{"id":1251,"date":"2011-11-28T07:55:39","date_gmt":"2011-11-28T07:55:39","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/el-fantasma-de-medianoche\/"},"modified":"2023-12-29T13:44:15","modified_gmt":"2023-12-29T12:44:15","slug":"el-fantasma-de-medianoche","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/el-fantasma-de-medianoche\/","title":{"rendered":"El fantasma de medianoche"},"content":{"rendered":"<p>Viajo en un mercanc\u00edas de la Southern Pacific. Son las siete y media de la tarde, y el Silbador sali\u00f3 a las diecinueve horas de L.A. Hace un fr\u00edo terrible. Dos vagabundos calientan su cena en un viejo hornillo de petr\u00f3leo.<\/p>\n<p>Un viejo indio, taciturno y de rostro herm\u00e9tico, me observa con ojos de piedra. Mi saco de lona parece haber acaparado toda su atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Soy el \u00fanico que lleva tabaco, as\u00ed que invito a los vagabundos cada vez que enciendo uno. Sorprendidos, aceptan la invitaci\u00f3n en silencio. El viejo indio no fuma. Nos mira impasible desde el otro extremo del destartalado vag\u00f3n. Sentado, y con una vieja y ra\u00edda manta del ejercito de Salvaci\u00f3n sobre los hombros, me parece que, al ver a tres tipos blancos estrafalarios y hambrientos, contiene una sonrisa.<\/p>\n<p>Mi ropa es de segunda mano, limpia pero llena de remiendos.<\/p>\n<p>Volamos a cien kil\u00f3metros por hora, y por entre las rendijas del viejo vag\u00f3n de madera se cuela un aire g\u00e9lido. Los vagabundos se levantan y hacen flexiones para no perder calor.<\/p>\n<p>De mi bolsa de marino saco una botella de whisky. Doy unos tragos y se la paso a uno de los vagabundos. Un tipo alto y amojamado que lleva un viejo abrigo ennegrecido por el holl\u00edn y las noches al raso. Da un par de tragos, le pasa la botella a su compa\u00f1ero y me dice: \u201cEl Fantasma de medianoche\u201d marcha de L. A. a las siete y llega a Frisco por la ma\u00f1ana. Bill y yo siempre lo tomamos para ir a Frisco. Pero hace un fr\u00edo terrible mientras sube como una exhalaci\u00f3n por la costa. \u00bfVerdad Bill?<\/p>\n<p>Bill asiente entre dos tragos. Es un tipo silencioso y de aspecto t\u00edmido y amable. El indio nos mira, enigm\u00e1tico como un brujo navajo, y adivino su divertida curiosidad, disimulada tras un rostro atezado y duro.<\/p>\n<p>El vag\u00f3n suena como una traqueteante melod\u00eda bop. Me meto en el saco de dormir y apoyo la cabeza en mi vieja bolsa de marinero. Al amanecer en Frisco\u2026<\/p>\n<p>Gatita insular, estos d\u00edas ando releyendo, por en\u00e9sima vez, a Kerouac. Es mi manera de viajar por los EUA de finales de los cuarenta. T\u00fa, est\u00e1s tan ricamente en primavera, pero yo, con el cuerpo fr\u00edo a causa del invierno, y el coraz\u00f3n helado y reseco por tus desdenes, viajo por donde quiero. Desde casa, y algo colocado, viajo, escribo y te evoco en la distancia.<\/p>\n<p>Me han contado que en tu subtropical isla las nativas vais siempre en taparrabos y est\u00e1is todas buen\u00edsimas. Que sois unas amantes maravillosas \u00bfEs cierto? \u00bfMe han tomado el pelo?<\/p>\n<p>El viejo indio no se ha movido ni un mil\u00edmetro. Insondable, con su viejo sombrero de hongo, que luce dos plumas blancas, parece dormitar, impasible a todo lo que lo envuelve.<\/p>\n<p>El interminable convoy silba en la oscuridad. Sin salir del saco, me siento y miro por entre las rendijas del vag\u00f3n. La noche ha ganado terreno al dejar atr\u00e1s las luces de la ciudad, y el Silbador remonta California a toda m\u00e1quina. Las estrellas brillan vacilantes al ritmo del tren, y la noche es fr\u00eda y maravillosa.