundi con chinchetas que indican la ubicaci\u00f3n de Tasmania, La Habana, Madagascar, Samarcanda\u2026 \u00ab\u00a1y Salamanca! \u2014conclu\u00eda Roza cada vez que a\u00f1ad\u00edan un nuevo destino: Tierra del Fuego, isla de Pascua\u2014. No olvides nuestro viaje a Espa\u00f1a. Vere-mos a los enanos y los p\u00edcaros del Prado, comeremos paella y luego, \u00a1ol\u00e9, matador! Luego iremos a los toros\u00bb, exclamaba con entusiasmo, remedando con m\u00e1s gracia que acierto un escorzo flamenco. Eran como ni\u00f1as jugando a las casitas. Pusieron sus sue\u00f1os al lado de la cama, aquel pu\u00f1ado de nombres ex\u00f3ticos, aureolados de misterio, sobre los que hab\u00edan le\u00eddo en ediciones clandestinas de Kipling, Salgari y en las cr\u00f3nicas de los reporteros enviados al extranjero. All\u00ed estaba el mapa de sus deseos, el non plus ultra de sus ilusiones; el lugar extraordinario en el que anidan los dragones: hic sunt dracones. Lejos, muy lejos de las fronteras cotidianas, en los recovecos de los viejos atlas. Hay un plano grabado al aguafuerte de las catacumbas de Roma; al lado, una manada de elefantes refresc\u00e1ndose en una charca, con el Kilimanjaro tras ellos. G\u00f3ndolas que se pierden en la niebla, una copia de una estampa japonesa (una urraca en la rama de un melocotonero) y otra de la Annunciazione de Fra Angelico, forman un luminoso collage de fotograf\u00edas recortadas de revistas, pegadas en cartones y clavadas en la pared. El monte Fuji pintado en a\u00f1il y oro, el Taj Mahal labrado en plata a la luz de la luna. Las suyas, las personales, las enmarcaron, para conservarlas mejor; esas que hicieron con la Zenit de Leta, una m\u00e1quina de tercera mano que compraron con el dinero de su primer cuadro vendido.<\/p>\n<p>\u2014Dichosa esp\u00e1tula, \u00bfd\u00f3nde\u2026? \u2014Le da una \u00faltima calada al cigarrillo. Busca el cenicero y lo aplasta\u2014. \u00a1Ah!<\/p>\n<p>Ah\u00ed la tiene, delante mismo de sus narices.<\/p>\n<p>A los pies de la cama hay un rimero de libros, cat\u00e1logos, discos del mercado negro: Ella Fitzgerald, Violeta Parra. La esp\u00e1tula est\u00e1 justo encima. Hay un tratado de arte, un par de biograf\u00edas de intelectuales del r\u00e9gimen, oficialmente sopor\u00edferas, y una colecci\u00f3n de recetas, pero la mayor\u00eda de las obras son antolog\u00edas po\u00e9ticas. Y casi todas de Roza. Leta se mete la esp\u00e1tula en el mono y coge un libro al azar. Es peque\u00f1o, no llegar\u00e1 ni a las cien p\u00e1ginas, pero est\u00e1 encuadernado con esmero, con tapas de cuero repujado con sobredorados. Florilegio po\u00e9tico, lleva por t\u00edtulo, con un lema debajo en letra m\u00e1s peque\u00f1a: Poemas del amor hermoso. \u00a1Uf! Lo hojea por encima, sin fijarse demasiado, qued\u00e1ndose con alg\u00fan verso de pasada. Nerval: \u00aby, como un ojo naciente cubierto por sus p\u00e1rpados\u00bb, que le hace pensar en Un perro andaluz. Whitman: \u00abEst\u00e1bamos juntos. \/ Olvid\u00e9 lo dem\u00e1s\u00bb. No tiene muy claro si aventarlo o devolverlo a su sitio, cuando se escurre entre las p\u00e1ginas una foto que deb\u00eda hacer las veces de punto de lectura. Leta la recoge del suelo. Son Roza y ella montando en bicicleta, con una sonrisa que es adem\u00e1s una mueca, porque el sol les daba en la cara. Deja el librito a un lado y se sienta en la cama. \u00bfCu\u00e1nto hace de? Dos, no. Tres a\u00f1os\u2026, \u00bfya? Bebieron un par de cervezas en el parque de la Libertad y alquilaron un t\u00e1ndem. Puede que fuese por el calor, o porque era su cumplea\u00f1os y les apetec\u00eda hacer algo distinto. Ella va con pantal\u00f3n corto y tirantes, camisa de rayas; siempre se ha sentido m\u00e1s c\u00f3moda con ropa de hombre. Roza, con canotier y caft\u00e1n de lino, se sienta delante. Rodearon el lago y pedalearon hasta la fuente del oso y los ping\u00fcinos. Canturreaban estribillos patri\u00f3ticos, a los que les cambiaban la letra o la melod\u00eda, sustituy\u00e9ndola por los \u00e9xitos que hab\u00edan o\u00eddo a escondidas en las emisoras turcas. En el paseo de los olmos centenarios una ardilla atraves\u00f3 el sendero y se escabull\u00f3 por un tronco. Por seguirla \u2014\u00ab\u00a1Lety! \u00a1Leeety, mira!, \u00bfla ves? \u00bfLa est\u00e1s\u2026?