{"id":2444,"date":"2012-11-10T17:00:53","date_gmt":"2012-11-10T17:00:53","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/el-hombre-que-hablaba-de-sus-amores\/"},"modified":"2023-12-29T13:43:14","modified_gmt":"2023-12-29T12:43:14","slug":"el-hombre-que-hablaba-de-sus-amores","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/el-hombre-que-hablaba-de-sus-amores\/","title":{"rendered":"El hombre que hablaba de sus amores"},"content":{"rendered":"<figure style=\"width: 550px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2012\/11\/El%20hombre%20que%20hablaba1.jpg\" alt=\"alt\" width=\"550\" height=\"198\" \/><figcaption class=\"wp-caption-text\">Ilustra Evelio G\u00f3mez.<\/figcaption><\/figure>\n<p>Ya me hab\u00eda dicho demasiado sobre s\u00ed mismo. Al abrir la pesada puerta de salida del bar, me sorprendi\u00f3 la llegada del d\u00eda con su luz gris perla pulverizando una humedad nacarada por el aire inm\u00f3vil. El no estaba sorprendido\u2026 dec\u00eda que no era la primera vez que dejaba a la noche dilatarse como metal fundido resbalando hasta el amanecer. Era un nuevo d\u00eda. Y algunas gaviotas volando en c\u00edrculos chillaban con precauci\u00f3n en el silencio de un cielo blanco y turbio.<br \/>\nNos sorprendi\u00f3 el amanecer. La calle estaba vac\u00eda y un\u00a0 rect\u00e1ngulo largo y estrecho como un ojo rasgado de cielo lechoso y luminoso\u00a0 se recortaba entre los edificios apostados como filas de polic\u00edas a ambos lados de la calle. La sobrevolaban en lo alto los c\u00edrculos de algunas gaviotas de grandes alas puntiagudas que emit\u00edan sus chillidos madrugadores. En cualquier caso, al final no hab\u00eda llovido y ahora la noche hab\u00eda tocado su final, despu\u00e9s de discurrir como un r\u00edo por su cauce entre rocas de monta\u00f1as, resbalando por los minutos y las horas porque un hombre hablaba y hablaba y hablaba como una corriente fluyendo sin pausa. Nombres de mujeres. Nombraba mujeres. A su inalcanzable\u00a0 enamorada, a su novia del instituto a quien hab\u00eda guardado una total fidelidad, a una mujer mala sobre la que hab\u00eda ejercido una extra\u00f1a venganza antes de decirle adi\u00f3s. Sobre el fondo del cielo blanco de la calle en pendiente los \u00faltimos pisos de los edificios compon\u00edan su mosaico c\u00fabico, geom\u00e9trico,\u00a0 y de un gris con matices. Hacia abajo, en direcci\u00f3n al mar, una transversal cortaba la vista, y para mirar al cielo no bastaba simplemente con elevar la frente, los p\u00e1rpados ligeramente levantados. All\u00ed abajo se pod\u00eda ver el cielo con dificultad, alzando la cabeza hasta que el cuello ca\u00eda sobre la nuca.<\/p>\n<p>-Yo coger\u00e9 un taxi \u2013era \u00e9l quien hablaba-.<\/p>\n<p>-Yo siempre voy a casa caminando. \u00bfY tambi\u00e9n puedes coger el autob\u00fas, no?<\/p>\n<p>Unos minutos antes, el hombre descansaba su codo izquierdo en la barra del bar, su mano como esculpida en hierro apoy\u00e1ndose cansada en la barbilla entre calada y calada de un cigarrillo cuyo papel transparentaba el tabaco marr\u00f3n oxidado.<\/p>\n<p>-Ella me hab\u00eda llamado. Hab\u00eda viajado desde el sur, su lugar de residencia \u2013dijo-.<br \/>\nEnfrente a la barra, las mesas de madera se apoyaban contra una pared desnuda de piedra gran\u00edtica. Eran muy estrechas y la gente se sentaba en ellas frente a frente. Ol\u00eda a whisky y a cerveza y a cuerpos humanos con olor a gel de ba\u00f1o gastado. Las mesas eran de m\u00e1rmol blanco y pies de viejas m\u00e1quinas de coser, ocupaban una zona de penumbra pues\u00a0 las l\u00e1mparas hal\u00f3genas con pantalla de plato colgada de una cadena met\u00e1lica iluminaban tan solo la barra en toda su longitud, con tal perfecci\u00f3n que hasta pod\u00eda leerse desde