<\/p>\n<p>Ma\u00f1ana estar\u00e9 c\u00f3modamente instalado en la granja alquilada por Merylou en las colinas pr\u00f3ximas a Frisco. Lleva meses all\u00ed. Cultiva marihuana y la vende entre los hipsters de la bah\u00eda y los universitarios de Berkeley.<\/p>\n<p>La tibia y suave Marylou, y su dulce acento sure\u00f1o, me esperan desde hace semanas, pero por culpa de Roy me qued\u00e9 atascado dos semanas m\u00e1s en L. A. Roy andaba enloquecido por la ciudad, bebiendo vino de oporto californiano y ligando con todo lo que se moviera.<\/p>\n<p>Andy, su mujer, una rubia amable y despampanante, nos pidi\u00f3 a Frank y a m\u00ed que lo busc\u00e1semos y se lo llev\u00e1ramos de vuelta a casa. Tardamos una semana en localizarlo, y otra en convencerlo. Su mujer, y Mae, su hijita de cinco a\u00f1os, lo esperaban en su peque\u00f1o apartamento del centro.<\/p>\n<p>El tren zumba costa arriba. Uno de los vagabundos sale de su oscuro rinc\u00f3n y apaga la vieja l\u00e1mpara de petr\u00f3leo que hab\u00eda colgado del techo. El vag\u00f3n se hunde en las tinieblas.<\/p>\n<p>Me casta\u00f1etean los dientes, y fumo pensando en la tibia cama de Marylou. En su media melena caoba. En sus c\u00e1lidos y grandes ojos. En \u201cThe Place\u201d, el viejo caf\u00e9 lleno de poetas e intelectuales hiperactivos. En sus enloquecidas y delirantes juergas de bencedrina y alcohol por las colinas que rodean Frisco\u2026<\/p>\n<p>Debes saber, agraciada sirena atl\u00e1ntica, que, en el vag\u00f3n desolado y fr\u00edo donde viajo, ese traqueteante, ruidoso y bello vag\u00f3n de Kerouac, se te hielan las entra\u00f1as. Bebo whisky barato a causa del fr\u00edo, o sea, la ant\u00edtesis de tu bella primavera insular. All\u00ed, seguramente os lo beb\u00e9is con hielo, pero en estos pagos,\u00a0 por donde me toca viajar unos d\u00edas, lo bebemos a palo seco. A gollete o a morro, seg\u00fan qui\u00e9n lo cuente.<\/p>\n<p>Cuando se me contagia el fr\u00edo del texto lo dejo estar unas horas. Para regresar al glacial y trepidante viaje con renovados br\u00edos, me fumo un par de globos de mar\u00eda vaporizada.<\/p>\n<p>Un intermedio que me hace pensar en tu c\u00e1lida isla, en tus c\u00e1lidas miradas, en tu bonito trasero, porque, dadas las circunstancias, suelo verte m\u00e1s de espaldas que otra cosa. Resultado: tienes un culo que me cae bien. He llegado a comprenderlo en toda su extensi\u00f3n. Incansable, recorro sus interminables simetr\u00edas. Tan redondito y bien puesto.<\/p>\n<p>En el Silbador o Fantasma de Medianoche, seg\u00fan el vagabundo que te lo cuenta, hace un fr\u00edo de mil demonios; sobre todo cuando enfila la costa Norte de Gavioty y sigue la l\u00ednea de la rompiente. En los tramos rectos alcanza los ciento treinta por hora, entonces los vagones rechinan enloquecidos.<\/p>\n<p>Al Fantasma de Medianoche, lo llaman as\u00ed porque se coge en L.A. por la tarde y nadie te ve hasta que llegas a Frisco por la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Hace un rato que hemos pasado Margarita, y el Silbador deja la costa, pierde velocidad y se adentra en las monta\u00f1as.<\/p>\n<p>Llevo puesta toda la ropa de abrigo que tengo. La gorra con orejeras y forrada de lana, los guantes de ferroviario, y el viejo chaquet\u00f3n de la marina, aun as\u00ed, y sin salir del saco, el aire corta como un cuchillo.<\/p>\n<p>Los vagabundos han encendido de nuevo su l\u00e1mpara de petr\u00f3leo. Caminan por el vag\u00f3n y se golpean hombros y muslos para entrar en calor.<\/p>\n<p>El viejo indio sigue inmutable, no habla, no hace ni un gesto, parece estar en trance. Sin un mover un m\u00fasculo, con su ra\u00edda manta sobre los hombros y ajeno al viento, que, dentro del vag\u00f3n, sopla en todas direcciones. A las plumas de su sombrero tampoco parece afectarles. No se mueven. Es un hecho extraordinario.