{"id":60780,"date":"2024-06-06T12:02:37","date_gmt":"2024-06-06T10:02:37","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/?p=60780"},"modified":"2024-06-06T12:02:37","modified_gmt":"2024-06-06T10:02:37","slug":"por-una-virgen-de-la-cabeza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/por-una-virgen-de-la-cabeza\/","title":{"rendered":"Por una cabeza"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: right;\"><em>Por una cabeza<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>de un noble potrillo<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>que justo en la raya afloja al llegar,<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>y que al regresar parece decir:<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>\u00abNo olvid\u00e9s, hermano,<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>vos sab\u00e9s, no hay que jugar\u00bb.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>Carlos Gardel y Alfredo Le Pera<\/em><\/p>\n<p>Don Cornelio Manso del Sotillo, sobrino del marqu\u00e9s de Feria y Loscorrales, condestable del Porco, tesorero de la muy noble Orden de San Lamberto de Zaragoza y se\u00f1or de la Virgen de Estercuel, alcalde de minas, a la saz\u00f3n, de la villa imperial de Potos\u00ed y, por m\u00e1s se\u00f1as, reci\u00e9n casado, era un viejo cr\u00e1pula y disoluto, un perturbado, estragado tras a\u00f1os y a\u00f1os de libertinaje sin freno. El muy gentil caballero, a sus setenta y tantas primaveras \u2014\u00abla flor de la edad, ciertamente\u00bb, sol\u00eda arg\u00fcir su ilustr\u00edsima con una sonrisa de iguana\u2014, hab\u00eda decidido sentar cabeza ante los ojos de Dios y de lo m\u00e1s granado de la sociedad virreinal, esto es: banqueros, racioneros, capellanes, capitanes generales, muy ilustres alguaciles de la Real Audiencia de Charcas. All\u00ed estaban los infanzones, los hijosdalgo, los cristianos viejos, con sus valonas blancas y las almillas negras, y, en los primeros bancos, las alegres cortesanas, encarnadas y contentas como en una kermesse holandesa. Para celebrar el enlace, don Cornelio escogi\u00f3 la suntuosidad plateresca de la catedral de Santa Onerosa y, como oficiante, al padre Angeli\u00f1o Esp\u00edrito, gallego y franciscano, reputado de santo en toda la provincia por levitar entre pulgada y pulgada y media justo al consagrar la hostia.<\/p>\n<p>La agraciada, pobrecilla, era apenas una ni\u00f1a, novicia del convento de la Inmaculada, reci\u00e9n salida de las faldas de las monjas. Don Cornelio hab\u00eda pagado su peso en oro; y como quien se da el capricho de una yegua cordobesa quiere desde el primer momento hacer uso de la misma, y lucir su gracia y su donaire, y montarla, y trotar y aun cabalgar a todas horas, as\u00ed quiso \u00e9l hacer uso y aun abuso de sus derechos conyugales. El viejo era un libertino, lo hab\u00eda sido toda la vida, y cubr\u00eda a la muchacha como si \u00e9l fuera un bigardo y ella, la pobre, una tierna beguina. La insultaba, la abofeteaba, le reprochaba su beater\u00eda, su falta de gracia, la llamaba china, loba, zamba prieta, la humillaba cada noche para diversi\u00f3n de los criados m\u00e1s indiscretos, que escuchaban junto a la puerta o agazapados entre los arcones. Le desgarraba el corpi\u00f1o con los tent\u00e1culos de los dedos y, a mordiscos, con los cuatro tocones de los dientes, le cos\u00eda los pechitos blancos y el bot\u00f3n de los pezones.