{"id":1554,"date":"2012-04-09T17:16:53","date_gmt":"2012-04-09T17:16:53","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/dos-lados-de-la-puerta\/"},"modified":"2023-12-29T13:44:10","modified_gmt":"2023-12-29T12:44:10","slug":"dos-lados-de-la-puerta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/dos-lados-de-la-puerta\/","title":{"rendered":"Dos lados de la puerta"},"content":{"rendered":"<p>Permitirse oler as\u00ed, emanar esa cantidad de podredumbre que qui\u00e9n sabe de d\u00f3nde se saca. C\u00f3mo hurga el diablo, el pobre condenado. Aroma de cuerno quemado, pat\u00e9 de rinoceronte amarillo, los cuernos que se enlodan en lo viscoso y los rinocerontes que no tienen nombre; digan lo que digan las fotos. Semiinconsciencia severa que obliga a asociaciones difusas; las puertas abiertas, como piernas, al rebase de todo l\u00edmite. \u00a1Y ese olor que delata! Su perfume inconfundible a\u00fan al borde del infierno.<\/p>\n<div>\n<dl id=\"\">\n<dt>\n<p><figure style=\"width: 550px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2012\/04\/puerta2.jpg\" alt=\"alt\" width=\"550\" height=\"198\" \/><figcaption class=\"wp-caption-text\">Ilustra Evelio G\u00f3mez.<\/figcaption><\/figure><\/dt>\n<\/dl>\n<\/div>\n<p>No ser\u00e1 porque no lo sospechase ya antes del crujido y los quejidos que anunciaban a la bestia dentro y su maldito cuerno humeante escupiendo chispas. Persisten en su revoloteo revuelto los cuernos cuervos que entonaban al tintineo de los hielos el himno de los perdidos, canto ahogado en el vaso doble de la ginebra que danzaba sobre la barra antes de entrar; antes de tomar la calle que dirig\u00eda autom\u00e1tica pies y manos hacia la pocilga; antes de comprobar mil veces el arma a la derecha, por donde entran los diablos, palpando el ca\u00f1\u00f3n anhelante de truenos, y a la izquierda su fotograf\u00eda, enorme rinoceronte empeque\u00f1ecido hasta caber su cabezota y su enorme falo autografiado dentro de la instant\u00e1nea. Y el mismo pensamiento una y otra vez sobre la azotea limpia de obst\u00e1culos para el suicida; los rinocerontes no tienen nombre.<\/p>\n<p>Cuando apoy\u00e9 la cabeza sobre el entrepa\u00f1o de la puerta atronaba el eco de las trompetas y la voz cascada de Louis homenajeando a los \u00e1ngeles que nunca se encuentran aqu\u00ed abajo. Por mucho que se insista; nunca. Y lo peor es que se sabe. Todo. Lo sab\u00eda ya antes de empujar ligero con la punta el cabio de la madera y encontrarme las ventanas apagadas y sus celos\u00edas atiborr\u00e1ndose cual cucarachas de las grasas y restos sin limpiar desde siempre. Ning\u00fan \u00e1ngel se vendr\u00eda aqu\u00ed. Ninguno.<\/p>\n<p>Abrac\u00e9 la piedad cuando timbr\u00e9 s\u00f3lo por dejarme ver a trav\u00e9s del ojo ciego de c\u00edclope que delata al extranjero desde el montante central de la tabla; ni siquiera por un instante ca\u00ed en la tentaci\u00f3n de ocultarme hacia el lado invisible de la jamba y esperar; aguardar por una cabecita que volar por los aires desde el cuerno del arma impaciente que me ped\u00eda respirar revolvi\u00e9ndose en el bolsillo como lo har\u00eda un chucho que se ahogara como yo ahora.<\/p>\n<p>Todo en las manos tr\u00e9mulas del azar. Antes del crujido y los quejidos, y del enorme cuerno de rinoceronte; antes de penetrar su pocilga, de dejarme tragar por aquella espantosa ausencia de luz, media tiniebla donde enhebrar la aguja de la fatalidad, ante la visi\u00f3n de paredes chorreantes de humedades negras como el alma de ella, el sonido sordo del chapoteo hueco del agua que se niega a fluir por las ca\u00f1er\u00edas llenas de cal, obturadas de mugre y vida verde.