<\/p>\n<p>Doy unos tragos y le paso la botella Bill.<\/p>\n<p>-Pues si muchacho -me dice, cogi\u00e9ndome del brazo entre trago y trago. En el Fantasma, las noches de invierno son un infierno. El viento se te mete en las entra\u00f1as. Cuando sientes que el fr\u00edo te llega al coraz\u00f3n, buen whisky y ejercicio. Te lo dice el viejo Bill, muchacho.<\/p>\n<p>Mirando al viejo indio, continua: Si muchacho, los \u00fanicos indios que viajan en trenes de carga son los fugitivos y los hechiceros. Y \u00e9ste, pinta de fugitivo no tiene. Por lo poco que s\u00e9, los hechiceros suelen viajar de comunidad en comunidad. Recorren grandes distancias, y son respetados y temidos por los de su raza. Suelen celebrar las ceremonias del Peyote. Curan enfermedades, dan consejo, y son solitarios y evasivos. Lo m\u00e1s peligroso de un cham\u00e1n indio es su calabaza. S\u00f3lo ellos pueden manipularla. Si tocas su calabaza y no eres brujo el infierno se cernir\u00e1 sobre ti.<\/p>\n<p>Esto \u00faltimo, Bill lo dej\u00f3 caer recalcando lentamente las palabras. La presencia del indio parec\u00eda inquietarlo\u2026<\/p>\n<p>Creo, mi a\u00f1orada beldad aborigen, que, en tu isla dorada estos d\u00edas ha llovido a c\u00e1ntaros, as\u00ed que dentro de unos d\u00edas se cubrir\u00e1 de verde pradera. Lucir\u00e1 un bello mant\u00f3n que la proteger\u00e1 de la brisa marinera.<\/p>\n<p>Y tu ciudad, tanta veces te\u00f1ida de un gris macilento, a la luz de las farolas se contemplar\u00e1 limpia, fresca y reluciente, y, te aviso, intentar\u00e1 competir con el brillo de tus ojos. Aunque sea en vano, bella nativa, lo intentar\u00e1.<\/p>\n<p>Los trenes de carga de la \u00e9poca en que viajo son inh\u00f3spitos y desangelados, y, es curioso, los viajeros parecen no serlo, vagabundos o no, suelen ser tipos duros y so\u00f1adores, y, por lo general, amables y c\u00e1lidos en el trato.<\/p>\n<p>Cuentan historias de hombres solitarios que recorren el pa\u00eds en trenes de carga. \u201cVagabundos del Dharma\u201d que trabajan espor\u00e1dicamente aqu\u00ed y all\u00e1. Son, seguramente, hombres que, a causa de la gran depresi\u00f3n econ\u00f3mica que asol\u00f3 el pa\u00eds en aquella \u00e9poca, se lanzaron a la carretera en los a\u00f1os treinta. Se engancharon a esa vida y ya no pueden dejarlo. No sabr\u00edan, y probablemente, aunque pudieran, no cambiar\u00edan de vida.<\/p>\n<p>Te supongo disfrutando de fr\u00edos y tropicales zumos de frutas, yo, en cambio, s\u00f3lo t\u00e9 y jarabe para la tos.<\/p>\n<p>D\u00edas solitarios. Islas y trenes. Un poco de marihuana y palabras.<\/p>\n<p>Pero\u2026, aunque est\u00e9s tan lejos, te tengo aqu\u00ed, a mi lado. Te evoco, te pinto y te recorro.<\/p>\n<p>-\u00a1Muchacho! \u00a1Muchacho!<\/p>\n<p>La voz de Bill me saca de mi dulce sue\u00f1o por las colinas de Frisco. El tren ha reducido un poco la velocidad.<\/p>\n<p>-Estamos cerca de la ciudad muchacho. Recoge tus cosas y prep\u00e1rate. \u00bfNo tendr\u00e1s un poco de whisky por ah\u00ed?<\/p>\n<p>La botella ha rodado por el vag\u00f3n y he de levantarme para buscarla. Comienza a amanecer, y la luz empieza a colarse por las carcomidas rendijas, aunque no lo suficiente. Bill enciende la desvencijada lamparita. El viejo indio sigue en el mismo sitio. Con su inescrutable mirada clavada frente a \u00e9l.<\/p>\n<p>Recojo la botella, que, a causa de la pendiente, hab\u00eda llegado hasta un rinc\u00f3n. Doy dos largos tragos y se la paso al viejo Bill, y, de un soberbio lingotazo, se ventila medio cuarto de litro.<\/p>\n<p>Saltaremos cuando el tren casi se detiene en el nudo ferroviario, justo a las afueras de Frisco. Miro al exterior por un resquicio, no se ve nada, y el viento es h\u00famedo y cortante, y la densa bruma de la bah\u00eda se ha adue\u00f1ado ya del paisaje.