<\/p>\n<p>La muchacha, do\u00f1a Catalina, lloraba sin consuelo. Lloraba y sollozaba, mientras su marido resoplaba como un fuelle. Lo hizo durante meses, hasta que ya no pudo soportarlo; y un d\u00eda, corriendo, huyendo sin aliento, perdida en un laberinto de histeria y pasadizos, acab\u00f3 por dar con las caballerizas. All\u00ed conoci\u00f3 a Juanillo, el mozo de cuadras \u2014un efebo mestizo, con los ojos grandes, negros como ascuas\u2014, que tambi\u00e9n la conoci\u00f3 a ella.<\/p>\n<p>El arrabal minero despertaba con el alba. Todos los d\u00edas, a la incierta luz del amanecer, cientos de hombrecillos, los llamados mitayos[1], iban asomando de sus madrigueras. Este bostezaba, aquel se persignaba, el de m\u00e1s all\u00e1 se acuclillaba y comenzaba a hacer fuerza; luego unos y otros se dejaban ir, lentamente, entumecidos por el sue\u00f1o todav\u00eda. Indios, cholos, moriscos, criollos, mulatos huesudos, de mirada huidiza, que chapaleteaban en el barro y no dejaban de avanzar. El viento soplaba del norte, a r\u00e1fagas. Era un aire brusco, sucio de polvo. Se les enroscaba en los brazos, entre las piernas, los zarandeaba con fuerza nada m\u00e1s salir de casa; y, sin embargo, ninguno se deten\u00eda, a pesar del cansancio y del fr\u00edo, y de la losa del hambre, que les hac\u00eda encogerse y blasfemar a cada paso en media docena de lenguas. Caminaban en la de a uno o bien en peque\u00f1os grupos, hombro con hombro. Dejaban atr\u00e1s el poblado, aquel apretujamiento de rancher\u00edas, de caba\u00f1as y zah\u00fardas, y atacaban sin demasiado entusiasmo las primeras rampas del cerro.<\/p>\n<p>El Cerro Rico descollaba poderoso y tranquilo, dominando el altiplano como una atalaya en el coraz\u00f3n de los Andes. Por su aspecto \u00e1rido y terroso, por su tama\u00f1o y aquella marabunta de mineros que d\u00eda tras d\u00eda encharcaba sus laderas, que sub\u00eda y bajaba y era engullida por los sumideros de las bocaminas, hac\u00eda pensar en un termitero humano. M\u00e1s de un siglo hab\u00eda pasado desde que los espa\u00f1oles lo abordaran con sus picos y sus ansias de riqueza. En todo este tiempo, sus entra\u00f1as, otrora de piedra y plata maciza, se hab\u00edan ido convirtiendo golpe tras golpe en un amasijo de galer\u00edas y resquebrajaduras. Encrucijadas, bifurcaciones, pozos ciegos, socavones. Los mineros se afanaban, se arrastraban, trepaban a pulso, se descolgaban como ara\u00f1as por las grietas m\u00e1s peligrosas; cientos, miles de hombres topo, tan sucios de polvo y mugre que, en lugar de carne y hueso, parec\u00edan hechos de barro. Resonaban los gritos, los golpes de las barretas, y ellos picaban, picaban, picaban, cercados por la oscuridad, entre la confusi\u00f3n y el ruido. Picaban durante diez o doce horas, a veces durante todo el d\u00eda \u2014un d\u00eda entero sepultados bajo tierra\u2014 si por cualquier motivo doblaban turno. Escarbaban en las paredes con cien aparejos distintos, todos primitivos, la mayor\u00eda de ellos comidos por la herrumbre. Alguno incluso lo hac\u00eda con las u\u00f1as, a mano desnuda, porque era tan pobre que no pod\u00eda permitirse ni siquiera una rasqueta. Llenaban los costales hasta los bordes, se los cargaban a modo de zurr\u00f3n y emprend\u00edan el viaje de regreso. Y rezaban, \u00a1vaya si lo hac\u00edan!, como hubiera rezado el m\u00e1s incr\u00e9dulo de los hombres de haber estado en su pellejo. Rezaban porque los cestos, cargados de mineral, no bajaban de las cinco arrobas, porque jadeaban como perros en verano y los travesa\u00f1os de las escaleras chirriaban por la humedad solo con poner la vista encima. Rezaban sobre todo para no tropezar, porque sudaban y el sudor les irritaba los ojos, pero les faltaban manos para frot\u00e1rselos, sujetando el cesto a la espalda, apoy\u00e1ndose en las paredes, rezando para que la vela que llevaban atada a la frente no se apagara\u2026 justo entonces. Por eso rezaban, para no tropezar, a pesar de las tinieblas. Para no resbalar y escurrirse por una brecha y rebotar entre las rocas y reventar al estrellarse contra el suelo, igual que una sand\u00eda.