\u00bb\u2014, a punto estuvieron de llevarse por delante el carrito de un beb\u00e9. Roza gir\u00f3 bruscamente y se fueron de cabeza a un seto, \u00a1qu\u00e9 desastre!, mientras la due\u00f1a del carrito, una morsa nariguda con cuatro pisos de mo\u00f1o, se quitaba las gafas de sol (unas enormes, de carey), soltaba un bufido muy redicho y, volviendo a pon\u00e9rselas, oficialmente ofendid\u00edsima, se marchaba en sentido contrario, echando pestes sobre esta juventud de ahora. Lo que en realidad dijo fue echta chuvent\u00fa d\u2019ahoa, porque arrastraba la voz como si hubiera desayunado brandy con tranquilizantes o le patinara la dentadura postiza. Roza se sacudi\u00f3 las hojas de los brazos y las piernas, se puso una ramita en los labios como si fuera una pipa y, gui\u00f1ando un ojo, se ech\u00f3 el sombrero hacia delante. Imitaba a un lobo de mar, y lo m\u00e1s cercano a un lobo de mar que conoc\u00eda era a Popeye. Se puso una mano en la frente como si oteara el horizonte desde la cofa de un barco y, se\u00f1alando el carrito, que se iba perdiendo a lo lejos, exclam\u00f3: \u00ab\u00a1Por all\u00ed, capit\u00e1n!, \u00a1por all\u00ed resopla!\u00bb.<\/p>\n<p>As\u00ed era Roza. Ten\u00eda siete a\u00f1os m\u00e1s que ella y siempre hab\u00eda actuado como una hermana mayor, solo que una hermana desacomplejada y rebelde. Su padre, aviador del C\u00e1ucaso al que las purgas de Stalin dejaron sin familia y sin patria, se ganaba la vida como piloto de acrobacias en la Italia septentrional, la Costa Azul y los Alpes. Roza era una muchacha regordeta, no muy alta, de ojos saltones y pelo corto, que andaba de una manera especial; hab\u00eda nacido con las dos piernas rotas. Su madre se desangr\u00f3 durante el parto y ella se crio con unas t\u00edas en Kokiche, un pueblecito de la bah\u00eda de Burgas, de donde sali\u00f3 para ir a estudiar a Sof\u00eda. Despierta y vivaracha, en ocasiones un tanto deslenguada (lo que justificaba por el ejemplo de sus t\u00edas, momias en vida, tres santurronas que no levantaban la vista del suelo), se burlaba de todo y de todos, de s\u00ed misma la primera; la tomaba con sus piernas arqueadas, una m\u00e1s larga que la otra, y se imitaba exagerando la cojera, a veces hasta la crueldad. Roza hablaba por los codos. Le encantaba chismorrear con cualquiera, en cualquier parte, ment\u00eda con descaro y se sentaba al piano en cuanto hab\u00eda ocasi\u00f3n. Aprendi\u00f3 a tocar en el convento de Sveta Skholastika a instancia de sus t\u00edas, que le pon\u00edan lazos colorados en las trenzas y la llamaban su peque\u00f1a monjita, en un mamotreto ro\u00f1oso lleno de flatulencias con el que hizo sus pinitos entre villancicos y salmos, y, si se daba la ocasi\u00f3n de que la madre organista saliera a liarse un cigarrillo, aprovechaba para ensayar las coplillas no demasiado edificantes que hab\u00eda sorprendido en los labios de las mujeres de los pescadores, mientras zurc\u00edan las redes.<\/p>\n<p>Roza se re\u00eda continuamente: con la mirada, a carcajadas, sin motivo aparente. Todo lo contrario que Leta, tan reconcentrada y seria. \u00abVen aqu\u00ed, Cara Vinagre \u2014le dijo cuando se cans\u00f3 de imitar a Popeye, y acerc\u00e1ndose a ella le tendi\u00f3 la mano\u2014. L\u00e1zaro, lev\u00e1ntate y anda\u2026, y deje usted de gru\u00f1ir tanto. Veintisiete a\u00f1azos ya, \u00bfeh? \u2014Dio un silbido\u2014. Est\u00e1s hecha oficialmente una cascarrabias, \u00a1ja, ja, ja! \u2014La atrajo hacia s\u00ed y le puso una flor en la oreja\u2014. Per la ragazza pi\u00f9 bella. Feliz cumplea\u00f1os\u00bb, a\u00f1adi\u00f3, mordi\u00e9ndole los labios.