{"id":1271,"date":"2011-12-06T08:23:56","date_gmt":"2011-12-06T07:23:56","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/nekromanteion\/"},"modified":"2023-12-29T13:44:15","modified_gmt":"2023-12-29T12:44:15","slug":"nekromanteion","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/nekromanteion\/","title":{"rendered":"Nekromanteion"},"content":{"rendered":"<p>La casilla del 15 de Agosto estaba en blanco. Ninguno de los dos sab\u00eda d\u00f3nde dormir\u00edan esa noche, probablemente en alg\u00fan lugar de la costa del mar J\u00f3nico. Iogumenitsa, Parga, Corf\u00fa, \u00cdtaca. Cualquiera ser\u00eda deseable. Todas anunciaban la luz del mar, azul, espumoso, las islas que como manchas el sol hac\u00eda crecer en la superficie, arranc\u00e1ndolas del fondo submarino como plantas, manchas semejantes a muchachas raptadas de las profundidades por un rayo azafr\u00e1n, sostenidas por un brazo invisible que las mec\u00eda ba\u00f1\u00e1ndolas en luz, salpic\u00e1ndolas con reluciente arena blanca. Visitaremos esas playas, se dijeron. Extenderemos nuestros cuerpos bajo el sol y no haremos nada m\u00e1s. Estar aqu\u00ed, disfrutar las vacaciones.<\/p>\n<p>Pero \u00bfera eso estar de vacaciones? \u00c9l le reprochaba su incapacidad para distinguir un s\u00e1bado de un lunes, un placer de una obligaci\u00f3n; ella se encog\u00eda de hombros y cambiaba de tema. Aqu\u00ed estamos, pens\u00f3 Diana, el sol desbord\u00e1ndose en sus ojos. Aqu\u00ed estamos, descendiendo las monta\u00f1as del Epiro, avanzando en direcci\u00f3n al mar. Hab\u00eda resultado extra\u00f1o recorrer Italia en el mismo coche que les llevaba al m\u00e9dico y de compras, pero no pudo ser de otra manera. Pero esto, Grecia, las islas\u2026 No, no pod\u00eda estar de acuerdo \u2013era la tercera vez en ese pa\u00eds\u2013, Grecia era incomparable. En ning\u00fan otro lugar puede uno alzar la vista y recibir como un choque la visi\u00f3n de un templo erguido sobre el monte como un joven solitario que inclinando la espalda sobre el tronco de una encina, una pierna sobre otra, entonase despreocupadamente una melod\u00eda silenciosa que nadie, quiz\u00e1 s\u00f3lo el \u00e1rbol o las flores, podr\u00eda nunca descifrar. Ese era el lugar, esos eran los nombres: Olimpia, Esparta, Micenas. Ese era el sol y aquel el cielo. Grecia era, sencillamente, el lugar, incomparable, la belleza.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de todo, uno no pod\u00eda acabar de creerse que todo aquello se sostuviese todav\u00eda, blanco, reluciente, solitario. S\u00ed, era cierto: el roble de Zeus no era el mismo de hace tres mil a\u00f1os, pero el susurro de las hojas y el viento, el viento llevando y trayendo las palabras, las respuestas\u2026 Dodona segu\u00eda all\u00ed por m\u00e1s que hubiesen cortado el \u00e1rbol. De frente, el mar. Corf\u00fa se present\u00eda tras las nubes, en la lejan\u00eda azul, escondida. Avanzaban.