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n Juanillo rezaba. Pensaba y pensaba, se devanaba los sesos y no pod\u00eda creer la mala suerte que ten\u00eda. La humedad bajo tierra era una argolla que le apretaba el cuello. Levantaba el pico sobre los hombros y casi enseguida comenzaba a sudar; a los pocos minutos el calor se volv\u00eda insoportable. El muchacho arremet\u00eda contra la roca. Golpe tras golpe, la galer\u00eda se iba convirtiendo en una nube de polvo, de tierra, part\u00edculas de azufre, ars\u00e9nico, plomo. Picaba, picaba. El polvo le ara\u00f1aba bajo los p\u00e1rpados. Picaba, jadeaba, los ojos le ard\u00edan. Intentaba respirar, pero se sofocaba; tos\u00eda y escup\u00eda, y ten\u00eda que buscar una chimenea que trajese un poco de aire fresco del exterior para no caer redondo al suelo. Entonces pensaba en do\u00f1a Catalina, cada vez que se le nublaba la cabeza. Los hab\u00edan descubierto una noche, un mozo de espuelas, en las caballerizas de don Cornelio; desde entonces, su vida el pr\u00f3logo del in erno. El Cerro Rico era un lugar hostil e inhumano. En el poco tiempo que llevaba encerrado, hab\u00eda visto a viejos cargados de arrugas, de hambres, de inviernos, de hijos; a ni\u00f1os exp\u00f3sitos, peque\u00f1os esclavos que tos\u00edan y tos\u00edan y, a la entrada de las minas, mol\u00edan la roca y cern\u00edan el polvo del mineral. Hab\u00eda visto a hombres hechos y derechos llorar como ni\u00f1os, y a otros que se ara\u00f1aban el cuello con los gar os de los dedos como si quisieran hurgarse hasta los pulmones para poder al n respirar.<\/p>\n<p>Los d\u00edas pasaban sin dejar apenas rastro. D\u00eda tras d\u00eda pasaban los meses, y Juanillo sent\u00eda como si todo a su alrededor se fuera diluyendo. Avanzaba casi a ciegas, a trompicones. Respiraba aquel aire espeso, lo masticaba, aquel aire met\u00e1lico y venenoso. Sub\u00eda, bajaba, recorr\u00eda toda una mara\u00f1a de minas, galer\u00edas, corredores transversales. Atravesaba los t\u00faneles m\u00e1s angostos, los m\u00e1s inh\u00f3spitos, reptando la mayor parte del tiempo, con miedo de que el pr\u00f3ximo temblor lo enterrara para siempre. A veces no pod\u00eda evitarlo y, cuando la oscuridad se le anudaba en la garganta, dos gruesas l\u00e1grimas le resbalaban por las mejillas. Lloraba en voz baja, Juanillo, y con un poco de verg\u00fcenza. Lo hac\u00eda cuando sent\u00eda el mordisco de la fiebre y estaba solo, \u00e9l solo, perdido como un n\u00e1ufrago. Tragaba aire a bocanadas, se deten\u00eda un instante, escup\u00eda a un lado y, entre un golpe y otro, le daban ganas de tirarse a un pozo de cabeza para acabar de una vez por todas con aquella vida miserable.<\/p>\n<p>Con todo, lo peor eran los ojos. El sudor le empapaba el cuello, el pecho, la espalda, le corr\u00eda con un escalofr\u00edo por los ri\u00f1ones y las corvas. El muchacho parpadeaba, picaba y parpadeaba. Ten\u00eda las u\u00f1as astilladas, llenas de tierra. Cada vez que se frotaba el sudor era como si le atravesaran las pupilas con una aguja. A las pocas semanas de llegar al cerro los p\u00e1rpados se le hab\u00edan infectado; se le cubrieron de lega\u00f1as, costras de pus, peque\u00f1as llagas. Juanillo apretaba los dientes, entornaba los ojos, que le ard\u00edan, y segu\u00eda trabajando. Cuando el dolor era tan agudo que casi no pod\u00eda ni respirar, masticaba hojas de coca. Todo el mundo lo hac\u00eda