{"id":1949,"date":"2012-07-12T07:53:23","date_gmt":"2012-07-12T07:53:23","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/la-ausencia\/"},"modified":"2023-12-29T13:43:20","modified_gmt":"2023-12-29T12:43:20","slug":"la-ausencia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/la-ausencia\/","title":{"rendered":"La ausencia"},"content":{"rendered":"<p>Ha empezado a llover y no me queda m\u00e1s remedio que caminar pegado a los edificios, deseando que posean balcones, cornisas y todo tipo de florituras decorativas prominentes. Mientras se me va empapando la ropa, una vez superada la primera resistencia del abrigo, voy esquivando a la gente lo mejor que puedo y lo mejor que se dejan, pues no es s\u00f3lo que la noche haya escupido sobre nuestras existencias, sino que ante todo tengo la mente en otra parte. Todav\u00eda permanezco en estado de aut\u00e9ntica perplejidad, y si las piernas se me mueven hacia adelante o hacia atr\u00e1s, no s\u00e9, es por puro automatismo, es porque no pod\u00eda, no deb\u00eda permanecer all\u00ed por m\u00e1s tiempo. Nada que ver, pues, con un predecible fen\u00f3meno atmosf\u00e9rico.<\/p>\n<figure style=\"width: 550px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2012\/07\/la_ausencia.jpg\" alt=\"alt\" width=\"550\" height=\"198\" \/><figcaption class=\"wp-caption-text\">Ilustra Evelio G\u00f3mez.<\/figcaption><\/figure>\n<p>Bastante hice con aguantar inm\u00f3vil, sentado en un banco del parque, viendo c\u00f3mo ella se alejaba apresuradamente mientras alud\u00eda a una de las numerosas excusas que la caracterizaban. Un amplio abanico de posibilidades destinado a no descubrir nunca nada.<br \/>\n\u2013Lee la carta \u2013me dijo\u2013. Me gustar\u00eda quedarme y comentarla, pero tengo prisa.<\/p>\n<p>Quedar con ella para verla durante medio minuto me resultaba del todo desagradable, y el palpable nerviosismo de su rostro, junto a su r\u00e1pida retirada, no pudo sino arropar a mi enfado de asombro y estupefacci\u00f3n. La conversaci\u00f3n telef\u00f3nica de la que hab\u00eda surgido esta cita ya me inspir\u00f3 cierto desasosiego, pero el no haberla visto durante semanas maquill\u00f3 dicha sensaci\u00f3n y me hizo acudir ansioso a su encuentro. Pues bien, puedo confirmar que treinta segundos en semejante contexto llevan impl\u00edcitos consigo la palabra menosprecio.<\/p>\n<p>Mientras esquivo prudentemente cuantos pasos de peatones se me aproximan, pues son mortales de necesidad en estos casos, vislumbro a lo lejos otro posible obst\u00e1culo que se desplaza raudo hacia m\u00ed. Un estanco, una panader\u00eda, dos tiendas de telefon\u00eda m\u00f3vil y un concesionario de autom\u00f3viles extracomunitarios m\u00e1s tarde confirmo formas y contornos desliz\u00e1ndose pasmosamente a velocidad vertiginosa. Efectivamente, se trata de una anciana octogenaria armada con un paraguas negro modelo<\/p>\n<p>\u201cChurchill\u201d que presumo espera de m\u00ed un cort\u00e9s laissez passer. Y aunque todav\u00eda no ha ocurrido nada, y puede que as\u00ed sea, me temo que esto le va a dar de comer a mi creciente enojo. Experiencias anteriores me hacen estar alerta.<\/p>\n<p>Medio minuto, un par de palabras vomitadas y una carta guardiana de terror\u00edficos secretos. La fiebre se est\u00e1 apoderando de m\u00ed, me noto la frente muy caliente; y la asfixia est\u00e1 haciendo lo propio con mi mente, rode\u00e1ndola de negro. S\u00f3lo de vez en cuando noto r\u00e1fagas de tenue luz, quiz\u00e1s la lluvia que me cae en la cara. Me siento desconcertado, no puedo afirmar ni cu\u00e1ndo ni cu\u00e1nto estoy. Incapaz de garantizar mi presencia f\u00edsica en este lugar, una cosa es segura: a mis pulmones les cuesta pensar y a mi cerebro, respirar. El ruido de sus zapatos, cada vez m\u00e1s evidente, recuerda la cadencia de un paso militar, mientras que sus aptitudes camale\u00f3nicas, evidenciadas por su uniforme negro, la camuflan en la noche. La que lleva el paraguas es ella, y, adem\u00e1s, la exagerada flexibilidad de la que viene haciendo gala descarta cualquier tipo de incapacidad f\u00edsica. Seguro que \u00e9sta es de las que se cuela en las colas de los supermercados\u2026 \u00a1Pues no me pienso apartar!