<\/p>\n<p>En el calendario hab\u00eda una casilla sin cubrir, tres d\u00edas indecisos entre Epiro y Olimpia. Quisieron quedarse m\u00e1s tiempo en los pueblos de Zagori, donde no hac\u00eda calor ni hab\u00eda turistas y s\u00f3lo se necesitaban dos pasos para encontrarse en lo m\u00e1s alto de un precipicio, la garganta abierta a los pies, aunque el r\u00edo estaba seco y habr\u00eda sido mejor visitarla en primavera, cuando los torrentes reci\u00e9n formados se despe\u00f1aban ladera abajo ba\u00f1ando las rocas, y el amarillo de las flores y el verde del musgo, el frescor del agua limpia, la m\u00e1s limpia de Europa, dec\u00eda la gu\u00eda, resonando, crepitando, saltando mientras ellos se adormec\u00edan bajo el sol. Pero no pudo ser, as\u00ed que ah\u00ed estaban, descendiendo la nueva autopista del Epiro, Corf\u00fa ocult\u00e1ndose en la lejan\u00eda. Pero \u00bfcu\u00e1l era el nombre griego? Kerky\u2026 Kyrk\u2026 Probablemente no podr\u00edan llegar a Corf\u00fa; tampoco parar\u00edan en Iogumenitsa; intentar\u00edan encontrar algo en Parga o los alrededores.<\/p>\n<p>Parga era un hervidero de cuerpos rojos embadurnados de aceite, mujeres en biquini arrastrando ni\u00f1os de la mano, rojas tambi\u00e9n. Y los cientos de coches abri\u00e9ndose paso entre multitudes. Era in\u00fatil, no pod\u00edan entrar, ten\u00edan que seguir adelante aunque no supiesen d\u00f3nde detenerse. \u00bfPor qu\u00e9 era tan inc\u00f3modo buscar alojamiento, por qu\u00e9 no pudieron quedarse m\u00e1s tiempo en las monta\u00f1as, por qu\u00e9 esos huecos en el calendario? \u00bfNo hab\u00edan intentado rellenarlos in\u00fatilmente cuando planificaban el viaje desde casa? \u00bfNo recordaban que el lugar se hab\u00eda resistido una y otra vez? \u00bfAcaso no ve\u00edan que ese vac\u00edo en el calendario no auguriaba nada bueno, que se desped\u00edan para siempre de la felicidad de Zagori, de la lluvia, la garganta, el precipicio, los caminos de piedra, el verde, el silencio, y que no ten\u00edan la m\u00e1s remota idea de ad\u00f3nde iban? Una voz estridente parec\u00eda gritar por encima de sus cabezas, parec\u00eda golpear como un pico las ventanillas del coche mientras pasaban de largo un pueblo tras otro. Aqu\u00ed cae otra vez, el manto de silencio, la oscuridad.<\/p>\n<p>\u00c9l grit\u00f3, ella call\u00f3. Pasaron de largo ante las casas y los carteles de rooms for let. M\u00e1s cuerpos aceitosos y m\u00e1s coches. Qu\u00e9 absurdo, pens\u00f3 Diana, otra vez en Grecia, otra vez lo mismo. Avanzamos y no sabemos detenernos, avanzamos y no tenemos d\u00f3nde ir. Cuando me habla as\u00ed, gritando, es como si metralla cayese sobre mi cuerpo. Me tiro al suelo, la cara contra la tierra, sin respirar, sin decir nada, y ah\u00ed permanezco, tirada en el suelo, quieta y silenciosa; ah\u00ed permanezco, envuelta en aire y silencio, quieta, horas y horas. Era horrible pensar que aquel barrido de balas era parte imprescindible del amor. Pero en cada viaje hab\u00eda siempre una zona oscura en la que naufragaban, y nunca hab\u00edan encontrado la tabla de salvaci\u00f3n en el nafragio, nada estaba cerca cuando la noche ca\u00eda del cielo y todo se desmoronaba. Un peque\u00f1o paso en falso era suficiente para que todo se desmoronase. Y aunque todo se desmoronase y no pudiesen encontrar nunca una tabla de salvaci\u00f3n en el oc\u00e9ano estaban juntos, permanec\u00edan el uno al lado del otro, esperando pacientemente, dolorosamente, el milagro de volver a pisar en firme. Porque estaban comprometidos, comprometidos de alg\u00fan modo.<\/p>\n<p>Encontraremos algo en Amoudi\u00e1, dijo Diana, porque el silencio era doloroso y estaban en Grecia, el \u00fanico lugar donde uno se gira y encuentra un templo abandonado con un cartel que dice Atena, \u00c1rtemis, Hera. Porque era verano y estaban juntos. Porque faltaban pocos d\u00edas para llegar a Olimpia, la se\u00f1ora de la verdad, la colina nevada, la arena de todos los juegos.