cierta distancia el t\u00edtulo de un libro de filosof\u00eda de Bertrand Russell, y hasta pod\u00eda verse el brillo h\u00famedo de un grifo de cerveza cuya forma recordaba la cabeza de una serpiente pit\u00f3n. Pod\u00edan considerarse los c\u00edrculos secos que dejaban los vasos, los rallazos del cristal y los bordes de los posavasos de cart\u00f3n un poco ondulados por las sucesivas veces que hab\u00edan estado mojados. Y en el vaso del hombre, por debajo de una l\u00ednea fina de espuma de cerveza, se distingu\u00edan brillantes los rayos de una chispa de luz concentrada. Y girando la cabeza hacia la zona de la derecha pod\u00eda verse la franja de las mesas a media luz, zona oscura como sentimientos impenetrables.<\/p>\n<p>-Concertamos una cita porque quise ser amable con ella \u2013asegur\u00f3 mientras peinaba con sus dedos un mech\u00f3n de pelo con canas incipientes que hab\u00eda ca\u00eddo sobre sus grandes gafas de pasta negra. Ten\u00eda los ojos oscuros, las manos grandes, el cuerpo recio, la mirada ambigua y\u00a0 las patillas recortadas como un rect\u00e1ngulo, con el pelo de un color jaspeado de arena y ceniza muy corto por encima de las orejas. Ten\u00eda un aire de intelectual de los sesenta, el aspecto de alguien que se enzarza en los caf\u00e9s en debates interminables sobre temas aventurados. Y estaba all\u00ed, a altas horas de la noche, reflejando su perfil en el espejo colgado de la pared que discurr\u00eda paralelamente a la barra.<\/p>\n<p>Nuestros amigos comunes estaban sentados en la \u00fanica mesa que ocupaba el rinc\u00f3n m\u00e1s oscuro. La luz de una vela tej\u00eda en sus rostros encajes de sombras fantasmas. Charlaban y gesticulaban, re\u00edan y de vez en cuando la voz grave de uno de ellos se elevaba por encima del resto. Las risas complacientes indicaban una conversaci\u00f3n ca\u00f3tica pero animada por el n\u00famero de botellas vac\u00edas que se amontonaban sobre el m\u00e1rmol azucarado y fr\u00edo de la superficie de la mesa. El alcohol desataba la pendiente de su sociabilidad hacia valores estad\u00edsticos de lo m\u00e1s relevantes \u2013me dije recogiendo la voz de las noticias del telediario-. Se miraban unos a otros con inter\u00e9s, se sonre\u00edan, dejaban que sus ropas se rozasen\u00a0 e intercambiaban frases en las que se adivinaban peque\u00f1as discusiones, interrumpidas brevemente por tonos de voz\u00a0 bastante reconfortantes. Las palabras propias y las de los otros, el intercambio.<\/p>\n<p>Yo digo y t\u00fa me dices. Hablamos y eso crea desplazamientos, encuentros, desencuentros, citas, enredos. Moderaci\u00f3n, las palabras pueden herir. Comprende su impacto y toma precauciones.<\/p>\n<p>-Creo que no debiste de haberlo hecho. Pod\u00edas no haberte citado con ella y con eso le estar\u00edas indicando bastante,\u00a0 o al menos lo suficiente- asegur\u00e9-.<\/p>\n<p>-Pero ella insist\u00eda. No me dejaba en paz, se pas\u00f3 toda la noche\u00a0 insistiendo. Y me hab\u00eda hecho mucho da\u00f1o en el par de a\u00f1os que hab\u00eda durado nuestra relaci\u00f3n. Todo estaba mal. Todo her\u00eda. Todo hac\u00eda da\u00f1o, siempre da\u00f1o -el tono de su voz subrayaba cada uno de los acentos de cada una de las palabras con la precisi\u00f3n de un rayo-.<\/p>\n<p>Una pareja de enamorados se hab\u00eda instalado en la mesa cercana a la de nuestros amigos. Hab\u00edan desplazado las sillas del lugar que ocupaban para que sus cuerpos pudieran estar juntos, roz\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Yo me encontraba de pie, al lado del taburete de piel sint\u00e9tica que ocupaba el hombre, el amigo que me explicaba su acto de venganza. Cre\u00ed no entender lo que me contaba. No parec\u00eda posible vengarse de una manera tan extra\u00f1a. La cuchillada del desquite mezclaba un doble filo de odio y placer.