bajo tierra. La coca le amodorraba, le ayudaba a sobrellevar la angustia, la soledad, el dolor del hambre. M\u00e1s tarde, al terminar la jornada, se acurrucaba en alguna grieta y rezaba hasta caer dormido. Otros se emborrachaban. Beb\u00edan vino de quema, chicha de ma\u00edz, beb\u00edan y beb\u00edan, y al volver a casa pagaban su frustraci\u00f3n con sus mujeres, mientras sus hijos berreaban. El muchacho solo ten\u00eda a su patrona, la Virgen de la Cabeza. Era a ella a quien imploraba, noche tras noche, con fervor de flagelante. Pero cada d\u00eda era el mismo d\u00eda. La esperanza se le escurr\u00eda entre los dedos como un pu\u00f1ado de arena fina y el mozo Juanillo ya se ve\u00eda hecho un despojo; un viejo escu\u00e1lido, tembloroso, a lado como una lasca, que deambula a tientas por las galer\u00edas m\u00e1s profundas, las abiertas en plena roca, a cientos de pasos de cualquier otro minero y tan lejos de la super cie como lo est\u00e1 un indio de la tribu yanacona de su sacra y cat\u00f3lica majestad el rey de <a href=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/actualidad\/estado-espanol\/\">Espa\u00f1a<\/a>.<\/p>\n<p>Y, sin embargo, no hay que dejarse llevar por el desaliento, ni lamentarse por la derrota antes de entrar en combate, pues hasta los galeotes que viven amarrados al remo alimentan la secreta ilusi\u00f3n de ser liberados un d\u00eda. Juanillo perdi\u00f3 un ojo, el derecho; pero justo cuando cre\u00eda que iba a quedarse ciego, sumido en la oscuridad m\u00e1s profunda, y rezaba, y se atormentaba, y se tiraba de los pelos, so\u00f1\u00f3 con la voz de do\u00f1a Catalina, que le susurraba quedamente al o\u00eddo: \u00abH\u00e1gase la luz\u00bb. Y al despertar, volv\u00eda a ver tan claro, aunque solo fuera por un ojo, como no lo hab\u00eda hecho desde que lo encerraran bajo tierra. Para terminar de redondear la casualidad, que siempre habr\u00e1 quien llame milagro, ocurri\u00f3 por aquel entonces que el alcalde de minas entregara la cuchara, arrastrado hasta la huesa por sus ardores juveniles y sus \u00ednfulas de Amad\u00eds octogenario. Cuentan las malas lenguas en los mentideros de la villa que al viejo se le hab\u00eda secado la mollera; que se beb\u00eda los d\u00edas enfrascado en sus cr\u00f3nicas de la conquista y que las noches se le hac\u00edan cortas a lomos de do\u00f1a Catalina. Cuentan que fue ella misma, en el ardor del combate, la que dej\u00f3 caer como sin darse cuenta lo oportuno de una expedici\u00f3n contra los indios rebeldes de la frontera; y qui\u00e9n mejor que todo un caballero de la Orden de San Lamberto[2] para encabezarla, susurr\u00f3, para sojuzgar aquellas marismas insalubres en nombre del rey y ganar para la Vera Cruz las almas id\u00f3latras de sus moradores. El alcalde de minas era un hombre anciano, irresoluto, que de primeras no dijo nada. Solo picaba, picaba, rumiaba y resoplaba. La idea le seduc\u00eda, se solazaba, la acariciaba, ya casi relinchaba. Tan buen sabor de boca le dejaba que no dud\u00f3 en hacerla suya; y antes de una semana, para llevarla a cabo solo faltaba fijar la ruta y ponerse en marcha.