<\/p>\n<p>En una esquina de la fotograf\u00eda hay una cita de Tolstoi: \u00abincluso en la ciudad, la primavera es siempre la primavera\u00bb.<\/p>\n<p>\u2014Roza\u2026 \u2014musita, acariciando las letras con la yema de los dedos\u2014, Rozetka\u2026<\/p>\n<p>Est\u00e1bamos juntas, olvid\u00e9 lo dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Olvidaron la radio, as\u00ed que no escucharon los pasos. Podr\u00edan haber visto el Volga negro con matr\u00edcula de la DS, la Seguridad del Estado, que aparcaba frente al edificio, y a los tres agentes que sal\u00edan del interior solo con haberse asomado a la ventana, pero estaban charlando, siempre andaban charloteando, discutiendo sobre cualquier bobada. Roza bailaba. Hay que reconocer que lo hac\u00eda con gracia, siguiendo de forma natural el comp\u00e1s de las canciones, a pesar de su cojera. Leta no le quitaba la vista de encima; puede que la estuviera dibujando. No sintieron el retumbar de los pasos en las escaleras, y para cuando los gritos irrumpieron en el cuarto, \u00a1Abran, abran!, aquellos berridos acompa\u00f1ados por unos golpes que amenazaban con arrancar la puerta de las bisagras, ya era demasiado tarde.<\/p>\n<p>\u00a1Abran de una vez!<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 estaba ocurriendo? Leta lleg\u00f3 con el coraz\u00f3n encogido. \u00bfFuego?, \u00bfun enfermo? Al abrir se top\u00f3 con dos tipos enormes, de cejas espesas y ojos romos, que ol\u00edan a col fermentada y esti\u00e9rcol; sendos espec\u00edmenes de troglodita con impermeable. El que asomaba entre ellos, con sombrero gris y abrigo de pieles, fumaba con parsimonia un purito largo y fino que ol\u00eda a tabaco turco. Se volvi\u00f3 para mirar a una cuarta persona que se hab\u00eda quedado atr\u00e1s, junto a las escaleras, y le hizo un gesto, se\u00f1alando a la muchacha. Era el se\u00f1or Semerdzhiev, el casero. Leta lo vio entonces. Llevaba el bat\u00edn y las pantuflas de siempre. El se\u00f1or Semerdzhiev gru\u00f1\u00f3 algo que nadie entendi\u00f3, se ajust\u00f3 las gafas con mano nerviosa, sin acabar de mirar hacia delante, y neg\u00f3 brevemente con la cabeza: no, no.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfNo? \u2014afirm\u00f3 el del abrigo de pieles, chupando el purito y soltando nubecillas de humo. Se encogi\u00f3 de hombros\u2014. Vamos.<\/p>\n<p>Uno de los agentes apart\u00f3 a Leta de un empuj\u00f3n y entraron. Todo fue muy r\u00e1pido, como suele ocurrir en estos casos. Roza insulta a alguien. La tienen cogida de un brazo, se sacude y se queja: le hacen da\u00f1o. Ella corre para ayudarla, pero se topa con una bofetada, \u00a1plas!, que la lanza al suelo. Un silbido en el o\u00eddo. La nariz empieza a sangrarle. Contempla fascinada las formas extra\u00f1as, color siena intenso, que traza la sangre en la palma de la mano. Lo dem\u00e1s no le importa. Quiere levantarse, pero est\u00e1 aturdida. Resbala. Le duele un hombro, le duelen mucho las costillas y el labio. Cierra los ojos y ve a uno de los neandertales arrojando libros y discos contra las paredes, por la ventana. \u00bfQui\u00e9n la ha abierto?, \u00bfcu\u00e1ndo? Vuelca las sillas, coge el colch\u00f3n y lo lanza a la otra punta del cuarto, no tanto porque est\u00e9 buscando algo en concreto como por el simple placer de destrozar. Se r\u00ede. Romper por romper. Su lengua es gruesa como una oruga, tiene los dientes cuadrados. El placer infantil de aplastar a una hormiga. Se r\u00ede, se r\u00ede. Nada tiene sentido. El hombre del puro mira los lienzos y las acuarelas, los paisajes urbanos. \u00abCheshki, aqu\u00ed. \u2014Se\u00f1ala algo. A\u00f1ade\u2014: Slovashki, aquello otro\u00bb. Debe de ser el cabecilla del grupo. Sopesa un desnudo de Roza, mira a la modelo, que sigue forcejeando entre l\u00e1grimas e insultos. Acaba por meterse el cuadro debajo del brazo y sale.