<\/p>\n<p>En la pared, por encima de las mesas, cuadros de variados tama\u00f1os formaban una composici\u00f3n desordenada. Uno de los m\u00e1s grandes colgaba de un cord\u00f3n y estaba torcido en direcci\u00f3n a la ventana que ocupaba el espacio colindante a la puerta de entrada. Tres hileras de cuadros colocadas en la pared, entre la fachada\u00a0 y la pared que delimitaba el espacio del cuarto de ba\u00f1o. Tres grandes fotograf\u00edas en blanco y negro que mostraban campesinas de otra \u00e9poca vendiendo quesos\u00a0 en cestas de mimbre en un mercado a cielo abierto. Y una vitrina de cristal llena de libros al lado de una camiseta roja con una frase expresando en negro una reclamaci\u00f3n pol\u00edtica.<\/p>\n<p>-Ella insist\u00eda, insist\u00eda e insist\u00eda. Me dec\u00eda que yo le gustaba. Y yo quise verla solo porque ella hab\u00eda venido de lejos y yo quer\u00eda ser amable. Me agobiaba con su insistencia \u2013dec\u00eda, mientras sus ojos negros clavaban la mirada en los m\u00edos, mientras apoyaba su mano en mi hombro al hablar,\u00a0 haci\u00e9ndome oscilar adelante y atr\u00e1s-<\/p>\n<p>Y estaba de pie a su lado y de vez en cuando pod\u00eda observar, mientras \u00e9l hablaba, a la pareja enamorada abraz\u00e1ndose, sus cuerpos sentados en las sillas muy juntas, pegadas. Y las sensaciones entremezcladas del amor y del odio impregnaban hasta el interior de mis huesos. Llegaban de afuera, desde la atm\u00f3sfera creada por las palabras, desde las im\u00e1genes que alcanzaban mi vista, y movimientos indefinidos se agitaban en alguna parte ilocalizable de las venas y luego viajaban expandi\u00e9ndose por todo el torrente sangu\u00edneo. El encuentro del amor y el odio, como corrientes de agua marina que al entrechocar forman una doble ola que se hace \u00fanica. Los dos eran j\u00f3venes pero ya no tanto. El se levant\u00f3 y se acerc\u00f3 hacia nosotros para pedirle al camarero otra ginebra mientras ella lo segu\u00eda con la mirada, desplazando sus ojos para seguir sus pasos. \u00c9l ya no me daba la espalda y pude ver las comisuras de sus labios curvados hacia arriba en una sonrisa delgada, capt\u00e9 sus ojos brillantes como chispas pensando en ella, y no percib\u00ed nada que indicase que estaba cohibido porque probablemente no se percataba de que la gente a su alrededor hab\u00eda estado inmiscuy\u00e9ndose con la mirada mientras se besaban.<\/p>\n<p>-Es muy triste. No puedo entender que alguien se vengue de ese modo. Vuelvo ahora \u2013le dije a mi amigo-.<\/p>\n<p>Una mujer se pintaba los labios ante el espejo\u00a0 cuando entr\u00e9 en el ba\u00f1o. Su amiga le dec\u00eda: \u201cAunque no te los pintes est\u00e1s guapa igual\u201d. La que se pintaba le respond\u00eda que era para protegerlos pues los sent\u00eda resecos. \u00a1Cu\u00e1ntas coquetas no habr\u00edan dicho lo mismo a lo largo del siglo!. Un siglo desde que las modernas comenzaron a pintarse los labios, el siglo de la floreciente industria de los cosm\u00e9ticos.<\/p>\n<p>Sal\u00ed del ba\u00f1o. Los amigos segu\u00edan charlando en su mesa. El hombre que hablaba y hablaba de sus amores segu\u00eda en la barra del bar, esperando en silencio a que yo volviese. Y yo regres\u00e9 del ba\u00f1o y le ped\u00ed otra copa a un camarero con una camisa de algod\u00f3n con las arrugas intencionadamente marcadas. El enamorado ocupaba de nuevo su sitio al lado de su enamorada. El hombre retom\u00f3 el hilo de su conversaci\u00f3n y yo me perd\u00ed en recuerdos precisos de mi adolescencia, cuando hab\u00eda estado sentada en la arena de una playa al lado de un chico, habl\u00e1ndole en voz baja de las Canciones de amor indias y de La revoluci\u00f3n permanente que hab\u00eda le\u00eddo aquella misma tarde. De repente, casi al un\u00edsono, nos hab\u00edamos abalanzado la una sobre el otro y recuerdo que empec\u00e9 a acariciarle y a pasar mi mano por su cuerpo, debajo de la camisa. Despu\u00e9s nos hab\u00edamos quedado sobre la arena, respirando jadeantes, con las olas de la rompiente llegando como un susurro revolucionario hasta casi nuestros pies.