<\/p>\n<p>Amoudi\u00e1 se la repart\u00edan ingleses, alemanes y griegos que hab\u00edan gastado su juventud en Inglaterra o Alemania. Se acercaron a la playa siguiendo un paseo que corr\u00eda junto a un riachuelo verde agua. Pero no, no pod\u00eda ser verdad. \u00bfEso era el Aqueronte, el todopoderoso r\u00edo que inunda las fronteras, el r\u00edo del tr\u00e1nsito, la aut\u00e9ntica raz\u00f3n por la que hab\u00edan reservado tres casillas blancas entre Epiro y Olimpia? \u00bfEra ese el motivo por el que no sab\u00edan qu\u00e9 hacer ni ad\u00f3nde ir y el silencio les amordazaba? Las peque\u00f1as barcas varadas junto al r\u00edo, el d\u00eda apacible, sin nubes, verde agua, todo parec\u00eda decir: el r\u00edo ha muerto, qu\u00e9 busc\u00e1is aqu\u00ed.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 fue la decepci\u00f3n, o el r\u00edo muerto, o los ingleses, o esa griega que hablaba alem\u00e1n desde una ventana ofreciendo una habitaci\u00f3n. Fuese como fuese, la desembocadura del r\u00edo Aqueronte era un lugar feo, un lugar horrible. La fealdad, unida a la sensaci\u00f3n de no saber qu\u00e9 hacer ni a d\u00f3nde ir, y ese ruido como de lejano bombardeo a sus espaldas, hicieron que el camino al Nekromanteion fuese todo menos agradable, cualquier cosa menos un placer de vacaciones. Les parec\u00eda cargar con una losa sobre sus hombros y dar vueltas y vueltas en un patio vac\u00edo sin un solo rinc\u00f3n donde detenerse, apoyarse y descansar.<br \/>\nPor supuesto se perdieron; por supuesto volvieron sobre sus pasos. Ten\u00eda que ser as\u00ed, siempre era as\u00ed. La casita donde vend\u00edan las entradas estaba abierta. Entraron en el Nekromanteion con la losa de piedra a las espaldas y el silencio en los o\u00eddos.<\/p>\n<p>El lugar guardaba cierta relaci\u00f3n con el r\u00edo, pero el paisaje no era de ning\u00fan modo parecido al que pudieron haber visto los griegos dos mil a\u00f1os atr\u00e1s. El Parten\u00f3n permanece, el teatro de Epidauro permanece, pero los paisajes cambian, la desembocadura de un r\u00edo siempre cambia, se contrae o se expande con los siglos.<\/p>\n<p>\u00bfD\u00f3nde habr\u00eda estado exactamente el Nekromanteion en el siglo V a. C.? \u00bfNo se encontraban ahora muy lejos del r\u00edo? \u00bfY la laguna? Se hab\u00edan perdido; se hab\u00edan extraviado; se hab\u00edan separado una vez m\u00e1s.<\/p>\n<p>El curso del r\u00edo Aqueronte era extra\u00f1o; la laguna no exist\u00eda; se sumieron cada uno en sus propios pensamientos y as\u00ed, subyugados por la losa, entraron en el recinto arqueol\u00f3gico, golpeados, aplastados, sin decirse nada.<\/p>\n<p>Entre las ruinas destacaban los restos de una iglesia. Lo dem\u00e1s eran muros y suelos polvorientos.<\/p>\n<p>Bien, esto es&#8230; Creo que la palabra significa guardar, o tal vez desvestir, o alojar. Los sacerdotes viv\u00edan aqu\u00ed, all\u00ed estaban las estancias para los hu\u00e9spedes. En hilera se suced\u00edan m\u00e1s habitaciones exactamente iguales. Diana mir\u00f3 hacia delante; su novio mir\u00f3 hacia delante. La luz era demasiado fuerte y el paisaje no ten\u00eda ning\u00fan atractivo, s\u00f3lo una vasta planicie sin pizca de agua. \u00bfPor qu\u00e9 nadie les advirti\u00f3 que all\u00ed no hab\u00eda nada m\u00e1s que polvo, una iglesia min\u00fascula y un mont\u00f3n de rect\u00e1ngulos que en otro tiempo fueron habitaciones, s\u00ed, pero ahora&#8230;? Ahora\u2026 Eso no era Delfos, no era Atenas, no era Sunio. Y el horrible pueblo donde no tendr\u00edan m\u00e1s remedio que pasar la noche. Y qu\u00e9 mala suerte no poder quedarse en los montes de Epiro (la garganta en el abismo, la sombra en las piedras) unos cuantos d\u00edas m\u00e1s.