<\/p>\n<p>Todo en manos del azar, la m\u00eda y la de ellos. Hubo oportunidad de abandonar; antes del baile tembloroso del vaso sobre la barra que advert\u00eda. Volver a casa; a sus pastas de t\u00e9, a sus deliciosos snacks de pat\u00e9 casero, al \u00e1lbum de fotos sin manosear, al interior del apartamento caparaz\u00f3n impregnado de arriba abajo con su perfume, reconocible a\u00fan en el mismo infierno. S\u00ed; a casa, a su hueco, descanso del guerrero tras otra jornada entre animalitos que defecan y huelen siempre como el mism\u00edsimo diablo. Dejarse enga\u00f1ar y ser feliz.<\/p>\n<p>No se hace tan sencillo, acabar con todo en un soplo. No era en el fondo mi decisi\u00f3n, sino sus prisas por gozar como bestias enjauladas. Lo dej\u00e9 todo en manos del azar. Y el azar dijo s\u00ed, dict\u00f3 sentencia con el pulgar se\u00f1alando la tierra.<\/p>\n<p>Recorr\u00eda el pasillo como recorr\u00ed la calle, sin estar a lo que estaba, viendo una y otra vez la foto oculta en el bolsillo que pensaba dejar sobre su cad\u00e1ver traidor; la instant\u00e1nea que me hab\u00eda valido un primer premio en el concurso anual que celebramos entre todos los trabajadores del zool\u00f3gico: Un rinoceronte en pleno acto de apareamiento, como ahora, justo encima de la hembra. Milagroso primer plano de su enorme falo tomado por un aficionado a la fotograf\u00eda. Le hizo gracia, tanto que se la regal\u00e9. Y no supe m\u00e1s de ella, hasta hoy. No se escribe sobre las fotos; son arte. Y menos a\u00fan nombres rid\u00edculos. No se apropia uno de un rabo que no le pertenece; porque Eric, ese mismo del que s\u00f3lo conozco su caligraf\u00eda a lo largo del falo de mi foto, no se podr\u00e1 comparar, eso seguro. Aunque lo comprobaremos; y si continuar\u00e1 tieso tras la bala incrustada en el cuerpo. Penetraci\u00f3n por penetraci\u00f3n, amigo. Es l\u00edcito defender la propiedad de uno, hasta los animales defienden su territorio.<\/p>\n<p>El azar es r\u00e1pido; todos los instantes en uno. La mano libre que empuja la s\u00e9ptima puerta, la superposici\u00f3n sonora del chirrido de la bisagra, el sobreagudo de la trompeta de Louis desde el anticuado vinilo negro como la promesa de un futuro acabado, el grito hist\u00e9rico de ella, el crujir del hueso de la mand\u00edbula y el calor. El quejido y los ojos inquietos que se saben muertos buscando los \u00e1ngulos que huyen para siempre.<\/p>\n<p>Con la vista proyectada sobre el techo lo entend\u00ed todo. Por qu\u00e9 estaban, a pesar de los bufidos, con ropa; por qu\u00e9 aquella foto olvidada sobre la mesilla bautizando el enorme falo de la peque\u00f1a bestia; por qu\u00e9 la puerta de la pocilga abierta. Ni descuido, ni prisas, ni arrebato. S\u00f3lo una enorme tela de ara\u00f1a donde atrapar al ingenuo cazador de rinocerontes. No todo estaba en manos del azar. Una de las partes jug\u00f3 a la coherencia, con reglas precisas, con sumo cuidado, obedeciendo un plan que satisficiese sus deseos de libertad. El placer del int\u00e9rprete, como Louis haciendo girar por los aires notas que anunciaba el Apocalipsis del nimio querub\u00edn ingenuo; la satisfacci\u00f3n de escribir la partitura de un crimen tan perfecto como muchos otros.<\/p>\n<p>Se acercan con paciencia a su obra. Observan el rostro quieto, imp\u00e1vido, r\u00edgido como el honor; el rostro absorto en la nada. Se acercan y ven; mi gesto impenetrable de cad\u00e1ver reci\u00e9n hecho. Y ese olor; ese olor que emana del abismo perforado por el proyectil de acero a\u00fan caliente que se encontr\u00f3 mi cara de asombro a mitad de su trayectoria. Y el rinoceronte sonr\u00ede; y los dos, ahora, posan como para una nueva foto.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Permitirse oler as\u00ed, emanar esa cantidad de podredumbre que qui\u00e9n sabe de d\u00f3nde se saca. C\u00f3mo hurga el diablo, el pobre condenado. 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