<\/p>\n<p>La expedici\u00f3n era un desprop\u00f3sito. Iba a ser una merienda de negros, pues don Cornelio, a caballo, m\u00e1s que don Cornelio parec\u00eda don Quijote. \u00abNo hay m\u00e1s cera que la que arde\u00bb, murmuraba la gente en los confesionarios; y es que aquel hombrecillo mustio y desgarbado que tan bien se conduc\u00eda en el lecho de Venus, en el campo de Marte era un aut\u00e9ntico zote. El man\u00edpulo le sonaba a griego, la falange macedonia a \u00e1rabe bereber, y puesto ya un pie en el estribo, todav\u00eda no era capaz de distinguir entre una gola y un gorjal, ni sab\u00eda a ciencia cierta para qu\u00e9 se usaba un bacinete, de no ser para lo excusado. As\u00ed y todo, all\u00e1 que va el bizarro don Cornelio, todo gravedad y empaque, con el cabello reci\u00e9n te\u00f1ido y una nueva dentadura de mar l y alambres de oro. Le siguen una tropilla de mercenarios mal pagados, un negro, un fraile, el cocinero, el cronista de la villa, dos chihuahuas peleones \u2014Saladino y Bayaceto\u2014, un barbero, un mozo de espuelas, algunas ac\u00e9milas con la impedimenta y media docena de mestizos ganapanes. Ya podr\u00edan haberle acompa\u00f1ado un escuadr\u00f3n entero de monos voladores o los trescientos elefantes de An\u00edbal, que el resultado hubiera sido el mismo. Los salvajes chiriguanos, sin m\u00e1s traje que sus tatuajes, no tuvieron piedad de ninguno. Los derribaron con sus hondas de las cabalgaduras. Desollaron a los soldados, vivos todav\u00eda. A los peones no los dejaron ni revolverse. Se comieron a los chihuahuas, que el Se\u00f1or los guarde, y a don Cornelio le cortaron la cabeza.<\/p>\n<p>La noticia caus\u00f3 un revuelo fuera de lo corriente; pasaron semanas y en la villa imperial parec\u00eda que no hubiera otro tema que ese. Do\u00f1a Catalina se convirti\u00f3 en viuda de la noche a la ma\u00f1ana. El luto la hermoseaba, contrastaba con la suave palidez de sus facciones. Ella lo sab\u00eda, sab\u00eda que los hombres la observaban, que se deten\u00edan al verla aparecer y la segu\u00edan con la mirada, que se perd\u00edan en la turgencia de sus atributos; y se dejaba ver, todas las tardes, camino de la iglesia de las Angustias, con sus elegantes vestidos de seda negra y encaje y una l\u00e1grima rielando en los lagos de sus ojos melanc\u00f3licos, siempre a punto de caer. Mientras tanto, el mundo entero parec\u00eda girar en torno a su marido. Las fuerzas vivas de la ciudad acu\u00f1aron una tirada limitada de medallitas de cobre con su efigie. Se organiz\u00f3 una colecta para sufragar un busto de piedra en la plaza del Regocijo. Hubo jornada y media de volatines y acr\u00f3batas, cabras saltarinas, vacas enmaromadas; y como colof\u00f3n y n de esta, por san Cornelio, lleg\u00f3 lo inesperado. Por orden del nuevo alcalde y, seg\u00fan parece, a instancias de do\u00f1a Catalina, se hac\u00eda saber que todo aquel que llevara m\u00e1s de cuatro a\u00f1os trabajando en el cerro ser\u00eda considerado libre, siempre y cuando no fuera por causa de sangre ni por cualquiera de los delitos condenados por el Santo Oficio. Los pregoneros se desga\u00f1itaban por las esquinas, y en las corralas y los mercados eran las comadres las que no daban abasto. Unas se hac\u00edan lenguas de la nobleza de la viuda. Otras, las menos, torc\u00edan el bigote y dec\u00edan que aqu\u00ed hab\u00eda gato encerrado.<\/p>\n<p>Lo que nadie sab\u00eda es que do\u00f1a Catalina todav\u00eda recordaba con cari\u00f1o y cierta nostalgia las noches pasadas en las caballerizas. Cuando se hincaba de hinojos a la vista de todos y fing\u00eda rezar con una devoci\u00f3n impostada, no era por su marido por quien ped\u00eda. Ni fue tampoco por los mineros, aquella sucia turba de gandules y borrachos, por quienes se arrodill\u00f3 frente al nuevo alcalde de minas y, abraz\u00e1ndole las rodillas, gimi\u00f3 y llor\u00f3 y suplic\u00f3 largo rato, igual que una Magdalena, hasta que lo sinti\u00f3 suspirar y ablandarse. Pero esto nadie lo supo ni lo sabr\u00eda nunca, ni siquiera su confesor, el padre Angeli\u00f1o Esp\u00edrito, que a la vejez gozaba de una beat\u00edfica sordera. Si algo hab\u00eda aprendido en el convento de la Inmaculada Concepci\u00f3n era a nadar y guardar la ropa. La amnist\u00eda corri\u00f3 en bandos y pasquines por toda la provincia. Escribanos, pordioseros y aguadores llevaron y trajeron en j\u00e1caras y agudezas la generosidad de la pobre viuda, tan joven, tan desamparada; e incluso las alcahuetas m\u00e1s redomadas se vieron en la tesitura de alabar las buenas prendas de do\u00f1a Catalina, reputada ya de santa, o callar y tragarse el sapo.