<\/p>\n<p>Leta no puede levantarse. Le han dado una patada en el vientre, est\u00e1 mareada. Vomita. Dentro de la buhardilla va cayendo la tarde.<\/p>\n<p>Est\u00e1bamos juntas.<\/p>\n<p>No consigue olvidarla.<\/p>\n<p>Se la llevaron a la Casa del Pueblo, que hac\u00eda las veces de estaci\u00f3n de tr\u00e1nsito y clasificaci\u00f3n para los detenidos, y de ah\u00ed sali\u00f3 aquella misma noche hacia el campo de concentraci\u00f3n de Klanitsa-5, un matadero para mujeres en el \u00f3blast de Targ\u00f3vishte, a siete horas en autocar de la capital. Leta no lo sabr\u00eda hasta mucho m\u00e1s tarde. Se pasaba el d\u00eda de una comisar\u00eda a otra, preguntando a los polic\u00edas, a los militares, a todo aquel que pudiera saber algo, cualquier cosa. Llamaba por tel\u00e9fono a las oficinas de la Seguridad del Estado, aunque la mayor\u00eda de las veces le colgaban antes de que terminara de hablar. No sabemos nada, clic. No vuelva a llamar, clic. Se ha equivocado, clic. Clic\u2026, clic\u2026, \u00a1clic! \u00abNo se preocupe, y no cierre con llave. Cuando menos se lo espere, aparecer\u00e1 \u2014le aconsej\u00f3 una secretaria con voz de c\u00e1ncer de garganta, antes de soltar un gargajo de tos\u2014. \u00bfHa mirado debajo de la cama? A veces no nos acordamos de d\u00f3nde metemos las cosas, \u00a1jaaaa, ja\u2026!, \u00a1argggh!\u00bb. Los polic\u00edas se cansaron pronto de verla, que no, que no, de o\u00edr una y otra vez las mismas preguntas. \u00bfEs que est\u00e1 sorda? La amenazaban con detenerla, le dec\u00edan que era una desviada, una enemiga del pueblo, la arrastraban sin miramientos hasta la calle entre las filas de hombres y mujeres, quietos todos como maniqu\u00edes, esperando su turno. Pero a ella le daba lo mismo, a pesar de su timidez. Y volv\u00eda. Finalmente fue el t\u00edo K., el heladero, el \u00fanico que mostr\u00f3 piedad de ella. Habl\u00f3 con su cu\u00f1ado, bedel en el ministerio del Interior, que lo hizo con un antiguo compa\u00f1ero de seminario que trabajaba en los archivos. Descubrieron que Roza contrajo fiebres tifoideas nada m\u00e1s llegar a Targ\u00f3vishte. Leta hab\u00eda o\u00eddo hablar de las condiciones de los deportados, de la degradaci\u00f3n y las humillaciones cotidianas, del trabajo extenuante y la comida sin sustancia, incluso de los fusilamientos sin juicio previo; pero cuando el t\u00edo K. le pregunt\u00f3 si quer\u00eda conocer la fecha exacta del fallecimiento y d\u00f3nde estaba enterrada, Leta tuvo que sujetarse al carrito de los helados para no perder el sentido.<\/p>\n<p>La cabeza le da vueltas.<\/p>\n<p>Respira profundamente una, dos\u2026, varias veces. Al abrir los ojos tiene la sensaci\u00f3n de no haberlos abierto. Est\u00e1 en una mecedora. La buhardilla se balancea hacia un lado, hacia el otro, como un barco a la deriva. La foto sigue en su regazo, la bicicleta de un rojo brillante sobre una degradaci\u00f3n de grises. Leta apoya los codos en las rodillas y se tapa la cara con las manos. Tiene ganas de llorar, de lanzarse en picado como un aeroplano, pero el tiempo pasa. Tictac, tictac. Son m\u00e1s de veinte metros, suspira.<\/p>\n<p>Y no se decide.<\/p>\n<p>Las paredes vuelven a su sitio. Abre el libro al azar y mete la fotograf\u00eda. \u00ab\u00a1Es necesario vivir!\u00bb, clama Paul Val\u00e9ry desde su cementerio marino. El caf\u00e9 se ha quedado fr\u00edo. Hab\u00eda dejado el vaso en el suelo y casi lo tira de un puntapi\u00e9. Lo pone en la silla sobre la antolog\u00eda po\u00e9tica y se levanta. Es necesario vivir. Retiene las palabras sin tragarlas, les da vueltas en la boca como se hace con un jarabe amargo.<\/p>\n<p>El caballete est\u00e1 fuera, a la intemperie.<\/p>\n<p>\u2014Hay que acabar el cuadro.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u2026 y coger\u00e9 hasta el fin de los tiempos las plateadas manzanas de la luna, las doradas manzanas del sol. W. B. Yeats La buhardilla no est\u00e1 limpia ni tampoco ordenada. 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