<\/p>\n<p>Entre los tres, apuramos la botella en dos r\u00e1pidas rondas. Tengo el fr\u00edo metido en el alma.<\/p>\n<p>Me quedan dos d\u00f3lares en el bolsillo. M\u00e1s que suficiente para el desayuno y la llamada a Marylou. Bajar\u00e1 de las colinas en su destartalada furgoneta para recogerme.<\/p>\n<p>Por las rendijas se va colando la bruma de la ciudad. A los pocos minutos una densa niebla se ha apoderado del vag\u00f3n. No se ve nada que est\u00e9 a m\u00e1s de dos metros.<\/p>\n<p>-Muchacho -me dice Bill, estirando el brazo para pasarle la casi vac\u00eda botella a su compa\u00f1ero-: \u201cCuando llegue el momento, tiras tus cosas y saltas del vag\u00f3n. Hacia arriba. No mires al suelo y salta hacia arriba. Es m\u00e1s f\u00e1cil caer de pie si saltas hacia arriba. Salta justo despu\u00e9s de nosotros. Con esta niebla puedes romperte la crisma si no saltas en el momento adecuado.<\/p>\n<p>Antes del nudo ferroviario tenemos un kil\u00f3metro de recta con el tren a poca velocidad, es el mejor sitio. Los guardafrenos y los vigilantes pueden verte a partir del cambio de v\u00edas. Hay que saltar antes, es m\u00e1s seguro.\u201d<\/p>\n<p>El vagabundo alto y reseco -que se ha levantado, algo m\u00e1s animado despu\u00e9s de unos tragos- abre la pesada compuerta del vag\u00f3n unos minutos antes de que el Silbador aminore la marcha, y una r\u00e1faga glacial nos traspasa de arriba abajo.<\/p>\n<p>-Muchacho \u2013me dice Bill-. Justo al otro lado del cambio v\u00edas, junto a la gasolinera del viejo Ed Dunkel, hay un restaurante barato donde van a comer los guardafrenos. Puedes llamar a tu chica desde all\u00ed.<\/p>\n<p>-\u00bfC\u00f3mo sabe que hay una chica? \u2013le pregunto sorprendido.<\/p>\n<p>-Repet\u00edas su nombre en sue\u00f1os muchacho \u2013respondi\u00f3, atus\u00e1ndose el denso mostacho-. Debes quererla mucho para atreverte a coger el Silbador en pleno invierno.<\/p>\n<p>Paseaba inquieto de un lado a otro del vag\u00f3n cuando me di cuenta que el viejo indio hab\u00eda desaparecido.<\/p>\n<p>Bill \u2013le digo, algo asustado- el viejo indio no est\u00e1.<\/p>\n<p>-Se ha esfumado en la niebla. Pero sigue ah\u00ed. Algunos hechiceros son capaces de esconderse tras la niebla. Bajar\u00e1 tranquilamente cuando el Fantasma acabe su trayecto y nadie reparar\u00e1 en \u00e9l.<\/p>\n<p>Me han contado que hay chamanes que pueden moverse usando la niebla como nosotros lo hacemos con el Fantasma de Medianoche \u2013me contesta en tono misterioso.<\/p>\n<p>El tren aminoraba lentamente la velocidad.<\/p>\n<p>-Bueno muchacho, aqu\u00ed nos despedimos \u2013dijo el tipo alto y desgarbado.<\/p>\n<p>Pareci\u00f3 entrarles mucha prisa. Sin esperar al nudo de v\u00edas donde en convoy casi se detiene, arrojan sus bultos y saltan.<\/p>\n<p>Quedarme a solas con el viejo indio era algo superior a mis fuerzas. Sin pens\u00e1rmelo ni un segundo, tiro mi viejo saco de lona y salto a la cuneta.<\/p>\n<p>Caigo mal y ruedo unos metros entre las piedras. Me levanto rodeado de una bruma impenetrable.<\/p>\n<p>Recojo mis escasas pertenencias, y, cuando quiero darme cuenta, los dos vagabundos y el Fantasma de Medianoche han desaparecido en la penumbra.<\/p>\n<p>Cruzo las v\u00edas hasta llegar a una solitaria carretera de los suburbios, y camino en direcci\u00f3n a la ciudad pensando en Marylou. En un magn\u00edfico desayuno con caf\u00e9 muy caliente y bollos de crema. Al poco, las luces de la vieja gasolinera se recortan entre la niebla\u2026<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Viajo en un mercanc\u00edas de la Southern Pacific. 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