<\/p>\n<p>El caso es que a Juanillo, antes que de supiese por d\u00f3nde le daba el aire, lo cogieron por el pescuezo y, casi en volandas, lo sacaron de la mina. \u00abEres libre\u00bb, le dijeron. \u00abEs un milagro\u00bb, suspir\u00f3 \u00e9l, pensando con devoci\u00f3n en la Virgen de la Cabeza. Y como segu\u00eda clavado en el sitio sin saber muy bien hacia d\u00f3nde dirigirse, le calzaron un puntapi\u00e9 para que arrease, \u00a1con Dios!, o amanec\u00eda de nuevo en el pozo.<\/p>\n<p>La tarde se consum\u00eda cuando alcanz\u00f3 lo alto del cerro. Hac\u00eda fr\u00edo en la cumbre, un cierzo \u00e1spero, seco. A su alrededor, los matorrales se sacud\u00edan como si estuvieran en llamas. El muchacho, sin embargo, se resist\u00eda a emprender el descenso. Estaba muy c\u00f3modo all\u00e1 arriba, sin ning\u00fan capataz que le golpease ni le diese una orden. Se encontraba a sus anchas, y tan protegido, que le hubiese gustado hacer de aquel lugar su refugio. Levantar con sus manos cuatro paredes de piedra y que el resto del mundo siguiera su curso. Juanillo contemplaba los \u00faltimos fulgores del crep\u00fasculo, las nubes carmes\u00edes, a\u00f1il y oro, y el brillo cristalino de la luna nueva. El firmamento se abr\u00eda ante sus ojos y se desplegaba como un c\u00f3dice sagrado, muy antiguo, cuyos trazos y colores se han ido desluciendo con el paso de los siglos, pero que aun as\u00ed resulta espl\u00e9ndido todav\u00eda. Nimbos, centellas, remolinos de plata y fuego. La noche estrellada palpitaba sobre las cuatro regiones del mundo. Vio aparecer por oriente la gran cruz de Viracocha, se\u00f1or del viento y los mares; vio c\u00f3mo las constelaciones trazaban surcos y jerogl\u00edficos en su lenta deriva por el oc\u00e9ano del cosmos. El cielo se hab\u00eda convertido en un semillero de fanales y luminarias, y \u00e9l pens\u00f3 en su se\u00f1ora, la Virgen de la Cabeza.<\/p>\n<p>Baj\u00f3 la mirada hacia el llano. No ten\u00eda prisa, y se dej\u00f3 llevar con la docilidad de una pluma por los campos y los caminos, por las lomas salpicadas de ermitas \u2014la de san Mill\u00e1n, la de Santiago, la de Nuestra Se\u00f1ora de los Remedios\u2014, por los cauces sinuosos de los arroyos. Vista desde lo alto del cerro, la villa parec\u00eda un modelo hecho a escala o una ciudad de juguete. Las casas, las cuadras, los claustros, todo ten\u00eda un aspecto tan fr\u00e1gil, incluso las iglesias con sus campanarios, tan de barro y piedrecitas, que solo con soplar o dar un grito hasta el palacio que ocupaba la Real Ceca de la Moneda saldr\u00eda volando como un castillo de naipes. Juanillo respir\u00f3 profundamente. Se sent\u00eda libre, m\u00e1s grande de lo que era, y durante un instante palade\u00f3 el sabor sutil y embriagador de la arrogancia. Supo lo que era ser Jes\u00fas el nazareno, el hijo del carpintero, cuando el diablo lo elevaba por encima de los hombres y lo incitaba al desvar\u00edo.