<\/p>\n<p>Entraron en la sala D. Contra uno de los muros se inclinaba un \u00e1nfora de casi un metro de altura. No era mucho, pero era un objeto s\u00f3lido que quiz\u00e1 habr\u00eda guardado vino, aceite o, qui\u00e9n sabe, los huesos y tesoros de una ni\u00f1a muerta. \u00bfAcaso no hab\u00edan visto en alg\u00fan lugar cerca de Pilos enormes \u00e1nforas rotas, semienterradas en un campo desierto y al lado un r\u00f3tulo que dec\u00eda \u00abSepulcro de los muertos\u00bb? Pero no era el momento de hablar de aquellos viajes que tanto empeque\u00f1ec\u00edan el verano que cuenta, el verano actual, la tercera vez en Grecia.<\/p>\n<p>Era aburrido, era polvoriento, hac\u00eda calor. Acordaron darse prisa y entrar en la sala m\u00e1s importante, la cripta donde griegos descend\u00edan (ceremoniosamente, secretamente) para ver en vida los horrores de la muerte.<\/p>\n<p>Diana marcaba los tiempos, aunque se mov\u00eda con lentitud extrema (\u00bfera el calor?, \u00bfera la losa sobre su espalda?). En su rostro asomaba una expresi\u00f3n oscura, indescifrable, porque el silencio, el cansancio, ignorar d\u00f3nde dormir\u00edan esa noche, el aspecto irregular y abandonado del recinto arqueol\u00f3gico, todo la ralentizaba y la paralizaba. De pronto comprendi\u00f3 que ese empe\u00f1o suyo por mantener libres tres espacios blancos entre Dodona y Olimpia obedec\u00eda con toda probabilidad al hecho de que meses atr\u00e1s hab\u00eda estado enferma. Empez\u00f3 de manera sencilla, como siempre empezaba, pero pronto se mostr\u00f3 que aquello no era pasajero, aquello nac\u00eda y renac\u00eda, cada vez con nuevas fuerzas y m\u00e1s brazos, como una hidra envenenada la envolv\u00eda y la ahogaba m\u00e1s y m\u00e1s hasta que al final s\u00f3lo quedaban ella y un sordo deseo de morir, ella y un consentimiento resignado, pues su cuerpo no resistir\u00eda de nuevo la embestida de unos brazos tan enormes. De noche pensaba: no es s\u00f3lo la enfermedad lo que me anuncia que esto puede ser el final, es la fatiga, la extenuaci\u00f3n, la sensaci\u00f3n de que nada queda de m\u00ed; como la cera se consume y termina apag\u00e1ndose, esa llama vacilante brillar\u00e1 fuerte una vez m\u00e1s y desaparecer\u00e1, desaparecer\u00e1, porque todo desaparece. Entonces recordaba que alguien hab\u00eda dicho que todo el mundo estaba muerto y morir no ten\u00eda importancia. Al despertar la visi\u00f3n de la llama se hab\u00eda esfumado por completo. En su lugar quedaba el lento conducirse a trav\u00e9s de las horas fingiendo ocuparse de algo, siempre en casa, porque el tiempo no aconsejaba salir. Tomaba medicinas, beb\u00eda agua y por momentos cre\u00eda que estaba curada y aquellos delirios solamente eran fruto de su excitable imaginaci\u00f3n. Ah\u00ed estaban en cambio las cosas que hacer, los planes por cumplir. Pero despu\u00e9s&#8230; la fuerza del brazo asestando el golpe, otra noche blanca de perplejidad, de infinita incomprensi\u00f3n. Y ve\u00eda a lo lejos su cuerpo joven extendido en la