<\/p>\n<p>A\u00fan recordaba mis manos por debajo de su camisa, movi\u00e9ndose por sus costillas, la curva de su vientre caliente. Lo recordaba mientras ocupaba mi lugar al lado del\u00a0 hombre que me hablaba y me hablaba y que ya hab\u00eda retomado su conversaci\u00f3n ilimitada tras mi vuelta. Sus palabras se transformaban en el murmullo inconexo de un molesto vecino. Pude ver el dorso de las dos manos cubiertas de anillos de la mujer enamorada, acariciaba con los dedos\u00a0 abiertos\u00a0 la cabeza del hombre enamorado. Sus rostros se dirig\u00edan a lados opuestos porque sus cuerpos estaban pegados en un abrazo, con sus cabezas que se manten\u00edan paralelas, la barbilla apoyada en el hombro del otro. Sus orejas se tocaban. El enamorado miraba hacia la pared y me daba la espalda, el rostro de ella ten\u00eda los ojos cerrados hacia la direcci\u00f3n en la que yo me encontraba. Ella ten\u00eda cerrada la fina l\u00ednea de sus pesta\u00f1as bajo los p\u00e1rpados pintados y mientras sus manos abiertas acariciaban las curvas de la cabeza del hombre de pelo corto. Sus labios sonre\u00edan como si en su interior revolotease tranquila una gran ternura.<\/p>\n<p>-Mis padres se quer\u00edan, me lo dec\u00edan mis amigos. \u201cTus padres se quieren\u201d, me dec\u00edan \u2013era el hombre sentado a mi lado en el taburete quien me hablaba-.<\/p>\n<p>-Mis padres empezaron a quererse un poco cuando ya eran viejos \u2013respond\u00ed.<\/p>\n<p>Nos sorprendi\u00f3 el amanecer. La noche hab\u00eda avanzado de un modo tan imperceptible que la llegada de la madrugada\u00a0 parec\u00eda haber vampirizado todas las horas transcurridas desde el despertar de unos negros nubarrones que amenazaban lluvia cuando era medianoche. Y las fuerzas del amor vienen y van como las olas\u2026 ahora tranquilas, ma\u00f1ana amenazando gruesas tempestades. Entonces el odio vigila acechante la armoniosa esfera y se abre paso con sus fuerzas oscuras\u00a0 que se agolpan con el aspecto de la cruel venganza sobre el amor. Sentimientos duros como acero afilado. Entonces era cierto. A veces alguien pod\u00eda hacerle el amor a su pareja para hacerle da\u00f1o, todo el da\u00f1o posible que cabe en un acto f\u00edsico de cruel venganza. El hombre que me hablaba demasiado le hab\u00eda hecho el amor a ella odi\u00e1ndola \u2013porque, al parecer, ella hab\u00eda venido desde el sur a buscarlo y no lo dejaba en paz- Un acto de desagravio porque ella as\u00ed lo hab\u00eda querido, despu\u00e9s la hab\u00eda dejado y nunca m\u00e1s quiso volver a verla. Para m\u00ed era un nuevo d\u00eda, calle abajo, lejos del hombre y sus sentimientos, y en direcci\u00f3n al mar, hacia casa. Si hubiera sido una de esas naturalezas femeninas carentes de deseos propios\u2026 pero yo ten\u00eda inter\u00e9s en mi propio destino. Y \u00e9l cumpl\u00eda alg\u00fan requisito pero la suma de lo que daba no era bastante como para recompensarle con amor. Se consideraba a s\u00ed mismo un centro fijo, estim\u00e1ndose como la imprescindible atm\u00f3sfera que envuelve y da vida a los cuerpos m\u00e1s s\u00f3lidos.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ya me hab\u00eda dicho demasiado sobre s\u00ed mismo. Al abrir la pesada puerta de salida del bar, me sorprendi\u00f3 la llegada del d\u00eda con su luz gris perla pulverizando una humedad nacarada por el aire inm\u00f3vil. 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