<\/p>\n<p>El muchacho se santigu\u00f3 un par de veces. Pensaba en su se\u00f1ora, la Virgen de la Cabeza; en la mina lo hac\u00eda a todas horas. Noche tras noche se arrodillaba frente a una oquedad abierta en la roca, que \u00e9l hac\u00eda servir a modo de oratorio. Cerraba los ojos, entrelazaba las manos a la altura de la frente, ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, y comenzaba a rezar. Juanillo recitaba con fervor sus oraciones. Se golpeaba en el pecho con el pu\u00f1o cerrado, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. Agachaba la cabeza hasta sentir el tacto h\u00famedo del suelo; se doblaba sobre s\u00ed mismo, igual que una s min\u00fascula, y ped\u00eda a la Virgen que intercediera por \u00e9l ante su \u00fanico hijo, que lo protegiese de los peligros del cerro y lo amparase bajo su manto de terciopelo blanco. La mayor\u00eda de las veces estaba tan cansado tras todo un d\u00eda de picar y picar y masticar tierra, que se quedaba dormido a las primeras de cambio.<\/p>\n<p>Lo siguiente que ve\u00eda era el rostro de do\u00f1a Catalina. El Cerro Rico se perd\u00eda a su espalda, y con \u00e9l el cansancio y el fr\u00edo, la soledad e incluso el hambre. La luz se ltraba por un respiradero del techo. Dentro de las caballerizas, do\u00f1a Catalina descansaba en silencio, recostada entre fardos de heno; una leve sonrisa le iluminaba el semblante. Parec\u00eda un lirio, tan fr\u00e1gil, o una estatua de m\u00e1rmol. La Sant\u00edsima Virgen en el momento del tr\u00e1nsito y la ascensi\u00f3n a los cielos, con las manos entrelazadas sobre el regazo y las mejillas arreboladas, y el cabello en desorden, muy negro, que se le venc\u00eda hacia un lado. Juanillo se inclinaba sobre ella con reverencia. La besaba en la frente, en los p\u00f3mulos, en los ojos cerrados. Beb\u00eda de sus labios como si estuviera sediento. Ambos se hab\u00edan quitado las ropas, que les estorbaban; y sus cuerpos encajaban mutuamente como lo hacen las ruedas de un engranaje.<\/p>\n<p>El viento arreciaba y decidi\u00f3 seguir adelante. Ech\u00f3 a andar cerro abajo, primero con cuidado, muy lentamente, sorteando las piedras sueltas para no resbalar y dejarse los sesos. Conforme avanzaba, no obstante, y seg\u00fan romp\u00eda a sudar, comenz\u00f3 a animarse. Caminaba con paso alegre, triscando entre las rocas. Y una sonrisa de anhelo oreci\u00f3 en sus labios.<\/p>\n<p>El muchacho estaba de un humor excelente. Le dio por pensar entonces que si \u00e9l hubiera sido Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, aquel viejo tah\u00far del diablo no hubiera tenido ni que trucar los dados para sacarle ventaja y ganarle, al menos, por una cabeza. Y mientras la muy noble y se\u00f1orial villa rica de Potos\u00ed se le insinuaba, y crec\u00eda, y abr\u00eda como un burdel las cien bocas de sus calles y amenazaba con trag\u00e1rselo de nuevo, el mozo Juanillo no se lo pens\u00f3 dos veces. Redobl\u00f3 el paso, escupi\u00f3 por el colmillo y, como quien no quiere la cosa, se desat\u00f3 a silbar una vieja coplilla arrabalera.<\/p>\n<p><strong>Notas:<\/strong><\/p>\n<p>[1] Trabajadores forzados. Ind\u00edgenas obligados a servir a la Corona durante un periodo de tiempo determinado.<\/p>\n<p>[2] San Lamberto de Zaragoza, patr\u00f3n de los labradores. Su amo lo decapit\u00f3 por no renegar de Cristo. San Lamberto recogi\u00f3 su cabeza del suelo y, ni corto ni perezoso, se fue caminando junto a una yunta de bueyes hasta la cripta de santa Engracia, donde pidi\u00f3 que lo enterraran. Goya lo representar\u00eda en la c\u00fapula de la Regina Martyrum vestido de baturro y con la cabeza bajo el brazo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por una cabeza de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar, y que al regresar parece decir: \u00abNo olvid\u00e9s, hermano, vos sab\u00e9s, no hay que jugar\u00bb. 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