{"id":1238,"date":"2011-11-23T07:25:33","date_gmt":"2011-11-23T06:25:33","guid":{"rendered":"https:\/\/www.revistarambla.com\/dornroeschen-o-una-excusa\/"},"modified":"2023-12-29T13:44:16","modified_gmt":"2023-12-29T12:44:16","slug":"dornroeschen-o-una-excusa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.revistarambla.com\/en\/dornroeschen-o-una-excusa\/","title":{"rendered":"Dornr\u00f6schen o una excusa"},"content":{"rendered":"<p>Por supuesto que no nos faltar\u00edan razones para decir que Dornr\u00f6schen es un cuento perfecto. No nace del tiempo, sino de la sombra de los tiempos precedentes. No presenta a un hombre y a una mujer cualesquiera, seres felices con sus pasajeras vidas, sino a un rey y a una reina que est\u00e1n tristes e insatisfechos, anhelantes y quejosos, pues desean para siempre reinar a trav\u00e9s del hijo que a\u00fan no tienen. El engranaje de las profec\u00edas empieza a moverse con una rana que croa. Lo que la rana dice es simplemente el acontecimiento que ocurre y pone en marcha la historia. Es, adem\u00e1s, un error difundid\u00edsimo entre los cuentos que alguien se olvide de algo decisivo en los momentos de m\u00e1xima dicha, casi siempre sin querer, sin pretenderlo, y la ausencia deviene el agujero que da profundidad a la historia. En este caso se trata de un plato, por supuesto no de un plato cualquiera, sino un plato de oro, cuya falta deja en casa a la \u00faltima de las mujeres sabias del lugar, quien, naturalmente, irrumpe en la fiesta muy irritada, y sin saludar ni mirar a nadie, de puro enfado, suelta su maldici\u00f3n sobre la ni\u00f1a que, indirectamente, la ha ofendido.<\/p>\n<div>\n<dl id=\"\">\n<dt>\n<p><figure style=\"width: 550px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.revistarambla.com\/wp-content\/uploads\/2011\/11\/La%20bella%281%29.jpg\" alt=\"alt\" width=\"550\" height=\"198\" \/><figcaption class=\"wp-caption-text\">Ilustra Evelio G\u00f3mez.<\/figcaption><\/figure><\/dt>\n<\/dl>\n<\/div>\n<p>La segunda profec\u00eda del cuento recibe mucha m\u00e1s atenci\u00f3n, y se ajusta perfectamente a lo que sobre estas profec\u00edas acostumbran a decirnos los cuentos. Se predice una cat\u00e1strofe mediante un determinado objeto y en un determinado d\u00eda, la cual se cumple a pesar de todo empe\u00f1o humano por substraerse a ella: siempre quedar\u00e1 una rueca en la torre, siempre algo indefinido obligar\u00e1 a los protectores a ausentarse ese mism\u00edsimo d\u00eda. Es verdad que no siempre se trata de una ausencia sin motivos, sino de imponer mediante la ausencia una cierta prohibici\u00f3n que, por deseo de saber, siempre se transgrede. Tambi\u00e9n es muy com\u00fan que la mortal amenaza se oculte bajo las ropas de inocentes ancianas, y que un solo dedo baste para cumplir la m\u00e1gica sentencia. Y, sin embargo, todo en este cuento parece estar ah\u00ed solamente para servir de pretexto a la soberbia descripci\u00f3n que sigue al instante cuando, apenas rozado el huso, el dedo se pincha, la ni\u00f1a se desploma sobre la cama, que parece que ah\u00ed la espera desde siempre, desde que naci\u00f3, y ya ella cae dormida en el profundo sue\u00f1o de cien a\u00f1os. Una vez aqu\u00ed el cuento se entrega de lleno a su placer, que no es sino el placer de describir detalladamente la incre\u00edble escena de adormecimiento general en el palacio, observando c\u00f3mo se ralentiza y se congela uno a uno cada gesto, cada movimiento, cada actividad, que permanecer\u00e1 as\u00ed, inmutable, suspendida, por espacio de cien a\u00f1os. El sue\u00f1o de la ni\u00f1a se ha esparcido por todo el castillo: \u00abel rey y la reina, que acababan de llegar a casa y hab\u00edan entrado