playa, inexperto, joven, agotando los ojos en las olas, meci\u00e9ndose sin peso, libre, ajeno a todo, porque solo una juventud as\u00ed puede vivir con la tranquila indiferencia de los muertos. \u00bfY c\u00f3mo pudo despertarse aquella vez como si nada, tan temprano? \u00bfY qui\u00e9n iba con ella? No pod\u00eda recordarlo. Entonces quedaban cosas por decir, pensaba Diana, que se sumi\u00f3 en la tristeza y bebi\u00f3 agua y trat\u00f3 de dormir. Pero no pudo. Record\u00f3 que hac\u00eda mucho tiempo su padre le dijo que, bueno, ella se hab\u00eda muerto, muerto de verdad, y entonces supo de manera no fingida qu\u00e9 significa encontrarse paralizado en un lugar y que el tiempo se detenga, la sangre deje de fluir, los ojos de ver, los o\u00eddos de recibir informaci\u00f3n (porque en el jard\u00edn hac\u00eda sol y las flores se abr\u00edan y eso era la vida, la vida pulsante, renov\u00e1ndose infatigablemente).<\/p>\n<p>Aquella hab\u00eda sido una losa genuina. La de ahora no lo era. Ahora pod\u00eda consolarse pensando la muerte es una ola id\u00e9ntica, un caballo al galope; ahora pod\u00eda articular palabras y tranquilizarse con eso. Y sin embargo algo lograba siempre agarrarla y zarandearla hacia delante y hacia atr\u00e1s, grit\u00e1ndole a voz en cuello que por<\/p>\n<p>Dios no se enga\u00f1ase a s\u00ed misma, que hab\u00eda finales y finales, y si su final era ese, ah, qu\u00e9 perdici\u00f3n, qu\u00e9 desperdicio, qu\u00e9 vida absurda&#8230;<\/p>\n<p>Cuando Diana se gir\u00f3 en direcci\u00f3n a la sala m\u00e1s importante del recinto arqueol\u00f3gico, su novio sigui\u00e9ndola, una voz femenina se hizo o\u00edr a sus espaldas. Ah\u00ed estaba, una chica, riendo con una risa tonta.<\/p>\n<p>Alguien arroja la piedra al estanque y mueve las aguas; alguien rompe el silencio y aparta la losa.<\/p>\n<p>Diana y su novio se sintieron unidos, se sintieron reconciliados ante la desconocida voz que les dirig\u00eda unas palabras en ingl\u00e9s. La chica era alta y vest\u00eda tal y como una se\u00f1ora muy mayor habr\u00eda vestido hace veinte a\u00f1os en los meses de verano en alguna parte, con una falda de flores y una camisa blanca, aunque seguramente no pasaba de los treinta. No era ninguna belleza y su voz sonaba como un graznido. Descendieron los tres juntos las escaleras que conduc\u00edan a la c\u00e1mara donde los griegos ve\u00edan la ola id\u00e9ntica, la ola de Hades.<\/p>\n<p>El hecho de descender a la c\u00e1mara oscura no dejaba de producir en Diana cierta sensaci\u00f3n de obscenidad. La presencia de la desconocida hac\u00eda que todo resultase m\u00e1s incoherente y m\u00e1s rid\u00edculo. No quedaba tiempo para reflexionar sobre qu\u00e9 significaba que los hombres de hoy en d\u00eda creyesen por un instante y mediante cierta ficci\u00f3n encontrarse con nada m\u00e1s y nada menos que los antiguos griegos. La desconocida les segu\u00eda muy de cerca, soltando de vez en cuando una risita, mirando hacia los lados como si se adentrasen en el t\u00fanel de alguna atracci\u00f3n de feria. Diana segu\u00eda inc\u00f3moda; le molestaba que esa extra\u00f1a turbase sus pensamientos en un lugar que por la incongruencia era el reflejo perfecto del paisaje de su mente. Pero lo reconoc\u00eda, no dejaba de ser un alivio que otra persona ayudase a soportar el peso de la ingente losa. La dejaron hablar y les devolvieron las sonrisas.