<\/p>\n<p>Gracias a una fluidez mental recuperada bruscamente a golpe de truenos, me percato de que estrat\u00e9gicamente estoy mal ubicado: la pendiente de la calle me perjudica de manera notoria en este trance. Ciento ochenta y dos, ciento ochenta y cuatro, ciento ochenta y seis\u2026 No obstante, me niego a creer que pueda pasar algo. Estoy alterado por mi encuentro con Mar\u00eda y extrapolo mis resentimientos. Ciento noventa, ciento noventa y dos\u2026 Claramente una peca en la frente, pelo recogido hacia atr\u00e1s, la mano izquierda alzada protegi\u00e9ndose el cuello del fr\u00edo, y s\u00ed, sin duda extrapolaci\u00f3n de\u2026 \u00bfDe d\u00f3nde viene esa m\u00fasica? \u00bfPor qu\u00e9 oigo \u201cLa danza del sable\u201d de Khachaturian? La pendiente va engordando su vientre y Khachaturian acelerando su sable, de modo que una me cala los tobillos y otro me taladra el cerebro. Y\u2026 \u00a1pero qu\u00e9 co\u00f1o extrapolaci\u00f3n de resentimientos! Colmillos de cent\u00edmetro y medio y ojos oblicuos inyectados en sangre se lanzan sobre m\u00ed con la m\u00e1xima intensidad posible en lo que ya es, sin duda, la culminaci\u00f3n absoluta del duelo. La sorpresa es tal que me difumina el paisaje urbano.<\/p>\n<p>\u00a1R\u00e1pido! A la derecha, \u00e1rbol platanero y contenedor de basura rebosante. Descartado. O bien peque\u00f1a barandilla que da paso a un portal mediocremente iluminado. Opto por la segunda opci\u00f3n antes de que el cuchillo grande me rebane a pedacitos, de manera que el salto ol\u00edmpico es magn\u00edfico, s\u00f3lo superable por un tigre blanco de Siberia. Y de igual modo magn\u00edfico es el espeluznante batacazo contra un macetero pretencioso, recreaci\u00f3n de un artesano frustrado que iba para artista. La izquierda tambi\u00e9n ten\u00eda contraindicaciones. Recobrada la verticalidad, me examino desordenadamente. Todo en su sitio. He conseguido salvar mi ojo derecho del aguerrido atropello de semejante invento est\u00fapido y peligroso, y ya se sabe que un ojo siempre es un ojo. Por pura inconsciencia me asomo por la barandilla y ni rastro de la enviada de las tinieblas ni de su himno. Los \u00fanicos testigos de mi infortunio me aguardan pacientes en la acera de la calle: una pluma estilogr\u00e1fica, un paquete de cigarrillos y varios libros visiblemente tullidos por la lluvia; del encendedor, ni rastro.<\/p>\n<p>Salido m\u00e1s o menos airoso del percance, contin\u00fao de camino a casa. El cielo se adivina negro para rato y\u2026 \u00a1La carta! \u00a1Espero que no haya acompa\u00f1ado al mechero! Ojeo los libros y no la encuentro entre sus p\u00e1ginas. \u00bfD\u00f3nde la puse? Cierto, en el bolsillo interior del abrigo. Falso. \u00a1Ya recuerdo! En la cartera, minuciosamente doblada. En un \u00faltimo esfuerzo consigo llegar a mi apartamento, y al tiempo que voy abriendo la puerta, hago lo propio con la carta. Una vez dentro, la deposito encima de la mesa del comedor mientras me desnudo y me seco. Me siento ante ella como en un ritual ceremonial y temblorosa y lentamente la leo. Cuando acabo, enciendo un cigarrillo y me hago un caf\u00e9 en un intento de recuperar las fuerzas necesarias para leerla por segunda vez, pues no estoy seguro de haber entendido lo le\u00eddo a la primera. S\u00ed, las palabras siguen siendo las mismas, y su significado, tambi\u00e9n. Mi estupor no me permite encontrar el sentido a tanta amable violencia: resulta sorprendente c\u00f3mo mismos vocablos pueden designar cosas tan opuestas en tan poco tiempo. Todav\u00eda recuerdo con id\u00e9ntica claridad las miradas furtivas, sutilmente provocadas y delicadamente aceptadas, que nos adentraban por un camino sinuoso con m\u00e1s curvas de las se\u00f1alizadas, algo que por aquel entonces no constitu\u00eda ni obst\u00e1culo ni frontera insalvable.<\/p>\n<p>Mis agitados pensamientos no van m\u00e1s all\u00e1 de pisarse los unos a los otros en una loca carrera por huir de esta nueva realidad, latente y brutal, que me pesa como una losa de m\u00e1rmol. Esta carta no es para m\u00ed, de ninguna manera puede ser para m\u00ed. En alguna parte se ha cometido un error, as\u00ed que ma\u00f1ana bajar\u00e9 a los buzones y la dejar\u00e9 ah\u00ed para que el cartero la haga desaparecer. Lejos, muy lejos. \u00a1No, m\u00e1s todav\u00eda!<\/p>\n<p>Olvidada la cena, cansado f\u00edsica y psicol\u00f3gicamente, me acuesto en la cama, depositando tan penosa correspondencia bajo la almohada. Recostado, observo por la ventana el cielo. S\u00ed, negro para rato, y no ha hecho m\u00e1s que empezar, aunque ahora llueve a ambos lados del cristal mientras los ojos se me van cerrando.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ha empezado a llover y no me queda m\u00e1s remedio que caminar pegado a los edificios, deseando que posean balcones, cornisas y todo tipo de florituras decorativas prominentes. 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