en la sala, comenzaron a dormir, y con ellos toda la corte. Y entonces durmieron tambi\u00e9n los caballos en el establo, los perros en el patio, las palomas en el tejado, las moscas en la pared, s\u00ed, el fuego, que flameaba en el hogar, se qued\u00f3 quieto y dormido, y dej\u00f3 de crepitar el asado, y el cocinero, que quer\u00eda agarrar del pelo al joven aprendiz porque se hab\u00eda olvidado de algo, lo solt\u00f3 y se qued\u00f3 dormido. Y se calm\u00f3 el viento, y sobre los \u00e1rboles frente al castillo no se mov\u00eda ya ni la m\u00e1s peque\u00f1a hoja\u00bb.<\/p>\n<p>As\u00ed que nosotros, confiados en la din\u00e1mica del cuento, apartamos el volumen un momento y nos decimos \u00abesto es Alcm\u00e1n, esto es Brodsky, esto es poes\u00eda\u00bb.<\/p>\n<p>El sue\u00f1o del cuento, por supuesto, tiene una contrapartida sensible, pues todo ese mundo ha muerto de verdad, y es por eso que una impenetrable maleza de espino crece por todas partes, rodeando y recubriendo el castillo casi por entero. Mueren pr\u00edncipes enzarzados en ardua lucha con las espinas, hijos de reyes que llegan a\u00f1o tras a\u00f1o tras las huellas de esa famosa belleza, oculta y dormida. Pero es esencial que se trate de un \u00abcasi\u00bb; tiene que ser solo un \u00abcasi\u00bb de completa oscuridad, porque lo que no se ve no existe, con lo cual todos los dones de la ni\u00f1a se perder\u00edan para siempre en el sepulcro de espinas. Pero m\u00e1s all\u00e1 de este problema, muy propio de los cuentos, m\u00e1s all\u00e1 del joven que nada teme, m\u00e1s all\u00e1 del anciano que advierte y aconseja sin que se le escuche, m\u00e1s all\u00e1 de los tiempos que giran y se acoplan, y el d\u00eda que llega, las flores que nacen de pronto de las espinas, m\u00e1s all\u00e1 de todo eso el cuento lo que busca es ver de nuevo lo dormido, los caballos y los perros en el patio, las palomas que en el tejado entierran todav\u00eda la cabeza bajo el ala, las moscas dormitando en las paredes, el cocinero con la mano alzada sobre el muchacho, la criada y la negra gallina que est\u00e1 siendo desplumada. S\u00ed, se necesita la osad\u00eda de un pr\u00edncipe para contemplar el reino dormido, los reyes dormidos en sus tronos, el silencio sin respiraci\u00f3n, el aire sin movimiento, y casi dir\u00edamos que si su beso tiene la virtud de despertar a todo un reino en catalepsia es porque puede que sea el amor el fuego que derrite cualquier hielo, o puede que sea el puro deseo de ver, decir y asombrarse con el despertar de aquello que uno mismo ha dormido, y as\u00ed terminar deshaciendo los pasos, como si las palabras fuesen la varita capaz de retornar a la vida desde la muerte. Por eso leemos que el pr\u00edncipe no pudo resistirse a la hermosura de la ni\u00f1a y la bes\u00f3, y ella regres\u00f3 del sue\u00f1o, y entonces \u00abel rey se despert\u00f3 y la reina y toda la corte y se miraron unos a otros asombrados. Y los caballos se alzaron en el patio y se sacudieron; saltaron los perros de caza y movieron la cola; en el tejado las palomas retiraron la cabeza oculta bajo el ala, y miraron alrededor y echaron a volar al campo abierto; las moscas siguieron avanzando por su ruta en la pared; el fuego se alz\u00f3 en la cocina; otra vez empez\u00f3 el asado a crepitar bajo las llamas, y el cocinero golpe\u00f3 al aprendiz, que grit\u00f3; y la criada termin\u00f3 de desplumar la gallina\u00bb.<\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por supuesto que no nos faltar\u00edan razones para decir que Dornr\u00f6schen es un cuento perfecto. No nace del tiempo, sino de la sombra de los tiempos precedentes. 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