<\/p>\n<p>El agua inundaba gran parte del suelo. Una luz verde artificial iluminaba las paredes. Estaba claro que en esa gruta h\u00fameda nada hab\u00eda que ver. Un grupo de gente (hab\u00eda dos o tres turistas italianos; sus voces eran contundentes, robustas) dirig\u00edan sus c\u00e1maras a una pared. Hab\u00eda una especie de grieta. Diana se adelant\u00f3 en busca de un minuto de soledad.<\/p>\n<p>Una grieta, pens\u00f3, una sola grieta bastaba para comunicar el misterio, lo inefable, la negrura que all\u00e1 nos arrastra a todos, la ola id\u00e9ntica, como una monta\u00f1a; la abertura a la que nos arroj\u00f3 el jinete galopante cuando vag\u00e1bamos solos en la llanura; la boca a la que ning\u00fan alimento le basta. Y estaba ah\u00ed, y eso era lo que los griegos ve\u00edan estremecidos, desfallecidos, mareados, la cabeza inclinada hacia atr\u00e1s, deformado el rostro por el dolor y la penumbra, sedientos, hambrientos, delirantes. Si pudiese concentrar su mirada durante horas y horas en esa grieta en la pared; si pudiese quedarse all\u00ed el tiempo suficiente, hasta sentir hambre y sed y delirar, hasta que la grieta emitiese luz y con sus propios ojos viese eso que a ellos les hac\u00eda tambalearse y desplomarse en el suelo exhaustos de visi\u00f3n; si s\u00f3lo pudiese sentir algo de aquellos gritos desgraciados&#8230;<\/p>\n<p>La chica albana segu\u00eda con ellos. Sorteaba con rapidez los charcos a pesar de sus tacones y ya acariciaba la grieta con la mano como si fuese una fruta en el estante de un supermercado. Pidi\u00f3 que la fotografiasen junto a la grieta. Ten\u00eda una c\u00e1mara en la mano y no dejaba de dispararla una y otra vez. Muy bien, le har\u00edan la foto junto a la grieta. Ella sonri\u00f3 y mantuvo su mano donde estaba, exactamente sobre la grieta. A continuaci\u00f3n los tres ascendieron la escalera hacia la luz. El momento hab\u00eda pasado.<\/p>\n<p>Yo no creo en esto, dijo la desconocida cuando llegaron a la sala del \u00e1nfora. Pero es mi d\u00eda libre y he venido aqu\u00ed, simplemente vine, pero no creo en esto.<\/p>\n<p>Diana se preguntaba qu\u00e9 quer\u00eda decir esa chica tan rara cuando dec\u00eda que no cre\u00eda en esto. La palabra \u00abcreer\u00bb le imped\u00eda comprenderla.<\/p>\n<p>He venido porque trabajo aqu\u00ed en verano, sabes, en el hotel, y todav\u00eda no he visto nada. Y los griegos tienen tantas cosas&#8230; Iconos, quiero decir, iconos de todo tipo, pero ellos no saben lo que tienen.<\/p>\n<p>Ni Diana ni su novio dijeron nada.<\/p>\n<p>Yo no creo en esto&#8230; Y riendo a medias dijo que no pensaba gastar ni una foto m\u00e1s en ese sitio tan horrible.<\/p>\n<p>Diana y su novio rasgaron el silencio, se sumergieron otra vez en las tibias aguas de la intimidad. Esa chica era demasiado extravagante como para dejar de comentarlo. Qu\u00e9 rara es la gente, qu\u00e9 primitiva. La vieron una vez m\u00e1s antes de abandonar el recinto arqueol\u00f3gico. Dijo que estaba completamente satisfecha: la iglesia de San Juan era preciosa y hab\u00eda sacado muchas fotos.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La casilla del 15 de Agosto estaba en blanco. Ninguno de los dos sab\u00eda d\u00f3nde dormir\u00edan esa noche, probablemente en alg\u00fan lugar de la costa del mar J\u00f3nico. Iogumenitsa, Parga, Corf\u00fa, \u00cdtaca. Cualquiera ser\u00eda deseable. 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